En los últimos años, varios países latinoamericanos han buscado un mayor acercamiento al BRICS como una estrategia de política exterior. Invitaron a Argentina formalmente a unirse al grupo en octubre de 2023, pero esta rechazó la invitación unos meses más tarde. En enero de 2025, con la ampliación del BRICS+, Cuba y Bolivia fueron incorporados como países socios. Por invitación de Brasil, México, Uruguay y Colombia participaron en la cumbre de los BRICS celebrada en Río de Janeiro el pasado mes de julio. ¿A qué se debe el creciente interés de América Latina por el bloque BRICS? ¿Por qué los países latinoamericanos tardaron más de una década para mostrar su interés en unirse al BRICS?
La respuesta a ambas preguntas reside en cómo han cambiado el mundo y el BRICS desde principios del siglo XXI. El origen del agrupamiento BRICS marca un cambio decisivo en la gobernanza mundial: de un acrónimo económico concebido de forma especulativa, se ha convertido en una alianza con creciente relevancia política y diplomática. Esta transformación responde a las aspiraciones de las potencias emergentes de reconfigurar el orden internacional hacia un mundo más multipolar.
El término BRIC, introducido por el economista Jim O’Neill de Goldman Sachs en 2001, designa a Brasil, Rusia, India y China como economías emergentes con un potencial de crecimiento económico superior al de los países del G7, convirtiéndolos en destinos estratégicos de inversión. Aunque los informes iniciales de O’Neill estimaban el peso económico conjunto de estos países, la evolución del BRIC fue el resultado de decisiones políticas más que de dinámicas del mercado financiero. El grupo informal BRIC empezó a consolidarse como entidad política en 2006, cuando los ministros de asuntos exteriores de Brasil, Rusia, India y China establecieron encuentros anuales al margen de la Asamblea General de las Naciones Unidas.
La coordinación diplomática entre las potencias emergentes se fortaleció tras la crisis financiera mundial de 2008, que evidenció la necesidad de reformar las instituciones financieras internacionales. La primera cumbre de jefes de Estado de los BRIC, organizada por Rusia en Ekaterimburgo en 2009, marcó el inicio de reuniones anuales que dotaron al bloque naciente de «cuerpo y contenido» (García y Bond, 2018). La inclusión de Sudáfrica en 2010, promovida por China, formalizó el acrónimo BRICS en 2011 y amplió notablemente su representación geográfica.
En los últimos dos años, el BRICS ha duplicado su tamaño y ha introducido una nueva categoría de países socios. Representando el 45 % de la población mundial, el 35 % del producto interior bruto (PIB) global medido en paridad de poder adquisitivo (PPA) y casi la mitad de la producción mundial de petróleo, los países del BRICS+ se han consolidado como una fuerza relevante en los asuntos internacionales actuando como plataforma del sur global (Heine, 2025). Si bien América Latina aún no ha incrementado su presencia en el BRICS, el cambiante panorama geopolítico ofrece perspectivas prometedoras, aunque no exentas de desafíos, que analizaré en las secciones siguientes.
América Latina y la formación del BRICS
América Latina no formaba parte de la visión original concebida por el BRICS, al menos en términos de representación y composición. Quienes concebían al grupo exclusivamente como una asociación de economías emergentes y de rápido crecimiento —entre ellos el propio O’Neill— sostenían que México debía ser incluido. Cuando el BRICS comenzó a asumir un perfil más político, surgieron otras agrupaciones centradas en el potencial de inversión —como MINT (México, Indonesia, Nigeria y Turquía) o CIVETS (Colombia, Indonesia, Vietnam, Egipto, Turquía y Sudáfrica)— que destacaban a algunas de las economías más abiertas de América Latina (O’Neill, 2013). Sin embargo, dentro del BRICS, Brasil desempeñó el papel de mediador y al mismo tiempo gatekeeper entre el grupo y el resto de los países latinoamericanos.
