Florecer lejos de casa, según @Irenelectora

Florecer lejos de casaNunca antes había sentido de manera tan personal la tarea de escribir acerca de un libro; quiero decir, tan autobiográfica. Mientras leía Florecer lejos de casa pensaba en cómo estos relatos me conectaron con las historias de los otros (como venezolana, como latinoamericana y, sobre todo, como emigrante). Leerlos mientras vivo en Santiago me enseñó a ver en cada extranjero la necesidad común de comprendernos, porque a la larga todos emigramos con el mismo anhelo de hallar mejores oportunidades para construir una nueva vida. Lo que leerán a continuación es en parte mi experiencia como lectora de los catorce testimonios que hallarán en este libro, también es una suerte de juego interactivo con los autores y, lo más importante para mí: es el resultado de haberle robado a la cotidianidad minutos para leer, pensar, escribir y corregir. Florecer lejos de casa fue mi primera lectura como emigrante y esta reseña lo primero que escribí. ¡Ahí les va!

Si hubiese leído la edición digital de Florecer lejos de casa (2018) cuando aún estaba en Venezuela, mi experiencia sería la del lector testigo reviviendo estos testimonios —imaginariamente— en cada familiar y amigo de los que se fueron antes de noviembre. Sin embargo, las circunstancias —y por ende la lectura— resultaron distintas. Los catorce relatos y las 206 páginas de este libro publicado por la fundación Konrad Adenauer Stiftung han acompañado y atravesado los 92 días que llevo como emigrante en Santiago de Chile.

Todavía estaba en mi país cuando supe que presentarían, el 19 de noviembre, Florecer lejos de casa en Santiago. Al instante, cotejé mi fecha de viaje… ¡Coincidían! Entonces emigré con la certeza de asistir. Ansiaba des-cubrir la dinámica cultural de la ciudad cuyos trenes viajan hacia el sur; visitar museos, librerías, parques, bibliotecas (en el fondo ya tenía planes…). Llegué el 10 y apenas nueve días después mi realidad era otra. Tras haber trabajado durante toda la madrugada en una distribuidora de perfumes, a duras penas podía mantenerme despierta durante el regreso a casa. Aún conservo en mi memoria las expresiones de las personas que nos miraban —con curiosidad y asombro— a más de 20 emigrantes cabeceando acompasadamente en la misma micro todas las mañanas.

Fue así como las jornadas de parking me impidieron asistir a la presentación, también me perdí la oportunidad de obtener un ejemplar físico y lo que más deseaba: escuchar, ver y percibir a quienes están registrando la diáspora venezolana: esta que vivo y leo simultáneamente. Sin embargo, gracias al gesto impulsivo de escribir a la cuenta @florecerlejosdecasa, a su inmensa amabilidad y a la de @kas_chile, días más tarde obtuve mi propio ejemplar.

Puedo decirles que esta lectura cambió para siempre mi manera de entender los múltiples matices que constituyen la experiencia del emigrante.

Incluso hoy día sigue siendo clave para digerir tanto andar y tanto gesto venezolano que me topo en el ascensor, en las bodegas, en el trabajo, en las micros, plazas, paradas, estaciones, parques, en fin; en la ciudad entera. Sin lugar a dudas, Florecer lejos de casa trastocó mis ideas sobre la diáspora (esa multiplicidad de rostros que vi reunidos el 23 de enero en la Plaza Baquedano, aplaudiendo y cantando el himno, convencidos de poder participar del mínimo cambio que se esté gestando en Venezuela).

Como lectora, pienso que estos relatos nos permiten construir puntos de fuga entre un emigrante y otro, convirtiéndonos a todos en una suerte de manglar que nunca acaba de extenderse. Página tras página, la sensación es la de estar tejiendo redes imaginarias que nos hablan acerca del relato inconcluso de esta ola migratoria, cuyos primeros atisbos se dejaron ver en el 2001 y actualmente tiene claros gestos de tsunami que anda a pies, como lo muestra José R. Guzmán en Comida, calle y comedia. Los testimonios de Florecer lejos de casa funcionan como canales de comunicación creados para hablar sobre esta extraña sensación de exilio e insilio en la que vivimos todos; esta extraña dualidad de estar dentro y fuera a la misma vez, porque quienes siguen en el país viven la diáspora tanto como vivimos la crisis quienes ya nos fuimos, como canta Reymar Perdomo.

Siempre que hallé asiento en la 409 o en la B12, los testimonios de Salvador Passalacqua, Tamara Taraciuk, Jefferson Díaz, Alexis Castillo, Ángel Arellano, Carolina Acosta-Alzuru, Gisela KozakRovero, Manuel Llorens, Paola Soto, Mireya Tabuas, Maru Rodríguez, Hensli Rahn, Eduardo Sánchez Rugeles, Héctor Torres y el Cruz-Diez desmembrado de Guillermo Tell Aveledo, hicieron las veces de ventanas a través de las cuales mirar mi realidad aumentada, una realidad capaz de penetrar y trascender la individualidad de cada uno.

Así, me sorprendí alineando molinos de viento en la carrera novena de Bogotá, mientras me preguntaba si acaso Salvador también los confundiría con gigantes. En la página 39 me transformé en el cliché inmigrante que todos esbozamos al pisar otra tierra y a partir de la página 25 fui el rostro abatido del país pasado que Tamara reconoce en esta extraña sensación de exilio.

