Cuando el delegado de Virginia, Richard Henry Lee, presentó la resolución definitiva para cortar los lazos con la metrópoli, las negociaciones truncadas y el conflicto armado habían ya clausurado la vía de las reformas. El Congreso Continental, reunido con los delegados de las 13 provincias que acudieron a la convocatoria, debió asumir la soberanía formal no como un arrebato utópico, sino como una necesidad administrativa y militar frente a la disolución de los funcionarios del rey Jorge III, que ya calificaba el movimiento de sedición criminal.
John Adams, delegado de Massachusetts, convenció a sus compañeros de delegar la redacción de la Declaratoria de Independencia a Thomas Jefferson, para que hiciera diáfanas las intenciones de los americanos. Su genio permitió articular de modo novedoso las demandas locales con las ideas que componían la cultura de los colonos angloamericanos.
Aparece así un corto documento que acomoda la alta teoría política convertido en un manifiesto de movilización y propaganda para enardecer a los fieles y convencer a los reacios:
Sostenemos como evidentes estas verdades: que los hombres son creados iguales; que son dotados por su Creador de ciertos derechos inalienables; que entre estos están la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad.
Que para garantizar estos derechos se instituyen entre los hombres los gobiernos, que derivan sus poderes legítimos del consentimiento de los gobernados; que cuando quiera que una forma de gobierno se haga destructora de estos principios, el pueblo tiene el derecho a reformarla o abolirla e instituir un nuevo gobierno que se funde en dichos principios, y a organizar sus poderes en la forma que a su juicio ofrecerá las mayores probabilidades de alcanzar su seguridad y felicidad…
No eran, para los colonos, “motivos leves y transitorios”. Sino, una “larga serie de abusos y usurpaciones”, listados pormenorizadamente, que los compelía a la dramática decisión. La fórmula de reclamar sus derechos ante el abuso oficial queda así consagrada. Se escapa del origen de la discusión administrativa, militar y fiscal que la crisis entre Gran Bretaña y estas colonias tuvo a raíz de los conflictos de finales del siglo XVIII. El atrevimiento sería exitoso a la postre. Aunque muchos de los firmantes de la declaración no vivirían para ver consagrada su libertad, ideal al que habían comprometido sus vidas, haciendas y sagrado honor.

Derechos, deberes, deudas
El preámbulo de la Declaración fijó axiomas para la modernidad al declarar como verdades evidentes que todos los hombres son hechos iguales, “por su Creador”, y que están dotados de derechos inalienables como la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad.
No obstante, el documento nació con una contradicción: la coexistencia de la retórica libertaria con la economía del modelo esclavista atlántico que recorría la economía de las colonias, tanto en su producción agrícola del sur como en la estructura comercial del norte. Desde Londres, la defensa del statu quo ante lo que ven como pérfida traición no obvió la ironía. El célebre doctor Samuel Johnson, gramático y satírico inglés, lo sintetizó en su panfleto Taxation, not Tyranny: “¿Cómo es que oímos los gemidos más estridentes más fuertes a favor de la libertad entre traficantes de negros?”. En EEUU, el reverendo Lemuel Haynes señalaba que los Americanos de color como él habían vivido bajo una “opresión mucho más grande que aquella de la que los [colonos americanos] lamentan. Es decir, una opresión que ellos mismos imponen sobre otros”.
Jefferson, él mismo dueño de esclavos, admitía otro tanto. Asumía cómo las exigencias de la negociación eliminaban en los frenéticos recortes su cláusula propuesta de condena al comercio de esclavos. “La cláusula reprobatoria a la esclavitud de los habitantes de África fue descartada en deferencia a las delegaciones de Carolina del Sur y Georgia, que no sólo no querían interrumpir ese comercio, sino continuarlo”, reconoció años después. Y añadió: “La verdad es que nuestros hermanos del norte, me parece, también resentían esta censura, porque aún teniendo pocos esclavos entre ellos, los habían llevado a otros en cantidades considerables”.
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Sin embargo, al fijar el principio de la igualdad natural en el pergamino, los fundadores norteamericanos firmaron una promesa inadvertida. Si los hombres eran iguales, el diseño republicano estaba obligado a mantener una base popular de ampliación permanente, y así democratizarse, abandonando cualquier tentación aristocrática. Esa demanda transversal obligó a la posterior Convención Constitucional a estructurar un orden que sostiene al gobierno norteamericano bajo la vigilancia regular del electorado a niveles inéditos por entonces. Ha sido el motor de las sucesivas oleadas de inclusión social y participación. Como en la era jacksoniana, con las sufragistas, bajo el progresismo y con la lucha por los derechos civiles afroamericanos.
EEUU: modelo, compañero, interventor
Para las subversiones republicanas de criollos hispanoamericanos, la declaración de Filadelfia fue siempre faro doctrinario. En las declaraciones de independencia de Caracas, Santafé, México, Lima, Santiago y Buenos Aires, el dogma del norte sirvió de molde para romper con el nexo con la corona española.
