Don Patricio Aylwin en el III Encuentro Internacional Oswaldo Payá, 9 de enero de 2015 | Foto: Franciso Jara.

Don Patricio Aylwin en el III Encuentro Internacional Oswaldo Payá, 9 de enero de 2015 | Foto: Franciso Jara.

El expresidente de Chile, Patricio Aylwin Azócar, ha fallecido este martes 19 de abril de 2016 en su casa de siempre. Murió como el respetado líder que condujo al país tras el fin de la dictadura militar. Fue un hombre que se relacionó con lo más granado de la elite intelectual, económica y política a nivel planetario. Sin embargo, pasó toda su vida en aquella vivienda que construyó con su sueldo de abogado, enclavada en un distrito de clase media profesional de Santiago. Dejo el poder tal como lo recibió. Era un hombre inmune a los oropeles. Entendía el servicio público como una misión para mejorar la calidad de vida de sus compatriotas. Lo movían la sencillez y las virtudes humanistas.

Quizás, por eso mismo es que Dios y la vida le encargaron las más difíciles tareas que un político puede enfrentar en su carrera. Le tocó unir cuando todos en la sociedad estaban enemistados. Supo salir adelante de sus dolores, encarar de frente sus propias deudas con la historia y salir airoso, pese a tener que gobernar lleno de limitaciones, producto de una Constitución heredada y plagada de enclaves autoritarios. Pese a todo, don Patricio fue capaz de transformarse en un ejemplo de crecimiento con justicia social y, además, terminar con la impunidad heredada.

No había espacio en Aylwin para endulzar la verdad. De trato formal y extremadamente amable, naturalmente sonreía. Era alguien que escuchaba, más que solamente hablar. Ello nunca le impidió decir las cosas tal como las creía. Tampoco tuvo miedo a que las lágrimas lo retrataran, especialmente mientras pedía perdón en nombre del Estado chileno por las atrocidades cometidas durante la dictadura contra la que él lucho incansablemente.

Aylwin gobernó Chile de cara a la historia y no al ritmo de las encuestas. Entendió desde el primer día que su rol era pacificar para unir. Como un profesor, esto lo repitió a quienes estaban en el Estadio Nacional, en su primer acto público como presidente: el país sólo podía ser construido sobre la verdad, pero tenían que hacerlo juntos civiles y militares. Era ese mismo mandatario que, asumido el poder, puso en su gabinete ministerial a los partidarios del presidente Salvador Allende, gobierno del que había sido un leal opositor. Es que aunque algunos lo acusen de haber sido blando frente al golpe militar, el presidente Aylwin fue siempre un demócrata de carta cabal. Entendió el peso de la historia como pocos, reconstruyendo la amistad cívica y luego una amplia coalición con la centroizquierda para alcanzar el país que tenemos. Sin duda, el Chile de hoy con sus aciertos y errores es infinitamente mejor al que recibió Aylwin en 1990. A él se lo debemos de manera prioritaria.

Cuando nadie pensaba que era posible, don Patricio diseñó en su cabeza la salida democrática de una terrible dictadura, siempre pensando en la no violencia activa y su irrestricto apoyo al derecho como medio de solucionar conflictos. Fue un hombre de Estado y un gran profesor de Derecho Administrativo en la Universidad de Chile.

El presidente Aylwin fue un ser humano excepcional. Sin embargo, no está descrita la magnitud de su obra si se omite su tienda política. Algo que definió de manera central al exmandatario fue su identidad profundamente demócrata cristiana. Tuvo la capacidad de anclar sus convicciones, basadas en la fe católica y el humanismo cristiano, con un gran apego a un republicanismo basado en un Estado de derecho democrático. Esta fue la raíz que le permitió ser también senador y presidente del Senado. Pero además fue siete veces presidente del Partido Demócrata Cristiano.

Su amor a la colectividad fue tal que salió del retiro, a los 83 años de edad, para volver a dirigirlo, producto del clamor de los militantes en una de esas crisis que enfrentan los partidos políticos. Para don Patricio, todos sus camaradas de partido fueron siempre iguales antes sus ojos. El más modesto militante podía ser considerado de la misma manera que el más preparado economista. Para él, la esencia estaba en la persona humana. Es que don Patricio vivió el Evangelio y la doctrina social de la Iglesia. Midió con esa vara su vida. Hoy la patria chilena lo despide como un grande de su historia. El Partido Demócrata Cristiano de Chile y el movimiento humanista cristiano despiden a un hijo excepcional.

Jaime Baeza Freer | @Jaime_Baeza_F
Doctor en Ciencia Política. Subdirector de ANEPE-Ministerio de Defensa de Chile. Académico de la Universidad de Chile. Demócrata cristiano convencido.