El nacimiento de una dictadura

Fuertes similitudes hacen comparables el nacimiento de la dictadura de Anastasio Somoza García en los años treinta del siglo XX con el régimen Ortega-Murillo.

Protestas en Nicaragua | Foto: MRS, vía Flickr
Protestas en Nicaragua | Foto: MRS, vía Flickr

Diversas visiones se plantean sobre las causas de una y otra dictadura y sobre los diferentes pesos en cada una de las cuestiones políticas, la desigualdad económica, las condiciones internacionales, el incremento de la represión, el zancudismo, etc., así como sobre los disparadores del nacimiento de cada una de ellas.

Lo que merece rescatarse son las estrategias que pusieron en marcha tanto Somoza García como Ortega-Murillo para consolidar su poder político.

La crisis de los años treinta desató un fervor somocista en las elites de la época que derivó en la dictadura de Somoza García (1936-1956). Y, si bien algunas personas fueron críticas a ese proceso político, otros y principalmente la gran mayoría de los conservadores, intelectuales y sectores de la clase dominante y del gran capital de la época, se orientaron hacia un apoyo total a la naciente dictadura; aceptaron el poder autoritario que les permitía incrementar sus beneficios económicos y su seguridad empresarial.

En ese entonces, algunas personas señalaron los peligros que el autoritarismo suponía para el país y vaticinaron que, al final, todos íbamos a sufrir las consecuencias negativas de un régimen dictatorial, tal y como sucedió en la realidad. Sin embargo, aunque ninguno de los opositores al nacimiento de la dictadura de Somoza García fue escuchado, ellos siguieron convencidos de las consecuencias desastrosas para la nación, en el caso de continuar con el apoyo y consolidación de la dictadura Somoza García.

Las condiciones políticas y sociales que se produjeron entre 2007 y 2018 son parecidas a las arriba descritas: agotamiento de la política tradicional encabezada por la derecha clásica, modelo enmarcado en un proceso de flagrante desigualdad económica y social, desempleo, crecimiento insuficiente y pobreza en aumento, mientras la riqueza se concentraba en una minoría. Y parecieron repetirse las principales políticas rubricadas por Somoza García: democracia de fachada, desprecio a la ley, Estado botín, nepotismo, autoritarismo, represión, etc.

En nombre del pragmatismo o centrismo político se hacen alianzas espurias, negociaciones indecentes debajo de la mesa, abrazos inesperados en las recepciones diplomáticas, reconciliaciones insospechadas, corruptos condenados obtienen diputaciones o cargos importantes en el aparato del Estado.

Por la ruta del pragmatismo, los políticos tradicionales llegan a los conciliábulos menos imaginables, a los acuerdos o pactos más inverosímiles. Recordemos el pacto Somoza García-Cuadra Pasos en 1939; el pacto Somoza García-Chamorro en 1950; Somoza Debayle-Agüero Rocha en 1971, el pacto Alemán-Ortega en 1999, el pacto Montealegre-Ortega 2006 y el pacto Pellas-Ortega 2007-2009.

Ante este panorama ominoso, Ortega-Murillo se plantearon consolidar el control sobre las fuerzas armadas (con las reformas de las leyes respectivas) para tener bajo su mando directo al ejército y a la policía, por temor de un incremento de las protestas sociales, como sucedió a partir de abril de 2018.

El régimen Ortega-Murillo con su estilo alejado del consenso, y más bien de confrontación, no vive su mejor momento político; existe el peligro de que se desarrolle mayor inestabilidad con focos rojos, tanto internos como externos.

Mientras tanto, los viejos líderes empresariales, al igual que los políticos tradicionales, profesan las mismas y viejas ideas de la cultura política: el pacto.

Líderes empresariales, políticos tradicionales, sectores de la Iglesia católica encabezados por el nuncio apostólico buscan una salida a la crisis sociopolítica que no requiera un cambio profundo de esa forma, para no pagar las consecuencias de su apoyo al nacimiento de la dictadura Ortega-Murillo.