Que los gobiernos pasen, pero que los partidos queden

Mientras la política se obsesiona con la próxima elección, descuida una tarea mucho más difícil: construir partidos que sobrevivan a los gobiernos, mantengan una identidad reconocible y sostengan la democracia en el largo plazo.

Por: Adolfo Garcé 4 Ago, 2026
Lectura: 5 min.
El gobierno pasa, los partidos quedan
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Artículo original en español. Traducción realizada por inteligencia artificial.
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En política se habla demasiado de cómo ganar elecciones y demasiado poco de cómo conservar partidos. Es una lástima. Después de todo, los gobiernos nacen para terminar. Los partidos, en cambio, deberían aspirar a durar generaciones

Gobernar bien no consiste solamente en dejar una economía más ordenada, mejores políticas públicas o mejores indicadores. También consiste en entregar a quienes vienen detrás un partido vivo, reconocible y con identidad. Esa tarea suele pasar inadvertida. Sin embargo, es una de las más importantes para la salud de cualquier democracia.

Vivimos obsesionados con la próxima elección. Consultores, encuestadores y estrategas discuten cómo conquistar al votante indeciso, cómo ampliar la base electoral o cómo ocupar el centro del tablero. Todo eso importa. Pero importa menos de lo que suele suponerse. Hay derrotas electorales perfectamente saludables y victorias profundamente destructivas. Un partido puede perder una elección y salir fortalecido si conserva su identidad. También puede ganar mientras sacrifica aquello que justificaba su existencia.

Mi argumento es sencillo: no hay democracias sólidas sin partidos fuertes. Y no hay partidos fuertes sin tradiciones ideológicas distinguibles. La ideología no es un lujo intelectual ni un adorno doctrinario. Es la columna vertebral de una organización política. Es lo que permite que los ciudadanos sepan qué esperar de ella, que los dirigentes compartan un horizonte común y que la organización sobreviva a los cambios de liderazgo.

Menos encuestas, más ideología

Durante demasiado tiempo la palabra ideología tuvo mala fama. Se la asoció al fanatismo, al dogmatismo y a las tragedias del siglo XX. Más recientemente apareció otra crítica, mucho más elegante: olvidemos la ideología y hagamos simplemente lo que funciona. La propuesta parece sensata, pero es incompleta. La evidencia ayuda a elegir los mejores medios; nunca puede decidir cuáles son los fines. Antes de preguntarnos qué política funciona debemos responder para qué queremos que funcione. Esa respuesta pertenece al terreno de las convicciones.

La ideología tampoco debe entenderse como un catálogo de respuestas automáticas. Es, sobre todo, una forma relativamente estable de ordenar prioridades. Por eso los partidos pueden cambiar programas, aprender de la experiencia y corregir errores sin dejar de ser ellos mismos. Adaptarse es indispensable. Desdibujarse es otra cosa.

Existe una diferencia decisiva entre escuchar a la opinión pública y convertirse en rehén de ella. Los partidos nacieron para representar intereses y valores, pero también para organizar preferencias, persuadir ciudadanos y ofrecer dirección política. Cuando únicamente siguen el último sondeo dejan de conducir y pasan a reflejar. Un espejo puede describir el presente; nunca construye el futuro.

Angelo Panebianco, politólogo italiano, explicó con mucha claridad el papel decisivo de los “creyentes”. Son los militantes que permanecen cuando llegan las derrotas, organizan actividades cuando nadie mira y sostienen la organización cuando el entusiasmo desaparece. Los votantes hacen ganar elecciones. Los creyentes hacen durar a los partidos. Ninguna organización política puede sobrevivir demasiado tiempo si decepciona sistemáticamente a quienes mantienen viva su identidad.

Por eso la primera obligación de un partido no debería ser ganar siempre, debería ser seguir siendo reconocible. Si para conquistar unos pocos votos adicionales termina pareciéndose a todos los demás, el costo puede ser enorme. Las derrotas electorales son reversibles. La pérdida de identidad rara vez lo es.

Esto no significa defender organizaciones rígidas o incapaces de aprender. Significa recordar que toda institución necesita un núcleo de continuidad. Las sociedades cambian, los problemas cambian y las soluciones también. Pero una tradición política que renuncia a sus principios para acomodarse a cada viento termina perdiendo la confianza tanto de sus militantes como de los ciudadanos.

Ganar con honor, perder con honor

La democracia necesita alternancia en el poder. Que los gobiernos cambien no es un síntoma de debilidad institucional sino, muchas veces, de fortaleza. Lo verdaderamente preocupante es que cada alternancia deje partidos más vacíos, más parecidos entre sí y más dependientes del carisma de un líder circunstancial. Sin partidos con identidad, la representación se empobrece y la democracia pierde uno de sus principales soportes.

Conviene invertir el orden habitual de las prioridades. Primero, cuidar el partido. Después, ganar elecciones. La política democrática no consiste únicamente en conquistar el poder. Consiste también en preservar las instituciones que permiten ejercerlo responsablemente. Un partido que gobierna pensando solamente en la próxima elección puede obtener una victoria efímera. Un partido que gobierna siendo fiel a su tradición puede incluso perder. Pero dejará algo mucho más valioso: una organización capaz de seguir ofreciendo a la sociedad un proyecto reconocible.

Los gobiernos pasan. Es natural que así sea. Los partidos, en cambio, deberían quedar. Deberían atravesar generaciones sin perder el hilo que une sus principios con su acción. Porque una elección puede recuperarse. Una identidad abandonada, casi nunca.

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Adolfo Garcé

Adolfo Garcé

Doctor en Ciencia Política. Docente e investigador en el Instituto de Ciencia Política, Facultad de Ciencias Sociales, Universidad de la República, Uruguay

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