El geopolitical turn en las relaciones internacionales, con su renovado énfasis en la coacción, el transaccionalismo, el poder duro y las esferas de influencia, ha reactivado un concepto fundamental en relaciones internacionales que llevaba mucho tiempo en suspenso: la anarquía. Antes de la guerra contra Ucrania, para muchos de los observadores —si no la mayoría— la anarquía parecía haber quedado relegada, neutralizada por un corpus cada vez más amplio de normas jurídicas internacionales y un habitus cooperativo profundamente arraigado en buena parte del mundo. Al menos en Europa, la región más constructivista del planeta, la rivalidad violenta entre Estados se había logrado contener y transformar dentro de la Unión Europea (UE).
Desde Bruselas, Berlín, París o Madrid parecía que el institucionalismo liberal de la Unión —la convicción de que la anarquía podía superarse mediante organizaciones internacionales y tratados basados en el libre comercio, el sufragio universal, las libertades civiles y la igualdad soberana— sería algún día aceptado por el resto del mundo como el modelo superior de relaciones interestatales.
La historia saldría ganando, siempre y cuando la UE prosperara, y la UE se veía a sí misma como el epítome de lo que Hanns Maull (2007) denominó una potencia civil (Zivilmacht). En ningún lugar estaba esta convicción más arraigada que en Berlín, la superpotencia del poder blando (soft power superpower).
Sin embargo, esta realidad institucionalista-liberal dificultó que los europeos comprendieran por qué otras regiones del mundo percibían su entorno —y el orden internacional en general— de maneras radicalmente diferentes. Los mayores niveles de desconfianza entre los actores estatales fuera de Europa, pero también la proximidad a polos geoeconómicos iliberales en un mundo multipolar, hicieron que las regiones no occidentales estuviesen mejor preparadas para este nuevo orden. Lo que Europa interpreta como un oscurecimiento de las relaciones internacionales puede ser visto, desde otras partes del mundo, como una profundización de estrategias y estructuras de larga data. Como recuerda el viejo principio realista, «los fuertes hacen lo que pueden y los débiles sufren lo que deben» (Tucídides). El mundo no europeo siempre ha vivido una realidad más anárquica que la europea, o al menos que su versión posterior a 1945.
Es evidente que la guerra contra Ucrania ha alterado no solo el orden de seguridad europeo, sino también, a un nivel mucho más profundo, la forma en que la UE concibe su relación con el mundo. Mantener la esperanza de un retorno a vínculos más amistosos con Rusia, mediante canales abiertos de comunicación y limitaciones a la capacidad ofensiva de Ucrania, hoy parece como apaciguamiento de Moscú. Pero ese comportamiento surge de las ilusiones de interdependencia que simbolizó hasta 2022 el concepto de asociación para la modernización (Modernisierungspartnerschaft), producto de una convicción (liberal-institucionalista) predominante en los años noventa de que la interdependencia económica (gas natural a cambio de tecnología) conduciría a la liberalización y la estabilidad en Rusia (Scianna, 2024). La pregunta clave, entonces, es qué significan la intensificación de la rivalidad entre las grandes potencias y esta nueva era geopolítica para la política exterior alemana y, por extensión, para la europea.
Un orden mundial dislocado y la emergente coalición autoritaria
China y Estados Unidos reescriben las reglas globales
A pesar de la urgencia de la guerra total contra Ucrania desde 2022, el desafío estratégico para el orden internacional liberal tiene hoy dos ejes principales. En primer lugar, China, bajo el liderazgo de Xi Jinping, ha abandonado la vía del ascenso pacífico y ha adoptado un papel mucho más asertivo tanto a nivel regional como global. En segundo lugar, la administración de Donald Trump renunció al papel de Estados Unidos como potencia del statu quo y comenzó a reescribir activamente las reglas de la gobernanza global, especialmente en materia de comercio y seguridad. Desde 2016, Carlo Masala (2025) ha descrito esta nueva situación como un desorden mundial.