Brasil, miembro fundador y único representante latinoamericano en el BRICS, colabora con los demás miembros del bloque, impulsado por varias motivaciones clave: la búsqueda de prestigio e influencia geopolítica, una mayor cercanía con China y una forma de seguro frente a un posible aislamiento diplomático por las potencias occidentales (Stuenkel et al., 2025). Bajo la presidencia de Lula da Silva, Brasil articuló de manera coherente una estrategia multialineada, orientada a fortalecer los vínculos con otras economías emergentes, sin descuidar sus relaciones con los socios tradicionales en Estados Unidos y Europa (Berg et al., 2024). Este enfoque posicionó al BRICS como una plataforma para articular los intereses del sur global, amplificando la voz de Brasil en foros clave de la gobernanza mundial como la onu, la omc y las instituciones de Bretton Woods. Brasil desempeñó un papel particularmente activo en la configuración de la arquitectura institucional del BRICS, proponiendo soluciones y coordinando las negociaciones de iniciativas clave, entre ellas el Nuevo Banco de Desarrollo (NBD) y el Acuerdo Contingente de Reservas (CRA).

El papel de Brasil
En lo que respecta a su papel en América Latina, Brasil no actuó de manera totalmente independiente, sino que buscó conciliar sus aspiraciones de liderazgo regional con su participación en el BRICS. Brasil se destaca como la nación más extensa y económicamente relevante de Sudamérica, y ejerce una influencia regional significativa que se extiende a sus países vecinos. El Banco Nacional de Desarrollo Económico y Social de Brasil (BNDES), por ejemplo, ha destinado históricamente la mayor parte de sus desembolsos a América Latina. En la Cumbre de Fortaleza, de 2014, los jefes de Estado del BRICS se reunieron con los líderes de la Unión de Naciones Suramericanas (UNASUR) y otorgaron al bloque una nueva dimensión regional.
Si bien Brasil ha buscado proyectar los intereses de América Latina dentro del brics, se ha enfrentado con diversos desafíos derivados de las asimetrías existentes con sus vecinos de la región. Mientras que los países más pequeños de Sudamérica como Bolivia, Paraguay y Perú tienden a mostrar cierto resentimiento hacia el papel regional de Brasil y su dependencia del gobierno y de las multinacionales brasileñas, los competidores de tamaño medio como Argentina, Venezuela y Colombia cuestionan la autoproclamada condición de Brasil como portavoz de la región en los foros multilaterales (Malamud, 2011). Además, la expansión de la influencia de China y Rusia en América Latina se produjo, en muchos casos, a expensas de la posición regional de Brasil, lo que disminuyó los incentivos de este para apoyar la adhesión de nuevos países latinoamericanos al BRICS.
Los intereses crecientes de los países BRICS en América Latina
El período comprendido entre 2013 y 2019 fue testigo de una profunda transformación en la geopolítica mundial, marcada de manera significativa por el ascenso de China bajo el mandato del presidente Xi Jinping. Allí se redefinió la dinámica interna del BRICS, evidenciando un contraste notable con el estancamiento económico que atravesaban algunos de sus miembros clave como Brasil y Sudáfrica. Bajo el impulso de China, el BRICS evolucionó desde un enfoque predominantemente económico y comercial hacia una agenda más integral que abarca dimensiones políticas y de seguridad, alineada con las prioridades estratégicas de Pekín (Zhao, 2025).
Como era previsible, la expansión económica de China se tradujo en un interés cada vez mayor por América Latina. Para 2024, el comercio creció hasta alcanzar la cifra récord de 518.000 millones de dólares. En veinte años, los bancos de desarrollo chinos han otorgado más de 120.000 millones de dólares en préstamos a América Latina y el Caribe, frecuentemente a cambio de petróleo y para financiar proyectos energéticos y de infraestructura, principalmente en Venezuela, Brasil, Ecuador y Argentina.
Además, China es actualmente el principal socio comercial de Sudamérica y el segundo más importante de Latinoamérica, después de Estados Unidos (Roy, 2025). Sin embargo, esta relación comercial a menudo reprodujo una dinámica de tipo norte-sur, dado que casi tres cuartas partes de las exportaciones latinoamericanas a China consisten en productos primarios. Mientras China exportaba productos manufacturados, los países latinoamericanos proveían principalmente materias primas y productos agrícolas (García y Bond, 2018).