Páginas más adelante me descubrí en un despecho literario semejante al de Jefferson, extrañando mis libros e imaginando cómo sería mi presente si las circunstancias que nos hacen escribir esto no existieran; pero al instante, como él y como todos, entendí que «los minutos del que emigra se constituyen en recuerdos y que de nada sirve darle cuerda al reloj» ni mucho menos alucinar gigantes donde hay simples molinos fabricados en replay.

En la página 51 empecé a respirar profundo con Alexis, me di cuenta de que ahora tengo más paciencia, me siento más fuerte y poco a poco aprendo a superar la impuntualidad que venía instalada en el ADN venezolano. Con Ángel fui capaz de mirar hacia la ciudad y comprender que todos hemos tenido que asumir esta nueva realidad, aunque con distintos decibeles de nostalgia y llanto, pero con la misma necesidad de ampliar nuestra disposición para reinventarnos. Leer a Carolina Acosta-Alzuru me dolió un tanto más, porque saberme emigrante supuso verme a la intemperie, muchas veces desamparada e indefensa. Además, tuve que asimilar que irse no es la ausencia de problemas, sino tener problemas distintos.

Gisela Kozak me noqueó con la impotencia que me genera la imagen empobrecida, oxidada y escarapelada de las fachadas, vallas, calles y bolsillos de mi país; esa faz de negocio saqueado y quebrado que dejó el socialismo. Sin embargo, al final de su texto hallé un respiro. Me refiero al trazo de un futuro en blanco que me condujo expectante hasta Manuel Llorens, quien me dijo: «soy uno más de una masa imprecisa de venezolanos, cuyo deber es florecer». Y justo cuando empezaba a dudar de las razones por las que me fui, Paola Soto me recordó que queríamos «crecer, mirar el mundo de afuera para entender cómo funciona y cuáles son nuestros puntos en común como sociedad, cómo vive la gente, cómo puedo ser un instrumento útil»; es decir, todo lo opuesto a esa masa amorfa carente de ciudadanía, que el Estado corrupto bautizó con el manoseado eslogan del hombre nuevo.

Mireya Tabuas me hizo aterrizar nuevamente en Santiago de Chile y sentir cómo las aguas del Caribe y el Pacífico empiezan a tocarse. Con voz cálida, Maru Rodríguez se acercó y me dijo: «pronto todos estos espacios empezarán a cobrar otros significados para ti, se llenarán de recuerdos y emociones que poco a poco apaciguarán las dudas». En la página 160 quedé aturdida al saberme en Alemania, donde Hensli Rahn me explicó que la migración también es conocida como circulación de cerebros y por primera vez pensé en mí misma como un tumulto de órganos andante. Mientras seguía con esa imagen en la cabeza, el mismo Rahn me dio una vuelta de tuerca, convirtiéndome en una cifra dentro de las incuantificables remesas que representan la supervivencia de nuestros familiares en Venezuela.

Eduardo Sánchez Rugeles me puso en jaque con un análisis FODA para conocer mis fortalezas y debilidades dentro de mercados altamente competitivos… La pregunta de la mayoría de los profesionales que emigramos es: ¿cuándo y cómo podré ejercer? ¿Sabré hacer valer mis conocimientos, los seis años en pregrado, los otros tres en posgrado? ¿Acaso hallaré mi valía? En la página 180, el reto individual es tan amplio como la necesidad de concretar saberes y experiencias que a largo plazo nos ayudarán a contribuir con la reconstrucción de Venezuela. A partir de la 182 y hasta la 195, obtuve un pasaje de vuelta para cuestionarme con Héctor Torres qué tanto nos costaba haber sido mejores, por qué no pudimos evitar el rostro desolado de las autopistas y veredas.

Me quedo en silencio preguntándome cuándo volveré a estar frente a la casa de mi abuela, que aún me espera y hasta aprendió a usar WhatsApp para no sentirse tan lejos ni dejarme tan sola. Al final, coincido con Torres: emigrantes o no, todos somos extranjeros. Nos quedemos o no, regresemos o no; ninguno volverá a ser el mismo.

Ahora, cuando nos veo, pienso en el testimonio inédito que somos cada uno, el recuerdo latente de una travesía —casi siempre dolorosa— que empezó cuando salimos de casa y se extiende aún hacia este destino incierto, hacia este espacio en el cual intentamos sedimentarnos. También creo que, a pesar de las distancias, los venezolanos no dejamos de ser consecuencia, evidencia y a veces causa de la convulsión que es hoy nuestro país. Por eso lo que más deseo es que en este doble exilio, dentro y fuera de la geografía llamada Venezuela, aprendamos lo que implica el ejercicio de la ciudadanía, el valor de lo civil y de la acción constante y consecuente que nos permitirá construirnos un país con instituciones coherentes y libres. Sin héroes ni villanos del siglo XXI, sólo a punta de ciudadanos.

Para que no olvidemos quiénes nos hicieron caminar tanto (como dijo Nelson Bustamante), van estos relatos que, al leerlos, nos impregnan con la necesidad de escribir y expandir —con nuestra experiencia— el testimonio que todos los venezolanos estamos siendo.

¡No dejen de leerlo! Aquí les dejo el link de descarga: Florecer lejos de casa

 


 

Ficha técnica

Florecer lejos de casa. Testimonios de la diáspora venezolana
Ángel Arellano (coord.)
Montevideo, Fundación Konrad Adenauer, 2018
206 pp.
ISBN: 978-9974-8440-8-7