Cada vez que Lionel Messi juega, el mundo vuelve a preguntarse por el origen de su grandeza. Las respuestas suelen concentrarse en su talento, su técnica, la cantidad de títulos o en cómo, a los 39 años, sigue marcando diferencias frente a futbolistas más jóvenes, más veloces y físicamente más poderosos.
Sin embargo, quizá su mayor enseñanza no esté en el fútbol, sino en la forma en que ejerce el liderazgo.
Hay una escena repetida en su papel en el Inter de Miami, que se hizo mucho más evidente en este Mundial. Mientras el partido parece desarrollarse a toda velocidad, Messi camina. Observa. Espera. Parece ausente, aunque en realidad está leyendo el juego. Detecta espacios, anticipa movimientos y comprende antes que los demás dónde aparecerá la oportunidad.
Cuando finalmente interviene, muchas veces basta un pase para modificar el destino del partido, como en el encuentro entre Argentina y Francia.
Esa imagen resulta una poderosa metáfora para pensar el liderazgo en nuestras democracias.

Liderazgo versus centralidad
Vivimos una época que identifica liderazgo con exposición permanente. Pareciera que lidera quien habla más, quien ocupa cada espacio en los medios, quien monopoliza las redes sociales o quien interviene en todas las decisiones. El dirigente se transforma en protagonista permanente y la política termina pareciéndose más a un espectáculo que a una tarea de gobierno.
La idea de liderazgo se sustituyó por la de centralidad, una lógica que las redes sociales han potenciado al convertir la visibilidad en una medida de influencia.
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Messi propone exactamente lo contrario. A medida que avanzó su carrera comprendió que su influencia no dependía únicamente de resolver las jugadas por sí mismo, sino de hacer jugar mejor al equipo.
Sigue marcando goles extraordinarios, pero su grandeza también aparece en su capacidad para crear oportunidades, encontrar compañeros y hacer posible que otros sean protagonistas.

Volver a las cosas
Tradicionalmente se hace una distinción entre el liderazgo basado en el carisma personal y aquel que descansa en la construcción de organizaciones e instituciones.
El primero moviliza emociones, concentra decisiones y suele depender de la excepcionalidad de un individuo. El segundo distribuye responsabilidades, desarrolla capacidades y procura que el proyecto continúe incluso cuando el líder ya no está.
Sin dudas, Argentina sigue dependiendo del talento excepcional de Messi. Ningún liderazgo elimina por completo la importancia de las personas extraordinarias.
La diferencia es otra: cuando Messi aparece, no eclipsa al equipo, potencia sus capacidades. Su presencia no sustituye el funcionamiento colectivo, sino que lo eleva.
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Justamente, es lo que necesitan las democracias: dirigentes capaces de hacer algo que Ortega y Gasset reclamaba para el pensamiento: volver “a las cosas”. Es decir, poner los problemas por encima del personaje, la tarea por encima de la construcción de un relato y el interés público por encima del lucimiento personal.
La comparación con Diego Maradona ayuda a comprender esa diferencia. Ambos pertenecen a la élite del fútbol mundial y ambos despertaron admiración en millones de personas. Pero expresaron formas muy distintas de ejercer la autoridad.
Maradona fue la representación del liderazgo carismático. Su personalidad ocupaba el centro de cada escena. Vivía el juego y muchas veces la vida pública desde la lógica de la confrontación. Su enorme capacidad para movilizar afectos era inseparable de una narrativa de conflicto permanente.
Messi representa otra forma de autoridad. No necesita construir enemigos para fortalecer su liderazgo. Su influencia nace de la competencia, la consistencia y la confianza que inspira. Habla poco, delega mucho y convierte el rendimiento colectivo en la principal medida de su éxito.
No busca que el equipo dependa de él. Busca que el equipo funcione mejor con él.
Instituciones que ganen sin el líder
Una parte importante de la crisis contemporánea de las democracias consiste precisamente en haber confundido liderazgo con personalismo.
Con frecuencia aparecen dirigentes que prometen resolver por sí solos problemas complejos. Es el rasgo distintivo de los liderazgos personalistas y populistas. Se presentan como intérpretes exclusivos de la voluntad popular, debilitan las instancias de deliberación e intermediación y reducen la política a una confrontación entre un pueblo homogéneo y sus supuestos enemigos.
¿No encontramos rasgos de esta concepción del liderazgo, con sus diferencias, en figuras como Donald Trump, Nayib Bukele, Javier Milei o Gustavo Petro?
Gobernar exige coordinar conocimientos diversos, escuchar argumentos distintos, construir confianza e instituciones capaces de sobrevivir a quienes circunstancialmente las conducen. El liderazgo democrático no consiste en reemplazar a las instituciones, sino en fortalecerlas.
Por eso Messi puede ofrecer una metáfora tan sugerente para pensar la política. No porque el deporte y el gobierno sean equivalentes ni porque los futbolistas deban convertirse en referentes cívicos. Es que su manera de liderar recuerda algo que con demasiada frecuencia olvidamos: la autoridad no alcanza su mayor expresión cuando concentra todas las decisiones, sino cuando consigue que los demás desarrollen plenamente sus capacidades.
En una época fascinada por los liderazgos estridentes, quizá resulte paradójico que una de las mejores lecciones sobre cómo conducir personas provengan de alguien que habla poco, evita el protagonismo innecesario y entiende que el éxito individual solo adquiere sentido cuando mejora al conjunto.
Messi parece vivir para una sola cosa: la pelota. Entrena como si aún tuviera que ganarse un lugar, pese a haber conquistado todo lo que un futbolista puede soñar. Fuera de la cancha regresa a una vida familiar discreta, deliberadamente alejada del ruido mediático. No necesita convertir su intimidad en espectáculo ni alimentar una imagen cuidadosamente diseñada. Su autoridad no se construye alrededor de un personaje, sino de una trayectoria.
Tal vez llevamos demasiado tiempo buscando dirigentes que hagan el gol de la victoria y demasiado poco dirigentes capaces de construir equipos e instituciones que sigan ganando cuando ellos ya no estén. Esa es la gran diferencia entre un gran protagonista y un verdadero líder.
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