A nivel regional —particularmente en el mar de China Meridional—, Pekín ha adoptado una postura más robusta, a pesar de haber mantenido durante más de dos décadas relaciones comerciales profundamente integradas y, en general, benignas con sus vecinos. Taiwán y Japón se convirtieron, pese a su compleja historia con China, en las principales fuentes de inversión extranjera directa en el país.
Sin embargo, tras reclamar la mayor parte del mar de China Meridional —incluidas las disputadas islas Paracel y Spratly, así como Taiwán y las islas Senkaku/Diaoyu (Pinnacle)— mediante su línea de nueve trazos en 2009, China comenzó a fortificar islotes en esas aguas y aumentaron los enfrentamientos con buques de la guardia costera de Filipinas y Japón. Todo ello ocurre en un contexto de grandes esfuerzos de Pekín de modernización del Ejército Popular de Liberación con el objetivo de transformarlo en una fuerza de combate de primer nivel capaz de competir con la de Estados Unidos (Stumbaum y De Cet, 2025).
Los países vecinos de China —desde la Asociación de Naciones del Sudeste Asiático (ASEAN) hasta Taiwán, Corea del Sur y Japón, pasando por India, Australia y el Pacífico— han gestionado la nueva asertividad de Pekín mediante diversas estrategias de cobertura de riesgo (hedging), que incluyen acuerdos bilaterales de libre comercio, alineaciones geopolíticas múltiples (multi-alignment) y una cooperación en materia de seguridad cada vez más profunda con Estados Unidos (Short, 2025).
Paralelamente, los actores regionales han incrementado significativamente sus inversiones en defensa: el crecimiento del poderío militar en toda la región ha sido notable, con importantes esfuerzos de modernización en varios miembros de la ASEAN (especialmente Vietnam) y en socios de la OTAN+, como Japón, Corea del Sur y, cada vez más, Australia. Aun así, estas inversiones siguen siendo modestas en comparación con las mejoras militares emprendidas por Pekín.
Finalmente, grandes potencias extrarregionales (incluida Alemania) han incrementado también su presencia en el mar de China Meridional mediante ejercicios conjuntos y operaciones de libertad de navegación, con el fin de defender el derecho internacional y las normas de comportamiento regionales e internacionales (Grossmann, 2020). Las tensiones, en consecuencia, continúan en aumento.
La ofensiva china en las organizaciones internacionales
A nivel global, China ha desafiado de forma creciente el liderazgo occidental en las organizaciones internacionales durante las dos últimas décadas. Lo ha hecho mediante diversas estrategias: promoviendo el nombramiento de funcionarios chinos en puestos clave de instituciones como la Organización Mundial de la Salud (OMS) o la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO); bloqueando el mecanismo de solución de controversias de la Organización Mundial del Comercio (OMC); o asumiendo un papel más destacado en la lucha mundial contra el cambio climático, tanto dentro como fuera del marco del Acuerdo de París.
Pekín también ha creado organizaciones paralelas, como el Banco Asiático de Inversión en Infraestructuras (AIIB), fundado en 2015, que compite con el Banco Asiático de Desarrollo (ADB), liderado por Japón desde 1966 e inspirado en el Banco Mundial. El plan de Pekín de convertirse en una potencia polar para 2030, su protagonismo en el recientemente ampliado grupo BRICS y en la Organización de Cooperación de Shanghái (OCS), así como su Iniciativa de Gobernanza Global (GGI), también ilustran el creciente perfil internacional de China (Lagarda, 2025). Otros ejemplos son la ambiciosa Nueva Ruta de la Seda (Belt and Road Initiative, BRI) —posiblemente la mayor iniciativa de desarrollo de infraestructuras de la historia— y la creciente influencia china en Latinoamérica, que han logrado, sobre la base de la interdependencia económica pero también mediante una diplomacia militar consistente, proporcionar a Pekín un grado muy alto de influencia política en los países participantes.

