El día de Amintore Fanfani

Nacido el 6 de febrero de 1908, huérfano desde la infancia, toscano, Amintore Fanfani habría de convertirse en una de […]

Por: Redacción 5 Feb, 2015
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Artículo original en español. Traducción realizada por inteligencia artificial.

Nacido el 6 de febrero de 1908, huérfano desde la infancia, toscano, Amintore Fanfani habría de convertirse en una de las mejores metáforas de la democracia del pueblo, del mérito y de la capacidad, refundada por la democracia cristiana. Su tesis doctoral sobre los orígenes del capitalismo en Italia, que venía a refutar las tesis de Max Weber sobre la consideración de catolicismo y protestantismo como universos existenciales difícilmente compatibles, fue el proemio de su acceso a una cátedra en la Universidad Católica de Milán. Durante la segunda guerra mundial formó parte del grupo milanés de cristiano-demócratas agrupados en torno al profesor Piero Malvestiti, antes de exiliarse en Suiza. Cuando regresó, Giuseppe Dossetti lo llamó a trabajar a Roma para convertir la naciente Democrazia Cristiana en una fuerza de masas.

Fuente: White House Photographs. John F. Kennedy Presidential Library and Museum, Boston Fotógrafía: Abbie Rowe
Fuente: White House Photographs. John F. Kennedy Presidential Library and Museum, Boston
Fotógrafía: Abbie Rowe

Dossetti cumplió el objetivo. Y ambos formaron parte del grupo de los jóvenes professorini electos en las constituyentes, y padres de la Constitución de 1947 vigente. Dentro de las filas dossettistas, Fanfani alcanzó en 1953 su primer ministerio, el de Interior. Cuando De Gasperi dimitió, y Dossetti decidió abrazar el sacerdocio, Fanfani se convirtió en un líder para la unidad de las grandes sensibilidades cristiano-demócratas. Un líder dotado de la inspiración social dossettiana y del realismo político y el sentido de la gobernabilidad degasperiana. Se convirtió en presidente del Consejo de Ministros en 1954, en secretario general de la DC entre 1954 y 1959, y, en el final de este periodo de liderazgo partidario, de nuevo en presidente del Consejo entre 1958 y 1959, una responsabilidad que reeditaría entre 1960 y 1963, 1982 y 1983, y 1987.

La Italia que lideró Fanfani en cinco periodos a lo largo de un tercio de siglo es la Italia de las grandes obras públicas, el vertiginoso crecimiento de su matriz productiva, los Juegos Olímpicos de Roma de 1960 y la conversión del país en un actor internacional de primer orden. La Italia que recibía a la familia presidencial Kennedy con la misma hospitalidad que encontraba en la Casa Blanca. La Italia que transitaba del neorrealismo a Michelangelo Antonioni, y de la ruina a fundar el G-7.

Si De Gasperi es el hombre de la esperanza, Dossetti el partisano desarmado, Andreotti el Estado, La Pira el santo y Moro el mártir, Fanfani es el poder ejecutivo. Fracasó en dos causas: su elección presidencial, probablemente debido a sus explícitas intenciones presidencialistas, y la salvación de Aldo Moro de su fatídico destino. Falleció en Roma el 20 de noviembre de 1999.

Enrique San Miguel

Redacción

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¿Adiós a las armas alemanas?

Luego de un año de facturación récord en 2013, avanza en Alemania una iniciativa para limitar la exportación de armas […]

Por: Ana Jacoby 29 Ene, 2015
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Artículo original en español. Traducción realizada por inteligencia artificial.
Luego de un año de facturación récord en 2013, avanza en Alemania una iniciativa para limitar la exportación de armas fuera de la Unión Europea y la OTAN.

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Fotografía: www.dreamstime.com
Alemania es el tercer exportador a nivel mundial y su industria bélica no es una excepción a la regla. En efecto, el sello Made in Germany también es una garantía de la calidad en productos como armas ligeras, municiones, bombas, explosivos, armas de gran calibre, barcos de guerra, submarinos, software y tanques. Luego de batir nuevos récords de facturación en el año 2013, el actual vicecanciller Sigmar Gabriel se comprometió durante la última campaña electoral a limitar este jugoso negocio, que mueve más de 5000 millones de euros al año.

En la mira están las exportaciones a países que no forman parte de la Unión Europea o de la OTAN, que actualmente representan un 62 % de la facturación total. Según prometió el gobierno, se limitarán las ventas a países en guerra civil o en los que no se respete el Estado de derecho. Argelia, Qatar, Arabia Saudita e Indonesia se encuentran en la lista de clientes cuestionados. Ha trascendido que las restricciones se aplicarían a la venta de tanques y de armas ligeras, a las que Kofi Annan describió como “las nuevas armas de destrucción masiva”. En otros medios, se ha señalado que solamente se seguirían exportando armas que no puedan ser empleadas contra la población civil, como barcos y submarinos.

Entre las cien mayores empresas dedicadas a la producción de armamento en el mundo, cuatro son alemanas. La más grande ocupa el lugar 30 en el ranking de SIPRI (2012) y es Rheinmetall, con una facturación de casi 3000 millones de dólares al año. Por debajo del puesto 50 y con una facturación que oscila entre los 1000 y los 2000 millones, le siguen ThyssenKrupp, Diehl y Krauss-Maffei Wegmann. Estas empresas, así como el sindicato del sector, IG-Metall, han salido a defender los 200.000 puestos de trabajo que genera la industria. El otro argumento de quienes se oponen a las nuevas restricciones es que solamente una industria bélica viable comercialmente puede estar en condiciones de producir armamento para abastecer a Alemania y sus aliados en caso de una amenaza a la seguridad nacional.

El argumento de fondo resulta bastante tautológico: Alemania debe seguir vendiendo armas al mundo para estar en condiciones de producir armas, con las cuales defenderse de sus enemigos. Sin caer en esa clase de disquisiciones lógicas, el gobierno ha respondido a los críticos proponiendo que reorienten su producción a industrias civiles, como la automotriz. Para un gigante económico como Alemania, que exporta casi 1500 millones de euros al año, las ventas de armas a terceros países representan un 0,2 % del total. Frente a un electorado demasiado memorioso para desoír su promesa, al gobierno le ha llegado la hora de vencer resistencias internas y cumplir con su compromiso.

 

Ana Jacoby | @WAXJacoby
Ana Jacoby

Ana Jacoby

Doctora en Ciencia Política (Freie Universität Berlin). Licenciada en Ciencia Política (Universidad de Buenos Aires). Profesora Investigadora en el Centro de Investigaciones Jurídicas de la Universidad Autónoma de Campeche, México. Ha sido consultora externa en proyectos del Banco Mundial y la Unión Europea y coordinadora de proyectos sobre medios de comunicación y democracia en la Fundación Konrad Adenauer.

Dossetti: el partisano, político y teológo democristiano

Era Benigno, el partisano desarmado que lideraba la resistencia en la Emilia-Romaña en el final de la segunda guerra mundial. […]

Por: Redacción 22 Ene, 2015
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Artículo original en español. Traducción realizada por inteligencia artificial.

Era Benigno, el partisano desarmado que lideraba la resistencia en la Emilia-Romaña en el final de la segunda guerra mundial. «¿Y si te atrapan los nazis?», le preguntaban. «Entonces, moriré», respondía con enorme dulzura. Cuando finalizó la contienda, y al frente de la secretaría de organización de la Democracia Cristiana italiana, creó una formación de masas que después se impuso en doce elecciones legislativas consecutivas. Pero, para entonces, el partisano y político se había convertido en un sacerdote.

