En lo que va de 2016 aumentó un 60 % el número de venezolanos que huyeron del país con respecto a la cifra de 2015. Investigadores de la Universidad Central de Venezuela han informado que en los últimos 18 meses unos 200.000 compatriotas se han marchado del país. Meses atrás, cuando se reabrió la frontera con Colombia para permitir que ciudadanos del estado Táchira pudieran ir a comprar comida en la vecina república, en un par de días por lo menos 120.000 personas cruzaron a pie. De ellas, una buena parte no regresó a Venezuela.
Las estimaciones de la crisis nacional reseñan que se multiplicará el incremento de los precios, la escasez, el desabastecimiento y la inseguridad a medida que pasen los días. Algunos analistas afirman que la inflación puede cerrar el año en 500 %, otros hablan de más de 700 %. El Fondo Monetario Internacional prevé para 2017 un 1600 % de inflación.
En todo el mundo la llegada de venezolanos ha subido vertiginosamente, al punto de representar hoy una situación extraordinaria que deben abordar las autoridades migratorias. El silencio de los gobiernos de los países receptores se ha hecho notar.
A la Argentina llegan semanalmente dos vuelos desde Caracas. Cada uno con un promedio de 300 pasajeros, de los cuales, según la Dirección Nacional de Migraciones, 70 % se quedan en el país, 10 % viajan a Chile y solo el restante 20 % retornan. Durante los primeros cinco meses de 2016, Argentina entregó 3768 radicaciones temporarias a venezolanos, el equivalente a la cifra total de 2015. El consultor Carlos Pagni dice que en la sede de la Dirección de Migraciones «se forman colas que superan a las de la embajada norteamericana para la conseguir la visa».
La Oficina Nacional de Estadística de República Dominicana expresó en comunicado del 23 de noviembre de 2016 que «Venezuela ha tenido un crecimiento interanual de 35 % en cuanto a flujo de pasajeros hacia la República Dominicana, muy por encima del 20 % de crecimiento regional
Este par de ejemplos contextualizan el aumento de la diáspora. Se ha hablado mucho de la migración de jóvenes y profesionales universitarios, pero la diáspora no conoce de estratos económicos ni de nivel educativo. La crisis ha permitido la apertura de dos tipos de migración irregulares nunca vistas en nuestro país. La primera: balseros huyendo a las islas caribeñas. La segunda: el ingreso a Brasil y Colombia por tierra, con la ayuda de contrabandistas.
Poco se ha escrito sobre las huidas emprendidas desde la costa del estado Falcón hasta Curazao y Aruba. Tampoco se ha puesto la lupa en el contrabando de venezolanos que ocurre en la frontera con Colombia y Brasil. Incluso hay testimonios sobre migración ilegal hacia Guyana o Trinidad y Tobago. Los venezolanos en su desesperación por conseguir alimentos y medicamentos están protagonizando el éxodo más dramático (y numeroso) de América Latina en lo que va de siglo.
Parten desde la orilla de las playas falconianas en embarcaciones en las que caben unas 30 personas. Llevan lo indispensable: un morral con los documentos, teléfono, una muda de ropa y el cepillo de dientes. Son 100 kilómetros aproximadamente de mar bravo hasta Curazao. Viajan de noche para evitar la guardia costera. Al llegar nadan hasta la isla. El riesgo de perder la vida está latente, pero el hambre y la desesperación los ha empujado a hacerlo.
El periodista Nicholas Casey, en un reportaje para The New York Times (28.11.2016) describe cómo los polizontes venezolanos cruzan la frontera a Brasil en los mismos camiones de los contrabandistas de drogas y otras mercancías ilegales. Casey también ha registrado historias de los balseros que huyen al Caribe. Son muchos los deportados y otro tanto los que se encuentran encarcelados por transitar con drogas. Desconocemos cifras exactas. El gobierno de Venezuela no ha difundido los números de esta actividad migratoria solo conocida en la Cuba de los Castro y en Haití.
Ángel Arellano | @angelarellano
Venezolano, doctorando en Ciencias Políticas, integrante del Centro de Formación para la Democracia