La fórmula era la misma: apelación a los cielos para proclamar un derecho natural a la autonomía, configurar unas prolongadas circunstancias de dominio metropolitano, proclamando un derecho soberano. Incluso el momento festivo coincide: el mes de julio concentra los rituales de emancipación de buena parte del continente. Es un lazo simbólico que desafía las estaciones y las casualidades. Las clases portuarias, terratenientes y comerciales que lideraron las revoluciones criollas tuvieron, casi siempre, el modelo de los rebeldes colonos americanos en la mente y en la acción.
Las contradicciones seculares y estructurales de casta, mestizaje, clase y poblamiento determinaron las particularidades que el ejercicio constitucional republicano fuera variable y accidentado. A veces derivó en caudillismo, guerras civiles y regímenes patrimoniales autoritarios, pero también en el continente de más prolongada tradición republicana. Con ello, EEUU operó primero como el modelo idealizado, luego como el compañero aventajado de frustrante distancia y luego como el agente interventor de capacidades coloniales e industriales. Desde las guerras contra México y España y en la Guerra Fría.
En esta era, Washington a la vez defendía a frágiles democracias liberales de la insurgencia extremista, no sin castigar las pulsiones soberanistas de la región, apoyando regímenes militares en nombre de sus intereses. Con todo, la exigencia del estándar moral de 1776 sigue allí como una referencia inescapable: “Los hombres son creados iguales”. Eso ha sido tomado en serio por sucesivos revolucionarios.
Over there, the Yanks are coming
Esta dinámica de luces y sombras se proyectó con la misma intensidad hacia el exterior. En nombre de la resistencia a la tiranía y los despotismos, EEUU construyó una hegemonía global inédita. Se traduce en un poderío comercial y militar sin imperio territorial continuo, cuyos límites y despliegues se encuentran permanentemente interpelados por su documento fundacional, llevando las barras y estrellas como estandarte de misiones ostensiblemente liberadoras más allá de sus fronteras, también labradas con ánimo expansivo. Su divisa no oficial, labrada en los monumentos de su capital, recuerda que “la libertad no es gratuita”.
Esto genera la paradoja de un gobierno de base libertaria cuya expansión imperial despliega una enorme estructura de poder y administración. Bajo el lente del realismo político, el balance de su intervencionismo liberal arroja un saldo históricamente controvertido. Pero a la postre defendible.
La liberación de Europa en 1945, la modernización democrático-constitucional del Japón de la posguerra y la defensa de Corea del Sur son hitos. En esos casos, el poderío norteamericano actuó como escudo y promotor de las sociedades abiertas. El impulso de la Guerra Fría dejó un registro mixto, donde las urgencias geoestratégicas llevaron a apoyar los derechos humanos y las libertades civiles, pero también a cohonestar y hasta imponer regímenes autoritarios periféricos. No obstante, la suma final del peso de sus propios principios terminó facilitando transiciones institucionales y políticas de desarrollo humano y asistencia internacional, aun si estas enfrentan una profunda redefinición ante las ideas sobre el Estado.
Igualdad y libertad
La existencia de EEUU contradice las predicciones de la filosofía moral y política de todos los siglos. Un país tan vasto debía de convertirse en un imperio despótico. Instituciones tan complejas debían ceder a la simplificación del personalismo. Una sociedad tan heterogénea debía sufrir de guerras civiles. Una economía tan próspera debía generar una ciudadanía molicienta y retraída. EEUU revienta las predicciones y reta dentro de sí sus propias limitaciones.
Algunos regímenes evocan con nostalgia la durabilidad antigua de sistemas hechos por conquistadores de militares, con la que justifican su aspiración imperial contemporánea. Pero incluso, en un tiempo de acusada regresión democrática, también se constata la resiliencia de los valores demoliberales en medio de las vicisitudes que le obligan a un replanteamiento. Su flexibilidad y pluralismo parece permitirle soluciones distintas.
Aún así, la consecuencia con los elevados ideales exige sacrificios que a veces sobrepasan las operaciones políticas ordinarias. La gran contradicción americana es su Guerra de Secesión. Abraham Lincoln, con orígenes distintos a los de Jefferson, comprendió que el resguardo de la libertad no solo pasaba por acomodos procedimentales de la jurisprudencia y apelaciones constitucionales, sino a la fuerza física. Para Lincoln, la premisa de que la libertad e igualdad pertenecían a todos era el pilar para que el gobierno no se desvaneciera. “Hay que dar crédito a Jefferson”, escribió antes de ser presidente, “quien bajo la presión concreta de luchar por la independencia de un pueblo, tuvo la calma, previsión y capacidad de presentar en un pequeño documento revolucionario, una verdad abstracta, aplicable a todos los hombres en todos los tiempos”.
La experiencia estadounidense también sufre de extravíos y sombras, pero el mundo contempla todavía con un destello de asombro vigor de su ideal.
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