Fuente: WikiCommons/Archivi&Video.Fscire.it Autor: desconocido Giuseppe Dossetti in una foto da bambino
Fuente: WikiCommons/Archivi&Video.Fscire.it
Autor: desconocido
Giuseppe Dossetti in una foto da bambino

Probablemente, porque siempre fue un profesor. Nacido el 13 de febrero de 1913, se llamaba Giuseppe Dossetti y era hijo de un farmacéutico, que en su primera infancia se trasladó a la Emilia, y de una música. Ellos lo formaron. Como él mismo confesaba con posterioridad, su pensamiento cristiano no obedecía a la lectura de santo Tomás o de Maritain, sino a las enseñanzas que había recibido de sus padres. Militante en la Acción Católica en plena persecución fascista, brillante estudiante de Derecho en Bolonia, profesor de Derecho Canónico, la entrada de Italia en la segunda guerra mundial, en 1940, cercenó una imparable carrera académica.

Porque, cuando finalizó el conflicto, un De Gasperi consagrado a las tareas ejecutivas confió a Dossetti la organización de la maquinaria partidaria de la DC. Comenzaba una apasionante historia de amistad en la discrepancia. La opción degasperiana era instaurar una democracia clásica, con inspiración social, internacionalmente alineada con el atlantismo, mientras Dossetti creía en «la revolución dentro del Estado», en una innovadora solución estatal de inspiración socialcristiana y neutralista.

Ambos prevalecieron. Las grandes opciones europeas y atlantistas de Alcide de Gasperi cobijaron el liderazgo político de los amigos de Dossetti, comenzando por Fanfani, y de sus afines, como Moro. Pero para entonces Dossetti había abrazado el sacerdocio, su postrera y más profunda vocación. Acompañó e inspiró la presencia del cardenal Lercaro en el Concilio Vaticano II. Su teología del Concilio, superadora de la espiritualidad del conflicto, se encuentra muy presente en la maravillosa nueva era que la Iglesia católica abrió hace medio siglo bajo su muy directa e influyente contribución.

Instalado en Tierra Santa, regresó a Italia en 1994 para oponerse a Berlusconi. En 1996, sus conciudadanos le dieron la razón antes de fallecer, el 13 de diciembre de ese mismo año, en Oliveto di Monteveglio.

 

Enrique San Miguel

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Viene el lobo

Si los demócratas del mundo se olvidan de los principios que alimentan su visión política, pueden verse sorprendidos por extraños […]

Por: Redacción 15 Ene, 2015
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Si los demócratas del mundo se olvidan de los principios que alimentan su visión política, pueden verse sorprendidos por extraños defensores de la libertad.

Foto: Guillermo Aveledo
Foto: Guillermo Aveledo

El sombrío final del año 2014, con el recrudecimiento del conflicto sirio y sus ramificaciones, la expansión del Estado Islámico y el colapso de las novísimas democracias del Medio Oriente y el norte de África, la violencia del narcotráfico en América Latina, la matanza de Peshawar y los disturbios raciales en Estados Unidos no daban buenos augurios para los demócratas: o es imposible instaurar la democracia en todo el mundo o ella misma es incapaz de mantenerse estable y segura ante sus rapaces adversarios.

Comenzando este año, la atroz masacre en la sede del magazín satírico Charlie Hebdo ha hecho más sonantes las voces de indignación ante lo que se percibe es la pusilanimidad de un Occidente debilitado ante su propia pérdida de norte, defendiendo apenas los elementos accesorios de su civilización. La amenaza del otro, encarnada en los asesinos enmascarados de París, se proyecta presuntamente sobre toda diferencia. Se juega con un argumento desolador: si unos individuos o grupos son incapaces de adaptarse a nuestro modo de vida, no deben refugiarse en él.

Así, el auge de los partidos y movimientos que, con gran cobertura de medios y una creciente relevancia político-electoral, pretenden el cierre de las sociedades occidentales, es un hecho incontestable. La tragedia de París no fue recibida en un vacío, sino sobre un terreno fértil. Nigel Farage, líder del Partido de Independencia del Reino Unido, UKIP, tercero en la preferencia electoral, aprovechó la ocasión para denunciar el multiculturalismo y señalar que las tradiciones seculares europeas eran inaccesibles a los forasteros, tal como desde Estrasburgo hiciera el líder del Partido de la Libertad holandés, Geert Wilders. El autodenominado grupo Patriotas Europeos contra la Islamización de Europa, PEGIDA, que ha organizado marchas masivas contra los musulmanes en algunas ciudades alemanas, se ha arropado en la imagen del semanario francés y sus críticas. Y, de manera más preocupante, el Frente Nacional, liderado por Marine Le Pen, ha señalado que los asesinatos confirman su visión de las amenazas a la sociedad francesa y a Europa.

Estos no son comentarios encontrados en los rincones de las redes sociales o en oscuros panfletos del underground político. De movimientos minoritarios, estos partidos emergen hacia la corriente ordinaria de la política de sus países, y aunque no tengan ya la apariencia de jóvenes desencantados de cabezas afeitadas, no han moderado su proyecto político adaptándolo a la democracia liberal. Madame Le Pen ha resaltado las ventajas de su programa que oscila entre el alivio y la venganza: cierre de fronteras, revisión de las normas de inmigración, retorno de la pena capital y servicio militar. No es que la democracia y el Estado de derecho sean inalcanzables para los bárbaros que la amenazan; es que esta merece ser sustituida de raíz.

¿Y ese estado de excepción tan grande, Abuelita? Para cuidarte mejor, demócrata caperucita… Lo más grave de este panorama es que, ante la preocupación real de la opinión pública, los políticos socialdemócratas, liberales, conservadores y humanistas pretendan ganar puntos con la audiencia haciéndose eco de las propuestas extremas —aun si no dan crédito ni espacio ceremonial a estos movimientos—, e incluso aportando nuevas medidas. La solidaridad que mostraron los líderes europeos en la gran concentración por la libertad de expresión en la capital francesa resultaron, para la mayoría, abrazos en la tribulación que terminaban donde la aplicación de la coacción era posible, las políticas de inmigración impopulares, y las detenciones a los disidentes un hecho cumplido. Mientras, resuenan las palabras de monsieur Hollande sobre las protestas contra Charlie Hebdo: “no comprenden nuestros valores”. Triste auxilio para los luchadores por la democracia en las naciones periféricas.

La defensa de la sociedad libre por medio de la fuerza es una aspiración legítima. Pero los demócratas no deben perder la oportunidad de recordar sus valores, llamar a la moderación y, cómo no, predicar con acciones consecuentes.

 

Guillermo Aveledo | @GTAveledo

 

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Paving the third way?

El nuevamente posesionado presidente colombiano, Juan Manuel Santos, reunió en Cartagena de Indias a varios líderes con los que busca […]

Por: José Alejandro Cepeda 14 Oct, 2014
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El nuevamente posesionado presidente colombiano, Juan Manuel Santos, reunió en Cartagena de Indias a varios líderes con los que busca revitalizar la “tercera vía”.

