En el mundo de la IA y de las redes digitales, el populismo tiene una gran ventaja. Las tecnologías de la información y la comunicación más avanzadas ponen el énfasis en lo visual y lo emocional. Es decir, en la simplificación de lo complejo. Los algoritmos, la IA y la capacidad computacional de procesar grandes cantidades de datos hace posible una comunicación más segmentada, incluso fragmentaria. Esto contribuye a la polarización, la afectividad de los extremos, y la amplificación de las voces que más gritan y ofenden.
Ya el gran investigador de la comunicación en el siglo XX, el estadounidense-israelí Elihu Katz, lo advertía en Y sálvanos de la segmentación, de 1996. “La nueva era de la segmentación (…) por definición, no va a hacer mucho bien para el altruismo, patriotismo, la orientación colectiva, la política ideológica o la necesidad cívica de un espacio público compartido”, escribió.
Vaciado de ideologías, en el sentido de una racionalización de la acción política, el populismo explota el resentimiento y las pasiones tristes. Es lo propio de las llamadas políticas de las identidades. Desde la izquierda, que convierte a la sociedad en una colección disparatada de grupos que se autodefinen como víctimas eternas (ya sea por el género, la raza u otra característica distintiva). O, en su polo opuesto, desde la derecha más extrema, es la explotación del racismo, la xenofobia y un chovinismo de pacotilla que busca movilizar al verdadero pueblo llano.
Refinadas máquinas de propaganda
En este contexto de fragmentación comunicacional los extremos son los que harán más ruido. Será una consecuencia de la refinación de la tecnología de la híperindividualización gracias a algoritmos que conocerán a las personas mejores que ellas mismas. Y esto no solo se produce por la propia dinámica política interna de las sociedades, sino por intereses geopolíticos. Basta pensar en las máquinas de propaganda que el régimen chino, ruso, qatarí e iraní, pusieron en marcha en tiempos de pandemia y conflicto en el Medio Oriente.
Las teorías de conspiración florecen en este campo abonado por falsos vídeos creados con IA, que hace de la política un espectáculo entretenido. Ya sea que tengan pretensión de autenticidad o sean meras creaciones esperpénticas (es decir, grotescamente deformadas llenas de ironía, cinismo u horror), lo visual termina captando por unos segundos la atención de la gente en un ecosistema digital marcado por el déficit de atención.
El público hoy consume sus informaciones mayoritariamente a través de las redes sociales, vídeos, y, más recientemente, por medio de las plataformas de IA. Este mismo público, según el reporte de Reuters, tiene menos confianza en las fuentes tradicionales de noticias y mayor preocupación con respecto a la desinformación y el impacto creciente de las tecnologías digitales.
¿Qué hacer?
No hay respuestas fáciles frente al tema del populismo digital. No hay fórmulas para contrarrestar a los populismos ni para lidiar con el impacto de las plataformas digitales. Sí hay intentos de regular el acceso a las redes digitales por parte de los menores de edad. La reciente legislación aprobada en Australia que limita el uso de las redes de los menores de 16 años es un modelo que otros países quieren imitar. Es el caso de España y Canadá, que tienen proyectos de leyes similares a la australiana. La premisa de esta regulación es que los más jóvenes son más susceptibles a la manipulación de sus comportamientos debido a la prolongada exposición a las pantallas y a los algoritmos de sus teléfonos llamados inteligentes.
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Sin embargo, es una medida parcial y que no va al fondo del asunto. Es decir, a la capacidad de grandes corporaciones digitales como Meta, Google, TikTok Microsoft, Anthropic, Amazon u OpenAI de procesar y difundir grandes cantidades de contenidos. Ellas son las grandes mediadoras o los nuevos gatekeepers de la información. Han suplantado a editores y periodistas con un poder de manipulación de los contenidos que jamás los anteriores gatekeepers habían tenido.
Y todo apunta a que la tecnología no hará que darle más poder a estas empresas. Eso ocurrirá debido a la multiplicación de los centros de procesamiento de datos y la expansión de las comunicaciones satelitales. Por ejemplo, Elon Musk lanzó a la bolsa su empresa SpaceX que sube satélites con una capitalización inicial de $350 mil millones. Eventualmente las computadoras cuánticas entrarán en el juego, lo que exponencialmente aumentará la velocidad de cálculo de trillones de datos.
Los viejos paradigmas para comprender y actuar frente a los populismos ya no tienen cabida en un mundo de política digital. Aquella promesa de una democracia más horizontal y participativa gracias al Internet se ha ido desvaneciendo ante la realidad de los oligopolios digitales. Los Estados tratan de regular el sector sin mucho éxito. La influencia de las grandes corporaciones digitales podrá reforzar los populismos. Al menos es lo que han hecho hasta ahora, ya sea por su acción directa (Musk y Bezos el CEO de Amazon han sido entusiastas financiadores de Trump), o indirecta al programar algoritmos que refuerzan la polarización y el aislamiento social. El futuro no luce muy prometedor.
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