Hace 150 años John Gast pintaba American Progress. En la pintura, la figura de Columbia avanza con el cable del telégrafo en una mano y un libro en la otra. El mensaje es claro: la tecnología y la educación traen consigo la luz del orden y la civilización. El progreso de la sociedad nos da una mirada esperanzadora para la vida.
Hoy ese cable, transformado en IA, se ha convertido en el lazo que nos asfixia y genera temor. La educación perdió la autoridad de abrir camino. ¿Qué pasó mirar el futuro con ansiedad? Hace ya un tiempo escuchamos casi a diario que educamos para trabajos que aún no existen. Es un latiguillo que, bajo la apariencia de realismo, encubre una renuncia a educar.
Esta cultura de la desesperación sobre el futuro del mercado del trabajo no creó un debate sobre el sentido de la educación, sino que dio lugar a un mar revuelto de propuestas pedagógicas que en ocasión carecen de un propósito genuino. Y no sabemos si han hecho un favor al futuro de la educación y de los niños y los jóvenes.

Modelo en crisis
Si hay una crisis en la educación, ante la incapacidad de educar para el futuro en la universidad, es porque crujen los cimientos en los que se crearon muchos modelos innovadores. No se puede atender a esta desesperación cultural del siglo XXI con las visiones y recetas del siglo XIX.
El modelo dominante en la educación universitaria sudamericana tiene su origen en la universidad napoleónica: una educación eficiente para la formación de burócratas, ingenieros y técnicos útiles para el desarrollo del Estado y la industria.
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Bajo una visión de la “industria académica”, el estudiante es un cliente que invierte en un título que espera que le dé un retorno. Cada proceso de su formación es auditado en función de su utilidad e incremento para su currículum, y sobre cómo lo va a insertar utilitariamente en el mercado.
La realidad es que este contrato hoy se ha roto. No hay certeza de que las habilidades para la tarea no estén amenazadas por el desarrollo tecnológico, y muchas universidades profesionalizantes se han quedado sin producto que vender. Por lo cual, si la visión sobre la educación, es una educación para el hacer, la obsolescencia técnica se convierte en obsolescencia humana. La persona se ve reducida a una pieza de recambio.
La herencia cultural
Frente al utilitarismo que busca convertir al estudiante en un mero recurso, el modelo de la Bildung (especialmente en su vertiente humboldtiana) propone la universidad como un espacio de formación del espíritu. Aquí, la educación no es una herramienta para el mercado, sino un proceso de la transformación interior que se da con el encuentro con la herencia cultural. Esta propuesta tiene grandes bondades en la superación de la educación como una herramienta. Como señala Gregorio Luri, se trata de recibir un legado que nos constituye y nos libera del “presentismo”.
Sin embargo, como modelo universitario para la situación de incertidumbre actual debemos reconocer los riesgos que conlleva. La visión de la educación como un espacio de conservación de la cultura, o mejor de la alta cultura, corre el riesgo de ser un lujo para unos pocos que se ocultan en una torre de marfil. Asimismo, esta dimensión meramente contemplativa conlleva en una cultura y una teoría impotente para colaborar en el desarrollo de la vida y la comunidad.
Cultura con propósito
La alternativa es el paradigma del florecimiento humano (human flourishing). Esta propuesta integra el hacer y el conocer bajo un fin superior, rescatando una tradición clásica que hoy impulsan organismos como la UNESCO y que han sistematizado recientemente autores como Kristján Kristjánsson, James Arthur o Edward Brooks. La universidad debe abandonar definitivamente la idea de capital humano. Esta visión reduce a la persona a un simple instrumento del mercado y convierte el desarrollo personal en un enfrentamiento meritocrático entre individuos.
Una educación basada en el florecimiento no se desentiende del desarrollo profesional, pero lo integra en el contexto de un proyecto vital. David Brooks distingue entre las virtudes del currículum y las virtudes de elogio, aquellas por las que deseamos ser recordados. Las primeras son las que nos ayudan en el mercado laboral. Las segundas son las que definen nuestra identidad moral y nuestra capacidad de amar y servir. La universidad comprometida con el florecimiento cultiva ambas virtudes, buscando que los jóvenes alcancen una vida valiosa y no solo un éxito material efímero.
Sabiduría práctica
El cultivo del conocimiento no intenta promover un simple bienestar. El bienestar se suele identificar con un mero estado subjetivo de calma. El florecimiento o eudaimonía no es un estado sino una actividad. Es por ello que exige el ejercicio de las virtudes o fortalezas del propio carácter para poder dar respuestas a los desafíos que se presentan en la vida. Esto implica no solo un conocimiento de sí mismo, sino un diálogo con el entorno y la comunidad. Se traduce en sabiduría práctica: la capacidad de discernir y actuar con rectitud en medio de la complejidad actual.
Así, una universidad que integra la formación profesional, la conservación de la cultura y la discusión con el presente, lo hace por medio de la discusión comprometida. Esto exige recuperar una comunidad de relaciones auténticas. En vez de un adiestramiento solitario frente a una pantalla, promueve un ámbito de discusión sobre los problemas actuales y otorga un propósito comunitario a la formación técnica. La comunidad universitaria adquiere entonces una visión amplia. Ordena el conocimiento que transmite hacia una reflexión activa sobre la sociedad y la vida que se desea desarrollar.
Solo recuperaremos la autoridad de la educación si restauramos la centralidad de la persona y la comunidad como fin último. La universidad debe articular la sabiduría heredada con el ímpetu tecnológico. No solo para responder a la incertidumbre, sino para formar una comunidad capaz de gobernar el progreso. La búsqueda del florecimiento implica en última instancia educar ciudadanos que no serán súbditos del cambio sino arquitectos del futuro.
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