En una región donde la mayoría de los países comparten una misma historia, dos de cada tres habitantes hablan el mismo idioma y no existen conflictos bélicos significativos entre sus naciones, la lógica sugiere un terreno fértil para el desarrollo económico.
Sin embargo, la realidad de América Latina y el Caribe (ALC) es muy distinta. Si se observan los flujos de inversión extranjera directa, de cada 100 dólares invertidos en el mundo apenas 11 llegan al continente americano. Mientras, Asia capta cerca de 40.
A comienzos de la década de 1990, ambas regiones recibían proporciones similares de la inversión mundial. Asia Oriental pasó de captar el 4% de los flujos mundiales de IED en 1990 al 17% en 2024, mientras que el Sudeste Asiático aumentó su participación del 6% al 15%. En ALC, en cambio, Sudamérica concentra prácticamente la totalidad de la inversión. Aunque en el mismo periodo aumentó su participación del 2% al 7% de los flujos mundiales, los niveles continúan muy por debajo de su potencial.
La divergencia observada durante las últimas tres décadas refleja el proceso de apertura comercial e integración a las cadenas globales de valor de las economías asiáticas. Al mismo tiempo, evidencia las dificultades que persisten para hacer negocios en ALC. Según Bloomberg, seis de los diez países más complejos para operar se encuentran en la región: México, Brasil, Colombia, Bolivia, Argentina y Perú. Juntos, componen cerca del 80% del producto bruto interno regional.
Un fenómeno de estas características no es capaz de explicarse por una única razón. Existen múltiples factores recurrentes que ayudan a entender por qué una región con tantas ventajas aparentes continúa por detrás.
Productividad rezagada
La productividad es uno de los principales determinantes de los salarios, la rentabilidad de las inversiones y la capacidad de las empresas para competir internacionalmente. Cuando una economía produce menos por trabajador, los costos unitarios son más elevados, los márgenes son más estrechos y las oportunidades de inversión resultan peores en comparación con otras alternativas.
Las estimaciones disponibles muestran una pérdida relativa de competitividad. Esto se explica por la deficiente incorporación de tecnología, capital humano e innovación a los procesos productivos.
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Por ejemplo, Corea del Sur apostó por la automatización de sus procesos productivos. De acuerdo con la Federación Internacional de Robótica (IFR), el país cuenta con una densidad de robots industriales que supera seis veces la media mundial, lo que contribuye para sostener elevados niveles de productividad. La realidad latinoamericana contrasta con esta experiencia. Por ende, limita la capacidad del desarrollo empresarial y reduce el atractivo de la región para nuevos proyectos.
Mientras que las economías avanzadas de la Organización para la Cooperación y Desarrollo Económico (OCDE), como Estados Unidos, Alemania, Japón y Corea del Sur, acumularon en promedio ganancias de productividad cercanas al 50% en las últimas tres décadas y media, América Latina apenas alcanzó el 23%.
Estas limitaciones transversales en la región constituyen un obstáculo importante para cualquier proceso de inversión y expansión empresarial. Pero no son el único impedimento.
Alta presión impositiva
Otra forma de apreciar las dificultades para hacer negocios es observar la carga tributaria que enfrentan las empresas. Una referencia útil surge de comparar las tasas legales con las tasas efectivas de imposición.
Aunque los niveles impositivos legales son similares, en promedio, a los de los países desarrollados de la OCDE, la tasa efectiva de imposición en América Latina se ubica 4,5% por encima. Este indicador refleja cuánto terminan pagando realmente las empresas una vez considerados créditos fiscales, exoneraciones y otros tratamientos especiales. Además, los seis países mencionados anteriormente presentan niveles aún más elevados que el promedio regional.
Algo similar ocurre con la tasa efectiva marginal, que mide la carga tributaria sobre una inversión adicional. Es un indicador clave para evaluar los incentivos a expandir la producción o iniciar nuevos proyectos. La región también supera a las economías desarrolladas; duplica los registros promedio de la OCDE, y en algunos de los seis países mencionados incluso los triplica.
Las implicancias de esto van más allá del nivel de impuestos. Cuando los sistemas tributarios son complejos, con múltiples excepciones, regímenes especiales y tratamientos diferenciales, aumenta la incertidumbre sobre la rentabilidad de invertir y se elevan los costos de cumplimiento. Las empresas deben destinar recursos a interpretar normas, gestionar trámites y adaptarse a regulaciones cambiantes en lugar de concentrarse en producir y competir.
En una región que ya enfrenta rezagos de productividad frente a Asia y las economías avanzadas, esta combinación de cargas elevadas y reglas complejas, que incrementa los costos laborales, actúa como un freno adicional a la inversión, la creación de empresas y el crecimiento económico.
Financiamiento insuficiente
Finalmente, otro factor relevante es el escaso desarrollo financiero de la región. Una forma habitual de medirlo es observar el crédito al sector privado como porcentaje del PIB. El indicador refleja el financiamiento disponible para empresas y hogares en relación con el tamaño de la economía.
Mientras que en Asia y el Pacífico el crédito pasó de representar cerca de la totalidad del PIB a superar ampliamente el 150%, en ALC se ha mantenido durante décadas en niveles bajos. La diferencia no es menor. Detrás de cada proyecto de inversión, de cada empresa que busca expandirse y de cada emprendedor que intenta crecer existe la necesidad de acceder a financiamiento. Cuando el crédito es escaso o costoso, muchas de esas iniciativas simplemente no ocurren.
Es difícil afirmar una respuesta definitiva para explicar el rezago regional en la dificultad para hacer negocios. No obstante, la evidencia permite descartar algunas explicaciones simplistas. La comparación con Asia muestra que el éxito económico de la región no ha dependido de un único modelo político. Conviven democracias y autoritarismos que han logrado atraer inversiones y expandir su participación en la economía mundial. Para eso, se precisa aumentar la rentabilidad esperada de invertir y potenciar la capacidad de las empresas para crecer, innovar y competir.
ALC lleva décadas identificando muchas de sus principales restricciones sin conseguir removerlas de forma persistente. Mientras la región siga mostrando más capacidad para diagnosticar sus problemas que para resolverlos, la paradoja latinoamericana seguirá siendo una realidad.
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