Europa: un trabajo que se hace de pie

«Señor Schuman, ¿acaso esto no es un salto hacia lo desconocido?». La respuesta fue digna del legendario laconismo del ministro: «Sí».

Cuando el solemne, breve y austero acto hubo finalizado (no se llamó a las cámaras, y hubo de repetirse para contar con las imágenes de las que hoy disponemos), todavía en el Salón del Reloj del Quai d’Orsay, mientras las negras nubes de mayo parecían querer evocar Raglan Road, el poema de Patrick Kavanagh, un periodista se acercó al ministro de Asuntos Exteriores, que permanecía absorto en sus pensamientos, y le formuló una pregunta directa: «Señor Schuman, ¿acaso esto no es un salto hacia lo desconocido?». La respuesta fue digna del legendario laconismo del ministro: «Sí».

La Declaración de 9 de mayo de 1950, pronunciada por Robert Schuman en nombre de los gobiernos francés y alemán presididos por antiguos resistentes llamados Georges Bidault y Konrad Adenauer, e inmediatamente adoptada por la Italia de Alcide de Gasperi, el Luxemburgo de Pierre Dupong y Joseph Bech, la Bélgica de Gastón Eyskens, todos cristiano-demócratas, y los Países Bajos del laborista Willem Drees, que gobernaba en coalición con los cristiano-demócratas de Louis Bell, representaba la conjugación de las energías de las potencias, apenas cinco años antes envueltas en una guerra terrible, a favor de la instauración de la paz, la unidad, las libertades y la justicia en toda Europa.

Apenas restan dos semanas para que las elecciones europeas del 26 de mayo de 2019 sometan a un severo examen el salto de Adenauer y Schuman a, en efecto, una plenitud de los derechos y libertades, una cohesión social y una integración hasta entonces desconocidas en Europa. Pero la democracia, decía Schuman, es una creación continua, que se sabe siempre perfectible, frente a un totalitarismo que «mantiene la ilusión de poseer la verdad no solamente completa, sino inmediata y definitiva». Y el totalitarismo, en su contemporánea mutación extremista, populista, racista, xenófoba y nacionalista, ha regresado con su dogmatismo de lo inmediato frente a la humildad del humanismo de la razón práctica.

Alcide de Gasperi mantenía que «la vida es un trabajo que necesita hacerse de pie». Europa, creación continua de la historia, es decir, de los seres humanos, como la propia democracia, se hizo y se hace de pie. Y de pie deberá trabajar si quiere, una vez más, sobreponerse a la barbarie.