El plan de Estados Unidos en Venezuela: ¿cuáles son los obstáculos y cómo se pueden superar?

El gobierno de Donald Trump ha conminado al chavismo a desmontar progresivamente su régimen autoritario. ¿Qué retos enfrenta este plan para que sea viable y sostenible? ¿Dónde están los principales problemas y dónde las posibles oportunidades?

Por: Miguel Ángel Martínez Meucci 21 Ene, 2026
Lectura: 7 min.
Estados Unidos y Venezuela.
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Artículo original en español. Traducción realizada por inteligencia artificial.
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En un artículo anterior explicamos por qué todas las negociaciones entre el régimen chavista y la oposición democrática en Venezuela fracasaron hasta ahora. Concluíamos que el desbloqueo de la situación requería invertir la asimetría existente en la capacidad para ejercer la fuerza, que hasta ahora ha favorecido al chavismo.

Ese desbloqueo solo ha sido posible con la intervención de los Estados Unidos. La fulgurante Operación Resolución Absoluta conducida el 3 de enero de 2026 logró la extracción de Nicolás Maduro para conducirlo a enfrentar un proceso penal por narcotráfico en Nueva York. Al menos 32 militares cubanos murieron en el ataque, evidenciando así lo que se rumoraba hacía años: la soberanía de Venezuela había sido intervenida por Cuba al más alto nivel.

La captura de Maduro cambió por completo la dinámica de la conflictividad política en Venezuela y genera dilemas inéditos en el chavismo. La cooperación forzada que le imponen ahora los norteamericanos acarrea profundas diatribas y recelos mutuos entre los principales líderes del régimen: por un lado, los dispuestos a acatar órdenes de Washington, y por el otro quienes no lo están.

El presidente Donald Trump, y el secretario de Estado, Marco Rubio, durante la Operación Resolución Absoluta. Foto: @WhiteHouse
El presidente Donald Trump, y el secretario de Estado, Marco Rubio, durante la Operación Resolución Absoluta. Foto: @WhiteHouse

Nuevo posicionamiento de Estados Unidos

Cuando no hay acuerdo en torno a las reglas, estas las dicta quien se impone por la fuerza. Y las que ahora mismo imponen los Estados Unidos no están principal ni exclusivamente orientadas a detener la migración masiva, frenar el narcotráfico o recuperar la democracia para los venezolanos. Más allá de todo lo anterior, Venezuela es una piedra fundamental para construir el nuevo posicionamiento de EEUU en el mundo, lo cual amerita el pleno restablecimiento de su hegemonía en las Américas y el control indisputado del Caribe.

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Este objetivo empezó a concretarse con la recuperación del Canal de Panamá (primer destino en el extranjero visitado por Marco Rubio tras asumir la jefatura del Departamento de Estado en enero de 2025), desarrollado con el despliegue operativo del Comando Sur en aguas caribeñas y consolidado con el desmontaje progresivo del régimen chavista, principal proxy en la región de los rivales extrahemisféricos (Rusia, China, Irán) y benefactor de la Cuba castrista.

El desmontaje de un régimen autocrático y enemigo de los EEUU no es tarea sencilla. La prioridad para Washington es que dicho proceso tenga lugar de forma controlada y acorde con su propio interés nacional. De ahí que el presidente Trump haya indicado que su gobierno estará a cargo de dirigir a Venezuela hasta que se consolide la democracia en dicho país.

Transición por rupt-forma

El escenario planteado en Venezuela no muestra una transición por reforma (como suele suceder cuando una dictadura negocia y planifica su salida), ni por ruptura (lo que pasa cuando una autocracia colapsa). Se observa más bien una rupt-forma: el régimen negocia a la baja tras verse obligado a ello por actores a los que no puede someter. Y para acometer este cambio, el secretario de Estado Marco Rubio ha indicado que existe un plan general, compuesto por tres fases: estabilización, recuperación y transición.

La fase de estabilización está pensada para el corto plazo, y se propone impedir la caída del país en una anarquía propiciada por los múltiples grupos armados que operan en el seno del régimen chavista. Se espera que Delcy Rodríguez —vicepresidenta de Maduro que quedó a cargo— controle a esa variedad de grupos militares, paramilitares y criminales, cuyos líderes temen ahora ser expulsados del sistema o entregados a los estadounidenses.

