Los convidados de piedra 1

Finalizado el Mundial de Fútbol se reunieron en Brasilia los mandatarios del grupo BRICS, aquellos países que se perfilan como […]

Por: Jorge Dell'Oro 29 Ago, 2014
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Artículo original en español. Traducción realizada por inteligencia artificial.
Finalizado el Mundial de Fútbol se reunieron en Brasilia los mandatarios del grupo BRICS, aquellos países que se perfilan como futuras grandes potencias. Son cinco: China e India, los más poblados del mundo y con un acelerado crecimiento; Rusia, el más extenso del planeta y con gran desarrollo tecnológico; y Brasil. Como representante de África se incorpora a Sudáfrica, país mucho menor a los anteriores en los parámetros indicados.

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Presidenta de Brasil, Dilma Rousseff, Presidente de Rusia, Vladimir Putin; Primer Ministro de India, Narendra Modi; Presidente de China, Xi Jinping y Presidente de Sudáfrica, Jacob Zuma, durante la cumbre realizada en Fortaleza entre el 14 y el 16 de julio de 2014

 

El objetivo del bloque es hacer contrapeso ante las potencias que forman el eje Estados Unidos-Unión Europea, tratando de ganar espacios de poder. En la guerra fría entre la OTAN y el Pacto de Varsovia eran India, Yugoslavia, Indonesia y Egipto los países que conformaban los no alineados. El objetivo era el mismo.

1 – El Diccionario de la Real Academia Española dice que la expresión alude a una obra de teatro de Tirso de Molina titulada El burlador de Sevilla y convidado de piedra. No obstante, el autor recogía una expresión que ya tenía tradición en relatos orales, en los que un burlón invitaba a una calavera o a una estatua.
A esta reunión se invitó a los presidentes de la Unasur. Entre los temas abordados estuvo la puesta en marcha de un banco de desarrollo y un fondo monetario. El sueño del bloque Unasur es tratar de colarse en algo de lo que pueda hacer Brasil dentro del grupo BRICS, pero la realidad es que a Brasil Sudamérica le queda chica. Prefiere jugar en un nivel superior, con China, India y Rusia, aunque sea como socio menor, a pesar de que hoy sea la potencia dominante en Sudamérica. Por falta de dinamismo, la Unasur —que no despega— ha perdido peso mundial, en particular frente a Asia.
Brasil, al formar un banco y un fondo con los BRICS, ya no lo haría con Sudamérica. Y sin liderazgo de Brasil no hay bloque sudamericano. Por lo tanto, la Unasur está en un callejón complejo. Y en esta oportunidad fue un mero espectador donde vio cómo se le escapaba el principal socio con que contaba.

 

Los países del sur de América siguen sin encontrar una salida a su economía como región, y como antecedentes tenemos al Mercosur, en lenta agonía, y ahora una Unasur que ni en su aspecto político tiene puntos en común. Quizás sea el momento de que una de las regiones potencialmente más ricas del planeta se replantee seriamente cómo lograr insertarse en la economía mundial y así bajar sus índices de pobreza e inequidad social.

Jorge Dell’Oro | @dellOroJorge
Jorge Dell'Oro

Jorge Dell'Oro

Argentino. Consultor en comunicación política

Doctrina de shock

Es sábado por la tarde. Recién terminó una de esas conferencias de ciencias sociales en que miles se encierran en […]

Por: Redacción 29 Ago, 2014
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Artículo original en español. Traducción realizada por inteligencia artificial.
Es sábado por la tarde. Recién terminó una de esas conferencias de ciencias sociales en que miles se encierran en un hotel a creer que hacen ciencia mientras arreglamos el mundo con un café en la mano. Liberados de nuestro rol de politólogos tercermundistas, me encuentro en la puerta del Social Science Research de la Universidad de Chicago. Nunca he estudiado ahí, por un prejuicio asumido de que todos serían como su departamento de economía, lo que no es totalmente cierto.