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Cardoso, Clinton, Santos, Blair, Lagos y González | Foto: AFP/Manuel Pedraza

Hacia finales de la década de 1990 el actual presidente de Colombia, Juan Manuel Santos, firmó un libro junto al ex primer ministro del Reino Unido, Tony Blair, titulado La Tercera Vía: una alternativa para Colombia. Tres lustros más tarde, una vez reelegido en unas reñidas elecciones que sirvieron de termómetro para apoyar su política de negociación de paz con la guerrilla de las FARC, Santos ha vuelto a poner la tercera vía sobre el tapete.

Hay que comenzar recordando que Santos construyó su carrera como uno de los representantes tradicionales del establishment colombiano, moviéndose con comodidad entre el periodismo como miembro de la familia que fue propietaria del periódico de mayor influencia nacional (El Tiempo), el Partido Liberal y como líder visible en gremios económicos. Sin embargo, ese Santos durante el mandato de Álvaro Uribe —miembro de la clase terrateniente— sumó sus esfuerzos a la coalición de derecha y llegó a ser su ministro de Defensa estrella, entre 2006 y 2009.

Pero la realidad en política es que a veces las lealtades se desvanecen. Así, una vez elegido presidente, Juan Manuel Santos se desmarcó de Uribe, de su rígida política de seguridad democrática hacia el interior y de unas conflictivas relaciones exteriores con los representantes de la izquierda regional más radical, para recomponer luego el diálogo con Venezuela y Ecuador.

En este orden de ideas, la presencia de los exgobernantes Fernando Henrique Cardoso, Bill Clinton, Tony Blair, Ricardo Lagos y Felipe González, además del presidente del Banco Interamericano de Desarrollo, envía un mensaje claro. Santos aspira avanzar en un estilo de gobierno liberal-progresista, que desea ver como la plataforma para una Colombia posconflicto. Se trata de retomar una vez más el eslogan de Tony Blair de una tercera vía, es decir, la búsqueda de un equilibrio entre economía abierta y protección social. Él mismo lo ha resumido con la siguiente frase: “tanto mercado como sea posible y tanto Estado como sea necesario”.
Álvaro Uribe es justamente su mayor opositor. Ahora con asiento en el Congreso y una fuerte bancada, se opone furiosamente a todo lo que predique Santos y sus seguidores advierten que un posible arreglo con las FARC abriría las puertas del castrochavismo. Quienes rodean el gobierno insisten en que esto no será así. Se puede plantear que técnicamente Santos no busca otra cosa que la defensa de un mercado y a la vez un intervencionismo redistribuidor, que está dispuesto a hacer coalición con otros sectores políticos, que apoya el crecimiento económico como clave para disminuir la pobreza y que su política exterior está basada en el diálogo y no en la confrontación.

 

En su carrera política y en su afán por entablar la paz en Colombia, Juan Manuel Santos ha demostrado ser un gran apostador (un hábil jugador de póker, dicen algunos), dispuesto a dar virajes inesperados y ahora hasta bordear los principios de la socialdemocracia, con el fin de encontrar puntos de comunicación en sectores de izquierda y derecha. Que todo esto tenga algo de castrochavismo suena dudoso, pero ya veremos si logra sus objetivos.

José Alejandro Cepeda, [email protected]
José Alejandro Cepeda

José Alejandro Cepeda

Colombiano. Periodista y politólogo. Doctor en Ciencias Políticas y de la Administración. Profesor de la Pontificia Universidad Javeriana de Bogotá

Goodbye to German Weapons?

Luego de un año de facturación récord en 2013, avanza en Alemania una iniciativa para limitar la exportación de armas […]

Por: Ana Jacoby 14 Oct, 2014
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Luego de un año de facturación récord en 2013, avanza en Alemania una iniciativa para limitar la exportación de armas fuera de la Unión Europea y la OTAN.

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Fotografía: www.dreamstime.com

Alemania es el tercer exportador a nivel mundial y su industria bélica no es una excepción a la regla. En efecto, el sello Made in Germany también es una garantía de la calidad en productos como armas ligeras, municiones, bombas, explosivos, armas de gran calibre, barcos de guerra, submarinos, software y tanques. Luego de batir nuevos récords de facturación en el año 2013, el actual vicecanciller Sigmar Gabriel se comprometió durante la última campaña electoral a limitar este jugoso negocio, que mueve más de 5000 millones de euros al año.

En la mira están las exportaciones a países que no forman parte de la Unión Europea o de la OTAN, que actualmente representan un 62 % de la facturación total. Según prometió el gobierno, se limitarán las ventas a países en guerra civil o en los que no se respete el Estado de derecho. Argelia, Qatar, Arabia Saudita e Indonesia se encuentran en la lista de clientes cuestionados. Ha trascendido que las restricciones se aplicarían a la venta de tanques y de armas ligeras, a las que Kofi Annan describió como “las nuevas armas de destrucción masiva”. En otros medios, se ha señalado que solamente se seguirían exportando armas que no puedan ser empleadas contra la población civil, como barcos y submarinos.

Entre las cien mayores empresas dedicadas a la producción de armamento en el mundo, cuatro son alemanas. La más grande ocupa el lugar 30 en el ranking de SIPRI (2012) y es Rheinmetall, con una facturación de casi 3000 millones de dólares al año. Por debajo del puesto 50 y con una facturación que oscila entre los 1000 y los 2000 millones, le siguen ThyssenKrupp, Diehl y Krauss-Maffei Wegmann. Estas empresas, así como el sindicato del sector, IG-Metall, han salido a defender los 200.000 puestos de trabajo que genera la industria. El otro argumento de quienes se oponen a las nuevas restricciones es que solamente una industria bélica viable comercialmente puede estar en condiciones de producir armamento para abastecer a Alemania y sus aliados en caso de una amenaza a la seguridad nacional.

 

El argumento de fondo resulta bastante tautológico: Alemania debe seguir vendiendo armas al mundo para estar en condiciones de producir armas, con las cuales defenderse de sus enemigos. Sin caer en esa clase de disquisiciones lógicas, el gobierno ha respondido a los críticos proponiendo que reorienten su producción a industrias civiles, como la automotriz. Para un gigante económico como Alemania, que exporta casi 1500 millones de euros al año, las ventas de armas a terceros países representan un 0,2 % del total. Frente a un electorado demasiado memorioso para desoír su promesa, al gobierno le ha llegado la hora de vencer resistencias internas y cumplir con su compromiso.

Ana Jacoby | @WAXJacoby
Ana Jacoby

Ana Jacoby

Doctora en Ciencia Política (Freie Universität Berlin). Licenciada en Ciencia Política (Universidad de Buenos Aires). Profesora Investigadora en el Centro de Investigaciones Jurídicas de la Universidad Autónoma de Campeche, México. Ha sido consultora externa en proyectos del Banco Mundial y la Unión Europea y coordinadora de proyectos sobre medios de comunicación y democracia en la Fundación Konrad Adenauer.

Equality

Este es el siglo de la igualdad, porque hasta ahora nuestro planeta ha vivido en dos velocidades: unos viven en […]

Por: Redacción 14 Oct, 2014
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Este es el siglo de la igualdad, porque hasta ahora nuestro planeta ha vivido en dos velocidades: unos viven en el 2014, mientras otros recién salen del feudalismo en muchos rincones del mundo. Este es el período en que se construyen las grandes definiciones del siglo XXI.

