Ciudad de México fue ayer el escenario inaugural del primer Mundial de Fútbol entre México, Estados Unidos y Canadá. Es, en todos los sentidos, el escaparate más grande que México ha tenido en décadas. Pero detrás de los adornos, los murales y la pintura morada con la que el gobierno capitalino ha decorado puentes y avenidas, hay otra historia que merece ser contada: la de una ciudad que llega al torneo con obras sin terminar, transporte colapsado, protestas en las calles y una crisis de seguridad que sus propias instituciones reconocen como grave.
La tensión entre el discurso oficial y la realidad cotidiana no es nueva en México. Tampoco la tentación de usar grandes eventos para proyectar una imagen hacia el exterior que no coincide con lo que viven sus habitantes. Lo que sí resulta singular en este caso es la magnitud de las contradicciones y la velocidad con la que se acumularon en los días previos a la inauguración.
La fiesta costosa
Una de las obras más emblemáticas del gobierno de Clara Brugada, jefa de gobierno de la Ciudad de México, para preparar la capital ante el Mundial fue la construcción de una calzada elevada en la zona de Tlalpan, al sur de la ciudad. El proyecto, bautizado como Calzada Flotante, fue presentado como una solución moderna de movilidad urbana. El problema es que su costo se triplicó. De un presupuesto original de 659 millones de pesos pasó a un costo final proyectado de cerca de 2,000 millones, y la obra no fue entregada en el plazo estipulado por contrato (30 de mayo de 2026).
A días del inicio del torneo, cientos de trabajadores operaban de noche, bajo presión, para intentar inaugurarla el 7 u 8 de junio. El propio gobierno capitalino los llamó coloquialmente “ajolotes”, en referencia al ajolote. Es un anfibio endémico de la Ciudad de México que posee una notable capacidad de regeneración. En este contexto, la metáfora describe la velocidad inusual con la que se intentó completar lo que meses de planificación no logró. Además, con la temporada de lluvias ya iniciada, la zona corre riesgo de inundaciones antes de que la obra sea formalmente entregada.
[Lee: DP Enfoque 19. De la cancha al poder: fútbol y política en América Latina]
La situación del transporte subterráneo no es mejor. La Línea 2 del Metro, que conecta zonas clave del oriente y el centro de la ciudad, donde se concentrarán miles de aficionados, permanece en obras desde hace meses sin fecha clara de conclusión. A una semana del arranque del Mundial, las estaciones lucían en lo que en el argot de la construcción se llama obra negra: paredes sin revestir, vallas de construcción dentro de los pasillos, polvo. Trabajadores reconocieron públicamente que la remodelación no estaría lista para el inicio del torneo. Analistas y usuarios calificaron el sistema de transporte público como colapsado e insuficiente para absorber la demanda adicional que generará el evento.
A esto se sumó el Tren Ligero, un sistema ferroviario urbano que comunica el sur de la ciudad y que había sido presentado recientemente como uno de los logros de la administración capitalina. A días del inicio del Mundial, el servicio acumulaba fallas consecutivas. El 2 de junio, una rama caída sobre las vías entre dos estaciones obligó a sustituir el trayecto con autobuses. Las interrupciones se repitieron con una frecuencia que generó desconfianza generalizada sobre la capacidad del sistema para operar con normalidad durante el torneo.
Mientras el gobierno destinó recursos millonarios a pintar de morado los puentes y calles de la ciudad, como parte de la imagen de marca del torneo, la infraestructura de fondo mostraba un rezago acumulado y visible. Esto fue lo que más irritó a los habitantes.“La ciudad se cae a pedazos”, denunciaron vecinos en redes sociales y medios de comunicación. Baches sin reparar, fugas de agua sin atender, obras sin concluir: todo conviviendo con la decoración mundialista.

Protestas antes del primer balón
La antesala del torneo también estuvo marcada por una serie de movilizaciones sociales que paralizaron diversas zonas de la capital en los primeros días de junio. Esto ilustra tensiones que el espectáculo del Mundial no puede ocultar.
El 3 de junio, maestros de la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación (CNTE), sindicato de docentes independiente de la estructura oficial, vinculado al partido gobernante, tomó las instalaciones de la Secretaría de Educación Pública y bloqueó el Paseo de la Reforma, la avenida más emblemática de la Ciudad de México. Sus demandas incluyen mejoras a la ley de seguridad social y aumento salarial. Las movilizaciones fueron señaladas por columnistas como una factura política al actual bloque gobernante, conocido como la Cuarta Transformación, en referencia al proyecto político del expresidente Andrés Manuel López Obrador, continuado por la presidenta, Claudia Sheinbaum. Desde el gobierno federal se recriminaba la incapacidad del gobierno capitalino para resolver el conflicto antes del torneo.