El orden transaccional de Trump y la Internacional autoritaria
La administración de Trump, por su parte, reaccionó al ascenso de China utilizando la centralidad de Estados Unidos en la economía mundial para establecer un nuevo orden geoeconómico más transaccional y menos institucionalizado. La capacidad de coerción económica, política y militar de Washington —manifestada en el uso de aranceles como arma económica (India, Brasil, T-MEC), la instrumentalización de la ayuda militar (OTAN, Ucrania) y las amenazas de intervención (México, Venezuela)— le ha permitido obtener concesiones de aliados y adversarios por igual.
El cambio de postura militar de Washington en el hemisferio occidental busca profundizar la doctrina Monroe y podría resultar fundamental si se declara la guerra a la narcoeconomía transnacional de forma más militarizada y, en un futuro quizás no tan lejano, Washington quisiera expulsar a los competidores económicos de su esfera de influencia. El costo a nivel global ha sido considerable: el sistema de las Naciones Unidas se encuentra en desorden, las potencias emergentes profundizan su alineación múltiple al margen de Washington y los aliados europeos de la OTAN refuerzan su autonomía estratégica ante una posible retirada militar estadounidense.
Los niveles de confianza hacia Washington han caído drásticamente. Su nueva postura podría dejar a Estados Unidos con menos aliados y mayor aislamiento internacional. En un mundo que avanza hacia una creciente multipolaridad, China ha logrado definir una esfera de influencia y construir una coalición internacional de Estados afines, mientras Estados Unidos ha contribuido a socavar el orden liberal internacional usando sus instrumentos de coerción y así renunciando, en la práctica, al liderazgo mundial (Daalder y Lindsay, 2018).
Para los europeos, esta nueva América seguirá siendo un socio difícil. Eso le da a las relaciones de los europeos con países afines en Latinoamérica y en el Indopacífico una importancia adicional. El apoyo cambiante e impredecible de la administración Trump a Ucrania complica las negociaciones internas de la UE destinadas a reforzar su política de defensa, ya que los europeos deben asumir una porción cada vez mayor de la ayuda militar a Kiev. Esto ha desviado la atención europea de las estrategias de construcción de un orden global alternativo lideradas por Pekín, que, aunque menos urgentes, representan un reto más profundo y duradero para una Europa dependiente de un sistema multilateral eficaz.
Al mismo tiempo, Rusia ha profundizado sus alianzas con China, Corea del Norte e Irán para sostener su guerra contra Ucrania. Moscú busca crear una suerte de «Internacional autoritaria», integrada por una alianza militar, la Organización del Tratado de Seguridad Colectiva (CSTO), con Bielorrusia, Kazajistán, Kirguistán, Tayikistán y Armenia; drones armados procedentes de Teherán; proyectiles de artillería norcoreanos; y productos de doble uso (dual use) suministrados por Pekín. Angela Stent (2025) ha denominado CRINK (acrónimo de China, Rusia, Irán y Corea del Norte) a esta alianza emergente.
La reacción multinacional de Alemania ante la hegemonía rusa
La Zeitenwende: del incrementalismo al cambio radical
La respuesta alemana al auge de la llamada «Internacional autoritaria» se ha manifestado, ante todo, en el endurecimiento de su postura de defensa convencional, con un enfoque prioritario en el flanco oriental de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN). El presupuesto de defensa comenzó a incrementarse lentamente a partir de 2014, tras la anexión rusa de la península de Crimea (Sasse, 2023). No obstante, estas medidas graduales no bastaron para mejorar de forma sustancial las capacidades de disuasión de la Bundeswehr, que aún carece de elementos críticos y strategic enablers (Burilkov y Rieck, 2023).
La situación cambió a finales de febrero de 2022 cuando, pocos días después de la invasión a gran escala de Ucrania, el canciller Olaf Scholz declaró que Europa estaba viviendo una Zeitenwende —un cambio de época en materia de defensa— (Bundesregierung, 2022). En ese contexto, creó un fondo especial (Sondervermögen) de 100.000 millones de euros destinado a la reconstrucción de las fuerzas armadas y al restablecimiento de la defensa territorial. Para la Bundeswehr, ello implicó una transformación profunda, ya que llevaba casi tres décadas orientando su estructura, formación y equipamiento hacia misiones de estabilización en el extranjero (Neitzel, 2025, pp. 100-105). En el plano europeo, Alemania también actuó con rapidez: en agosto de 2022 estableció la Iniciativa Europea de Escudo Aéreo (ESSI), concebida como un sistema integrado de defensa antiaérea y antibalística para el continente.

