Los autoritarismos están de regreso en América Latina. Hoy más países se han embarcado en transiciones hacía gobiernos menos pluralistas. Sin embargo, conviene preguntarse —ante la resiliente y prolongada presencia del régimen cubano— si en realidad alguna vez se fueron. Los años setenta marcaron una época oscura para la región, dominada por regímenes autoritarios (militares, sultanísticos o civiles) que impusieron, desde la derecha, el orden a costa de la represión y el silencio social. Revolucionarios radicalizados en modo guerrilla y Reaccionarios represivos con expresión castrense asaltaron, desde los extremos de las coordenadas políticas e ideológicas, a las frágiles repúblicas hispanoamericanas.
Ese panorama comenzó a transformarse con la llamada tercera ola de democratizaciones en los años ochenta, que trajo consigo esperanzas de apertura, pluralismo y libertades políticas. Sin embargo, el proceso tuvo límites claros: las transiciones fueron esencialmente nacionales y no lograron modificar del todo las estructuras institucionales o aquellas arraigadas a nivel subnacional. Como lo ha mostrado la literatura sobre enclaves autoritarios (Garretón, 2010; Benton, 2012), en muchos países persistieron reglas del pasado autoritario o territorios controlados por caciques o partidos hegemónicos que mantuvieron intactas sus prácticas autoritarias. En Chile, por ejemplo, las senadurías vitalicias o el sistema electoral binominal dificultaron el avance democrático. Mientras que, en México, estados como Veracruz o el Estado de México permanecieron bajo el control del partido dominante incluso después de la alternancia política del 2000.
Aun con esas limitaciones, la región vivió lo que muchos describieron como la fiesta democrática latinoamericana. Durante la primera década del siglo XXI, las elecciones se multiplicaron, los derechos políticos se expandieron y la democracia electoral pareció consolidarse. Sin embargo, debajo de esa superficie comenzaban a asomarse signos preocupantes: en países como Venezuela, Nicaragua o Bolivia, los líderes electos democráticamente empezaron a concentrar poder, debilitar contrapesos y erosionar las instituciones que sostenían el equilibrio democrático.

Viejas prácticas, nuevas formas
Hoy, América Latina vive un momento de tensión derivado de tendencias regionales y globales entre la autocratización (Wiatr, 2019; Croissant y Tomini, 2024), la erosión democrática y la resiliencia de algunos regímenes, como lo muestra el reciente Informe 2025 del proyecto Varieties of Democracy (Nord et al., 2025). El desencanto ciudadano, la desigualdad persistente y la incapacidad de los gobiernos democráticos para responder a las demandas sociales han abierto el camino al retorno de liderazgos autoritarios o populistas. En varios países, las viejas prácticas autoritarias se han reconfigurado bajo nuevas formas que usan las reglas de la democracia para subvertirla: manipulación de las reglas electorales, ataques a la libertad de prensa, subordinación del poder judicial y desmantelamiento de los mecanismos de rendición de cuentas. Los casos de El Salvador, Nicaragua y Venezuela son los más evidentes, aunque no los únicos.
Estas transformaciones no pueden entenderse al margen del nuevo contexto internacional: la democracia latinoamericana enfrenta hoy desafíos que trascienden las fronteras nacionales. La reconfiguración del orden geopolítico global —con el ascenso de potencias autoritarias como Rusia y China, la crisis de un liderazgo democrático en Estados Unidos y el debilitamiento del multilateralismo— ha erosionado el marco de incentivos y apoyos que en los años noventa favoreció la expansión democrática. Los programas de promoción de la democracia se han debilitado, mientras que los que promueven la tolerancia del autoritarismo y una agenda iliberal son cada día más visibles. En este escenario, las democracias latinoamericanas luchan no solo contra sus viejos fantasmas internos, sino también contra un entorno global cada vez menos favorable para la democracia.
En ese contexto, este artículo traza un brevísimo recorrido histórico del autoritarismo en América Latina desde la década de 1970 hasta la actualidad, mostrando cómo, lejos de desaparecer, este se ha transformado adoptando nuevas formas y estrategias. Inicia con el autoritarismo de derecha que dominó la región en los años setenta y principios de los ochenta, caracterizado por dictaduras militares y regímenes represivos. Aun con la ola democratizadora que siguió, el texto argumenta que el autoritarismo nunca se fue del todo, pues sobrevivió en enclaves subnacionales donde perduraron viejas estructuras de poder local. Así, entre 1980 y 2000, la expansión democrática y la diversidad de regímenes políticos dieron paso a una etapa de coexistencia entre prácticas democráticas y la reconfiguración del autoritarismo. Durante la primera década del siglo XXI, el optimismo democrático convivió con nuevas modalidades de concentración del poder, especialmente en gobiernos de izquierda, que comenzaron a socavar las reglas de este régimen político.