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Universidad de Chicago | Foto: Jaime Baeza

Esa misma mañana terminaba por segunda vez el otrora best seller de Noami Klein La doctrina del shock, el cual resume la política económica diseñada por Milton Friedman y sus asociados para la implantación de una economía neoliberal a escala mundial. Bajo esta perspectiva, cada catástrofe social, política o económica es una oportunidad para crear un hombre nuevo que compita, dominado por el ansia de acumular capital. Da lo mismo el sufrimiento de la mayoría, si al final todo será para mejor. Es necesario competir sin cooperar. En general, quienes asumieron la visión de los Chicago boys lo hicieron a modo religioso, con verdades extremas por las cuales las violaciones a los derechos humanos o los sufrimientos en los tiempos de crisis no son realmente problemas de los que preocuparse. El goteo de lo que sobre a los ganadores será suficiente para aquellos que perdieron en el combate por el mercado.

Tan diferente se siente con lo que veo en estos corredores amplios, llenos de jardines y vida. Majestuosos, pareciera que el pensamiento y la humanidad de la actividad intelectual no estuviera en el medio oeste norteamericano, sino más bien en un viejo college de Oxford. Tal vez, si detrás de una puerta surgiera John Locke o algún liberal inglés que nos hablara de garantías de la democracia. Pues nada de eso. Estas paredes exportaron sus cuitas y arengas en favor del individualismo.

 

Fueron por seguidores no solo en el sur global, sino que también convencieron líderes y ministros de Hacienda en la vieja Europa. Sus políticas fueron la crema y nata en muchos de los países que se sentían haciendo una revolución conservadora a lo Margaret Thatcher. Son los mismos que hoy se espantan, tras las elecciones europeas, con el surgimiento de partidos extremistas.
Toda crisis es una oportunidad solo si se trabaja con la gente y no en contra de ella. Los partidos políticos tradicionales están ya en aviso. Este período post Chicago, poscapitalista, exige nuevas recetas de inclusión, también para los inmigrantes, para el otro. Alemania tiene un liderazgo en la materia. Esperamos que lo ejerza no solo en Berlín, sino también en Bruselas. El riesgo es que partidos como los de la democracia cristiana y o la socialdemocracia sean piezas de museo en diez o quince años más. Europa no se puede dar ese lujo.

Jaime Baeza
Redacción

Redacción

Plataforma para el diálogo democrático entre los influenciadores políticos sobre América Latina. Ventana de difusión de la Fundación Konrad Adenauer en América Latina.

Apuesta por la paz

Los comicios presidenciales en Colombia en los que Juan Manuel Santos ha sido reelegido constituyen un respaldo popular a la […]

Por: José Alejandro Cepeda 29 Ago, 2014
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Artículo original en español. Traducción realizada por inteligencia artificial.
Los comicios presidenciales en Colombia en los que Juan Manuel Santos ha sido reelegido constituyen un respaldo popular a la búsqueda de la paz dialogada.

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Aristolochia inflata. Observada en la ciudad de Honda (Colombia) por Alexander von Humboldt

Colombia, uno de los países tropicales que vio pasar a Alexander von Humboldt en su expedición científica latinoamericana cuando despuntaba el siglo XIX, es un lugar de extremos. La fuerza irremediable de dos mares, tres cordilleras o sus selvas. Es decir, la exuberancia de la naturaleza que compiló con juicio el alemán. Pero a doscientos años de experiencia republicana, la longevidad y estabilidad de sus instituciones democráticas o la presencia de talentos como el recién desaparecido premio nobel de literatura Gabriel García Márquez, se ha visto empañada por la persistencia de una violencia política vergonzante, que en los últimos 50 años ha arrojado cerca de 220.000 muertes, en su mayoría civiles.

¿Cómo debe detenerse este siniestro comportamiento? Esta es la pregunta que encara la nación desde hace tres décadas, cuando comenzó a experimentar polémicos procesos de paz de distintas características respecto a las guerrillas de izquierda. Estos hicieron metástasis en medio de una economía relativamente saludable pero amenazada por una mala redistribución, el auge del narcotráfico, la corrupción y la respuesta paramilitar de extrema derecha. Un panorama que intentó conciliarse con la Constitución de 1991, la desmovilización del grupo M-19 y un aceptable manejo de las condiciones del Consenso de Washington, mientras la guerra fría llegaba a su fin.