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Pareciera que vivimos en un mundo post todo. Posmaterialismo, posmodernismo, es decir, posterior a todo lo vivido. Este interregno se está haciendo demasiado largo. Desde el fracaso del fin de la historia con Fukuyama, le señalamos post a algo para denotar que ya no existe lo que alguna vez fueron nuestras certidumbres y que recién podemos colegir si realmente se acabaron. Lo interesante es que en este nuevo siglo que estamos por fin comenzando, el cambio es de consignas pero no de actores. La tensión Este-Oeste no se acaba. Quienes lucharon en el fin de la guerra fría contra los soviéticos en las puertas de Kabul, terminaron haciéndolo dos décadas después contra Occidente, y en particular los Estados Unidos. Solo Ucrania viene a ocupar el lugar que los países balcánicos tuvieron hace un siglo, el único cambio real de actores.

En este contexto, la gran pregunta es qué tipo de eje ideológico, político y social vendrá. Mientras el siglo XIX fue del liberalismo en los procesos de emancipación política en América Latina, el siglo XX representó la aparición de las clases populares en el proceso político, la apertura de las democracias poliárquicas, al menos en Occidente. Fue el tiempo de los ideologismos. Todo aquello que terminó cayendo con el muro de Berlín.

Por eso cabe preguntarse ahora: ¿qué viene? Occidente, y en especial el mundo desarrollado, descubrió que el mundo árabe, África y muchos lugares en América Latina no han sido tocados por el posmaterialismo. Es decir, en este planeta hay quienes viven en la abundancia, quienes tienen la posibilidad de preocuparse del medioambiente, el futuro del alma o el disfrute de un estómago lleno. Sin embargo, existe otra mitad, la de los que nunca han llamado por teléfono, para quienes comer es la lucha diaria y vivir bajo el feudalismo medieval es una realidad brutal. Ese es quizás el efecto de la globalización sobre este siglo: asumir que vivimos en un planeta pero varios mundos. Así como los últimos dos siglos fueron de los derechos de Occidente, este será de la igualdad planetaria. Solo así, tal vez algún día las demandas posmateriales puedan ser globales y no un problema reducido a las calles de Boston o Ámsterdam.

Jaime Baeza
Redacción

Redacción

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Caught in the net?

Las nuevas tecnologías virtuales de información han desafiado el esquema tradicional de la comunicación. De su buen o mal uso […]

Por: José Alejandro Cepeda 14 Oct, 2014
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Artículo original en español. Traducción realizada por inteligencia artificial.
Las nuevas tecnologías virtuales de información han desafiado el esquema tradicional de la comunicación. De su buen o mal uso dependerá en gran medida la democracia.

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Banderas y redes. | Ilustración de WeTransfer

El nuevo milenio pareciera ser el nombre de una nave espacial, un artefacto de la ciencia ficción dispuesto a llevarnos muy lejos, a los límites de nuestra galaxia, la Vía Láctea, para explorar los confines del vecindario que rodea el planeta Tierra. Pero en una forma más mundana y humilde, podemos asumir que ese viaje no requiere ya necesariamente de un desplazamiento en el tiempo y el espacio, sino que se desprende de un nuevo paradigma local: la comunicación virtual en redes.

¿Las redes? Hay que iniciar recordando que la palabra red originalmente remitía a aquellos artefactos tejidos y enmendados a mano desde la antigüedad, con los que los pescadores faenaban ríos y mares, enarbolando la paciencia y la constancia como virtudes principales. La red se diseñó entonces para atrapar a peces sueltos o en masa que nadaban antes libremente en las aguas planetarias, atraídos a veces por pequeñas muestras de comida que aún se denominan carnadas.

A partir de la configuración moderna de la opinión pública, en lo que el filósofo alemán Jürgen Habermas llamaría la esfera pública contemporánea, los medios de comunicación pasaron a ser centros de deliberación. Una especie de plazas mediáticas que emergieron como las ágoras visibles de nuestras repúblicas, desde la prensa, la radio o la televisión, para legitimar el poder. Sin embargo, la comunicación mantuvo aquel viejo esquema simplista: emisor, mensaje, medio y receptor.

Es justamente con la difusión de Internet desde mediados de los años noventa —ya había sido inventada como instrumento de información privada y de seguridad— que se rompe ese marco. De repente los receptores pudieron convertirse en emisores, editores y constructores de mensajes, desafiando el monopolio comercial y la estructura comunicacional, además del periodismo como ejercicio mediador por excelencia. El resultado: distintos grupos sociales, en un mundo ahora más globalizado por la interacción en tiempo real y los bajos costos, comenzaron a construir sus propios discursos, a hacer visibles sus identidades particulares y aun quebrar el valor de la palabra ilustrada. En este sentido, una nueva realidad virtual emergió. La de soñar y vivir, la de vivir soñando.

 

Los efectos se perciben. Las nuevas tecnologías han ampliado las posibilidades de comunicación; el ciudadano tradicional de la democracia ahora es mayormente un usuario que habita redes y diversos archipiélagos particulares de sentido, debatiendo su lealtad entre el mundo real y el virtual. Si bien existen críticas a este nuevo estado de conciencia, que desalienta a muchos como al premio nobel de literatura peruano, Mario Vargas Llosa, cuando la banalidad impera, hay que aceptar que la especie humana es definitivamente interesante, pues ha derribado las fronteras del signo.

¿Estamos atrapados en la red? Depende. En perspectiva generacional, como nativos o migrantes de ese mundo, en la medida que utilicemos las nuevas tecnologías para ahondar nuestro conocimiento y profundizar la deliberación política habremos dado un paso adelante para retomar el ideal ilustrado. De lo contrario, solo dependientes del consumo y la autocomplacencia, las nuevas tecnologías únicamente contribuirán al desierto intelectual y a enterrar la posmodernidad. De este dilema dependerá que las redes sociales sirvan solo para seducir o contribuyan a la defensa de la libertad.

José Alejandro Cepeda, [email protected]
José Alejandro Cepeda

José Alejandro Cepeda

Colombiano. Periodista y politólogo. Doctor en Ciencias Políticas y de la Administración. Profesor de la Pontificia Universidad Javeriana de Bogotá

¿Atrapados en la red?

Las nuevas tecnologías virtuales de información han desafiado el esquema tradicional de la comunicación. De su buen o mal uso […]

Por: Redacción 19 Sep, 2014
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Artículo original en español. Traducción realizada por inteligencia artificial.
Las nuevas tecnologías virtuales de información han desafiado el esquema tradicional de la comunicación. De su buen o mal uso dependerá en gran medida la democracia.

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Banderas y redes. | Ilustración de WeTransfer

El nuevo milenio pareciera ser el nombre de una nave espacial, un artefacto de la ciencia ficción dispuesto a llevarnos muy lejos, a los límites de nuestra galaxia, la Vía Láctea, para explorar los confines del vecindario que rodea el planeta Tierra. Pero en una forma más mundana y humilde, podemos asumir que ese viaje no requiere ya necesariamente de un desplazamiento en el tiempo y el espacio, sino que se desprende de un nuevo paradigma local: la comunicación virtual en redes.

¿Las redes? Hay que iniciar recordando que la palabra red originalmente remitía a aquellos artefactos tejidos y enmendados a mano desde la antigüedad, con los que los pescadores faenaban ríos y mares, enarbolando la paciencia y la constancia como virtudes principales. La red se diseñó entonces para atrapar a peces sueltos o en masa que nadaban antes libremente en las aguas planetarias, atraídos a veces por pequeñas muestras de comida que aún se denominan carnadas.