Finalmente, entre 2020 y 2025 se identifica una gama de autoritarismos en la región: ya no hay un solo modelo ni una única ideología que lo sostenga, sino múltiples expresiones —de derecha, izquierda y otras indefinidas— que emergen en estrecha conexión con el nuevo (des)orden geopolítico global. En efecto, la erosión del liderazgo occidental, la difusión de narrativas iliberales y el debilitamiento de las instituciones multilaterales han configurado un entorno propicio para que los liderazgos autoritarios latinoamericanos encuentren respaldo, legitimación o margen de maniobra para subvertir las instituciones de la democracia con un manto de legalidad y montarse en lo que algunos académicos han denominado la tercera ola de autocratización (Lührmann y Lindbert, 2021).
De las dictaduras reaccionarias a las transiciones democráticas y las nuevas formas de autocratización
Como lo han mencionado diferentes autores (Mainwaring y Pérez-Liñán, 2013), el triunfo de la Revolución cubana detonó un proceso de radicalización en amplios sectores de las clases medias urbanas, círculos intelectuales y organizaciones de izquierdas, quienes identificaron al imperialismo estadounidense, las oligarquías latinoamericanas y buena parte de las clases e instituciones políticas nacionales como representantes de un orden reaccionario a derrocar. En respuesta, las fuerzas armadas de dichos países, con apoyo de la burguesía y amplios sectores medios e incluso populares, realizaron golpes de Estado y procesos de colaboración trasnacional, para reprimir lo que consideraban amenaza subversiva. La instauración de los llamados regímenes de seguridad nacional, con su carga de asesinatos y represión, marcaron la década de los setenta.
Para mediados de la década de los ochenta y hasta inicios de los noventa, los regímenes militares y guerras civiles dieron paso, como resultado de una mezcla de luchas sociales y acuerdos políticos, a procesos de transición democrática y acuerdos de paz, que introdujeron las instituciones y procesos poliárquicos, los derechos humanos, como horizontes de acción política legítima para el desarrollo nacional.
Con el trasfondo de los acuerdos de Contadora (Centroamérica), la tercera ola de democratización llegó a América Latina con el regreso de gobiernos civiles en el Cono Sur. Argentina (1983), Brasil y Uruguay (1985), Paraguay (1989) y Chile (1990) comenzaron a abrir la cortina de la esperanza a gobiernos fundados en el respeto a los derechos y las libertades, que pusieran límites a las voliciones de líderes de concentrar el poder en un solo grupo.
Así, en su mejor época —al inicio del siglo XXI— América Latina se cubrió de gobiernos con democracias electorales que tenían entre 0,5 y 0,87 puntos en una escala que va del 0 a 1, donde 0 (rojo en el mapa 1) significa ausencia de democracia electoral y 1 (morado intenso) un país donde el ideal de la democracia electoral se ha alcanzado completamente. Como se aprecia en el mapa 1, solo Cuba está en rojo, mientras que la mayoría de países latinoamericanos tiene algún tipo de morado.

Mapa 1. Índice de democracia electoral, 2002. Fuente: V-Dem Data, versión 1.5.

Esta fase de recuperación democrática (1980-2000) estuvo acompañada por el debilitamiento del Estado derivado de las políticas neoliberales, lo que generó una paradoja: mientras se ampliaban la ciudadanía civil y política, la ciudadanía social y el Estado protector se estancaban o retrocedían. Este desajuste tendería a alimentar el desencanto ciudadano con la democracia y a abrir el camino a la elección de liderazgos populistas o abiertamente autoritarios.

Expectativas no colmadas
Así, con el tiempo las elecciones y la nueva institucionalidad democrática no fueron suficientes para colmar las expectativas de la ciudadanía en torno a la democracia. En varios países se comenzó a votar entusiastamente al autoritarismo. El arranque del nuevo siglo (2000-2010) mostró la coexistencia entre esa democracia en expansión (cuyo símbolo mayor fue la aprobación de la Carta Democrática Interamericana y las presiones en la OEA contra el populismo autoritario y neoliberal de Fujimori) y la irrupción de liderazgos autodefinidos progresistas (Hugo Chávez, Evo Morales, Rafael Correa, Lula da Silva, Néstor y Cristina Kirchner) que, sin embargo, avanzaron hacia la reconfiguración del autoritarismo bajo el modelo de gobiernos del pueblo.
El cambio de ruta inició a sentirse con más fuerza en la región a partir del 2010 con un claro proceso de autocratización liderado por gobiernos de izquierda en Bolivia, Nicaragua y Venezuela, los que usando las elecciones y las instituciones democráticas comenzaron a cambiar las reglas del juego, marginar a la oposición, capturar las Cortes y concentrar el poder en el Ejecutivo. Esta tendencia ha sido replicada por otros liderazgos en América Latina como Rafael Correa en Ecuador, Nayib Bukele en El Salvador, Andrés Manuel López Obrador en México. Ya no hubo golpes de Estado ni tanques en las calles, solo cambios constitucionales y el uso o manipulación de las instituciones para ratificar el apoyo electoral de las mayorías.
