El Niño es un evento climático que se caracteriza por el calentamiento de la superficie del océano Pacífico ecuatorial. Es un fenómeno natural que siempre nos ha acompañado. El Niño y su pareja de baile, La Niña, son las dos caras de un mismo ciclo (oceánico y atmosférico). Se relacionan en una eterna oscilación: la acumulación y posterior liberación de calor de la fase cálida (El Niño) transita hacia la fase fría (La Niña), en un vaivén que sigue un patrón recurrente. Es como un gran diapasón que marca el ritmo del sistema climático, un pulso de energía que el océano libera y absorbe en un ciclo sin fin.
Ambos se suceden de forma irregular cada entre dos y siete años. El Niño dura alrededor de un año y La Niña entre uno y tres años. En los años de El Niño, el evento climático suele iniciarse en torno al invierno del hemisferio sur, hacia julio. Se desarrolla a lo largo de unos nueve a doce meses y concluye habitualmente entre mayo y junio del año siguiente.
Hoy sabemos que El Niño es un elemento fundamental del sistema climático global, que redistribuye calor e influye en el clima de los cinco continentes. La variación térmica en el Pacífico puede alterar las lluvias, las cosechas y la economía al otro lado del mundo.
La amenaza de El Niño
Este 2026 es un año del fenómeno El Niño. La máxima intensidad térmica de los años de El Niño en el Pacífico ecuatorial ocurre típicamente en el trimestre noviembre-diciembre-enero, que son los meses a los que nos aproximamos. Pero este no es un año como los demás.
A comienzos de septiembre, la Organización Meteorológica Mundial (OMM) advirtió que El Niño de este año evolucionaría hacia un evento de intensidad muy fuerte en los próximos meses. Según la OMM, estamos ante un Niño débil cuando el calentamiento se sitúa entre +0,5 °C y +1,0 °C; moderado entre +1,0 °C y +1,5 °C; fuerte cuando oscila entre +1,5 °C y +2,0 °C; y muy fuerte cuando los valores anómalos superan los +2,0 °C.
La OMM pronostica un Niño con un calentamiento de +2,9 °C, para el que no existen precedentes históricos. Y las simulaciones numéricas más recientes van mucho más allá de esa estimación. Una media combinada de 14 modelos climáticos globales —que incluye a la NOAA y al servicio europeo Copernicus— proyecta un pico extraordinario de 4,1 °C en el Pacífico ecuatorial.
GRÁFICO
La explicación técnica
Más allá del éxito de los gobiernos en prepararse para este evento, las magnitudes proyectadas obligan a abordar El Niño desde la mitigación. Hace tiempo que El Niño dejó de ser un ciclo natural para convertirse en algo alimentado por el humano y sus emisiones.
Desde 1850 la humanidad ha emitido unas 2500 gigatoneladas de CO2. Aproximadamente el 35% de esa cifra se ha emitido en los últimos veinticinco años. En ese tiempo, el desbalance energético del planeta (la diferencia entre la energía que entra y sale de la Tierra) casi se triplicó.
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Como consecuencia de ello, la temperatura del planeta se incrementa. El océano, como un gran colchón térmico, absorbe más del 90% de ese exceso de energía, y libera regularmente parte de ella en ese diapasón que hemos descrito, absorbiendo cada vez más energía. En consecuencia, el problema no es tanto El Niño que esperamos sino los Niños que vendrán conforme el océano almacena más y más energía.
Medidas de mitigación
La OMM alerta de que este Niño multiplicará el riesgo de inundaciones, sequías prolongadas y olas de calor extremo. Esto ha llevado a diversos países a desplegar actividades de preparación y sistemas de alerta temprana.
Sin embargo, tal y como señala la agencia de la ONU para la reducción del riesgo de desastres, el Niño no es una catástrofe inevitable. Es nuestra capacidad o no de preparar medidas y responder a un evento climático extremo. Determina, en gran medida, los impactos que sufriremos. Al ser un fenómeno pronosticable, el verdadero desafío está en la gobernanza institucional. La capacidad de respuesta de un Estado que realice eficazmente actividades como un monitoreo hidrometeorológico continuo, sistemas de alerta y protocolos de evacuación temprana es clave para minimizar daños. Institucionalizar estas medidas antes del impacto es lo que transforma la alerta científica en protección ciudadana efectiva.
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Hace unas semanas, Naciones Unidas reconoció formalmente que el objetivo de no sobrepasar los 1,5 grados ya está fuera de nuestro alcance. El informe plantea la necesidad de transitar por encima de esa temperatura el menor tiempo posible para regresar a umbrales climáticos seguros. Esa trayectoria de descenso es inviable sin una apuesta decidida por la mitigación de gases de efecto invernadero y una transición energética que acelere el paso a energías renovables, justa y adaptada a la realidad de cada país.
El costo de la mitigación
La economía fósil tiene cada vez más un componente crecientemente esquizofrénico. Junto con sus beneficios, sus daños aumentan exponencialmente, lo que hace aumentar cada vez más el gasto de recuperación.
Muchos países de América Latina apuestan por la extracción de hidrocarburos para su desarrollo. Sin embargo, en un sistema climático que se aproxima peligrosamente a puntos de no retorno, las perturbaciones biofísicas se convierten en costos directos que impactan en el desarrollo humano. Fenómenos como El Niño indican cómo los daños climáticos serán cada vez más tangibles en las vidas concretas de millones de ciudadanos de América Latina.
Ante esta realidad, la ciencia económica ha perfeccionado la estimación del costo social del carbono, una métrica que cuantifica el daño monetario que cada tonelada de emisiones inflige a la sociedad. Una fracción sustancial de los réditos obtenidos por hidrocarburos debería orientarse forzosamente a la adaptación y la resiliencia para compensar el daño acumulado, algo que la vicepresidenta primera de la Comisión Europea, Teresa Ribera, ya ha planteado abiertamente.
Si bien El Niño no es una catástrofe inevitable, nos empeñamos en alimentarlo cada vez más. Mientras sigamos calentándolo, en el horizonte del océano podemos seguir esperando visitas de El Niños cada vez más peligrosos para todos.
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