Brasil bajo Bolsonaro. ¿De provocador a constructor de políticas?

Contrariamente a todos los temores y a una cobertura informativa negativa, especialmente en los medios alemanes, tanto antes de las elecciones como desde que el presidente Bolsonaro asumió el cargo el 1 de enero de 2019, las instituciones de la cuarta democracia más grande del mundo están en buen estado, al menos hasta este momento.

Presidente Jair Bolsonaro | Foto: Isac Nóbrega/PR, Palacio de Planalto, vía Flickr

Presidente Jair Bolsonaro |
Foto: Isac Nóbrega/PR, Palacio de Planalto, vía Flickr

No se ha establecido una dictadura (militar) en Brasil, ni tampoco un régimen fascista. La plena libertad de prensa y de opinión está plenamente garantizada, como lo muestra la cobertura crítica local. Las organizaciones de la sociedad civil y las organizaciones no gubernamentales siguen trabajando normalmente, sin restricciones por parte del gobierno.

De la campaña electoral al modo de gobierno

El 28 de octubre de 2018, el día de la segunda vuelta, todo Brasil contuvo la respiración. Bajo el lema “Brasil sobre todo y Dios sobre todos” el evangélico glorificador de la dictadura Jair Messias Bolsonaro, del pequeño Partido Social Liberal (PSL) consiguió en el primer intento llegar al palacio presidencial Planalto, sin haber ocupado nunca un cargo electoral ejecutivo en su vida. Terminaba de esta forma una época de aproximadamente 30 años, en la que el centroderechista Partido de la Social Democracia Brasileña (PSDB), hasta hoy fuertemente influenciado por Fernando Henrique Cardoso, y por otro lado el izquierdista Partido de los Trabjadores (PT) de Luiz Inácio Lula da Silva, se habían alternado en el poder.

El ascendente político de 63 años en su pasado como diputado del Congreso no había llamado la atención por sus propuestas legislativas concretas, aunque sí con sus innumerables declaraciones polémicas, insultantes y contradictorias. Había pertenecido a nueve partidos del espectro de la derecha. Sin embargo, muchos brasileños lo percibieron con gratitud como una alternativa prometedora, como un candidato más allá del establishment político, profundamente enredado en escándalos de corrupción.

Incluso antes de que el Trump tropical, como también se le llama a Bolsonaro, se mudara a Planalto el 1 de enero de 2019, muchos observadores y analistas vieron la cuarta democracia más grande del mundo ya condenada al fracaso. Incluso después de cuatro meses en el cargo, los titulares negativos siguen dominando en el país y en el extranjero. Y se acumulan posts en Facebook y tuits del presidente y de su clan familiar incompatibles con la dignidad del cargo presidencial.

Sin embargo, un examen más detenido de la acción gubernamental real o de las medidas concretas iniciales debe conducir a una evaluación más diferenciada de la situación. En primer lugar, el presidente Bolsonaro ha logrado formar un gabinete respetable e iniciar importantes proyectos de reforma. La economía también le da muy buenas notas. Por ejemplo, André Clark, CEO de Siemens en Brasil, dice: «La cooperación entre el gobierno y los empresarios es muy buena y eficiente».

Un gabinete heterogéno pero potente

El nuevo gabinete brasileño está conformado por tres alas muy diferentes. La primera son tecnócratas reformistas. Aquí el presidente consiguió aceptación sobre todo por el nombramiento de Paulo Guedes como ministro de Economía, un Chicago boy especialista en mercados financieros, y del ministro de Justicia Sergio Moro, el investigador en temas de corrupción más conocido, tanto a nivel nacional como internacional.

La segunda ala está formada por antiguos generales que, contrariamente a los temores de los medios de comunicación y a los agitados reflejos defensivos, especialmente de la izquierda, han desempeñado un papel positivo y equilibrador desde el 1 de enero de 2019. El vicepresidente Hamilton Mourao, en particular, fue capaz de detectar y corregir muchos de los fallos del presidente, en parte debidos a su mal estado de salud (Bolsonaro había sido víctima de un ataque con cuchillo en la campaña electoral y tuvo que ser operado varias veces).

