La guerra del futuro como problema del presente

Los juegos de guerra del Pentágono sugieren que EEUU perdería un conflicto directo con China. La guerra dejó de ser excepcional y se convierte es un componente estructural del nuevo orden mundial.

Por: Julieta Heduvan 29 Ene, 2026
Lectura: 8 min.
Washington, Monumento a la Guerra del Cuerpo de Marines. Foto: Shutterstock
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Artículo original en español. Traducción realizada por inteligencia artificial.
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El editorial del The New York Times del 8 de diciembre de 2025, America Must Prepare for the Future of War (América debe prepararse para el futuro de la guerra), parte de una preocupación inmediata sobre la pérdida relativa de ventajas militares de Estados Unidos frente a China. Bajo la fachada de una invencibilidad histórica, EEUU enfrenta una realidad alarmante: los juegos de guerra del Pentágono sugieren que el país perdería un conflicto directo con China.

Para revertir este declive, el consejo editorial del diario sostiene que el país debe desmantelar su anquilosado complejo industrial-militar y priorizar la agilidad sobre la tradición. Esto implica reformar los procesos de adquisición del Pentágono para incluir a empresas jóvenes y tecnológicas, exigir que el Congreso deje de priorizar intereses electorales en el gasto de defensa y revitalizar la base manufacturera nacional.

No obstante, el verdadero alcance de lo expuesto es más profundo. El texto periodístico expone un problema estructural del orden internacional contemporáneo: la brecha creciente entre un sistema global construido bajo supuestos de estabilidad, interdependencia y superioridad tecnológica occidental, y una realidad marcada por la conflictividad permanente, la competencia industrial y la erosión de los mecanismos de gobernanza.

La editorial es una hoja de ruta para la guerra para el gobierno estadounidense. “En los juegos de guerra, grandes buques como el U.S.S. Gerald R. Ford suelen ser destruidos. Aun así, la Armada planea construir al menos nueve portaaviones adicionales de la clase Ford en las próximas décadas. Estados Unidos debe adoptar métodos de guerra nuevos y más ágiles. Esto implica, al mismo tiempo, ganar la guerra para construir nuevas armas autónomas y liderar el mundo en su control. Lograrlo requerirá desafiar el statu quo en el diseño y la fabricación de armas”.

Programación de drones de combate. Fuente: Smoliyenko Dmytro/Ukrinform/ABACA
Programación de drones de combate. Fuente: Smoliyenko Dmytro/Ukrinform/ABACA

Ya no es cómo sino cuánto

Sin embargo, leído en clave analítica, también es un diagnóstico sobre el retorno de la guerra como organizador central de la política internacional. La cuestión ya no es solo cómo se combate, sino qué tipo de Estados, economías y estructuras sociales pueden sostener una competencia prolongada en un mundo más violento, fragmentado e imprevisible.

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Su diagnóstico trasciende ampliamente el plano estrictamente castrense. Leído con atención, el texto expone un problema estructural en torno a la desalineación entre el orden internacional heredado de la posguerra fría y un mundo que ha vuelto a organizarse alrededor del conflicto, la competencia industrial y la coerción estratégica.

La guerra ha dejado de ser un episodio excepcional para convertirse en una variable permanente del sistema internacional, con efectos profundos sobre la economía política global, las cadenas de valor, las finanzas públicas y las jerarquías de poder entre Estados.

La transformación del escenario militar como síntoma

Uno de los puntos centrales del debate actual es la mutación del campo de batalla. La incorporación acelerada de inteligencia artificial, drones de bajo coste, sistemas autónomos y capacidades cibernéticas ha erosionado la lógica tradicional de la superioridad militar basada en plataformas costosas, escasas y altamente sofisticadas. Sin embargo, este cambio tecnológico no es un fenómeno aislado: es la expresión militar de transformaciones más amplias vinculadas a la fragmentación productiva y la aceleración de los ciclos de innovación.

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El editorial de The New York Times advierte que EEUU continúa atrapado en un modelo heredado, priorizando sistemas “exquisitos” que resultan cada vez menos sostenibles frente a un adversario capaz de producir en volumen, adaptarse rápidamente y asumir mayores niveles de desgaste.

La discusión no se limita a qué armas son más eficaces, sino a qué tipo de Estado, economía e institucionalidad puede sostener una competencia prolongada en un entorno de incertidumbre permanente.

