La vigencia de Habermas en la era de Trump

El pensamiento del filósofo alemán vuelve a cobrar relevancia en un contexto de polarización y desinformación, en el que resulta cada vez más difícil sostener hechos compartidos y una conversación democrática razonable.

Por: Gabriel Pastor 20 May, 2026
Lectura: 6 min.
Mural de Jürgen Habermas. Foto: Flickr
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Artículo original en español. Traducción realizada por inteligencia artificial.
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Esta semana se cumplieron dos meses de la muerte del filósofo alemán Jürgen Habermas, quien pasará a la historia como uno de los últimos grandes exponentes de la influyente Escuela de Frankfurt en los estudios de la Comunicación.

Sin embargo, su pensamiento se distanció del pesimismo radical que marcó a varios de sus referentes. Desde temprano, Habermas apostó por el diálogo democrático, el derecho y la razón como herramientas de construcción política.

Esa apuesta representó una alternativa frente al horizonte más sombrío del marxismo del siglo XX en el campo de las ciencias sociales. Abrió el camino de una democracia sostenida en la deliberación y en la confianza —siempre frágil— en la racionalidad pública.

La lógica de la política contemporánea, que representa Donald Trump, rompe con la idea de democracia que desarrolla Habermas, basada en el diálogo, la discusión racional y la búsqueda de entendimientos comunes como condición para una convivencia sana. En su lugar, gana espacio una comunicación centrada en la confrontación, la movilización emocional y la reafirmación de identidades políticas. En ese marco, la polarización deja de ser una consecuencia y pasa a convertirse en una herramienta de construcción de poder.

Cuando se debilitan los hechos compartidos, el debate deja de basarse en argumentos y se organiza más por identidades enfrentadas. En ese contexto, la política se aleja de la deliberación democrática y se acerca a dinámicas de populismo o concentración del poder, donde el adversario deja de ser un interlocutor y pasa a ser un enemigo. 

Cuando eso ocurre, la democracia pierde su núcleo más básico: la posibilidad de discutir sin destruir el espacio común que la hace posible. Esa sigue siendo, quizá, la advertencia más vigente del pensamiento de Habermas.

Jürgen Habermas. Foto: https://veci-verejne.sk/
Jürgen Habermas. Foto: https://veci-verejne.sk/

¿Es posible hoy la acción comunicativa?

El fallecimiento del último gran intelectual de esa estirpe, a los 96 años, ocurrió en un contexto de creciente deriva antidemocrática en distintas partes del mundo. Ese escenario ayuda a explicar el interés que despierta su pensamiento, tanto en generaciones mayores que añoran un horizonte compartido tras el derrumbe del comunismo, como en generaciones más jóvenes que buscan un marco común de sentido para la vida en sociedad.

Pero la pregunta de fondo persiste: ¿es posible trasladar hoy la acción comunicativa y la democracia deliberativa al mundo contemporáneo? ¿Puede existir una comunicación entre ciudadanos sostenida en significados y hechos compartidos, en sociedades atravesadas por fragmentación cultural y política?

En América Latina, la pregunta se vuelve aún más compleja. La región está marcada por desigualdad, fragmentación social y dinámicas identitarias que tensionan el espacio común.

Para algunos, la respuesta es negativa. Pero quienes vemos en Habermas una fuente de inspiración teórica y práctica no esperamos una acción comunicativa perfecta ni simétrica. Más bien, se trata de pensar cómo fortalecer las condiciones de una esfera pública más racional y abierta.

El punto de partida es exigente: capacidades relativamente similares para argumentar, acceso a información de calidad, disposición a escuchar y ausencia de coerción. Todo ello en contextos donde muchas veces predomina la lógica de persuadir, polarizar o imponer.

Pedagogía Habermas

A Habermas no hay que leerlo como un diagnóstico cerrado de la realidad, sino como un horizonte normativo: no nos dice cómo hablamos, sino cómo deberíamos hablar para que el intercambio sea razonable y legítimo. En ese sentido, su pensamiento sigue siendo una herramienta educativa.

Ofrece un criterio orientador más que una descripción de nuestras sociedades. En América Latina sería ingenuo pensar en una deliberación plenamente simétrica, pero sí es posible aspirar a formas parciales y frágiles de deliberación democrática, sostenidas por instituciones abiertas, reglas compartidas e incentivos que favorezcan el diálogo, la escucha y la argumentación.

A ello se suma el impacto de la posverdad y las fake news, que erosionan la confianza, la circulación de información y la base mínima de racionalidad compartida.

Sin embargo, incluso en sociedades atravesadas por la desinformación, la razón no desaparece. Las personas necesitan argumentos, datos y un nivel básico de entendimiento para convivir y decidir colectivamente. Allí el ideal de Habermas sigue operando como referencia.

Faltan los hechos comunes 

El problema central es el suelo común. Sin hechos compartidos, la deliberación se debilita. No implica acuerdo, sino la posibilidad de discutir sobre una base común de realidad.

Hoy ese terreno se ve erosionado por la proliferación de fuentes contradictorias e inverificables. Esto se agrava por la pérdida de confianza en las instituciones que producían y validaban información pública, como el Estado, la ciencia y la prensa.

Cuando eso ocurre, los hechos dejan de ser evidentes, las instituciones pierden legitimidad y el debate público deja de girar en torno a qué hacer para concentrarse en qué es real y qué no. La desconfianza hacia quien piensa distinto termina perjudicando la conversación democrática misma.

¿Cómo aterrizar entonces a Habermas en debates concretos? La renta básica universal es un buen ejemplo. Allí deberían discutirse sus efectos, costos fiscales, impacto en el empleo y la pobreza, así como las tensiones entre eficiencia, equidad, incentivos y rol del Estado y el mercado.

El desafío es evitar que ese debate derive en disputas identitarias o morales, algo posible solo si existe un piso mínimo de evidencia compartida. No hay acuerdo total, sino interpretación distinta sobre una base común.

Algo similar ocurre con el cambio climático. El debate debería centrarse en qué hacer, incluso entre quienes proponen no actuar, pero no en negar el problema mismo.

Entendimiento en democracia

La política no funciona con la lógica de la verdad científica o religiosa. Se mueve en el terreno de las decisiones: qué hacer, con qué costos, a favor de quién y en qué plazos. Incluso con evidencia sólida, no hay una única respuesta correcta.

Una cosa son los hechos y otra las decisiones. Y en estas últimas debe haber lugar para el desacuerdo, porque involucran valores, intereses y prioridades. Lo importante en una democracia sana es que las decisiones sean justificables ante los ciudadanos. No se trata de eliminar el conflicto, sino de ordenarlo.

La pregunta final es inevitable: ¿hay casos de éxito de la teoría de la comunicación democrática de Habermas? No en sentido pleno. La transición liderada por Nelson Mandela puede verse como una aproximación, al igual que el proceso constituyente de Colombia en 1991.

Su vigencia no está en prometer una democracia perfecta. Advierte qué ocurre cuando dejamos de hablar en serio en el espacio público.

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Gabriel Pastor

Gabriel Pastor

Miembro del Consejo de Redacción de Diálogo Político. Investigador y analista en el think tank CERES. Profesor de periodismo en la Universidad de Montevideo.

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