Tampoco la tercera ala, llamada ideológica, puede ser definida como inaceptable o desastrosa. Las conversaciones personales en la capital Brasilia, por ejemplo, con la ministra evangélica para la Mujer, la Familia y los Derechos Humanos, Damares Alves, han llevado a una impresión más diferenciada.

Con su equipo de gobierno sorprendentemente fuerte, el jefe de Estado Bolsonaro no sólo debe ahora impulsar consecuentemente las reformas que se necesitan con urgencia, sino también aplicarlas rápidamente y obtener resultados tangibles. ¡Porque Brasil se enfrenta a inmensos desafíos!

En los primeros cuatros meses el gobierno ha tenido un buen comienzo. Para frenar el terrible déficit presupuestal y la creciente deuda pública, Bolsonaro hizo una prioridad de la reforma del sistema de seguridad social, que había sido retrasada por los gobiernos anteriores,. El 20 de febrero presentó a la Cámara de Representantes la propuesta redactada por Paulo Guedes, que todos los economistas consideran como el elemento de ajuste central para la reestructuración del presupuesto estatal. El sistema de reparto, que existe desde 1990, se convertirá en un sistema financiado. Tanto la edad de jubilación como los años de cotización deberán aumentar.

La reforma, que es vital para la supervivencia del gobierno y, en general, decisiva para la viabilidad futura de Brasil, requiere de una reforma de la Constitución. A pesar de que la mayoría de los partidos de centroderecha ven la reforma con buenos ojos, el gobierno, que no tiene mayoría en ambas cámaras, deberá buscar apoyo en otros partidos para lograr la mayoría de 3/5 requerida en el Congreso. Después de ciertas dificultades iniciales, Bolsonaro parece haber reconocido esto y ahora está mostrando mayor liderazgo que en las primeras semanas de su mandato. Aquí, aunque lentamente, se está produciendo una primera transformación de provocador a político.

En la lucha contra la corrupción sistémica y el crimen organizado, así como para fortalecer el estado de Derecho, el gobierno ya había enviado al Congreso el día anterior un paquete de 14 leyes elaborado por el ministro Sergio Moro, el llamado Pacote anticrimen. Entre otras cosas, prevé la penalización de los fondos negros, la llamada caixa 2. Del mismo modo, los condenados en segunda instancia deberán cumplir la pena de prisión, aunque sin sentencia firme, una novedad no solo en el sistema judicial brasileño.

Al mismo tiempo, Moro está trabajando en una estrategia para restaurar la seguridad pública en el país, que cuenta con más de 60.000 (!) muertes violentas por año. Sin embargo, a este objetivo se opone diametralmente la liberalización de la posesión de armas decretada por el presidente en enero. El Instituto de Economía Aplicada (IPEA), que depende del Ministerio de Economía, muestra en varios estudios que el aumento de la tasa de asesinatos está relacionado con el número de armas en circulación.

Política exterior todavía sin brújula

Las idas y venidas del canciller Ernesto Araújo, principal exponente del ala ideológica del gabinete, causaron confusión y titulares negativos durante los primeros cuatros meses. Muchas de sus opiniones y anuncios se oponen fuertemente al tradicional enfoque multilateral y moderador de Brasil. Al igual que el presidente, Araújo también apuesta a un rumbo fuertemente nacional.

