Nicaragua, Ortega y el síndrome de Hibris

¿Tiene alguna repercusión psicológica la perpetuidad en el poder en un mandatario? Según el político y médico, David Owen,[1] «los líderes que sufren de este síndrome creen que son capaces de grandes obras, que de ellos se esperan grandes hechos y creen saberlo todo y en todas circunstancias, y operan más allá de los límites de la moral ordinaria». A esto se le conoce como el síndrome de Hibris, una palabra de origen griego que significa desmesura.

Nicaragua se encuentra en un contexto social crítico, luego de ocho días de manifestaciones con al menos 40 personas muertas en su mayoría jóvenes. Entre ellos, el periodista Miguel Ángel Gahona, abatido mientras filmaba y relataba una de las protestas en plena vía pública, quizás la imagen más tenebrosa de represión que se ha visto en mucho tiempo. Hay además un centenar de heridos y varios desaparecidos.

El detonante fue una reforma al modelo de la seguridad social nicaragüense impulsada por el Poder Ejecutivo de Daniel Ortega, la que afectaba a los empresarios y a los trabajadores, aumentando en el primer caso el 3% de la contribución y en el segundo caso el incremento del 0,75%.

Más allá del aumento del monto, lo que más preocupaba a los trabajadores (porción mayoritaria en un modelo de seguridad social contributiva) era la implementación de medidas que afectarían los resultados de sus aportes, al disminuir las pensiones y aumentar los requisitos de cotización, con periodos de vida laboral más largos previo al retiro.

Sin embargo, lo que acontece hoy en Nicaragua no es una simple protesta a las mencionadas medidas tomadas por el gobierno. Se fundamenta en el contexto de las formas, más que del fondo. Y es que los nicaragüenses se unieron una vez más con un reclamo y un alzamiento de voz que no encontró oídos, y con la primera intervención de la policía para callar sus voces se proyectaron en sus mentes los recuerdos de hechos similares en los que fueron ignorados por un gobierno aferrado once años al poder. Son once años de no dialogar con los sectores que clamaban por ser oídos.

Las reformas al Instituto Nicaragüense de Seguridad Social (INSS) fueron la gota que derramó el vaso de la discordia en la sociedad nicaragüense, agobiada por altos precios de los combustibles, malas condiciones salariales, abuso del poder, corrupción, un sistema electoral desacreditado y una fuerte represión de las fuerzas de choque del gobierno hacia los grupos de manifestantes.

La razón del reclamo inicial de los manifestantes puede ser sujeto a una discusión técnica. Pero es obligación de un mandatario oír, entender y dialogar con los grupos que tengan diversas opiniones, respetando sus derechos. Invisibilizarlos y reprimirlos fue la receta perfecta para obtener el caos en que se ve consumido el gobierno de Daniel Ortega.

Y es que cuando un mandatario padece del síndrome de Hubris, sus acciones y toma de decisiones se basan únicamente en creer que él tiene siempre la razón, un síndrome obnubilante que no le permitió a Ortega leer con claridad el panorama de lo que se avecinaba.

Prueba fehaciente de lo anterior son las acciones que tomó el Gobierno luego de las protestas. En primer lugar, luego de la emisión de la resolución sobre la reforma reprimió a un pequeño grupo de estudiantes que salieron a manifestarse, como si fuesen delincuentes; posteriormente aparecieron grupos de choque que robaban cámaras y golpeaban a los comunicadores y manifestantes. Además, el ejército nicaragüense se desplegó en varios puntos del país. Todo esto mientras el gobierno guardaba absoluto silencio.

Las críticas de los medios de comunicación no tardaron en llegar y esto generó una acción muy común en Nicaragua y en las dictaduras: la censura. Cortaron la señal de aire de los canales que transmitían las protestas, incluyendo al medio 100% Noticias. Pero claro, no pudieron cortar los cientos de videos y transmisiones en vivo a través de las redes sociales. La violencia fue en escalada, los jóvenes tomaron universidades para resguardarse en ellas, también iglesias, las fuerzas antidisturbios ingresaron de todas formas, el número de víctimas fue en ascenso, hubo saqueos a supermercados, desaparecidos. Un verdadero caos.

Rosario Murillo, vicepresidente y esposa de Ortega, fue la primera en dar declaraciones desde el gobierno. Lejos de propiciar el diálogo y contribuir a la paz, expresó: «Parecen vampiros reclamando sangre para nutrir su agenda política», refiriéndose a los manifestantes, además de calificar a los estudiantes de «gente tóxica», entre otras expresiones.

El descontento fue tal que produjo una reacción en cadena con protestas simultáneas en varias ciudades del país y, a pesar de que Ortega ya ha revocado la resolución, las marchas y las manifestaciones no se han detenido. Hoy la ciudadanía organizada pide la renuncia del matrimonio Ortega-Murillo y la reforma de salud pasó a un segundo plano.

El día 25 de abril la Iglesia católica tomó el rol de canalizadora del diálogo. «Para facilitar el clima de diálogo consideramos esencial e imperativo que tanto el gobierno como cada miembro de la sociedad civil evite todo acto de violencia, de irrespeto a la propiedad pública y prevalezca un clima sereno y de absoluto respeto a la vida humana de todos y cada uno de los nicaragüenses», expresó el Episcopado en ese comunicado leído por el cardenal Leopoldo Brenes.

Ortega ya ha liberado a decenas de manifestantes arrestados y ha eliminado los obstáculos a los medios de comunicación independientes.

En la antigua Grecia era sabido que hibris antecedía a la caída. La persona que cometía hibris era culpable de querer más que la parte que le fue asignada en la división del destino. La desmesura designa el hecho de desear más que la justa medida que el destino asigna. El castigo a la hibris es la némesis, el castigo de los dioses que tiene como efecto devolver al individuo dentro de los límites que cruzó.[2]      

Pero esto no es Grecia, es Nicaragua, expuesta a la indignación ciudadana causada por el irrespeto a los derechos humanos y la libertad de expresión, los abusos de poder, las injusticias y la corrupción, con una ciudadanía que anhela avanzar hacia una democracia consolidada, dispuesta a fijar límites y marcar un punto final.

 

Juan José Díaz Quintana | @jotadiazquin
Analista político. Miembro de la Red Latinoamericana de Jóvenes por la Democracia. Gerente general de Lex Group Consultores

 

 [1] Autor británico, en su libro en el Poder y la enfermedad: Enfermedades de Jefes de Estado y de Gobierno en los últimos 100 años

[2] Fisher, Nick (1992). Hybris: a study in the values of honour and shame in ancient Greece. Warmister (Reino Unido): Aris & Phillips. ISBN 9780856681448.