 

Pero los últimos años de Colombia se parecen a ese fin de la historia de Francis Fukuyama que en realidad no ocurrió: ante el fracaso de propagar la paz, la fragmentación del sistema de partidos y la volatilidad, la figura del expresidente Álvaro Uribe significó la búsqueda del orden desde una ideología de derecha basada en la seguridad. Fue reelegido gracias a una poco elegante reforma constitucional a su favor y a dejar en el poder a su ministro de Defensa, Juan Manuel Santos. Pero este, una vez presidente traicionó el legado y optó por un proceso de paz discreto pero funcional en La Habana con las FARC, la guerrilla más vieja del mundo. Convertidos en enemigos, con la reelección de Santos en una polarizada segunda vuelta en que derrotó al candidato uribista Óscar Zuluaga, donde el dilema era la paz o la guerra, la mayoría de los colombianos votaron por la continuidad del diálogo en Cuba, en una especie de plebiscito por su futuro. O la prolongación del sueño de vivir sin violencia en medio de aquel paisaje que tanto sedujo a Humboldt.

José Alejandro Cepeda, [email protected]
José Alejandro Cepeda

José Alejandro Cepeda

Colombiano. Periodista y politólogo. Doctor en Ciencias Políticas y de la Administración. Profesor de la Pontificia Universidad Javeriana de Bogotá

¿Más o menos Europa?

La celebración de elecciones parlamentarias en Europa nos recuerda los desafíos que enfrenta el continente y si las salidas descansan […]

Por: José Alejandro Cepeda 29 Ago, 2014
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Artículo original en español. Traducción realizada por inteligencia artificial.
La celebración de elecciones parlamentarias en Europa nos recuerda los desafíos que enfrenta el continente y si las salidas descansan en una mayor o menor integración.

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Sede del Parlamento europeo (Estrasburgo, Francia) | Foto de archivo

La historia de Europa se debate entre la guerra y la paz, y en eso no deja de parecerse al resto del mundo. Sin embargo, esa misma Europa, la que alguna vez fue raptada por un dios celoso y se enfrentó a sí misma durante siglos, ha aprendido a convivir hasta el punto de ser reconocida con un premio Nobel. A un siglo de conmemorarse el inicio de la Gran Guerra (que se creía que iba a ser la confrontación definitiva antes del orden), esta suerte de drama con final feliz sirve para recordarnos que las actuales elecciones parlamentarias son resultado de un proyecto de convivencia y no de destrucción.

Pero las dudas persisten. Mientras Europa ha llegado a expandirse a 28 Estados, rige en buena parte el euro como moneda y se dialoga en varias lenguas, la ciudadanía elige desde hace más de tres décadas los representantes a su Parlamento pero no termina de sentirse representada por completo. Las preguntas —o el euroescepticismo directo de algunos— se basan en la distancia entre la toma de decisiones por las elites políticas y económicas frente a ese ciudadano protegido por el tratado de Maastricht para solucionar sus problemas diarios, en una realidad que es distinta para quienes están más próximos al epicentro económico o soportan las crisis bajo el sol mediterráneo o los vientos irlandeses.

 

¿Qué hacer? La salida ante una pérdida de comunicación —llamémosle de integración para no volver a hablar de déficit democrático— no es la ruptura, sino la recuperación de un mensaje social, enfocado a las nuevas generaciones que no vivieron aquellas guerras pero están hoy amenazadas por un retroceso en su estabilidad laboral y poder adquisitivo. Una Europa social que deberá seguir contando, guste o no, con el protagonismo alemán, que recupere la confianza de la periferia y de los críticos de derecha e izquierda. Es decir, avanzar hacia un federalismo más real: el continente pacificado que alcanzó a delinear Kant. La cuestión es si existe un liderazgo dispuesto a hacerlo realidad.

José Alejandro Cepeda | [email protected]
José Alejandro Cepeda

José Alejandro Cepeda

Colombiano. Periodista y politólogo. Doctor en Ciencias Políticas y de la Administración. Profesor de la Pontificia Universidad Javeriana de Bogotá

¿Fútbol vs. política?

En la sociedad del espectáculo los deportes riñen con la política como fuente de sentido colectivo, pero ninguno como el […]

Por: José Alejandro Cepeda 29 Ago, 2014
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Artículo original en español. Traducción realizada por inteligencia artificial.
En la sociedad del espectáculo los deportes riñen con la política como fuente de sentido colectivo, pero ninguno como el fútbol. Así se apreció en el Mundial de Brasil 2014.