En un contexto de creciente protagonismo de China dentro del bloque, la creación del Nuevo Banco de Desarrollo durante la Cumbre de Fortaleza de 2014 marcó un punto de inflexión en la institucionalización del BRICS y en su aspiración de reformar la gobernanza financiera mundial. La estructura del NDB, que permite explícitamente la adhesión de países ajenos al BRICS, constituye una fuente alternativa de financiación para el desarrollo de las naciones latinoamericanas. Un atractivo central es la promesa de una financiación exenta de las condiciones políticas que suelen imponer instituciones occidentales como el Banco Mundial y el FMI, un aspecto especialmente valorado por los países en desarrollo (García y Bond, 2018).
A su vez, el Acuerdo Contingente de Reservas (CRA), creado durante la Cumbre de Fortaleza, funciona como una red de seguridad financiera para ayudar a los países del BRICS a prevenir presiones de liquidez a corto plazo y a prestarse apoyo mutuo. Con un capital inicial de 100.000 millones de dólares estadounidenses, el CRA tiene como objetivo fortalecer la red de seguridad financiera mundial y complementar los mecanismos internacionales existentes. Para los países latinoamericanos —especialmente aquellos que enfrentan sanciones internacionales o buscan reducir su dependencia del dólar estadounidense— el CRA y otras iniciativas del BRICS como el sistema de pagos alternativo BRICS Bridge y la promoción del comercio en moneda local constituyen instrumentos estratégicos para sortear los sistemas financieros dominados por Occidente (Klomegah, 2024).
La pandemia trajo nuevas oportunidades
La pandemia de covid-19 redefinió el panorama de la cooperación internacional, abriendo nuevas oportunidades para el fortalecimiento de las relaciones entre América Latina y los países del BRICS. El nacionalismo vacunal de Occidente y la falta de cooperación con el sur global ofrecieron a China, India y Rusia la oportunidad de fortalecer sus vínculos con distintas regiones del mundo —incluida América Latina— a través de la diplomacia de las vacunas, la financiación alternativa y propuestas de cooperación sanitaria global (Heine, 2025). Aunque el grupo BRICS no logró articular una respuesta colectiva sólida frente a la pandemia, ha mantenido una postura clara respecto a la importancia de la equidad sanitaria, la transferencia de tecnología, la investigación y vigilancia conjuntas, así como el acceso equitativo a medicamentos y vacunas (Moore, 2022). Para las naciones latinoamericanas, la pandemia —sobre todo durante la administración estadounidense de Trump, percibida como hostil— incrementó el atractivo del grupo BRICS como alternativa a los socios occidentales tradicionales.
¿Qué motiva a los países latinoamericanos a integrarse al BRICS?
La expansión reciente del grupo BRICS, consolidada con la adhesión de Egipto, Etiopía, Irán y los Emiratos Árabes Unidos en 2024, seguida por la de Indonesia en 2025, evidencia el predominio de las motivaciones geopolíticas en la configuración del bloque. La ampliación del BRICS+ está concebida explícitamente para reconfigurar el equilibrio de poder mundial, desplazándolo de la unipolaridad estadounidense hacia un orden internacional multipolar y no occidental, impulsado por las ambiciones de los distintos Estados miembros. Esta expansión también ha despertado un creciente interés entre varios países latinoamericanos, motivados por diversas consideraciones geopolíticas y económicas.
— Venezuela considera su incorporación al BRICS como una plataforma estratégica para contrarrestar la influencia de Estados Unidos y mitigar el impacto de las sanciones internacionales que han limitado su acceso a la financiación y a los mercados globales. El régimen de Nicolás Maduro concibe al BRICS como un medio para acceder a la financiación del ndb, diversificar sus vínculos económicos y efectuar transacciones en monedas distintas al dólar estadounidense, contribuyendo así a debilitar el orden unipolar liderado por Estados Unidos. Venezuela ha consolidado alianzas políticas, financieras, militares y energéticas con China y Rusia, miembros fundadores del BRICS (Holtzmann et al., 2024; Mijares, 2025).
— Nicaragua ha expresado un gran interés en unirse al BRICS. El presidente Daniel Ortega considera que esta agrupación constituye una plataforma para que países tanto poderosos como en desarrollo promuevan un mundo multipolar y afronten los desafíos de la pobreza y el hambre. La solicitud de adhesión de Nicaragua también refleja su intención de posicionarse como «plataforma regional de Rusia» y de fortalecer sus vínculos con China (Berg et al., 2024; Holtzmann et al., 2024).
