Los K-poppers y la reconfiguración del activismo electoral en Colombia

La participación fandoms en las elecciones colombianas revela cómo comunidades digitales transnacionales son capaces de movilizar votantes y disputar narrativas frente a la lógica de los partidos tradicionales.

Por: Pavel Sidorenko Bautista 24 Jun, 2026
Lectura: 5 min.
K-poppers y el activismo electoral colombiano
Compartir
Artículo original en español. Traducción realizada por inteligencia artificial.
🎧 Escuchar este artículo

Comunidades de fanáticos de la música pop coreana (K-Pop) irrumpieron en la recta final de la campaña presidencial colombiana. De cara a la decisiva segunda vuelta, sorprenden a las estructuras políticas y partidistas tradicionales. La movilización de los denominados K-poppers a favor de la campaña del candidato oficialista Iván Cepeda no es un hecho anecdótico. Refleja una profunda transformación en las dinámicas del ciberactivismo contemporáneo

Lo que nació como una subcultura de entretenimiento juvenil global se está consolidando como una fuerza política orgánica y descentralizada, capaz de reconfigurar la comunicación política y disputar el relato público en periodos de alta polarización electoral.

Fuente: X.
Fuente: X.

El K-Pop como política de Estado

Para desentrañar la complejidad de este fenómeno, es indispensable trazar una línea divisoria clara entre dos dimensiones independientes: el K-Pop como estrategia corporativa estatal en su país de origen y la apropiación autónoma que hacen sus seguidores en el extranjero, eso que se conoce como el fandom. 

Desde finales de la década de 1990, Corea del Sur instrumentaliza la cultura popular a través del fenómeno conocido como Hallyu (la Ola Coreana). Esta iniciativa constituye uno de los ejercicios de poder blando más exitosos y planificados del siglo XXI.

El Estado surcoreano, en alianza con grandes conglomerados de entretenimiento, ha transformado la música y las industrias creativas en un motor económico de escala global. Hoy en día, esta industria inyecta miles de millones de dólares a la economía del país asiático. Representa un pilar de su PIB, proyectando una imagen de modernidad y sofisticación tecnológica de cara a la diplomacia internacional.Mientras el gobierno de Seúl y las agencias musicales operan bajo una lógica estrictamente comercial, las acciones políticas de las bases de aficionados en Occidenteson enteramente autónomas. Ni el Estado surcoreano ni las empresas discográficas tutelan o dirigen las agendas ideológicas de los fanáticos globales. Son los colectivos de ciudadanos quienes redirigen voluntariamente las herramientas del entretenimiento hacia la arena de la competencia política.

Del fandom al activismo orgánico

¿Cómo se explica que un colectivo dedicado a la música influya en unas elecciones presidenciales? La respuesta yace en la transferencia de habilidades digitales. Durante años, estas comunidades de seguidores han perfeccionado metodologías de organización masiva digital. Saben cómo hackear las restricciones de los algoritmos de las redes sociales, coordinar votaciones masivas en tiempo real para galardones mundiales, estructurar campañas de financiación colectiva en minutos y posicionar tendencias globales de forma sostenida. Además, tienen una importante base social y una muy buena organización. No en vano, los seguidores de la agrupación BTS se autodenominan Army.

Cuando esta sofisticada infraestructura digital, diseñada para que un grupo musical lidere las listas de reproducción mundiales o agote las entradas de un concierto, es reorientada hacia la política institucional, el resultado es una maquinaria de ciberactivismo hiperactiva. 

Se trata de una manera de actuar e interpretar el contexto que deja los partidos políticos tradicionales completamente rezagados ante la velocidad y agilidad de estas redes transmedia, acostumbrados a lógicas jerárquicas y analógicas.

Sin embargo, el caso colombiano no es el primero ni el único, y hay antecedentes determinantes:

  • Estados Unidos (2020): miles de fanáticos del K-Pop coordinaron el boicot al mitin de Donald Trump en Tulsa, Oklahoma. Reservaron masivamente entradas gratuitas que quedaron vacías. El resultado fue un estadio semivacío que desinfló las expectativas del comando de campaña republicano en esta región.
  • Chile (2019-2021): durante el estallido social y las elecciones de 2021, los colectivos asimilaron los señalamientos de los informes de inteligencia estatal a través del humor y el meme. Se articularon para movilizar masivamente el voto joven a favor de Gabriel Boric y frenar el avance de la ultraderecha.
  • Sudeste asiático (2020): en Tailandia, las bases de fans financiaron las protestas estudiantiles prodemocráticas, mientras que en Indonesia, secuestraron las etiquetas oficiales del parlamento con videos cortos de sus ídolos bailando (fancams) para neutralizar la propaganda oficial y visibilizar reclamos socioambientales.

Implicaciones para la segunda vuelta electoral en Colombia

En el escenario colombiano, donde la competencia exige disputar con precisión el voto de los jóvenes e indecisos, las redes de la cultura pop introducen una variable de disrupción absoluta. Su participación en la campaña de Cepeda dota a la comunicación política de un componente de horizontalidad. Es decir, no actúan como los tradicionales prescriptores digitales pagados, cuyos mensajes automatizados son fácilmente detectables. Operan mediante dinámicas de creatividad colectiva, traduciendo debates programáticos complejos a códigos visuales contemporáneos, parodias y narrativas multiplataforma que conectan con los nuevos votantes.

Fuente: X

Este cruce entre las industrias culturales globales y los procesos electorales locales confirma que el consumo de entretenimiento ya no es un acto pasivo. Las audiencias actuales habitan sus identidades culturales y las transforman en herramientas de incidencia ciudadana. En la era de la política algorítmica, las partituras del pop asiático y las estrategias electorales de Bogotá se han cruzado en un mismo escenario. Esto demuestra que los laboratorios de la cultura de masas también son capaces de redefinir las reglas del juego democrático.

Fuente: X

Mientras se suscriben estas líneas, otras tribus urbanas o colectivos de la cultura pop como los llamados “emos” se suman a esta dinámica y se imbrican en un complejo contexto digital donde la política tradicional es incapaz de actuar con efectividad.

Fuente: X

Te puede interesar:

Pavel Sidorenko Bautista

Pavel Sidorenko Bautista

Doctor acreditado en Comunicación y Máster en Comunicación Social. Además, desarrolla varias investigaciones sobre nuevas narrativas y tecnologías en periodismo, publicidad, marketing y comunicación corporativa.

newsletter_logo

Únete a nuestro newsletter

Español English Deutsch Portugués