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Dilma Rousseff apuesta su reelección a un balón | Foto: Getty Images

No hay espectáculo más importante que el fútbol en el presente. Ni la música pop, ni la política o la religión alcanzan el nivel de popularidad y convocatoria que obtienen cada domingo ciertos partidos de barrio, la final de una liga importante o un mundial de fútbol. Convertido tanto en pasión como en negocio, ¿asistimos a la forma decisiva de socialización de nuestros días?
Algunos dirán que así es, luego de que tras la primera edición del Campeonato Mundial de Fútbol celebrada en Uruguay en 1930 hasta hoy, los seguidores del evento más importante de este deporte hayan crecido progresivamente a niveles inusitados. Se calcula que el Mundial de Brasil, que ganó Alemania —por primera vez luego de su reunificación celebró un título—, alcanzó audiencias de más de 32 millones de personas en ese país europeo cuando la histórica goleada (7-1) frente al anfitrión.

Tendríamos que aceptar que, deporte o arte, el fútbol representa una de las formas de interacción más arraigadas, tanto en países desarrollados como en los que luchan por superar su condición de tercermundistas. Justamente un mundial de fútbol permite confrontar escuadras periféricas con los representantes del centro del capitalismo —donde juegan y se enriquecen algunas de sus estrellas—, en lo que pareciera ser un espacio para una relativa igualdad de condiciones.
No obstante, vale la pena preguntarse qué tanto del ejercicio del nacionalismo y la identidad que aflora en los días mundialistas se repite en la cotidianeidad política, donde las estadísticas muestran altos grados de abstención, corrupción o apatía por lo público en continentes como Latinoamérica. Un optimista pensaría que la visión individualista que advirtió el sociólogo Pierre Bourdieu, predominante en los países más desiguales, de repente se convierte en un reflejo de una inusitada solidaridad ante la existencia de un gol, en lo que Robert Putnam llamaría capital social.

 

A pesar de la corrupción en la infraestructura que soporta una Copa del Mundo (como sucedió en Brasil antes del primer pitazo de 2014), las oscuras maniobras de la FIFA como entidad transnacional capaz de imponer condiciones que muchos organismos internacionales envidiarían, el contradictorio discurso crítico populista de personajes como Diego Maradona, la existencia de barras bravas, desmanes y hasta muertos, los goleados ante la fuerza del fútbol son los partidos políticos, las organizaciones de la sociedad civil, los cultos espirituales o la propia democracia, que no alcanzan el prestigio o la devoción a los héroes y santos del fútbol, pagados en millones de dólares.

Una enseñanza que nos deja el triunfo del balompié, sin necesidad de un divorcio o de llegar a los penales, es el reto de recuperar y extender el prestigio social de la democracia, para que la política como hito de lo público no se limite a la conveniencia de que gane o pierda la selección nacional.

José Alejandro Cepeda | [email protected]
José Alejandro Cepeda

José Alejandro Cepeda

Colombiano. Periodista y politólogo. Doctor en Ciencias Políticas y de la Administración. Profesor de la Pontificia Universidad Javeriana de Bogotá

Pensando desde la periferia

Hace dos décadas falleció Nicolás Gómez Dávila, uno de los pensadores conservadores indispensables de Colombia, cuya crítica a la modernidad […]

Por: José Alejandro Cepeda 29 Ago, 2014
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Artículo original en español. Traducción realizada por inteligencia artificial.
Hace dos décadas falleció Nicolás Gómez Dávila, uno de los pensadores conservadores indispensables de Colombia, cuya crítica a la modernidad continúa abriéndose puertas.

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Escolios a un texto implícito, Ediciones Atalanta

 

¿Hay sentido en hacer parte del proyecto cultural moderno de Occidente desde una de sus periferias y a la vez pretender ser uno de sus mayores críticos? Esta duda política y existencial, propia del pensamiento crítico autónomo, ha florecido en diversos autores de América Latina, desde exponentes de la izquierda marxista a los de una derecha reaccionaria, y emerge con singular fuerza en el pensador conservador bogotano Nicolás Gómez Dávila (1913-1994).

Su vida fue la de un inusitado ermitaño: un representante de la alta sociedad que, tras una educación preliminar en París, se refugió entre libros (acumuló unos treinta mil, hoy parte del fondo de la biblioteca pública Luis Ángel Arango), un cerrado círculo intelectual y proyectos como la fundación de la Universidad de Los Andes en 1948. Desde el punto de vista de su producción filosófica, regida por la calidad y no por la cantidad, su concreción la obtuvo en una colección de aforismos sarcásticos y brillantes, reunidos en los denominados Escolios a un texto implícito.
Gómez Dávila, más que un reaccionario, fue un tradicionalista. Tal como en Jorge Luis Borges, el desdén por el presente corría por su ADN estético y, en muchos casos, se impuso al político.

