A miles de kilómetros de distancia de la trinchera entre Rusia y Ucrania, la guerra se experimenta de otra manera. Cientos de familiares esperan un mensaje que nunca llega o son sorprendidos con una noticia que les roba la esperanza. Los latinoamericanos están siendo reclutados para formar parte de un combate que no es el suyo y que está cada vez más internacionalizado.
Si bien este fenómeno llama la atención por las recientes denuncias en varios países de la región, no es nuevo. Desde el comienzo de la invasión, Rusia y Ucrania abrieron, por separado, la posibilidad del reclutamiento de extranjeros para fortalecer sus fuerzas armadas, lo que no implica un acuerdo mutuo, sino decisiones independientes de cada nación.
Las condiciones del reclutamiento tienen diferencias importantes respecto a los incentivos o cómo se integra a estos ciudadanos dentro de las estructuras bélicas. Por ejemplo, Ucrania lo presenta más como una incorporación voluntaria a la defensa de un Estado invadido. Rusia tiene un sistema de contratación militar basado en incentivos económicos y administrativos.
La guerra, que lleva más de cuatro años y cuyo conflicto original se remonta a 2004, no ha terminado en la victoria que Rusia esperaba obtener rápidamente, pese a su superioridad material. Esto tampoco significa que Ucrania esté en condiciones de expulsar a las fuerzas rusas. La pugna atraviesa una prolongada etapa de desgaste, en la que ambos bandos intentan mejorar su posición militar y política de cara a una eventual negociación.
Todo apuntaba a que Rusia saldría favorecida, por su mayor población y capacidad industrial y militar. Sin embargo, mantener el esfuerzo bélico está teniendo un costo creciente. Se registran decenas de miles de bajas al mes (30 mil aproximadamente) y las regiones rusas están bajo una fuerte presión para aportar nuevos soldados y sostener el ritmo de las operaciones en el frente.

En la trinchera rusa
Según un informe de la Federación Internacional de los Derechos Humanos (FIDH), Rusia ha reclutado al menos a 27 mil extranjeros de más de 130 países. Se describe como un “sistema de reclutamiento global que se dirige deliberadamente a poblaciones más vulnerables, como migrantes indocumentados, detenidos, trabajadores en situación precaria o incluso estudiantes extranjeros, en decenas de países de Asia, África y América Latina”.
Rusia enfrenta crecientes dificultades para encontrar suficientes efectivos que permitan reponer sus filas. El reclutamiento mediante contratos voluntarios —acompañado de fuertes incentivos económicos— es el principal mecanismo utilizado por el Kremlin para evitar una nueva movilización general. Pero el ritmo de incorporación se ha desacelerado mientras las pérdidas en el campo de batalla siguen siendo elevadas.
América Latina es un espacio de interés para Rusia. Las condiciones de vulnerabilidad han propiciado un terreno fértil para las ofertas. Por eso, muchos ciudadanos ven en estas propuestas su mejor alternativa de salida a la pobreza. De acuerdo a la inteligencia militar de Kiev, citada por El País, unos 20 mil cubanos fueron contratados por el ejército ruso. El promedio de supervivencia de estos reclutas es de apenas 150 días tras su despliegue en el campo de batalla
Ya en 2023, la agencia Reuters documentó a jóvenes cubanos que tenían como destino Rusia, con un contrato de trabajo e incluso la promesa de ciudadanía. Aunque eran conscientes de su destino, la travesía por dejar atrás a su país y tener nuevas oportunidades no salieron como esperaban.
El negocio del engaño
Aunque muchos latinoamericanos saben que van a la guerra, otros son engañados con promesas de trabajos en áreas de construcción, seguridad, logística o agricultura. Desde inicio de 2026, familiares de peruanos reclutados exigen respuestas a las autoridades de su país. Las denuncias presentadas ante la Fiscalía no han tenido resultados.
En algunos casos como en Bolivia, las denuncias de estas captaciones desataron fuertes cuestionamientos a las autoridades. Se llevaron adelante acciones diplomáticas y consulares para repatriar a los ciudadanos. También las investigaciones avanzan con la captura de los supuestos reclutadores. Como en Panamá, donde deben responder por el presunto delito de trata de personas agravada. Pues los contratos no respetan los derechos laborales nacionales e internacionales.
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En Colombia, la presencia de connacionales se ha registrado en ambos bandos. Incluso la Cancillería de ese país reconoció casos de detenidos en Rusia, luego de haber combatido con las fuerzas ucranianas. Por eso, la misma Embajada de Colombia en Moscú pidió a sus ciudadanos no aceptar ofertas laborales sospechosas difundidas en internet. Identificaron anuncios que ofrecían empleos aparentemente civiles en instituciones educativas, pero que en realidad buscaban captar personas para actividades relacionadas con la guerra. Este año Colombia aprobó la Convención de Naciones Unidas contra el reclutamiento y la utilización de mercenarios, una acción que busca ir más allá de las gestiones diplomáticas.
Este panorama evidencia que el fenómeno va más allá de mercenarios contratados. Es un tipo de economía de guerra sustentada en un mercado internacional de combatientes y trabajadores, con redes de captación cada vez más especializadas.
Migración, reclutamiento y trata
El patrón de captación muestra que estas redes se aprovechan especialmente de las personas en situación de pobreza y con pocas oportunidades laborales. La edad no resulta una limitante: hay jóvenes, adultos con experiencia e incluso con enfermedades, lo que ni impide que sean enviados al frente. Investigaciones sobre el reclutamiento en América Latina han identificado a las redes sociales como uno de los principales canales para llegar a potenciales candidatos. Las autoridades bolivianas, por ejemplo, reportaron ofertas difundidas a través de Instagram y Telegram para trabajos con salarios de hasta 4.000 dólares.
La estrategia es efectiva porque, precisamente, el primer contacto no se presenta como una invitación a combatir. El cambio ocurre después del viaje, cuando el margen de decisión del trabajador se reduce y la distancia dificulta pedir ayuda. La vulnerabilidad se traspasa a las familias que, en algunos casos, deben trasladarse hasta Rusia para recuperar a sus hijos o hermanos. En agosto de 2026, la Cancillería peruana informó que había registrado oficialmente 459 peruanos enlistados en las fuerzas armadas, con 11 fallecidos, 114 desaparecidos y tres capturados por el ejército ucraniano. También señaló que había conseguido evacuar a 31 compatriotas.
Para Rusia, la llegada de extranjeros representa una fuente adicional de personal militar y los reclutadores fortalecen su negocio. En la región, se combinan varios factores como la trata de personas, la migración, la protección consular y la seguridad. Por eso, la guerra ya no es solo una disputa territorial entre dos Estados, sino una estructura de intermediación que se mueve a miles de kilómetros del campo de batalla.
Cuando una oferta de empleo se convierte en un contrato militar y una promesa de mejores ingresos en una trinchera, la frontera entre migración, reclutamiento y trata, se vuelve difusa. En este punto, y ante un conflicto creciente y sin fin en Europa, los Estados latinoamericanos están llamados a anticiparse y hacer frente a estas redes transnacionales que convierten la necesidad económica en un recurso para mantener viva la guerra.
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