En enero Brasil se retiró del Pacto Mundial sobre la Migración, de la ONU. Sin embargo, el retiro del Acuerdo sobre Cambio Climático de París, anunciado durante la campaña electoral, todavía no se ha producido y actualmente no está claro qué será de él. En la discusión sobre el cambio climático el canciller ve una teoría de conspirativa de la izquierda y habla del marxismo cultural cuyo objetivo es aumentar la regulación estatal. Las instituciones internacionales también utilizarían el cambio climático como pretexto para regular Estados soberanos como Brasil e interferir en sus asuntos internos. El objetivo inicial de trasladar la embajada brasileña de Tel Aviv a Jerusalén fue dejado sin efecto por el gobierno después del viaje de tres días de Bolsonaro a Israel. Sin embargo, tras la visita gubernamental del presidente a Washington a mediados de marzo, es probable que las relaciones de Brasil con los Estados Unidos se estrechen en el futuro.

Incluso después de cuatro meses en el cargo, el presidente y su entorno inmediato, especialmente el ministro de Asuntos Exteriores, todavía tienden a estar en modo de campaña electoral, a pesar de que algunas mejoras se están haciendo evidentes lentamente. Lo mismo, sin embargo, se aplica a la oposición, que se vio sacudida por la derrota electoral y que hasta ahora se ha concentrado principalmente en polarizar a la sociedad y despertar temores. Esto vale sobre todo para el Partido de los Trabajadores (PT) que, aun después de las elecciones de octubre de 2018 está ocupado celebrando como héroe a su antiguo ícono, el ex presidente Luiz Inácio Lula da Silva, condenado a más de 12 años de prisión por delitos de corrupción y encarcelado, y tratando de asegurar su pronta liberación. El trabajo de oposición constructivo y orientado a temas parece diferente.

Resumen: La democracia brasileña parece consolidada

En contra de todos los temores y de una cobertura informativa negativa, sobre todo en los medios alemanes, tanto antes de las elecciones como desde que asumió el presidente Bolsonaro el 1 de enero de 2019, las instituciones de la cuarta democracia más grande del mundo están en buen estado. No se ha establecido una dictadura (militar) en Brasil, ni tampoco un régimen fascista. Brasil sigue disfrutando de plena libertad de prensa y de opinión, como lo muestra la cobertura crítica local. Las organizaciones de la sociedad civil y las organizaciones no gubernamentales siguen trabajando normalmente, sin restricciones del gobierno.

Una «medida provisoria» del presidente, anunciada el 2 de enero de 2019 al inicio llamó la atención, pero desde este día pasó poco. Esta medida define la estructura y las responsabilidades del nuevo gabinete y asigna a la Secretaría de Gobierno de la Presidencia, encabezada por el general Carlos Alberto dos Santos Cruz, la autoridad para supervisar, coordinar, evaluar y acompañar las actividades de las organizaciones internacionales y las organizaciones no gubernamentales en el Brasil. Se han recortado los recursos estatales a algunas organizaciones, pero este es un derecho de todos los gobiernos.

Las dos reformas presentadas ya a pocas semanas de la asunción del mando son muy prometedoras para la viabilidad de Brasil y el fortalecimiento del Estado de derecho. Sobre todo, tienen el potencial de poner fin a años de estancamiento político y finalmente abrir nuevas posibilidades de acción.

La legitimidad del gobierno en el tiempo dependerá tanto de la aplicación de las reformas y la solución de los problemas estructurales como de la permanencia de los dos superministros Guedes y Moro. Mientras que el ala reformista trabaja activamente para implementar las reformas de política economía e interior, la política exterior sigue buscando una brújula clara. Queda por ver cuál de las tres alas del gabinete prevalecerá a largo plazo. En vez de prejuzgarlo o incluso insultarlo, habría que evaluar al nuevo gobierno de Brasil por sus acciones.

Lo que es seguro es que Brasil, como la cuarta democracia más grande, la novena economía más grande y el quinto país más grande del mundo en términos de población y superficie, además de contar con gran parte de la selva amazónica, la mayor selva tropical del mundo, y también como miembro del G-20, es un socio extraordinariamente importante para Alemania. Solo por esta razón, se recomienda un trato justo y constructivo para con la administración de Bolsonaro.

 

Traducción: Manfred Steffen y Julia Beneke, de la oficina Montevideo de la Fundación Konrad Adenauer