La Copa del Mundo 2026, que bajó el telón el domingo 19 de julio con la victoria contundente de España, quedará grabada en la memoria no solo por lo que sucedió dentro de las canchas, sino también por lo que ocurrió fuera de ellas.
Allí, la política pateó los bidones en el piso sin pedir permiso.
Este torneo, repartido entre Estados Unidos, Canadá y México, prometía ser una fiesta mundial. También terminó siendo un escenario crudo de tensiones geopolíticas, decisiones administrativas y presiones directas desde la Casa Blanca.
Irán incómodo
El caso más elocuente y doloroso fue el de Irán. En medio de una confrontación militar directa con Washington, el gobierno estadounidense negó visados a más de una decena de miembros del staff técnico y administrativo, alegando posibles vínculos con la Guardia Revolucionaria.
Los jugadores llegaron con visas de último minuto, pero la delegación quedó diezmada. Obligados a mudar su base de Arizona a Tijuana, tuvieron que cruzar la frontera de ida y vuelta el mismo día de cada partido. Recuperación imposible, preparación mutilada.
Funcionarios como el secretario de Seguridad Nacional, Markwayne Mullin, no disimularon su hostilidad y celebraron públicamente la eliminación iraní “bailando de felicidad”. Fue un trato diferencial tan evidente que la FIFA, una vez más, prefirió mirar hacia otro lado.
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Pensándolo bien, resulta casi un milagro que Irán haya disputado el torneo mientras las tensiones en el Estrecho de Ormuz compartían titulares con los goles y los análisis tácticos.
Otro capítulo vergonzoso fue la exclusión del árbitro somalí Omar Abdulkadir Artan, uno de los mejores de África según la propia FIFA. Con visa y pasaporte diplomático en mano, las autoridades estadounidenses lo deportaron. Ni Gianni Infantino ni nadie en la casa madre del fútbol movieron un dedo para impedirlo. Hoy Abdulkadir es un héroe en su país.
Lavarse las manos
Pero la intervención más grosera llegó desde el Salón Oval. Donald Trump admitió haber llamado personalmente a Infantino para revisar la roja a Folarin Balogun, figura de la selección local. Horas después, la sanción se evaporó. Un jefe de Estado metiendo mano en una decisión deportiva. Precedente peligroso. Imagen dañada.
Por suerte el fútbol mismo puso las cosas en su lugar, Estados Unidos fue eliminado por Bélgica y días más tarde el propio jugador reconoció que la intervención de Trump los había afectado negativamente.
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A esto se sumaron las restricciones migratorias que limitaron la presencia de aficionados y periodistas de varios países, las protestas de la diáspora iraní con banderas prerrevolucionarias fuera de los estadios y un clima de desconfianza que acompañó a ciertas delegaciones desde el primer día.
Este Mundial dejó en evidencia una verdad incómoda: cuando el país anfitrión ejerce su poder y la FIFA se muestra tibia, el deporte es el que termina pagando la cuenta. La política bruta quiso patear el balón y, por momentos, disputarle el protagonismo al fútbol. Y lo logró a medias.

La pantalla mundial
Pero también los verdaderos protagonistas aprovecharon el máximo torneo deportivo del mundo y el hecho de tener toda la atención de los medios para enviar mensajes políticos.
El director técnico de Egipto, Hossam Hassan, molesto por haber perdido un partido imposible contra Argentina, dejó en claro su pensamiento sobre conflicto en Franja de Gaza: “Si alguien en el mundo no siente el dolor del pueblo palestino, no es humano, sea árabe, europeo o estadounidense. A través del fútbol, quiero enviar un mensaje: por favor, dejen vivir al pueblo palestino”.
Tras finalizar el partido contra Inglaterra, ganado en los últimos minutos, los jugadores argentinos aparecieron festejando con una bandera que decía “Las Malvinas son Argentinas”. El episodio motivó la queja del Reino Unido, que cita el artículo 34.3 del reglamento de la Copa del Mundo que prohíbe a los jugadores exhibir mensajes o consignas políticas antes, durante o después de un partido.
Tras la contienda, el centrocampista argentino Leandro Paredes declaró que la Guerra de las Malvinas era una «triste parte de nuestra historia» y añadió que el encuentro «no era solo un partido de fútbol» para su nación.

La otra cara de la moneda
Durante más de un mes, miles de millones de personas en todo el planeta aceptaron las mismas reglas, vieron la misma pantalla y se respetaron por noventa minutos. Allí no importaba el tamaño del país, la religión, la geografía, el PBI o el idioma.
El fútbol volvió a demostrar su extraña capacidad de abrirse paso entre las grietas de la política.
No hay que ser ingenuos: casi todos los Mundiales cargan algún componente político. Mussolini lo hizo en Italia 1934. Videla en Argentina 1978. México en 1986 tras el terremoto, Francia en 1998 presentando al mundo su modelo multicultural, Rusia en 2018 mostrando una cara desconocida para Occidente y en 2022 Qatar aprovechando el certamen para intentar limpiar su imagen controversial.
La lista es larga. Pero en la cancha, la pelota sigue y seguirá corriendo. Diego Armando Maradona, la leyenda más grande de la historia del balompié, en uno de sus regresos históricos a la Bombonera dijo: “Yo me equivoqué y pagué, pero la pelota no se mancha”.
Quiero creer que tiene razón. Puede pasar de todo alrededor del fútbol, pero la pelota no se mancha. El que se mancha es el que la toca con intención de ensuciarla. Al final, el fútbol es lo que es: un juego.
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