Combate de drones en la guerra en Ucrania. Foto: Shutterstock
Combate de drones en la guerra en Ucrania. Foto: Shutterstock

Guerra, industria y economía

La reaparición de la guerra como eje de las relaciones internacionales ha revalorizado un elemento frecuentemente subestimado en la globalización: la capacidad industrial. Los conflictos han demostrado que, en guerras largas, la ventaja decisiva no reside únicamente en la tecnología de punta, sino en la capacidad de producir, reponer y adaptar recursos a gran escala.

Este punto es central en el diagnóstico estadounidense sobre China, pero también revela una tensión más profunda del capitalismo contemporáneo. Durante décadas, las economías avanzadas privilegiaron la eficiencia, la externalización y la reducción de costos, debilitando sus bases industriales. Hoy ese modelo choca con un entorno donde la resiliencia, el control de insumos estratégicos y la capacidad manufacturera se han convertido en activos geopolíticos.

Auge y contradicción

En este contexto de creciente conflictividad, la industria armamentista ha registrado ganancias históricas. Según un informe del Stockholm International Peace Research Institute (SIPRI), en 2024 las ventas globales de armas alcanzaron los 679.000 millones de dólares, impulsadas por la guerra en Ucrania, el conflicto en Gaza, el rearme europeo y el aumento generalizado de los presupuestos de defensa. Empresas europeas, asiáticas y nuevos actores tecnológicos registraron crecimiento, sin embargo, no debe leerse únicamente como un indicador de fortaleza.

Estas cifras récord ocultan una fragilidad subyacente. Parte del aumento de ingresos se explica por el encarecimiento de los insumos, los retrasos productivos y la reconfiguración forzada de las cadenas de suministro. El boom del sector no refleja necesariamente una mayor capacidad de producción efectiva, sino una economía de guerra inflacionaria y cada vez más dependiente de recursos escasos.

Las cifras récord conviven con retrasos crónicos, sobrecostes estructurales y cuellos de botella productivos, especialmente vinculados a la escasez de minerales críticos y a cadenas de suministro cada vez más politizadas. El aumento de ingresos refleja tanto la demanda como el encarecimiento de producir en un mundo fragmentado, donde la interdependencia ya no garantiza acceso estable a insumos clave. La actual puja estratégica de EEUU y China por recursos y la nueva estrategia de EEUU sobre Venezuela y Groenlandia son prueba fehaciente de ello.

Un orden más violento y menos gobernable

El trasfondo de esta propuesta racionalizada es la percepción de que el orden internacional liberal atraviesa una fase de erosión acelerada. El aumento de los conflictos armados, el regreso explícito de la disuasión nuclear y la proliferación de frentes simultáneos indican que las normas, instituciones y mecanismos de contención construidos en décadas anteriores han perdido eficacia.

Este escenario no implica necesariamente un colapso inmediato del sistema, pero sí una transición hacia una normalidad más inestable, donde la coerción gana peso frente a la cooperación y donde los Estados priorizan la seguridad y la autonomía estratégica por sobre la eficiencia económica o la gobernanza global.

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Para los países no centrales y gran parte del llamado Sur Global, este cambio de paradigma plantea desafíos específicos. Aunque algunos Estados emergentes han logrado capitalizar el nuevo contexto desarrollando industrias de defensa propias o ampliando su margen de maniobra diplomático, la mayoría enfrenta mayores limitaciones estructurales. En un mundo más militarizado, el acceso al financiamiento, al armamento y a los espacios de decisión se vuelve más restrictivo, mientras que los costos de la inestabilidad aumentan de forma desproporcionada.

El problema no es únicamente cómo debe prepararse EEUU para la guerra del futuro, sino qué tipo de orden internacional está emergiendo. La centralidad creciente del conflicto, la industria y la coerción revela un mundo menos previsible, más desigual y difícil de gobernar.

En este escenario, la guerra deja de ser un evento excepcional para convertirse en un componente estructural. Comprender esta transformación resulta fundamental para analizar las nuevas jerarquías de poder y las opciones, cada vez más limitadas, de los países que quedan fuera del núcleo central del orden global.

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Julieta Heduvan

Julieta Heduvan

Internacionalista y magíster en estudios latinoamericanos por la Universidad de Salamanca. Autora del libro “Paraguay, Política Exterior e Integración Regional. Un recorrido hacia la contemporaneidad” con Intercontinental Editora S.A. (2019). Coordinadora de ALADAA Paraguay.

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