— Bolivia, con sus vastas reservas de litio, considera que su adhesión al BRICS representa una oportunidad para impulsar el desarrollo tecnológico y económico, reducir la dependencia del dólar estadounidense y atraer inversiones para su sector minero, especialmente de empresas rusas y chinas. Bolivia ha participado activamente en las negociaciones para asegurar financiamientos del ndb y diversificar su comercio, reduciendo su dependencia del dólar (Holtzmann et al., 2024).
— Cuba, con lazos históricos con Rusia desde la Guerra Fría, considera que su integración al BRICS constituye una herramienta clave para mitigar la crisis económica, fortaleciendo la cooperación con Rusia, China e Irán para contrarrestar las sanciones y el embargo estadounidense. Rusia, en particular, ha desempeñado un papel activo en la reestructuración de la deuda de Cuba y en la firma de acuerdos económicos (Berg et al., 2024).
— Colombia, en cambio, aborda su relación con el BRICS con cautela. Aunque el gobierno del presidente Gustavo Petro busca diversificar sus alianzas internacionales y atraer nuevas inversiones, mantiene prudencia para no poner en riesgo sus vínculos históricos con Estados Unidos, su principal socio en seguridad y economía. Para Bogotá, la colaboración con el BRICS representa una oportunidad de ampliar sus opciones estratégicas sin implicar un realineamiento total (Mijares, 2025).
— Durante la presidencia de Javier Milei, Argentina optó por retirar su solicitud de adhesión al BRICS, argumentando diferencias ideológicas y una política exterior orientada a disminuir su dependencia financiera y económica de China, además de evitar colaboraciones estratégicas con Rusia. Este caso evidencia las divisiones ideológicas y los distintos grados de alineamiento con los valores occidentales en América Latina, factores que condicionan la relación de la región con el BRICS (Bingyun, 2024).
Sin embargo, la expansión del BRICS ha comprometido a los miembros fundadores democráticos como Brasil e India. Cada vez es más difícil presentar al BRICS como una entidad no confrontativa y no alineada. El cambio en el equilibrio de poder —con las autocracias superando en número a las democracias dentro del BRICS+— ha generado preocupación de que el bloque esté adoptando una orientación más abiertamente antioccidental y centrada en Pekín. Este déficit democrático podría llevar a países como Brasil a distanciarse del BRICS, revirtiendo una década de participación entusiasta, ante el incremento de cargas y la percepción de haber perdido control sobre la dinámica interna del bloque (Berg et al., 2024).

¿Qué beneficios puede obtener el BRICS con su expansión hacia Latinoamérica?
China, potencia económica hegemónica dentro del BRICS, concibe esta expansión como un puente estratégico para aprovechar y moldear el poder transformador de los países no occidentales, con el objetivo de impulsar una reforma del sistema internacional. Pekín utiliza las invitaciones selectivas de adhesión para consolidar su liderazgo en el sur global, con el propósito de promover un orden mundial centrado en su interés estratégico. Esto incluye fortalecer vínculos comerciales y expandir su influencia a escala global, actuando a menudo como una póliza de seguro frente a un posible aislamiento de Occidente (Holtzmann et al., 2024).
Las motivaciones de Rusia para promover la expansión son claramente antioccidentales y buscan consolidar al BRICS como una herramienta destinada a reducir el dominio global de Estados Unidos y a desarrollar mecanismos financieros y comerciales que eludan las sanciones impuestas por Occidente. Moscú busca estrechar vínculos con países latinoamericanos autoritarios como Venezuela, Cuba y Nicaragua, con el objetivo de ampliar su influencia geopolítica bajo el pretexto del antiimperialismo. El apoyo activo de Rusia a estos países subraya su impulso geopolítico hacia un mundo menos dominado por Estados Unidos (Holtzmann et al., 2024).