A partir de la configuración moderna de la opinión pública, en lo que el filósofo alemán Jürgen Habermas llamaría la esfera pública contemporánea, los medios de comunicación pasaron a ser centros de deliberación. Una especie de plazas mediáticas que emergieron como las ágoras visibles de nuestras repúblicas, desde la prensa, la radio o la televisión, para legitimar el poder. Sin embargo, la comunicación mantuvo aquel viejo esquema simplista: emisor, mensaje, medio y receptor.

Es justamente con la difusión de Internet desde mediados de los años noventa —ya había sido inventada como instrumento de información privada y de seguridad— que se rompe ese marco. De repente los receptores pudieron convertirse en emisores, editores y constructores de mensajes, desafiando el monopolio comercial y la estructura comunicacional, además del periodismo como ejercicio mediador por excelencia. El resultado: distintos grupos sociales, en un mundo ahora más globalizado por la interacción en tiempo real y los bajos costos, comenzaron a construir sus propios discursos, a hacer visibles sus identidades particulares y aun quebrar el valor de la palabra ilustrada. En este sentido, una nueva realidad virtual emergió. La de soñar y vivir, la de vivir soñando.

 

Los efectos se perciben. Las nuevas tecnologías han ampliado las posibilidades de comunicación; el ciudadano tradicional de la democracia ahora es mayormente un usuario que habita redes y diversos archipiélagos particulares de sentido, debatiendo su lealtad entre el mundo real y el virtual. Si bien existen críticas a este nuevo estado de conciencia, que desalienta a muchos como al premio nobel de literatura peruano, Mario Vargas Llosa, cuando la banalidad impera, hay que aceptar que la especie humana es definitivamente interesante, pues ha derribado las fronteras del signo.

¿Estamos atrapados en la red? Depende. En perspectiva generacional, como nativos o migrantes de ese mundo, en la medida que utilicemos las nuevas tecnologías para ahondar nuestro conocimiento y profundizar la deliberación política habremos dado un paso adelante para retomar el ideal ilustrado. De lo contrario, solo dependientes del consumo y la autocomplacencia, las nuevas tecnologías únicamente contribuirán al desierto intelectual y a enterrar la posmodernidad. De este dilema dependerá que las redes sociales sirvan solo para seducir o contribuyan a la defensa de la libertad.

José Alejandro Cepeda, [email protected]
Redacción

Redacción

Plataforma para el diálogo democrático entre los influenciadores políticos sobre América Latina. Ventana de difusión de la Fundación Konrad Adenauer en América Latina.

¿Pavimentando la tercera vía?

El nuevamente posesionado presidente colombiano, Juan Manuel Santos, reunió en Cartagena de Indias a varios líderes con los que busca […]

Por: Redacción 19 Sep, 2014
Lectura: 3 min.
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El nuevamente posesionado presidente colombiano, Juan Manuel Santos, reunió en Cartagena de Indias a varios líderes con los que busca revitalizar la “tercera vía”.

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Cardoso, Clinton, Santos, Blair, Lagos y González | Foto: AFP/Manuel Pedraza

Hacia finales de la década de 1990 el actual presidente de Colombia, Juan Manuel Santos, firmó un libro junto al ex primer ministro del Reino Unido, Tony Blair, titulado La Tercera Vía: una alternativa para Colombia. Tres lustros más tarde, una vez reelegido en unas reñidas elecciones que sirvieron de termómetro para apoyar su política de negociación de paz con la guerrilla de las FARC, Santos ha vuelto a poner la tercera vía sobre el tapete.

Hay que comenzar recordando que Santos construyó su carrera como uno de los representantes tradicionales del establishment colombiano, moviéndose con comodidad entre el periodismo como miembro de la familia que fue propietaria del periódico de mayor influencia nacional (El Tiempo), el Partido Liberal y como líder visible en gremios económicos. Sin embargo, ese Santos durante el mandato de Álvaro Uribe —miembro de la clase terrateniente— sumó sus esfuerzos a la coalición de derecha y llegó a ser su ministro de Defensa estrella, entre 2006 y 2009.

Pero la realidad en política es que a veces las lealtades se desvanecen. Así, una vez elegido presidente, Juan Manuel Santos se desmarcó de Uribe, de su rígida política de seguridad democrática hacia el interior y de unas conflictivas relaciones exteriores con los representantes de la izquierda regional más radical, para recomponer luego el diálogo con Venezuela y Ecuador.

En este orden de ideas, la presencia de los exgobernantes Fernando Henrique Cardoso, Bill Clinton, Tony Blair, Ricardo Lagos y Felipe González, además del presidente del Banco Interamericano de Desarrollo, envía un mensaje claro. Santos aspira avanzar en un estilo de gobierno liberal-progresista, que desea ver como la plataforma para una Colombia posconflicto. Se trata de retomar una vez más el eslogan de Tony Blair de una tercera vía, es decir, la búsqueda de un equilibrio entre economía abierta y protección social. Él mismo lo ha resumido con la siguiente frase: “tanto mercado como sea posible y tanto Estado como sea necesario”.
Álvaro Uribe es justamente su mayor opositor. Ahora con asiento en el Congreso y una fuerte bancada, se opone furiosamente a todo lo que predique Santos y sus seguidores advierten que un posible arreglo con las FARC abriría las puertas del castrochavismo. Quienes rodean el gobierno insisten en que esto no será así. Se puede plantear que técnicamente Santos no busca otra cosa que la defensa de un mercado y a la vez un intervencionismo redistribuidor, que está dispuesto a hacer coalición con otros sectores políticos, que apoya el crecimiento económico como clave para disminuir la pobreza y que su política exterior está basada en el diálogo y no en la confrontación.

 

En su carrera política y en su afán por entablar la paz en Colombia, Juan Manuel Santos ha demostrado ser un gran apostador (un hábil jugador de póker, dicen algunos), dispuesto a dar virajes inesperados y ahora hasta bordear los principios de la socialdemocracia, con el fin de encontrar puntos de comunicación en sectores de izquierda y derecha. Que todo esto tenga algo de castrochavismo suena dudoso, pero ya veremos si logra sus objetivos.

José Alejandro Cepeda, [email protected]
Redacción

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Ciudades que respeten a sus habitantes

A la gestión de las ciudades del siglo XXI no les alcanza con cumplir con eficiencia el modelo de las […]

Por: Jorge Dell'Oro 19 Sep, 2014
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Artículo original en español. Traducción realizada por inteligencia artificial.
A la gestión de las ciudades del siglo XXI no les alcanza con cumplir con eficiencia el modelo de las tres B: basura, baches y bombitas, que eran los tres servicios básicos que las ciudades reclamaban. Hoy se impone un nuevo paradigma más ambicioso de la gestión, basado en la sustentabilidad.

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Foto: webonomia.com

Decía San Isidoro de Sevilla: “No son las piedras sino los hombres los que hacen las ciudades”. Hoy en cambio, muchos gobernantes piensan más en las piedras. Hay una tendencia de los políticos a perpetuarse en obras monumentales, las que muchas veces no contribuyen a mejorar la calidad de vida de los habitantes.

Solo por usar un ejemplo, podemos decir que las ciudades sustentables desalientan el uso del automóvil, particularmente en cascos históricos o centros de alta densidad peatonal, pero hay alcaldes que creen que ayudan al ciudadano construyendo más estacionamientos en esas zonas. No solo no lo ayudan, sino que estimulan los malos hábitos, generando polución ambiental (contaminación y ruido) y más accidentes, además de entorpecer el flujo peatonal y generar atascos de tránsito en horas pico.

