Desde Ecuador, los empresarios del narcotráfico de Albania, Serbia y Montenegro se convirtieron en los principales protagonistas de la expansión del negocio de la cocaína en Europa, África y Asia. Lo lograron en menos de diez años.
Su despegue en el crimen transnacional se debe a varios factores. El principal es que la demanda de cocaína se disparó en Europa. Desde 2020 —tras la pandemia de COVID-19—, Europa superó a Estados Unidos como principal destino mundial.
Así, en el Viejo Continente, el mercado del alcaloide se cuadruplicó en los últimos 15 años, entre 2010 y 2025, según informes de la Unión Europea. En este lapso, casi todos los países de América Latina se han convertido en engranajes importantes para el tráfico de cocaína. Esto ocurre ya sea como productores, procesadores, transportistas de la droga o paraísos para el lavado de activos.
Ante esa demanda creciente, América del Sur produce ahora más del doble de cocaína que hace una década. Según cifras de la DEA, el cultivo de coca en Colombia, origen de la mayor parte de esa droga en el mundo, se ha triplicado. Además, la cantidad de tierra utilizada para cultivar hoja de coca es más de cinco veces mayor que cuando el capo de la droga Pablo Escobar fue asesinado en 1993. El 70 % de la cocaína que produce ese país sale hoy desde los puertos ecuatorianos.
Siguiendo el éxito de los grupos criminales de los Balcanes, organizaciones de Italia, Turquía y Rusia han llegado a la región para captar una parte del negocio. Este negocio se expande cada vez más hacia destinos más lejanos. Allí, los costos y las ganancias son mayores.
Un kilo de cocaína, que en Ecuador cuesta unos 2.500 dólares, puede llegar a valer 35.000 dólares en Europa y 150.000 en Australia. Pocas redes, además de los cárteles colombianos y mexicanos en sus mejores tiempos, han logrado abrirse camino en el tráfico de cocaína. Sin embargo, las organizaciones albanesas, serbias y montenegrinas lo han hecho con rapidez y eficacia.
Publicación: julio 2026
ISBN 978-9915-9908-1-1
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