Las autocracias «revolucionarias» se articulan en la región
Durante la segunda década del siglo XXI, se reforzó además otra tendencia clara: las autocracias de Cuba, Nicaragua y Venezuela mostraron una consolidación creciente y un cierre progresivo del espacio político y cívico. Esta evolución se observó en el control del régimen y el asedio constante a la sociedad civil.
Estas autocracias «revolucionarias» también lograron una articulación regional efectiva. Mantienen vínculos activos en espacios como el Foro de Sâo Paulo y el Grupo de Puebla, y establecen alianzas tanto con potencias autoritarias globales —como Rusia, China y Turquía— como con gobiernos democráticos latinoamericanos afines, incluyendo a Colombia, Brasil y México, además de partidos y movimientos ideológicamente cercanos. En el espectro político de derecha no existe una red equivalente en términos de alcance e influencia.
En el plano intelectual, la izquierda autoritaria también goza de un apoyo articulado. Cuenta con respaldo organizado desde instituciones como el Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales, así como con un apoyo espontáneo, reflejado en la sobrerrepresentación de esta corriente en la academia y el campo cultural (Grundberger, 2024). En conjunto, estas redes superan en capacidad de articulación y consistencia a iniciativas como la Atlas Network, vinculada a libertarios, populismos y autoritarismos de derecha.
No se plantea aquí que un autoritarismo sea preferible a otro; sostener eso carecería de base ética e ideológica. Sin embargo, es evidente que las autocracias de izquierda hoy cuentan con mayores ventajas de coordinación en los planos global, regional, intelectual y social.
Variedades de autoritarismo y nuevo orden mundial
América Latina muestra hoy una variedad de autoritarismos que van desde autocracias cerradas a regímenes que transitan a modelos de autoritarismo competitivo o electoral de izquierda y de derecha. Estas variedades de autoritarismos pueden entenderse como un fenómeno contemporáneo caracterizado por la coexistencia y expansión de múltiples formas de gobierno autoritario que persiguen un mismo fin independientemente de su ideología: la concentración del poder y el debilitamiento de los contrapesos institucionales. Así, más que responder a una orientación ideológica específica, estos regímenes comparten una lógica iliberal que busca erosionar las normas democráticas desde dentro, utilizando las propias reglas de la democracia. Estas variedades de autoritarismos implican, por tanto, la puesta en marcha de estrategias, discursos y justificaciones legales, desde la izquierda y la derecha, para instalar gobiernos que restringen el pluralismo, la independencia judicial y las libertades civiles.
Tanto en el norte como en el sur global, figuras como Donald Trump, Viktor Orbán, Nayib Bukele, Javier Milei, Nicolás Maduro, Daniel Ortega o Andrés Manuel López Obrador comparten una narrativa antipolítica que deslegitima y erosiona las instituciones representativas, cuestiona los contrapesos y desprecia el pluralismo. Así, el autoritarismo del siglo XXI se reviste de legitimidad popular, constitucionalidad y adopta formas híbridas que combinan procedimientos democráticos con prácticas iliberales.
Este escenario se ha reforzado con la pérdida de hegemonía de Estados Unidos y la conquista global emprendida por gobiernos con tradición autoritaria como los de China y Rusia, lo que ha fragmentado el orden internacional liberal que desde la posguerra fría había sostenido y promovido la expansión democrática. El nuevo (des)orden mundial se caracteriza por la competencia entre modelos políticos y por la normalización de regímenes autoritarios como actores legítimos en la escena global. Con Trump en el poder, Estados Unidos ya no aparece como promotor de la democracia en regiones como América Latina; por el contrario, hay una colaboración con gobiernos autoritarios como el de Bukele e iliberales como el de Milei, o identificación plena con causas golpistas como la de Jair Bolsonaro en Brasil.
Autoritarismo y democracia
El autoritarismo es, como la democracia, parte del ADN político de las sociedades. No existe en la historia humana un destino predeterminado que consagre la inevitabilidad de una u otra forma de concebir y ejercer el poder. Tampoco superioridad de uno u otro ismo legitimador de aquel. El análisis de la dimensión ideológica del autoritarismo, como proponen Freeden y Stears (2013), y más recientemente Sajó, Uitz y Holmes (2022), sugiere evaluar cualquier ismo concreto a partir de tres niveles interrelacionados. El primero es el nivel normativo, que se refiere a los fines proclamados por la ideología: los grandes ideales, valores políticos y metas que definen públicamente la causa. El segundo es el nivel pragmático, centrado en los medios elegidos para alcanzar esos fines, lo que implica examinar agendas, estrategias, recursos y actores movilizados en la ejecución de los programas ideológicos. Finalmente, el nivel histórico permite valorar los resultados concretos obtenidos por los promotores de la ideología, considerando en qué medida hubo coherencia entre medios y fines a lo largo del proceso, y qué consecuencias dejaron ex post en las personas y comunidades afectadas.