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La estabilización pasa también por el control directo y temporal de los norteamericanos sobre las exportaciones de petróleo crudo y sus ingresos, que serán manejados en un principio a través de cuentas estadounidenses. Al administrar directamente el petróleo venezolano, Washington intenta cortarle al chavismo sus fuentes de financiamiento y nexos económicos con sus socios. El petróleo no sólo le servirá a EEUU para hacer negocios. Sino también como arma geopolítica contra autocracias petroleras como Rusia o Irán, que lo usan de igual modo contra Occidente.

La segunda fase es de recuperación. Prevé el reingreso progresivo de Venezuela a los mercados y la banca internacional, así como la reparación de la infraestructura crítica y el restablecimiento gradual de los derechos civiles y políticos. Washington quiere propiciar la inversión masiva de las compañías petroleras estadounidenses mientras presiona por la liberación de los presos políticos, que actualmente oscilan entre 800 y 1000. Ya han sido excarceladas varias decenas de presos, incluyendo ciudadanos europeos que el chavismo ha empleado como fichas de cambio.

La fase de transición, sobre la que se han ofrecido menos detalles, implicaría la realización de elecciones y la restitución del ejercicio efectivo de la soberanía a los venezolanos.

Delcy Rodríguez, presidenta interina de Venezuela, en el Palacio Federal Legislativo el 15 de enero de 2026
Delcy Rodríguez, presidenta interina de Venezuela, en el Palacio Federal Legislativo el 15 de enero de 2026. Foto: Radio Miraflores

Viabilidad del plan

Desde la lógica formal del control político, el plan descrito tiene sentido. Pero su viabilidad depende, por un lado, de la voluntad (forzada o no) que quienes hoy lideran al chavismo demuestren a la hora de cooperar con la administración Trump. ¿Quieren hacerlo, luego de que las demás opciones pierdan factibilidad tras la captura de Maduro? Y de ser así, ¿pueden hacerlo? Por otro lado, depende también de que los venezolanos y los demócratas del mundo perciban que el proceso en general respeta la soberanía e involucra al liderazgo legítimo y electo por el pueblo de Venezuela.

El primer punto no está claro. En primer lugar, porque los hermanos Delcy y Jorge Rodríguez (presidente de la Asamblea Nacional) nunca destacaron por su moderación. Sus vínculos históricos con los aspectos más radicales de la Revolución Bolivariana son abundantes e innegables. En segundo lugar, la ruta pautada por Estados Unidos será efectiva en la medida en que los hermanos Rodríguez dobleguen a sectores como los que lidera el ministro de interior, Diosdado Cabello, que actualmente controlan múltiples medios de coacción en el país. Todo esto está aún por probarse.

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En cuanto al rol de la soberanía popular de Venezuela, el país se ha articulado orgánicamente a través del liderazgo ejercido por la Premio Nobel de la Paz, María Corina Machado, y el presidente electo Edmundo González. Dicha articulación se hizo necesaria para superar la represión chavista y hacer posible la victoria electoral de julio de 2024. Fue un logro del que millones de venezolanos se sienten partícipes. Son muy pocas las transiciones que pueden contar con un liderazgo democrático tan nítido y orgánicamente constituido.

María Corina Machado entrega medalla del Nobel de la Paz a Donald Trump. Foto: @WhiteHouse

El papel de este liderazgo en la ruta definida por Washington aún no está claro. Pero su participación explícita es la única seña visible y concreta que puede emerger en el camino, tanto para los venezolanos como para los gobiernos extranjeros y los mercados internacionales, de que la transición tutelada por EEUU es legítima ante los venezolanos y que podrá conducir efectivamente a un cambio sustancial, y no a algún tipo de continuidad del régimen chavista.

Las opiniones expresadas en esta publicación son responsabilidad exclusiva de sus autores y no reflejan necesariamente la posición institucional de Diálogo Político ni de la Fundación Konrad Adenauer.

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Miguel Ángel Martínez Meucci

Miguel Ángel Martínez Meucci

Profesor de Estudios Políticos. Consultor y analista para diversas organizaciones. Doctor en Conflicto Político y Procesos de Pacificación por la Universidad Complutense de Madrid

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