Buscando la luz al final del túnel

Caracas en penumbras | Foto: Captura de pantalla
Caracas en penumbras | Foto: Captura de pantalla

El drama de una crisis que ya no incumbe solo a Venezuela.

Caracas en penumbras | Foto: Captura de pantalla
Caracas en penumbras | Foto: Captura de pantalla

Especulaciones de todo tipo circulan en torno a las causas del apagón general que tuvo a Venezuela sin suministro eléctrico por una semana. Ciudades a oscuras, comunicaciones caídas, comercios cerrados. Quien pudo, cargó su teléfono celular en el auto, buscó hielo por doquier, procuró bombonas de gas o intentó salvar del calor tropical los alimentos que tanto cuesta conseguir.

Con la moneda nacional convertida en un recuerdo o en un chiste, los dólares resuelven –para quien los tiene– las apresuradas transacciones de una economía de guerra; otros recurren al trueque, a mecanismos insólitos, o no resuelven. Venezolanos en el país y fuera de él, incomunicados como antes de que existiera internet… o el teléfono. Los aeropuertos suspenden vuelos y las fronteras terrestres están cerradas. Gritos, disturbios y saqueos se escuchan en algunas calles. Hospitales desabastecidos, a los que sus precarias plantas de energía no abastecieron por una semana, albergaban el llanto de quienes veían fallecer neonatos y enfermos delicados. Desesperación, zozobra, rabia, impotencia y desesperanza marcaron la víspera de la primera gran concentración convocada por Juan Guaidó tras su reingreso a Venezuela.

Nadie cree en los partes oficiales que hablan de un sofisticado ataque cibernético tramado por Trump y sus lacayos. Por un lado, los venezolanos saben (porque lo viven en carne propia) que desde hace años la red eléctrica nacional viene fallando de manera recurrente y profunda. Ciudades enteras se han acostumbrado a sobrevivir sin un flujo regular de luz. La hipótesis más natural es la de un fallo colosal, provocado por dos décadas de desatención, desinversión y un manejo tan corrupto como sectario de las empresas básicas. Otros imaginan cosas peores y especulan con lo que son capaces de hacer los castristas que, en efecto, forman una parte medular del régimen que preside Maduro. Se habría tratado, según ellos, de un golpe de mano para aterrorizar a la población y quebrar así el espíritu de resistencia que Juan Guaidó ha logrado encarnar.

Y esto es solo un capítulo más del atribulado año 2019 que le ha tocado a Venezuela, devenida terreno atractivo para el estudio, la interpretación y la especulación de propios y extraños. Venezolanos, venezolanistas y venezolanólogos debaten en las redes, en la prensa y en la academia, así como en los parlamentos de medio planeta, tratando lo que sucede y lo que podría suceder con este país. No es para menos. En muchos sentidos, el caso venezolano representa para nuestro tiempo lo que la guerra civil española, la Primavera de Praga o la crisis de Yugoslavia significaron en sus respectivos momentos: una crisis insólita y atroz que rompe esquemas y que confronta a Occidente con sus creencias y valores más profundos. Para la izquierda global, sobre todo, se ha convertido en un duro examen de conciencia.

Al día de hoy más de 50 gobiernos democráticos, tras largos meses de trabajo diplomático, han alcanzado acuerdos muy significativos sobre Venezuela. Este consenso incluye el desconocimiento de Nicolás Maduro como presidente legítimo, el reconocimiento de Juan Guaidó como presidente interino, la necesidad de ingresar ayuda humanitaria al país y la exigencia de prontas elecciones libres. Es un consenso casi sin precedentes, para propiciar el retorno a la democracia de una nación en ruinas de la que aún podrían salir varios millones de desplazados —emigrantes es un eufemismo— si las cosas no se enderezan. Por desgracia, antes de este éxodo gigantesco y de la salida de varios gobiernos de izquierda en la región no fue posible concitar semejante reacción multilateral. En todo caso, el amplio consenso occidental, sumado al de los propios venezolanos, se traduce ahora en un nítido mensaje a la Fuerza Armada Bolivariana: un giro suyo bastaría para cerrar el cuadro de una transición.

El chavismo, no obstante, se atrinchera. Ofrece dialogar, pero nunca ha respetado acuerdos. Y los militares no han cambiado su postura como bloque, aunque a título individual algunos se desmarquen; el terror a la justicia, a la venganza y al control de los órganos de inteligencia del castrismo parece bastar para impedir un viraje. Operan además en Venezuela organizaciones como Hezbolá y el ELN, mientras Rusia y China bloquean en la ONU todo lo que apunte a un cambio de régimen. Aunque Venezuela ya está invadida (Almagro y otros han dado detalles al respecto), nadie desea otra intervención armada para forzar un cambio. El Grupo de Lima y la Unión Europea descartan públicamente dicha posibilidad, aunque incrementan las sanciones a Maduro y compañía. Ante semejante panorama, la Casa Blanca maniobra para no quebrar el consenso multilateral y prefiere seguir apostando, por ahora, a una reacción interna.

Pero mientras los analistas analizan, los periodistas reportan y los diplomáticos exhortan, la economía venezolana se desploma, los esbirros reprimen y los demócratas se enfrentan a su propia impotencia. Y la gente, que lo intentó todo, que votó, marchó y luchó en las calles cientos y cientos de veces, no sabe ahora qué hacer ante una situación cada vez más opresiva y desesperada. Los venezolanos, en definitiva, están convencidos de que solos no podrán conjurar la muerte lenta que encarna un futuro inminente sin seguridad, ni agua, ni alimentos, ni medicinas, ni luz.