Chile y el mal de la promesa reiterada

Presidente Sebastián Piñera | Foto: Prensa Presidencia de Chile
Presidente Sebastián Piñera | Foto: Prensa Presidencia de Chile

En política, se ha manoseado sobremanera el recurso de prometer, tanto que se ha dinamitado la confianza de la ciudadanía hacia las instituciones y la clase política.

Presidente Sebastián Piñera | Foto: Prensa Presidencia de Chile
Presidente Sebastián Piñera | Foto: Prensa Presidencia de Chile

El segundo gobierno de Sebastián Piñera (2018-2022) —quien ya había gobernado entre 2010 y 2014—, contrario a toda lógica, vive bajo la incertidumbre de la promesa. Hace un par de días fuimos testigos de un cambio de gabinete lleno de expectativas que no fueron cumplidas.

Las promesas tienen la virtud de hacernos ganar tiempo a cambio de una disposición explícita a cumplir algo. Las hay de tipo político y también simbólico. De esta forma, se movilizan consensos e intereses con la expectativa puesta en que ese algo sea óptimo. En política se ha manoseado sobremanera el recurso de prometer; tanto así que se ha dinamitado la confianza de la ciudadanía hacia las instituciones y hacia la clase política. El gobierno chileno durante este periodo no ha quedado libre de culpa en esta materia.

El lema y promesa de campaña de Sebastián Piñera fue «Tiempos mejores». Pero aquellos tiempos mejores, donde Chile rectificaría el camino y nos volcaríamos al crecimiento económico, alejándonos de posibles escenarios del tipo Chilezuela, no llegaron. La promesa no se cumplió. El desempleo aumento en el último trimestre a un 6,8 %, la economía crecerá en el orden de 2,7 % y 3,5 % este año, producto de la baja en la inversión (4,5 %) según revela el último Informe Política Monetaria (IPoM) del Banco Central.

El espíritu de los tiempos mejores está enraizado en el piñerismo, definido como aquel grupo aventajado de técnicos de la política y políticos, en su mayoría independientes, que ven en el liderazgo del presidente la encarnación de los valores de una derecha liberal y moderada. Sin embargo, tras la baja en las encuestas y, en consecuencia, la derrota del mensaje principal, es posible observar un creciente distanciamiento entre la coalición de gobierno y el Ejecutivo.

Los partidos que componen la coalición que hoy gobierna el país han tomado distancia del liderazgo del presidente, en tanto el rumbo del gobierno no ha logrado ser definido por ellos. El mayor reflejo de esta realidad está en el desempeño legislativo del oficialismo, mismo que ha mostrado distancia con las iniciativas y decisiones del Ejecutivo.

Ya entrado el segundo año de gestión, el gobierno de centroderecha estrena el siguiente lema: «Chile en marcha», dando por superados los tiempos mejores en el contexto de una coalición frustrada por los acontecimientos políticos del último tiempo, donde las cifras no prospectan un mejor escenario.

La última encuesta del Centro de Estudios Públicos (CEP) (mayo 2019) indica que un 62 % de los chilenos y chilenas cree que la situación económica mejorará y un 61 % cree que el país se encuentra estancado. Un 29 % tiene una percepción positiva de la figura del presidente, mientras que un 40 % la tiene de manera negativa, lo que respecto a la encuesta CEP de noviembre de 2018 representa una baja en 12 puntos porcentuales, y ubicándolo entre los políticos que más cae en la percepción de la ciudadanía. Las cifras anteriores se resumen en que el 50 % de los chilenos desaprueban el gobierno y solo un 25 % lo aprueban.

Todo mensaje elaborado en clave de promesa presenta un riesgo moral en su expectativa, que de no ser cumplido se transforma en un enemigo de la gestión. En esta línea, se abre una ventana de oportunidad para la oposición. No obstante, parecen habitar cómodamente en la periferia del poder. La ventana de oportunidad se puede cerrar en un futuro: pronto vienen las elecciones municipales y regionales, instancias donde los humanistas cristianos y laicos que hoy son oposición tendrán que dialogar en pos del bien común.