Brigada en Lituania y el eje Berlín-Varsovia
La expresión más visible de este cambio de paradigma en materia de seguridad y defensa es el despliegue de una nueva brigada pesada en Lituania liderada por Alemania. Por primera vez en la historia del ejército alemán, tropas alemanas se estacionarán de forma permanente fuera del territorio nacional —y, significativamente, en una región que fue ocupada por la Wehrmacht durante la Segunda Guerra Mundial—. En 2026, la actual Presencia Avanzada Reforzada (Enhanced Forward Presence, eFP) multinacional de la OTAN en Lituania se integrará en esta nueva brigada blindada 45. Aunque su despliegue reforzará la defensa de los países bálticos —cuyas fuerzas armadas son reducidas—, persisten dudas sobre la capacidad de la OTAN para abastecerla a través del corredor de Suwalki o por la vía marítima bajo condiciones de guerra, dada la proximidad de la fortaleza rusa de Kaliningrado.
El nuevo gobierno federal, encabezado por el canciller Friedrich Merz, ha impulsado un segundo fondo especial para las Fuerzas Armadas, un incremento sostenido del gasto en defensa hasta alcanzar el 3,5 % del PIB en los próximos años (83.000 millones de euros en 2024) y la reintroducción del servicio militar obligatorio (Bundesregierung, 2025). Alemania volverá así a contar con el ejército convencional más grande de Europa y, en caso de conflicto, se convertirá en una centro logístico estratégico para el refuerzo del flanco oriental.
Las estrechas relaciones con Polonia bajo el primer ministro Donald Tusk —respaldadas, entre otros mecanismos, por el Cuerpo Multinacional del Noreste en Szczecin— son una base sólida para esa función. Existe un consenso firme entre Berlín y Varsovia, especialmente en materia de defensa, de modo que la Zeitenwende alemana complementa el notable rearme polaco, también centrado en el flanco oriental de la OTAN: el presupuesto de defensa de Polonia pasó de 10.000 millones de dólares en 2014 a 15.000 millones en 2022 y alcanzó 38.000 millones en 2024 (World Bank, 2025).
Europa refuerza su arquitectura de defensa
Fiel a su tradición de política exterior, Berlín ha aprovechado su Zeitenwende para reforzar los mecanismos de integración europea, impulsando tanto una postura más robusta de defensa en el seno de la UE como una reafirmación del papel central de Alemania dentro de la OTAN (Rathke y Luetkefend, 2025). La presión estadounidense y las exigencias derivadas de la guerra contra Ucrania han llevado a los aliados europeos a comprometerse con aumentos sustanciales del gasto en defensa —hasta un 3,5 % del PIB para defensa básica y un 1,5 % adicional para la infraestructura civil correspondiente—.
Este renacimiento de la OTAN ha coincidido con otra Zeitenwende, quizás aún más trascendental, en la misma Bruselas. Desde 2019, la autodenominada Comisión Geopolítica, presidida por Ursula von der Leyen, ha fortalecido el papel de la Agencia Europea de Defensa (EDA) en la planificación, investigación y desarrollo militar. También ha transformado la Facilidad para la Paz (EPF), un instrumento europeo extrapresupuestario de prevención de conflictos, en un fondo para facilitar la compra de armamentos para Ucrania, ya que los tratados europeos prohíben el uso del presupuesto de la UE para propósitos bélicos. En octubre de 2023 lanzó la EDIRPA (Programa de Apoyo a la Industria de Defensa Europea mediante Adquisiciones Comunes), una ley europea para el refuerzo de la industria de defensa mediante la adquisición en común de material militar.