India, que sigue una política de multialineamiento utiliza el BRICS como plataforma alternativa para consolidar su liderazgo internacional, promover la multipolaridad y reafirmar su papel en el sur global. India apoyó la incorporación de todos los nuevos miembros del BRICS, interpretándola como una adaptación de las instituciones internacionales frente a los retos contemporáneos. Sin embargo, India también procura evitar que el bloque se transforme en una camarilla abiertamente antioccidental o que quede completamente bajo la influencia de China, equilibrando su compromiso con el BRICS y sus relaciones estratégicas con socios occidentales (Holtzmann et al., 2024).
Brasil ha mantenido una postura más ambigua respecto a la ampliación del BRICS. Durante años, Brasilia se ha opuesto a ella, temiendo que su influencia en el bloque disminuya mientras la de China y Rusia se fortalece. El objetivo constante de Brasil ha sido evitar que los países del BRICS adopten una postura abiertamente antioccidental, dado que ello amenazaría sus relaciones históricas con Estados Unidos y Europa (Illueca, 2025). Brasil apoyó tácitamente la entrada de Colombia al grupo, aunque sus reservas habrían bloqueado el avance de la solicitud de Venezuela para obtener la condición de miembro de pleno derecho durante la cumbre de Kazán, según el llamado del presidente ruso Vladimir Putin a que ambos países «resuelvan sus diferencias» (Berg et al., 2024).

Conclusión
La relación entre América Latina y el BRICS está marcada por contradicciones internas y presiones externas (Serbin, 2023). El grupo BRICS, pese a sus objetivos declarados de promover un orden mundial más equitativo y democrático, enfrenta divergencias internas que abarcan diferencias significativas en su trayectoria histórica, estructuras económicas, sistemas políticos y ambiciones de poder. La rivalidad entre China y la India, la posición geopolítica singular de Rusia y el creciente predominio de China dentro del bloque contribuyen a generar fricciones internas. Los críticos sostienen que el BRICS corre el riesgo de reproducir los mismos patrones imperialistas que afirma desafiar, dado que los beneficios se concentran principalmente en las élites metropolitanas de los países miembros y en sus socios secundarios en las periferias externas (García y Bond, 2018).
Resulta poco probable que las economías latinoamericanas adopten a corto plazo una postura conflictiva frente a sus socios occidentales tradicionales, dado que sus vínculos comerciales y de inversión con Estados Unidos y la Unión Europea siguen siendo los más relevantes (Baumann, 2025). Por ello, si el BRICS desea obtener un amplio apoyo para un nuevo modelo de gobernanza global, deberá ofrecer incentivos atractivos y construir una red de respaldo sólida más allá de sus miembros inmediatos.
Por su parte, Occidente percibe al BRICS como una llamada de alerta y se ve impulsado a reforzar la cooperación con el sur global, a integrar más estrechamente a los países BRICS con orientación hacia Occidente en las estructuras de gobernanza global existentes y a promover nuevas asociaciones económicas y acuerdos de libre comercio (Holtzmann et al., 2024).
La firma de acuerdos, como el tratado comercial entre la UE y el Mercosur, junto con la priorización de las relaciones con países como India constituyen medidas fundamentales para prevenir un vacío de poder que otras potencias, especialmente China, podrían aprovechar. La nueva administración de Trump ha adoptado un enfoque distinto, amenazando a todos los países del BRICS con aranceles masivos con la intención de debilitar el bloque y alejar a los países latinoamericanos de la influencia de China. Hasta el momento, la estrategia estadounidense ha fracasado (Martin, 2025).
En conclusión, la relación entre América Latina y el BRICS es un proceso dinámico y en constante evolución. La ampliación del bloque y su retórica crecientemente antioccidental brindan a las naciones latinoamericanas la posibilidad de consolidar vínculos estratégicos y políticos con Moscú y Pekín, aunque generan desafíos significativos, sobre todo para las democracias de la región. Si bien el BRICS ofrece una fuente alternativa de financiación y un espacio para cuestionar la hegemonía occidental, enfrenta críticas por perpetuar desigualdades económicas y por aumentar las obligaciones geopolíticas de sus miembros. El futuro de esta relación dependerá de la capacidad del BRICS para resolver sus contradicciones internas, establecer una agenda de desarrollo verdaderamente inclusiva y sostenible, y consolidar un apoyo más amplio entre los países en desarrollo, al mismo tiempo que maneja relaciones cada vez más tensas con Estados Unidos y otras potencias occidentales.
Referencias
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