En cualquiera de los tres niveles —normativo, pragmático e histórico—ninguna ideología, ya sea de derecha o de izquierda, al encarnar en regímenes y agendas políticas concretas puede reclamar para sí una legitimidad democrática absoluta. Si bien en gobiernos de derecha e izquierda moderadas el desarrollo institucional puede resultar problemático —como lo ilustran las deficiencias de los casos Mauricio Macri y Lula da Silva, por ejemplo—, en sus versiones extremas el progreso democrático es inexistente. Los casos de Bukele y Maduro lo demuestran con claridad.
La normalización del autoritarismo
Durante la última década y media se ha intentado normalizar el autoritarismo como una forma de gobierno viable, eficaz y legítima. Esta normalización se ha extendido a través de diversas ideologías políticas y narrativas mediáticas con amplio alcance. Desde la derecha y desde la izquierda, en sus versiones iliberales o antiliberales, estas corrientes autoritarias suelen compartir ciertos tópicos comunes, adaptándolos a su contexto. Entre ellos destacan: a) la invocación a la soberanía nacional, encarnada en el Estado o el gobierno, supuestamente amenazada por el avance del globalismo, el progresismo o el neoliberalismo; b) la apuesta por nuevo orden mundial contrapuesto a los actores, valores e instituciones del orden liberal; y c) la deslegitimación constante de los principios, el funcionamiento y los resultados de las democracias liberales, presentadas como inferiores frente a una gobernanza autoritaria que consagra la superioridad de un liderazgo, una organización o una idea única y excluyente.
En el actual contexto, los diferentes gobiernos latinoamericanos aprovechan la fragmentación global para diversificar sus alianzas. La búsqueda de apoyo económico, tecnológico y político en países como China o Rusia otorga a estos regímenes mayor margen de maniobra frente a las presiones internacionales en materia de derechos humanos y democracia. Este reacomodo de vínculos internacionales no solo refleja una estrategia pragmática, sino también una inserción en un mundo donde la democracia liberal ha dejado de ser el único horizonte de legitimidad.
De esta manera, el auge autoritario en América Latina se inscribe en un orden global con menos referentes democráticos en los cuales apoyarse. Este proceso renueva tendencias de vieja data, inscritas en el ADN de la pugna secular (Fung, Moss y Odd, 2024) entre las democracias y sus enemigos. Frente a semejante panorama —muy diferente a los de 1933, 1974 o 1989—, articular una solidaridad transideológica de las izquierdas y derechas moderadas, reunidas para la defensa de la democracia y el enfrentamiento a cualquier actor, discurso o proceso autocratizador (del ismo que sea) es, intelectual y cívicamente, la posición correcta.
Referencias
Benton, A. L. (2012). Bottom-Up Challenges to National Democracy: Mexico’s (Legal) Subnational Authoritarian Enclaves. Comparative Politics, 44(3), 253-271.
Croissant, A., y Tomini, L. (Eds.). (2024). The Routledge handbook of autocratization. Routledge.
Freeden, M., y Stears, M. (Eds.). (2013). The Oxford handbook of political ideologies. Oxford University Press.
Fung, A., Moss, D., y Westad, O. A. (2024). When democracy breaks: Studies in democratic erosion and collapse, from ancient Athens to the present day. Oxford University Press.
Garretón, M. A. (2010). La democracia incompleta en Chile: La realidad tras los rankings internacionales. Revista de Ciencia Política, 30(1), 115-148.
Grundberger, S. (2024). La galaxia rosa. Cómo el Foro de São Paulo, el Grupo de Puebla y sus aliados internacionales socavan la democracia en América Latina, Konrad-Adenauer-Stiftung.
Lührmann, A., y Lindberg, S. I. (2021). A third wave of autocratization is here: What is new about it? Democratization, 28(2), 305-325.
Mainwaring, S., y Pérez-Liñán, A. (2013). Democracies and dictatorships in Latin America: Emergence, survival, and fall. Cambridge University Press.
Nord, M., Altman, D., Angiolillo, F., Fernandes, T., God, A. G., y Lindberg, S. I. (2025). Democracy report 2025: 25 years of autocratization – Democracy trumped? V-Dem Institute, University of Gothenburg.
Sajó, A., Uitz, R., y Holmes, S. (Eds.). (2022). Routledge handbook of illiberalism. Routledge.
Wiatr, J. J. (Ed.). (2019). New authoritarianism: Challenges to democracy in the 21st century. Barbara Budrich Publishers.