Ese mismo día, comerciantes con discapacidad visual bloquearon las inmediaciones de la estación del Metro Balderas. Exigían la renovación de sus permisos de venta dentro del sistema de transporte. Denunciaron actos de corrupción, favoritismo y falta de transparencia en la asignación de espacios comerciales. La protesta, menos visible que las marchas del magisterio, evidenció el abandono de los sectores más vulnerables en la agenda mundialista.
[Lee: ¿La FIFA y Trump marcan goles en contra del fútbol?]
El 5 de junio, madres buscadoras, colectivo que lleva años rastreando el paradero de familiares desaparecidos, protestaron frente al Deportivo Magdalena Mixhuca durante la exhibición pública del trofeo mundialista. Bloquearon el Viaducto Río de la Piedad desde las primeras horas del día. Su presencia en ese lugar específico, en ese momento preciso, no fue accidental: eligieron deliberadamente el escaparate del Mundial para visibilizar una crisis que el gobierno busca mantener fuera del foco internacional. A sus movilizaciones se sumaron, en distintos puntos de la ciudad, colectivos de transportistas y campesinos con pliegos petitorios propios, añadiendo capas a un colapso vial que ya de por sí estaba tensionado.

Las cifras que no aparecen en el marcador
Detrás de cada protesta hay datos que los aficionados que llegan de otros países difícilmente verán en las transmisiones. Según la Encuesta Nacional de Seguridad Pública Urbana (ENSU) del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI), en marzo de 2026 el 61.5% de la población mayor de 18 años consideraba que era inseguro vivir en su ciudad. Ese porcentaje sube al 67.2% entre las mujeres y se sitúa en 54.6% entre los hombres. Son cifras del propio aparato estadístico del Estado mexicano.
La crisis de desaparición forzada, en particular, ha sido calificada por la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) como uno de los conflictos más graves en materia de derechos humanos en el país. Colectivos como ‘Hasta encontrarles CDMX’ documentan la falta de reconocimiento pleno del Estado y la carencia de mecanismos reales de atención a las familias de víctimas. Las madres buscadoras que se plantaron frente al trofeo mundialista no lo hicieron por azar: sabían que ese era, quizás, el único momento del año en que las cámaras internacionales estarían apuntando hacia la Ciudad de México.
Disputa dentro del bloque gobernante
El Mundial también expuso las fricciones al interior de la coalición que gobierna México. Desde el Poder Ejecutivo federal se recriminó públicamente a Clara Brugada, jefa del gobierno capitalino, por lo que columnistas del diario El Universal describieron como “estridente frivolidad” en la gestión de los preparativos. Sobre todo por su incapacidad para entregar las obras a tiempo. El secretario de Seguridad federal, Omar García Harfuch, habría expresado su molestia por el manejo del conflicto con la CNTE, cuyos bloqueos amenazaban la imagen del torneo ante el mundo.
El gobierno de la Ciudad de México priorizó la imagen sobre el fondo: recursos para la decoración mundialista, escasos para la infraestructura de fondo. Y en el proceso reveló que la cohesión del bloque gobernante tiene fisuras que el Mundial no solo no cubre, sino que amplifica.
Hay un dato político que, por su economía, vale más que muchos análisis: a días de la inauguración del torneo, la presidenta Claudia Sheinbaum no tenía confirmada su asistencia a la ceremonia inaugural en el Estadio Ciudad de México. Columnistas de los principales medios nacionales apuntaron que su ausencia reflejaría la delicada dinámica entre el gobierno federal y el gobierno capitalino. Una presidenta que no asiste a la inauguración del evento deportivo más grande que su país ha organizado en décadas es, en sí misma, una declaración.
Lo que ningún Mundial puede tapar
México será sede de un torneo que el mundo entero verá. Las imágenes de los juegos en la Ciudad de México, Guadalajara y Monterrey llegarán a cientos de millones de hogares. La producción televisiva mostrará monumentos, gastronomía y cultura. Habrá partidos memorables y, probablemente, momentos de orgullo genuino para los mexicanos.
Pero los mundiales no son solo lo que ocurre dentro del estadio. Son también lo que ocurre afuera: las ciudades que los acogen, los gobiernos que los organizan, las personas que los viven. Y en ese plano, la Ciudad de México llega al torneo más importante de su historia reciente con obras sin terminar, transporte colapsado, seguridad en crisis, una ciudad que protesta y una coalición gobernante que se recrimina internamente. Llega, además, con más de seis de cada diez habitantes que dicen sentirse inseguros en su propio entorno. Y con madres que buscan a sus hijos desaparecidos aprovechando el único momento en que las cámaras del mundo están apuntando hacia aquí.
Hay una pregunta que el ruido del torneo no responde: ¿para quién es esta fiesta? La respuesta más honesta es que, por lo menos en parte, es una fiesta que el gobierno organiza para sí mismo y para su imagen exterior. Mientras la ciudad real, con sus carencias, protestas y dolor acumulado, queda fuera del encuadre. Esa es, quizás, la cifra más reveladora de todas.