 

De allí que —como en el argentino— su espeso sentido del humor y su despiadada crítica a la banalidad y corrupción que habría alcanzado la sociedad liberal en la era moderna pudiera incomodar a los optimistas o a los revolucionarios. Pero es justamente ese grado de incomodidad, es decir, de libertad de pensamiento basado en su escepticismo antropológico, su conocimiento de las lenguas clásicas y de autores como Tucídides, Buckhard, Montaigne, Pascal o Nietzsche lo que hizo que su obra se convierta hoy en uno de los aportes más atípicos y destacados del pensamiento colombiano y latinoamericano a los estudios políticos. Si bien sus escolios se dieron a conocer a finales de la década de 1970, es con la reedición prologada por el italiano Franco Volpi que en el nuevo milenio comienzan a cruzar fronteras, y llega su legado a ser presentado y comentado en Alemania.

Curiosamente el pensamiento paradójico y jerárquico de Nicolás Gómez Dávila, donde su desdén por el concepto de soberanía popular, su señalamiento a los errores teológicos de la Iglesia Católica y la vulgaridad generalizada adopta en la síntesis su esplendor, se asemeja en su estrategia al posmoderno Twitter (como ya lo emulan algunos de sus seguidores). Para muestra, un botón:
– El mundo moderno no será castigado. Es el castigo.
– Verdadero aristócrata es el que tiene vida interior. Cualquiera que sea su origen, su rango o su fortuna.
– La historia debe relatarse como tragedia, no como desacierto.
– El mito es el único modo de expresar verdades simples.
– La vida escribe sus mejores textos en apéndices y márgenes.

José Alejandro Cepeda | [email protected]
José Alejandro Cepeda

José Alejandro Cepeda

Colombiano. Periodista y politólogo. Doctor en Ciencias Políticas y de la Administración. Profesor de la Pontificia Universidad Javeriana de Bogotá

Europa: una nueva comunidad

Las noticias sobre el nuevo Parlamento europeo resaltan la creciente —aunque minoritaria— angustia de sectores desafectos al proyecto de la […]

Por: Guillermo Tell Aveledo Coll 29 Ago, 2014
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Artículo original en español. Traducción realizada por inteligencia artificial.
Las noticias sobre el nuevo Parlamento europeo resaltan la creciente —aunque minoritaria— angustia de sectores desafectos al proyecto de la Unión. Esto es un reto para la concepción comunitaria de la política.

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Aunque no quieran… ¡a tenderles la mano! Imagen: Guillermo Aveledo

La prensa prefiere resaltar lo calamitoso. Los razonables niveles de participación, la experiencia de la personalización de las candidaturas a la Presidencia, la continuidad del dominio del centro popular-socialdemócrata, el apoyo abrumador a los partidos proeuropeos, la pacífica aceptación de resultados en el Parlamento plurinacional más complejo no llaman la atención. El auge de los extremismos de diverso cuño, que incluye fenómenos electorales en el Reino Unido y Francia, ha encendido las alarmas del comentario global.

Aunque la reacción natural ante el alarmismo puede ser la complacencia, lo cierto es que los resultados europeos presentan un reto: ¿cómo puede ser sostenible en el tiempo una comunidad política cuando un sector creciente de su opinión pública rechaza su esencia? El reclamo de nacionalistas franceses, reaccionarios austríacos, antiislamistas daneses, ultraizquierdistas españoles, xenófobos griegos y euroescépticos ingleses emerge como coro: detener la intervención económica, política y cultural europea sobre su modo de vida.

¿Qué manifiesta el disonante coro? Por una parte, la desafección de aquellos que han visto afectado su bienestar a expensas del austero equilibrio de la Unión ante la crisis global de 2008, pero también gracias a su propio atraso técnico y laboral. Por otra, la rebelión nativista que, resaltando alguna “profunda” cultura nacional, rechaza los enclaves del cosmopolitismo y el multiculturalismo.

Como la primera tiene respuesta en la revisión permanente del modelo de bienestar europeo, no parece presentar una amenaza institucional a la Unión. Otro tanto ocurre con la reacción nacionalista que, al resaltar las diferencias y buscar el cierre de fronteras, dinamita el propósito trascendente de la unidad europea: la apertura en un continente históricamente enfrentado y dividido.