 

La estrategia para la sustentabilidad de una ciudad requiere de una serie de análisis previos pero, muchas veces, las urgencias políticas no permiten al gobernante armar un plan de largo alcance. Esto termina, lamentablemente, con la ejecución de obras o servicios que no tienen la coherencia necesaria para ir generando la sustentabilidad deseada.

Es imprescindible dejar claro el significado de dos conceptos que con frecuencia se usan indistintamente: sostenibilidad y sustentabilidad. El primero tiene un carácter eminentemente eurocéntrico y de países del primer mundo, ya que su preocupación “ambientalista” se orienta, principalmente, a partir de la aplicación de mecanismos jurídicos y normativos, al sostenimiento y defensa de un orden político y económico. En el caso de la sustentabilidad, esta no pretende sostener, ya que apunta a sustentar en el sentido de alentar, alimentar, cuidar, cultivar una serie de acciones no depredadoras ni exclusivas y excluyentes de explotación y usufructo de los recursos naturales. Es lo contrario a un esquema cerrado como el sostenible. Sustentar propicia valores del humanismo cristiano, como son nuevas alternativas de relación entre la sociedad, el Estado, el mercado y la naturaleza basadas en la búsqueda de un equilibrio ambiental ligado a la generación y distribución de riqueza en el marco sustentable de justicia social. Es sin duda uno de los principales desafíos que enfrenta Latinoamérica.

Jorge Dell’Oro | @dellOroJorge
Jorge Dell'Oro

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Argentino. Consultor en comunicación política

Platón en campaña

Los clásicos de la filosofía política parecen tener poca relevancia para la acción del candidato moderno. ¿Habla eso bien de […]

Por: Redacción 19 Sep, 2014
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Artículo original en español. Traducción realizada por inteligencia artificial.
Los clásicos de la filosofía política parecen tener poca relevancia para la acción del candidato moderno. ¿Habla eso bien de nuestra política?

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Platón

Si Platón fuese, ya no testigo, sino candidato a un cargo de elección popular en nuestras modernas sociedades, acaso repetiría muchas de sus quejas sobre el régimen democrático ateniense: la inconstancia de sus líderes, la precariedad de las opiniones, la deshonestidad de la discusión pública, la falsedad de los argumentos y la apelación a los sentimientos más básicos. Para el filósofo, que inicia una milenaria tradición, el compromiso político sería inútil rodeado de la incapacidad de las autoridades y la mendacidad de los habitantes.

Las modernas campañas reforzarían esas impresiones: lo que atrae al público sobre los consultores políticos, mercadólogos y encuestadores son consejos sobre cómo ganar una elección de maneras poco edificantes. Algunos atrevidos declaran que todo es secundario a la victoria. Las campañas son el momento propicio para la búsqueda de alianzas expeditas, el despliegue de propaganda y la profusión de escándalos. Incluso, las normas de ética electoral suelen restringirse a una homologación de medios, independientes de los fines que se persigan.

¿Cuántos políticos no han visto sus carreras fenecer al revelarse aspectos turbios de la campaña?
Curiosamente, el desdén platónico y el consecuencialismo superficial de algunos técnicos comparten un criterio esencial: las masas son veleidosas, no se les puede confiar información compleja y pueden ser fácilmente engañadas. En el fondo, no han superado la prevención histórica hacia la muchedumbre. Por fortuna, la política democrática, que informa las mejores campañas, combina medios y fines: asume la confianza en los individuos y en las comunidades como público de la elección y, así también, como sujetos de la política. Voters aren’t fools…

Si el humanismo persigue la realización de la persona, ha de confiar a esta la deliberación de los asuntos públicos, sin caer en el chantaje de la mentira eficaz. La derrota electoral, en una sociedad libre, no solo es posible, sino hasta deseable. Claro está, no podemos olvidar el consejo de Napolitan: “los otros también juegan”.

Guillermo Aveledo | @GTAveledo
Redacción

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Imprudente consejo

Es famosa exigencia de la prudencia política que el líder ha de saber escoger a sus consejeros, quienes han de […]

Por: Redacción 19 Sep, 2014
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Artículo original en español. Traducción realizada por inteligencia artificial.
Es famosa exigencia de la prudencia política que el líder ha de saber escoger a sus consejeros, quienes han de saber decirle la verdad para orientar su decisión. ¿Exime esto de responsabilidad a los sabios?

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Henry Kissinger

En fecha reciente se cumplen cuatro décadas de la renuncia de Richard Nixon a la presidencia de Estados Unidos, tras las secuelas del caso Watergate. Hoy, su figura política sigue ensombrecida, pese a intentos rehabilitadores. No sucede así con su entonces consejero de Seguridad Nacional, el famoso Henry Kissinger, quien tras la caída en desgracia de su jefe por casi una década, ha mantenido una lucrativa carrera, como referencia intelectual y periodística en cada crisis global de magnitud. Ambos, empero, adelantaron procesos cuyas consecuencias reverberan en el mundo contemporáneo: por cada apertura a China, está la sombra del bombardeo a Camboya o el golpe en Chile.

Miles de páginas, incluyendo sendos tomos por los interesados, escudriñan esta relación. No les haríamos justicia al despacharla aquí (allí están los trabajos de Bash, Qureshi, Dallek…), pero consideremos esta paradoja: mientras los políticos enfrentan el peso político, moral y electoral de sus decisiones, otro tanto ocurre con los consultores de variada gama: desde el estratega, el estadístico, la jefa de medios hasta los asesores de campaña, todos pueden gozar —tras la derrota de su aconsejado— un florecer profesional. No como eminencias grises, sino elevados al estrellato, con alguna que otra incomodidad derivada de la fama.

Se nos dirá que no es su responsabilidad: la suya es una asistencia técnica, atada a la verdad profesional y científica. Podrá decirse que el político escoge a conciencia, conociendo los riesgos y haciendo apuestas para modificar la opinión o neutralizar a sus adversarios. No hay mala intención, solo se hace el trabajo esperado.
Sin embargo, esto evade que la verdad técnica no es la verdad política. No nos referimos a la negación a las ciencias que parte de cierta ceguera ideológica, sino a que el asesor ha de adquirir tanto una conciencia para el poder, como una conciencia sobre el poder y sus consecuencias. No todo escenario técnicamente alcanzable es éticamente lícito. No toda teoría, pese a su perfecta lógica, evidenciará sus peores consecuencias. No todo consejo, aunque lo parezca, es prudente.

La política siempre implicará un cálculo de riesgos, pero debemos admitir que hay límites que nos obligan ante los colectivos humanos.

Guillermo Aveledo, @GTAveledo

Redacción

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Desempolvando la revolución

La jerga izquierdista ha desprestigiado el término pero, por sí mismo, el humanismo cristiano tenía una vocación revolucionaria. Acaso va […]

Por: Redacción 19 Sep, 2014
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La jerga izquierdista ha desprestigiado el término pero, por sí mismo, el humanismo cristiano tenía una vocación revolucionaria. Acaso va siendo hora de recordarlo.

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Dibujo: Guillermo Aveledo

En sus orígenes históricos, el humanismo cristiano latinoamericano se concibió a sí mismo como una fuerza inconforme, llevados sus militantes a la acción política en búsqueda del cambio social. Era, por tanto, una corriente revolucionaria, que pretendía ese cambio hacia y para una mayor libertad.