En 2024 se creó el primer Comisario de Defensa de la UE, y en mayo de 2025 se lanzó la Acción de Seguridad para Europa (SAFE), un instrumento financiero supranacional destinado a acelerar la preparación defensiva de los Estados miembros. Este mecanismo facilita inversiones urgentes y estratégicas en la industria europea de defensa, con atención prioritaria a las critical capabilities (European Commission, 2025). No se trata de una militarización de la UE, pero sí de un cambio significativo en su papel como actor en la defensa europea. Al permitir la participación en estos mecanismos de socios no pertenecientes a la OTAN, la UE también busca fortalecer los lazos con like-minded partners más allá del escenario euroatlántico, especialmente en el ámbito tecnológico, lo que podría representar una oportunidad considerable para el sector europeo de defensa en el Indopacífico (Besch, 2025) como también, en niveles más bajos, en Latinoamérica.
La guerra contra Ucrania pone a prueba la determinación de la OTAN, una alianza militar que ha permanecido en modo de paz —al menos en Europa— desde el fin de la Guerra Fría. El número de efectivos se ha reducido considerablemente, la preparación operativa del equipo militar es limitada, los procesos de adquisición resultan lentos y la producción industrial de defensa es insuficiente. Si bien los cambios recientes han sido profundos y necesarios, su implementación ha sido lenta, lo que ha llevado a algunos observadores a hablar incluso de la muerte de la Zeitenwende (Tallis, 2024). Persisten limitaciones en la capacidad industrial de armamentos y en la contratación de personal militar, aunque el financiamiento ya no constituye el cuello de botella crítico que era antes de 2022 (Matlé, 2025).
Redefiniendo una autoconcepción de política exterior
De la Zivilmacht al realismo: redefinir el poder alemán
Alemania necesita redefinir su autoconcepción y su papel en un contexto global en el que las condiciones para la proyección del poder blando se deterioran rápidamente. Desde la reunificación en 1990, Berlín ha cultivado un nicho distintivo en las relaciones internacionales: centrada en el poder blando y la influencia no coercitiva, ha privilegiado la cooperación al desarrollo, la diplomacia científica y la interdependencia económica como sustitutos funcionales de la política de poder.
En este marco, Alemania se ha concebido a sí misma como una potencia civil (Zivilmacht): una potencia media benigna que, mediante la diplomacia, el desarrollo y la defensa, invierte en instituciones regionales y globales para proveer bienes públicos globales. Su liderazgo en la diplomacia climática y su condición de uno de los mayores donantes de ayuda oficial al desarrollo son indicadores claros de este papel.
Este conjunto de herramientas de política exterior liberal e institucionalista se adaptó bien a las primeras décadas tras el fin de la Guerra Fría y consolidó a Alemania como una de las principales potencias económicas y políticas del mundo. No obstante, este éxito también reforzó una autoconcepción que, basada en valores definidos por Berlín como universalmente benignos, a menudo ha derivado en un notable grado de moralismo.
Esta concepción de Zivilmacht, aunque sigue siendo válida —pues los bienes públicos globales continúan dependiendo de proveedores y defensores que actúan de forma colectiva y consensuada— resulta insuficiente ante la actual rivalidad entre grandes potencias (Maull, 2025). Para que el poder civil alemán mantenga su influencia, su núcleo liberal-institucionalista debe complementarse con componentes realistas más duros.
En otras palabras, el poder blando requiere hoy una base de poder duro: este último constituye la caja de resonancia a través de la cual el poder blando puede proyectarse eficazmente en la constelación geopolítica actual. Otras potencias medias como el Reino Unido o Francia asimilaron esta lección hace tiempo; para las élites políticas y la sociedad civil alemanas, sin embargo, supone una renegociación profunda de los valores e intereses que orientan su política exterior. En este contexto, la guerra en Ucrania ha abierto efectivamente la puerta a una auténtica Zeitenwende, un cambio de paradigma fundamental en la política de defensa alemana.