 

Políticamente capaces o no —la historia previa, sus diferencias ideológicas y las tendencias demográficas de la región retarían este empeño—, los nacionalistas exclaman que hay una comunidad verdadera, culturalmente pura, relegada por las medidas de Bruselas y los voceros de Estrasburgo. Lo auténtico está en el pub del señor Farage y los rubios paisanos de la señora Le Pen.

El apoyo al proyecto europeo permanece airoso, empero, no solo en los centros industriales, financieros y de la economía del conocimiento, sino también en las regiones más multiculturales. Allí donde la Unión Europea y su promesa de apertura no son una amenaza sino una vivencia plena, se evidencia un rechazo al nativismo cultural. Londres y París son islas en los triunfos del UKIP y el Frente Nacional, pero también mantuvieron su apoyo países de la periferia europea, cuyos nacionales circulan hacia mejores destinos dentro de la Unión. Aun en las menos diversificadas zonas rurales, que contienen más de la mitad de la población de la región y donde la actividad agrícola comparte predominio con los servicios y el turismo, el voto nacionalista no es hegemónico.

Una comunidad política plurinacional, concebida de manera centralizada, puede robar a los locales la autonomía necesaria. Pero la emergencia de nueva idea de comunidad, que atiende a la realidad de los intercambios humanos en las comunidades, con sus variadas culturas y complejos intereses, emerge como alternativa. Esto implicará mayores espacios de subsidiariedad e inclusión, así como una representación más atenta de los parlamentarios europeos. En lo local Europa encontrará la respuesta a la amenaza nacionalista.

 

En Europa reposa la esperanza de quienes creen en la renovación constante de la democracia en Occidente, como un modelo de comunidad ante los retos globales.

Guillermo Aveledo | @GTAveledo
Guillermo Tell Aveledo Coll

Guillermo Tell Aveledo Coll

Doctor en ciencias políticas. Decano de Estudios Jurídicos y Políticos, y profesor en Estudios Políticos de la Universidad Metropolitana de Caracas.

Pensamiento nacional y espíritu universal

El gobierno de Cristina Fernández de Kirchner ha establecido una Secretaría de Coordinación Estratégica para el Pensamiento Nacional. Pese a […]

Por: Guillermo Tell Aveledo Coll 29 Ago, 2014
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Artículo original en español. Traducción realizada por inteligencia artificial.
El gobierno de Cristina Fernández de Kirchner ha establecido una Secretaría de Coordinación Estratégica para el Pensamiento Nacional.
Pese a las esperadas prevenciones, ¿es tal cosa posible?

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La opinión pública latinoamericana ha tomado con recelo la recién formada Secretaría de Pensamiento Nacional en Argentina: entre sospechas sobre el interés personal de los intelectuales-funcionarios, hasta temores sobre una potencial unificación totalitaria del pensamiento, se ve como otro exceso de la polémica mandataria.

Pero veámoslo de otro modo: en América Latina ha habido intentos similares sustentados en feliz pluralismo. En Venezuela, la colección oficial Pensamiento Político Venezolano superó los cien volúmenes, y aunque solo recogió las ideas hasta 1958, trató de representar tanto la diversidad del pensamiento oficial como la miríada opositora. En Argentina la editorial Ateneo publicó en sus Claves del Bicentenario una colección de pensamiento político que iba desde los hombres de Mayo hasta el peronismo kirchnerista.

Lo que preocupa de la Secretaría es que hable de “pensamiento nacional” en singular. Las corrientes de pensamiento en América Latina son variadas, y no necesariamente agotan una clasificación exhaustiva: liberales y conservadores, centralistas y federalistas, católicos y materialistas, populistas y comunistas, socialistas y burgueses, militares y civilistas, desarrollistas y románticos, positivistas y metafísicos, indigenistas y globalistas… El historiador intelectual y el polemista podrán etiquetar, pero los pensadores de mayor proyección escaparán tenazmente tal encuadre.

