El patrimonio, como el legado que recibimos del pasado, importa por su presencia viva en el presente. Se nutre de la materialidad de sus testimonios, del sistema de costumbres, rituales y creencias inmateriales que vivieron con nuestros antepasados. Con ellos construimos —en buena medida— nuestra cultura. A ella contribuyen los grupos inmigrantes en circunstancias tan especiales como es su partida, ya no solo de su tierra sino de este mundo.

Panteón familiar en el Cementerio Británico de Montevideo | Foto: Eduardo Montemuiño

Panteones familiares en el Cementerio Británico de Montevideo | Foto: Eduardo Montemuiño

«Músico toca una y otra vez esas lindas canciones de mi patria.»
Epitafio escrito en alemán en la estela funeraria de la familia Bayer
en el Cementerio Británico de Montevideo, del escultor José Belloni.

Si en esa realidad observamos el movimiento de las personas inmigrantes, veremos que el tener un lugar en este mundo es hoy una situación totalmente contemporánea, y donde morir —es decir, contar con un espacio digno para el descanso eterno— es tanto más importante que un lugar donde vivir en esa tierra adoptiva, de otro lenguaje y raíces sociales a la que integrarse.

Por eso importa ver estas vidas también desde el espacio ritual y funerario de los cementerios, no solo por todo lo que tienen para decir desde ese silencio eterno, sino como refugio de esas expectativas que fueron un día todo deseo de mejorar la vida —alejándose de todo lo que se amaba— y, finalmente, se escriben en la piedra, esculturas, cruces y en los epitafios, de múltiples maneras.

Los cementerios británicos fueron los primeros en dar lugar a los fallecidos de credos no católicos romanos. Incluyeron allí no solo a los ingleses sino a todo extranjero que no era identificado en su religión al momento de fallecer en el puerto o en una ciudad. Así se encuentran alemanes, franceses, chinos, griegos, rumanos, armenios y libaneses o árabes que venían a distintos puntos de América. Un caso referente está en Fray Bentos (Uruguay), con su fábrica Liebig’s que atrajo a miles de extranjeros que buscaban trabajo; Montevideo, por ser la capital portuaria del país, alojó y recibió a estos inmigrantes que comenzaban una nueva vida y sin mucha esperanza clara de volver a su tierra natal. Traían muy pocas pertenencias y una fuerte fe en su futuro.

Las guerras, cambios laborales e industriales y hambrunas de Europa de la segunda mitad del siglo XIX contribuyeron a la llegada de contingentes de distintos países con sus costumbres y prácticas sociales, que se reflejan claramente en los cementerios de disidentes o protestantes, como se les llamaron muchas veces en crónicas, y popularmente denominando a todos como de ingleses a secas y sin distinción. Esto ocurría en todo el mundo, porque eran los súbditos de Inglaterra quienes primero empezaban a conseguir estos predios para sus fallecidos en los lugares comerciales de asiento del Imperio. Eran necrópolis autorizadas por la Iglesia católica romana y los reyes locales para estas religiones y otras similares —anglicanos, metodistas, calvinistas y luteranos, entre ellos—, de manera de fueran lugares dignos de sus respetos y con todas las garantías legales.

En Uruguay los había en varias ciudades. En Montevideo, el Cementerio Británico, en sus dos ubicaciones en el tiempo. El predio inicial —de 1828 a 1885— estaba donde hoy se ubica la actual Intendencia del departamento; la segunda ubicación, en el Buceo, desde 1885 al día de hoy. Hubo otros en Colonia, Paysandú y Río Negro. Quedan pequeños cementerios de estancias o panteones en el campo, como en San Jorge, Durazno, por tomar algunos ejemplos. Es de particular destaque el caso de Nueva Helvecia y su Cementerio Evangélico, compartido por dos confesiones diferentes.

Una nueva mirada patrimonial a los cementerios.
Desde la vida al arte, de la historia a la memoria

Sin dudas que aquí hablamos de memorias y de historias de quienes vivieron sus realidades y circunstancias de vida, sin pensar en ser o hacer patrimonio. Nuestra mirada actual los valora como patrimonio vivo, por todo lo que nos enseñan desde un calificado entorno funerario. Se reflejan oficios y trabajos de ebanistas y marmolistas, campos de la enseñanza en símbolos y ejemplos artísticos, legados deportivos y personajes políticos. De las religiones que los acompañan hasta símbolos del tiempo y de la naturaleza, de su tierra natal y de su nuevo hogar.

La presencia de valiosas obras de arte por sus características formales es lo que se nos pone a la vista en una primera aproximación, tanto de talleres y autores extranjeros como nacionales o traídas de sus países de origen con sellos de empresas importantes y con las firmas de fábricas de escultores muy destacados de Europa. Han dejado así un testimonio material inmenso de su paso por el tiempo y otro del patrimonio inmaterial que trasmiten en silencio —que vale la pena tratar de comprender— sobre los ritos y costumbres que acompañaron cada despedida de un familiar o amigo.

Esta propuesta está presente para las generaciones futuras y para darle un sentido didáctico a la apreciación y entendimiento del contexto cultural que la generó. No debemos dar lugar al olvido, sino recuperar esos legados patrimoniales con respeto y ética. Debemos tener presente esta responsabilidad al hablar de quienes no están y de quienes seremos sus voces cuando se propongan un folleto o un recorrido temático.

La memoria de nuestros antepasados se encuentra escrita en los cementerios. Son la historia y la vida de lo que hoy somos.

En Europa, la Ruta de Cementerios Singulares de Unesco tiene unos 74 cementerios en 24 países hermanados. En Uruguay estamos trabajando con el patrimonio funerario en muchos departamentos. Invitamos a conocer lo que tienen para contarnos desde el trabajo que lleva adelante la Red Uruguaya de Cementerios y Sitios Patrimoniales, y desde las propuestas que van surgiendo en nuestros cementerios, refugios de la historia y resguardo de memorias.

 

Eduardo Montemuiño
Uruguayo. Arquitecto. Coordinador de la Red Uruguaya de Cementerios y Sitios Patrimoniales