Con esa idea, estos movimientos fueron artífices de la construcción inédita de la democracia pluralista de masas en el continente. En muchas partes fueron víctimas de su éxito: si el poder tiene un sentido concreto para el humanista, es que no puede ser conservador. No debe deslumbrarse y satisfacerse desde el statu quo, ya que los logros políticos y sociales exigen cada vez más. ¿Cómo no exigir revolución cuando persiste la inequidad? ¿Cuándo se ve amenazado nuestro patrimonio democrático? ¿Cuándo se dilapidan los recursos naturales? ¿Cuándo campean flagelos transnacionales como los tráficos ilícitos?

 

Claro, la noción de revolución es polémica: devaluada por décadas de guerras civiles y violenta imposición caudillista, y luego tomada para sí por la izquierda marxista como el motor de la historia en su mesianismo finalista. El desprestigio del fracaso soviético y la pervivencia de pretendidas revoluciones no ayudan a la exigencia original, y muchas veces se renuncia al cambio por la sensata modernización.

Todo parte de un malentendido. El humanismo cristiano no es revolucionario porque niegue la historia, ni la agencia humana en la forja —imperfecta y variable— de su destino, sino precisamente porque pretende que las personas puedan ser libres, más participantes, más sanas. Un cambio, en suma, que trascienda “una simple revolución material”, necesaria pero insuficiente.

Construir sobre lo logrado, con orgullo y sin complacencia, sigue dando vigencia al ideal práctico de los partidos humanistas, un ideal revolucionario.

Guillermo Aveledo, @GTAveledo
Redacción

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Hora cero en Ucrania

Buena parte de los procesos electorales que tienen lugar año a año pueden reducirse a un procedimiento meramente formal, a […]

Por: Ana Jacoby 19 Sep, 2014
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Artículo original en español. Traducción realizada por inteligencia artificial.
Buena parte de los procesos electorales que tienen lugar año a año pueden reducirse a un procedimiento meramente formal, a través del cual se confirman o renuevan las elites gobernantes. De tanto en tanto, sin embargo, ese gigante dormido que es el pueblo se despierta para hacer una elección en el sentido más profundo del término. Son esos momentos en los que se manifiesta visceralmente, para decidir quién es y hacia dónde quiere ir. Son esos momentos en los que emerge como soberano y fundamento último del orden político.

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Fotografía:www.attac.es

Buena parte de los procesos electorales que tienen lugar año a año pueden reducirse a un procedimiento meramente formal, a través del cual se confirman o renuevan las elites gobernantes. De tanto en tanto, sin embargo, ese gigante dormido que es el pueblo se despierta para hacer una elección en el sentido más profundo del término. Son esos momentos en los que se manifiesta visceralmente, para decidir quién es y hacia dónde quiere ir. Son esos momentos en los que emerge como soberano y fundamento último del orden político.

El pueblo ucraniano se encuentra actualmente en esa coyuntura. Una ola de movilizaciones —inicialmente dirigida a conminar al presidente a firmar un acuerdo de asociación con la Unión Europea— ha conmovido al país en sus cimientos y resquebrajado el precario equilibrio que le permitía mantenerse a medio camino entre Rusia y Europa. Impulsada por la movilización callejera, la rueda de la historia se ha echado a girar con la radicalidad y la imprevisibilidad propias de los procesos instituyentes. En el minuto cero de la democracia, el pueblo ucraniano está redefiniendo su esencia, poniendo en cuestión su integridad territorial, su lengua, su religión, su identidad y su adscripción política y económica.

 

En pocos meses, el conflicto se ha cobrado la vida de casi mil personas y ha precipitado la dimisión del presidente Yanukovich, la intervención militar rusa y tres iniciativas separatistas en las regiones de Crimea, Lugansk y Donetsk. El escenario de una fractura territorial del país, en línea con lo vaticinado por Samuel Huntington en El choque de las civilizaciones, se ha convertido en una amenaza real.

Empujados al borde de un conflicto bélico internacional o una guerra civil, el país celebró a fines de mayo unas elecciones anticipadas. Los resultados electorales fueron contundentes y pusieron en evidencia la fractura histórica que atraviesa a la exrepública soviética. Sin el contrapeso electoral de las regiones prorrusas —que no participaron ni reconocen los resultados de la elección—, Petro Poroshenko fue electo presidente en primera vuelta, con un 54 % de los votos. A menos de un mes de los comicios, Poroshenko firmó el postergado acuerdo de asociación con la Unión Europea. De este modo, ha fijado un rumbo para la nueva Ucrania, esa que emerge fracturada y dispuesta a definir el curso de su historia estrechando sus vínculos con Europa. Una nueva espiral de violencia, sin embargo, está forzando al nuevo gobierno a volver sobre sus pasos. Poroshenko no descarta el llamado a nuevas elecciones para preservar la unidad territorial del país. El reloj de la historia volverá entonces nuevamente a la hora cero y los ucranianos retornarán al momento plebiscitario en que se constituyen como pueblo.

Ana Jacoby | @WAXJacoby
Ana Jacoby

Ana Jacoby

Doctora en Ciencia Política (Freie Universität Berlin). Licenciada en Ciencia Política (Universidad de Buenos Aires). Profesora Investigadora en el Centro de Investigaciones Jurídicas de la Universidad Autónoma de Campeche, México. Ha sido consultora externa en proyectos del Banco Mundial y la Unión Europea y coordinadora de proyectos sobre medios de comunicación y democracia en la Fundación Konrad Adenauer.

El Tocqueville de las Pampas

En una nota publicada recientemente en este medio, Guillermo Tell Aveledo se refería a la noción de un “pensamiento nacional” […]

Por: Ana Jacoby 19 Sep, 2014
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Artículo original en español. Traducción realizada por inteligencia artificial.
En una nota publicada recientemente en este medio, Guillermo Tell Aveledo se refería a la noción de un “pensamiento nacional” único y contraponía a esta idea monolítica la de una multiplicidad de pensamientos nacionales, en diálogo con diversas corrientes teóricas de América y el mundo. En sintonía con sus argumentos, en esta nota reseñamos la obra del escritor y estadista argentino Domingo F. Sarmiento, quien forjó su proyecto político teniendo a los padres fundadores de los Estados Unidos como principales interlocutores.

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Fotografía: Wikipedia.org – Fotógrafo Christiano Junior.

Domingo Faustino Sarmiento tuvo la bendición y maldición simultánea de escribir desde la periferia del mundo, con la libertad de quien se considera capaz de crear un orden político ex-nihilo y con la responsabilidad de quien está decidido a llevar a cabo semejante empresa. Como una suerte de Tocqueville de las Pampas, viajó frecuentemente a los Estados Unidos en busca de un modelo de organización política que le sirviera como referencia. En los escritores franceses y norteamericanos de la época encontró, asimismo, interlocutores con quienes compartir las preocupaciones y los sueños propios de quien está al frente de un país en proceso de gestación.