 

Se nos dirá, con aires de resignada dependencia o de orgullo anticolonial, que los ismos nos vienen como versiones de sus fuentes “originales”. Nuestro liberalismo o nuestro marxismo, por decir dos, serían versiones empobrecidas o distintas de las ideas occidentales. Lo cierto es que nuestra región ha estado en un diálogo permanente con el mundo, y en ello estriba su universalismo: no hay Belgrano sin Rousseau, ni Guevara sin Lenin, ni Cavallo sin Hayek. Tampoco hay un Perón sin –entre otras cosas— doctrina social católica. Eso sin considerar cómo nos hemos leído e influido entre nosotros: Rodó, Vasconcelos, Martí son lecturas dilectas de todo intelectual latinoamericano que hoy, gracias a la emergencia de estas latitudes, se proyectan globalmente sin complejos.

Preocuparnos hoy por defender un único pensamiento nacional sería anular lo que nos ata al pensamiento universal y, con eso, la posibilidad de pluralismo democrático.

Guillermo Aveledo, @GTAveledo
Guillermo Tell Aveledo Coll

Guillermo Tell Aveledo Coll

Doctor en ciencias políticas. Decano de Estudios Jurídicos y Políticos, y profesor en Estudios Políticos de la Universidad Metropolitana de Caracas.

Ahora Ecuador: el populismo creciente de Sudamérica

Con el apoyo del Congreso, donde su partido es mayoría, el presidente Rafael Correa parece orquestar, bajo el manto del […]

Por: Carlos Castillo 29 Ago, 2014
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Con el apoyo del Congreso, donde su partido es mayoría, el presidente Rafael Correa parece orquestar, bajo el manto del populismo y la demagogia como estrategia, el principio de la debacle democrática de Ecuador.

Nicolás Maduro, Cristina Fernández, Evo Morales y Rafael Correa

Nicolás Maduro, Cristina Fernández, Evo Morales y Rafael Correa. Foto:abc.es

 

Era cuestión de tiempo. En Sudamérica un nuevo enclave de populismo amenaza con sumarse a los ya existentes en Venezuela, Bolivia y, en menor medida, Argentina: el de Rafael Correa, en Ecuador. Este, si bien mantuvo un perfil de discreción y relativa prudencia, ahora apunta a seguir el camino que tomó Hugo Chávez para perpetuarse en el poder hasta la muerte: la demolición del sistema democrático desde el propio sistema democrático.

El discurso y la retórica son un espejo del venezolano: la demagogia que apunta a responder a lo que “el pueblo” —esa abstracción vacua e impersonal— le pide al líder; el sacrificio que este realiza en detrimento de sí mismo y para estar a la altura de lo que exige aquel; el uso de las propias instituciones —el Congreso— para validar mediante la vía constitucional lo que se le exige al mandatario; la condena a una oposición que amenaza con “destruir” aquello que se ha logrado; la descalificación de las voces críticas que “atentan” contra el supuesto bienestar y desarrollo del país.

Correa, en fin, obedece lo que sus gobernados le exigen. “Vienen tiempos duros al país”. “Hay una restauración conservadora en marcha”. “Mi vida no es mía: es de mi pueblo y estaré donde me exija el momento histórico”. “Es mi deber revisar la sincera decisión de no lanzarme a la reelección porque tengo la responsabilidad de garantizar que este proceso sea irreversible” (palabras tomadas del periódico El País, 31 de mayo de 2014).

Las declaraciones hechas durante su tercer informe de gobierno son muestra clara, casi de manual populista, de la ruta a seguir para promover el cambio legal que le permitiría reelegirse por un segundo periodo —la Constitución solo permite uno— y prolongar así indefinidamente su mandato.
Por otra parte, el riesgo que representó la reciente derrota de su partido Alianza País en ciudades clave como Quito, Guayaquil y Cuenca es asimismo un aliciente para que Correa haya decidido rectificar sus repetidas negativas a reelegirse, por supuesto, siempre bajo el aura protectora de esa ciudadanía a la que busca proteger del riesgo de una “derecha con estrategia de poder que cuenta con el apoyo de una prensa corrupta y corruptora”.

 

No será de extrañar que en las próximas semanas el Congreso, donde su partido es mayoría, realice el cambio legal que será, sin duda, el comienzo de una lenta debacle democrática para Ecuador. Las señales de alerta están prendidas y la historia reciente de Venezuela parece ser el camino a seguir. El populismo se consolida sin muchos obstáculos y las consecuencias son, también como en aquel país, impredecibles.

Carlos Castillo
Carlos Castillo

Carlos Castillo

Director editorial y de Cooperación Institucional, Fundación Rafael Preciado Hernández. Director de la revista «Bien Común».

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