El petróleo aún es un pilar central de la economía y la geopolítica mundial, aunque la diversificación energética haya crecido en el siglo XXI. Hoy, lo que domina el mercado es una interacción compleja entre acuerdos de cuotas, competidores no alineados, sanciones políticas y cambios estructurales en la demanda energética.
Negocio petrolero: cuotas y mercado
La Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP) y su ampliación, conocida como OPEP+ (que incluye a grandes productores como Rusia y Kazajistán), son los principales actores que coordinan la producción global. Este grupo se fundó en 1960 en Bagdad entre Irak, Kuwait, Arabia Saudita y Venezuela. En su configuración reciente, controla alrededor del 80% de las reservas conocidas de petróleo, con Venezuela en primer lugar, y 36% del mercado en producción de crudo.
Las cuotas de producción son mecanismos por los cuales estos países fijan límites voluntarios a la extracción, con el objetivo de sostener los precios internacionales del crudo y evitar una sobreoferta perjudicial para sus ingresos. Aunque en los últimos años la OPEP+ mantuvo un esquema de restricciones para apoyar los precios, también hubo debates internos sobre aumentos de producción, reflejo de la tensión entre mantener precios altos y recuperar participación de mercado frente a productores externos, especialmente Estados Unidos. De hecho, aumentó la producción progresivamente durante 2025.
Lista de productores
Más allá de las reservas, la producción efectiva de petróleo define el poder energético global. No todos los países con grandes reservas producen mucho, ni todos los grandes productores dependen del petróleo de la misma manera. En este plano, el mapa del negocio petrolero revela asimetrías clave.
Estados Unidos es el principal productor mundial de petróleo, debido al desarrollo del petróleo de esquisto (shale oil). Desde su auge, en la primera década del siglo XXI, la producción estadounidense creció de forma acelerada y convirtió al país en un actor decisivo del mercado, aun sin integrar la OPEP. Esta condición le permite aumentar o reducir su producción con mayor rapidez que los productores tradicionales, introduciendo un factor de flexibilidad y volatilidad en la oferta global.
Detrás de Estados Unidos se ubican Arabia Saudita y Rusia, los dos grandes productores convencionales que históricamente han ejercido un rol estabilizador —y político— sobre el mercado. Arabia Saudita conserva una ventaja estratégica: es uno de los pocos países con capacidad ociosa significativa, es decir, puede aumentar producción rápidamente si el mercado lo requiere, una herramienta clave dentro de la OPEP. Rusia, en cambio, mantiene altos niveles de producción incluso bajo sanciones, reorientando sus exportaciones hacia Asia.
Otros productores relevantes incluyen a Canadá, impulsado por arenas bituminosas; Irak y Emiratos Árabes Unidos, con costos de extracción relativamente bajos; Brasil, que ha ganado peso por sus yacimientos offshore; e Irán, cuya producción está condicionada por sanciones internacionales.
Este panorama muestra una producción altamente concentrada: un grupo reducido de países explica una parte sustantiva del crudo que se extrae diariamente en el mundo. Sin embargo, los modelos productivos son muy distintos. Mientras el shale estadounidense es intensivo en inversión privada y sensible al precio, el petróleo convencional de Medio Oriente depende más de decisiones estatales y acuerdos políticos.
¿Venezuela promete prosperidad?
En el caso de Venezuela, la brecha entre reservas y producción es especialmente marcada. A pesar de ser el país con mayores reservas a nivel mundial, su producción es baja y marginal en el total mundial. Esto se debe a una combinación de factores: infraestructura deteriorada, falta de inversión, sanciones, problemas de gestión (sobre todo a partir del gobierno de Hugo Chávez en 1999) y la complejidad técnica del crudo extra pesado. En términos geopolíticos, Venezuela hoy no incide por lo que produce, sino por lo que podría producir en un escenario de normalización política y económica.
Luego de la captura de Nicolás Maduro, el presidente estadounidense, Donald Trump, expresó ayer en su red social que “las Autoridades Provisionales de Venezuela entregarán entre 30 y 50 millones de barriles de petróleo de alta calidad y autorizado a los Estados Unidos”. Días previos, en rueda de prensa, aseguró: “Vamos a hacer que nuestras grandes compañías petroleras estadounidenses, las más grandes del mundo, entren, inviertan miles de millones de dólares, reparen la infraestructura petrolera”.
Sin embargo, las reservas de crudo no aseguran su retorno a la estabilidad. El exministro de Planificación de Venezuela, Ricardo Hausmann, reflexionó para The Economist que «la prosperidad no proviene del petróleo, ni de los decretos, ni siquiera de gobernantes benévolos. Proviene de los derechos». Como explica, la producción de petróleo «requiere inversión a largo plazo. Y para ello, la seguridad jurídica«, perdida durante los gobiernos chavistas. «Las petroleras, que no responden a los presidentes, sino a los accionistas, los reguladores y los tribunales, no invertirán capital en un vacío legal. Sin un sistema legal legítimo, la idea de que las reservas petroleras pueden rescatar a Venezuela —y generar ingresos para Estados Unidos— se derrumba bajo escrutinio», señaló en su columna Hausmann.
Aunque Estados Unidos es el mayor productor mundial de petróleo, su interés en el crudo venezolano responde a razones estratégicas más que a una necesidad inmediata de abastecimiento: la complementariedad entre crudo pesado y shale, el peso de Venezuela como reserva futura y el valor geopolítico de influir sobre uno de los mayores activos energéticos del planeta.