Solidaridad estratégica con el Occidente ampliado
Ante las coaliciones iliberales y las asociaciones autoritarias como CRINK, las inversiones de Alemania en defensa deben entenderse también como una contribución al reparto global de cargas dentro de la OTAN, lo que permite a otros aliados concentrarse en el Indopacífico. Estas acciones funcionan además como señales de compromiso hacia los socios de la OTAN+ en esa región (alliance signalling), es decir, de solidaridad estratégica, reforzadas por una mayor —aunque no agresiva— presencia de las fuerzas armadas alemanas.
La idea de la solidaridad estratégica en un Occidente ampliado también es una guía útil para la política alemana hacia América Latina: ni Alemania ni Europa podrán desempeñar un papel destacado en materia de política de seguridad en la región, ya que la cooperación militar con Estados Unidos —excepto en Cuba, Nicaragua y Venezuela— está muy institucionalizada y, a pesar de la retórica antiamericana que resurge periódicamente, parece ser generalmente aceptada.
El potencial de cooperación con los europeos se encuentra en los ámbitos de las materias primas estratégicas —especialmente el litio y las tierras raras—, el comercio y la tecnología. Teniendo en cuenta el poder económico de China en América Latina y la dependencia europea de los productos preliminares chinos para alcanzar su autonomía tecnológica, el acuerdo de libre comercio de la UE con el Mercosur ya no parece ser una expresión de una asociación basada en valores comunes entre dos regiones democráticas del mundo, sino más bien un proceso pragmático de reducción del riesgo geoeconómico para ambas regiones (de-risking).
América Latina y el Caribe contribuye a la resiliencia económica, tecnológica y, en última instancia, también militar del Occidente ampliado. En mi opinión, esto debería incluir una mayor cooperación en materia de armamento con los Estados de América Latina que estén interesados en una asociación para la modernización militar. Se necesitaría, al menos, una liberalización de la política alemana de exportación de armamento, como en el caso del Indopacífico.
Alianzas globales para un mundo anárquico
A pesar de sus deficiencias, la Zeitenwende es también un hito crucial en las relaciones exteriores alemanas, ya que puede revitalizar el poder duro alemán no solo en el marco europeo y atlántico, sino también a nivel global, donde podría amplificar su tradicional poder blando.
Al igual que los nuevos alineamientos internacionales en curso, este replanteamiento realista también debe tener una perspectiva genuinamente global: requiere redefinir las alianzas de Alemania, complementando las tradicionales —basadas en valores compartidos en el marco del G7 y sus socios democráticos— con alianzas más transaccionales con países afines en otras regiones, especialmente en Latinoamérica y en el Asia-Pacífico, donde se concentran muchos de los stakeholders del orden liberal internacional.
Aunque Alemania quizá no pueda ofrecer marcos de cooperación equivalentes al AUKUS (alianza de seguridad Australia-Reino Unido-Estados Unidos) —en el cual Estados Unidos transfiere tecnología de submarinos nucleares a Australia—, este nuevo enfoque exige repensar las herramientas de su política exterior y adoptar una mirada más realista: rediseñar las políticas de ayuda, de ciencia y tecnología, y de exportación militar para ofrecer una cooperación más atractiva en las áreas prioritarias para sus socios. Muchas de estas lecciones deberán integrarse —y de hecho ya comienzan a hacerlo— en el replanteo estratégico en Bruselas, la OTAN y la Unión Europea.
Los principales aliados no pertenecientes a la OTAN (major non-NATO allies), como Japón o Australia, y también Argentina o Brasil, merecen una atención mucho mayor de Berlín y Bruselas, ya que se encuentran en la primera línea de la competencia entre las grandes potencias. Esto requiere una base de poder duro alemán más pronunciada: eficaz en términos militares, desplegable a escala global y cooperativa, es decir, integrada en estructuras de alianzas y asociaciones internacionales. Puede que el mundo se esté volviendo más anárquico, pero, como decía Alexander Wendt (1992), la anarquía sigue siendo lo que los Estados hacen de ella.
Referencias
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