Recurrió a Montesquieu para analizar las dificultades de gobernar un territorio vasto y despoblado, retomando su descripción de las formas de gobierno más adecuadas para cada geografía. “El Espíritu de las Leyes” también resuena cuando Sarmiento se pregunta si las leyes deben adaptarse a las costumbres criollas o si la misión del legislador es, justamente, transformarlas. Encontramos asimismo referencias a Thomas Jefferson en su utopía de una democracia de pequeños propietarios rurales y claras muestras de admiración por Abraham Lincoln, de quien escribió una biografía. También son constantes las referencias a Alexis de Tocqueville, con quién comparte la admiración por el sistema educativo norteamericano, al que Sarmiento tomó como referencia para sentar las bases del modelo educativo argentino. La ética de los colonos norteamericanos es igualmente objeto de admiración compartida, aunque Tocqueville considere que esta moral se sostiene sobre un fundamento religioso y Sarmiento sea un férreo defensor de la educación laica.

Pero si hay un aspecto que Sarmiento admira de los Estados Unidos es la igualdad que observa entre sus ciudadanos en cuanto a su riqueza y su educación. Considera que esta igualdad de condiciones, constituye uno de los pilares de la democracia norteamericana, junto a la libertad individual. Resuenan aquí también los argumentos de “La Democracia en América” de Tocqueville, para quien la sociedad norteamericana se caracteriza “por tener sus condiciones igualadas y porque en ella las distinciones de orden y de clase ya no perduran”1. La república de iguales, en la cual “no hay ya castas privilegiadas y ociosas; la educación que completa al hombre (…) y todos los hombres tienen derecho a gobernar por el sufragio universal”2 , funciona en la obra de Sarmiento como horizonte normativo para la joven República Argentina.

150 años más tarde, la igualdad parece un objetivo cada vez más lejano, tanto en nuestras tierras como en los Estados Unidos. Así lo muestran las numerosas estadísticas que miden el coeficiente Gini o en el intenso debate que ha ocasionado el último libro de Thomas Piketty, con su detallado análisis sobre la concentración de la riqueza y su distribución durante los últimos 250 años. Y a medida que perdemos la perspectiva de vivir en una sociedad igualitaria, también parece alejarse la utopía democrática de nuestros padres fundadores.

Ana Jacoby | @WAXJacoby
1

-Tocqueville, A. (2011): “La Democracia en América”, Editorial Trotta – Página 86

2

-Sarmiento, D. F. (1993): “Viajes por Europa, África y América, 1845-1847”, Fondo de Cultura Económica – Página 90

Ana Jacoby

Ana Jacoby

Doctora en Ciencia Política (Freie Universität Berlin). Licenciada en Ciencia Política (Universidad de Buenos Aires). Profesora Investigadora en el Centro de Investigaciones Jurídicas de la Universidad Autónoma de Campeche, México. Ha sido consultora externa en proyectos del Banco Mundial y la Unión Europea y coordinadora de proyectos sobre medios de comunicación y democracia en la Fundación Konrad Adenauer.

El costo de la violencia en Centroamérica

Las pandillas, las bandas delictivas y el narcotráfico son protagonistas de una escalada de violencia en Centroamérica que ha puesto […]

Por: Carlos Castillo 1 Sep, 2014
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Artículo original en español. Traducción realizada por inteligencia artificial.
Las pandillas, las bandas delictivas y el narcotráfico son protagonistas de una escalada de violencia en Centroamérica que ha puesto en jaque a las instituciones del Estado, a la economía local y a la sociedad, con enormes riesgos. Es fruto de la corrupción, la debilidad de la autoridad y otros conflictos que se suman a este peligroso fenómeno.

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Foto: todanoticia.com

En el libro CeroCeroCero. Cómo la cocaína gobierna el mundo (Anagrama, 2014), el escritor italiano Roberto Saviano hace una descripción breve y puntual del origen de las llamadas maras, pandillas salvadoreñas creadas en Estados Unidos tras la emigración de miles de centroamericanos a ese país, quienes huían de los conflictos civiles y militares en los años ochenta y noventa del siglo XX en la región.

Las dos “alas” de estas pandillas, documenta Saviano, son la Mara 13 y la Mara 18, que cuentan, en conjunto, con un aproximado de 15.000 miembros en El Salvador, 14.000 en Guatemala y 35.000 en Honduras, dedicados a actividades como el narcomenudeo, “extorsiones, robos de coches u homicidios. Según el FBI, las maras son la organización de bandas callejeras más peligrosas del mundo”.

La actividad de las maras ha sido relacionada con cárteles de la droga mexicanos y con la extorsión contra miles de migrantes que cada año atraviesan la zona hasta el sur de México y con destino hacia Estados Unidos.

Es un grupo que destaca por su alto grado de violencia, por su organización aprendida de exmilitares y exparamilitares, y por la incapacidad de los Estados débiles para combatirlo. Como señala el propio Saviano, el crimen organizado prolifera y se extiende ahí donde los gobiernos son presas de la corrupción, donde las instituciones son precarias o simbólicas, y donde la ley es negociable al mejor postor.

Los costos políticos y sociales de estas organizaciones criminales son múltiples y van desde la descomposición del tejido social hasta la ruptura del Estado de derecho y la incapacidad de la autoridad de hacer valer la ley y mantener el monopolio de la fuerza. Los hay asimismo económicos, tal y como reporta el Banco Mundial, organismo que señala que tanto en Guatemala como en Honduras y El Salvador, el porcentaje de PIB destinado “a seguridad, procesos judiciales y atención médica derivados de la violencia extrema” es de 8 %, equivalente a 19.500 millones de dólares.

De igual modo, de acuerdo con el australiano Instituto para la Paz y la Economía, “el costo de la criminalidad y la prevención” se dispara a más de 19 % del PIB en Honduras, a 14 % en El Salvador y a cerca del 19 % en Guatemala; el gasto militar para combatir la violencia ha aumentado, por su parte, 27 % en Nicaragua y 18 % en Guatemala y Honduras.

La mayor parte de esos recursos son tomados de fondos destinados al desarrollo y, además, el aumento de la violencia afecta de manera directa a la inversión extranjera y nacional. En El Salvador, por ejemplo, 90 % de los pequeños empresarios sufren algún tipo de extorsión, y en Honduras, a marzo de 2013, 25 firmas industriales habían abandonado el país. Esta región en conjunto suma poco más de 43 millones de habitantes; cerca del 50 % viven en rangos elevados de pobreza y marginalidad y 7,7 millones padecen subnutrición, de acuerdo con la FAO.

 

El costo económico, social y político del crimen organizado en Centroamérica ha hecho sonar alertas que es prioritario atender; la omisión o la indiferencia hacia el tema han demostrado ser solo alicientes para el incremento de conflictos que son capaces de vulnerar hasta la raíz las instituciones del Estado y con ello sumir a la población en graves situaciones de indefensión. Falta, además de dinero, decisión política para alcanzar soluciones integrales de corto y mediano plazos, así como cooperación entre naciones para combatir el flagelo de maras, narcotraficantes y otras organizaciones criminales. (La información estadística de este texto fue tomada del diario El País, de Madrid, del 3 de agosto de 2014).

Carlos Castillo
Carlos Castillo

Carlos Castillo

Director editorial y de Cooperación Institucional, Fundación Rafael Preciado Hernández. Director de la revista «Bien Común».

Lo que vendrá

La salida de las dictaduras militares latinoamericanas en la década de los ochenta requería de tolerancia entre políticos que no […]

Por: Jorge Dell'Oro 1 Sep, 2014
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Artículo original en español. Traducción realizada por inteligencia artificial.
La salida de las dictaduras militares latinoamericanas en la década de los ochenta requería de tolerancia entre políticos que no pensaban de la misma manera. Nadie podía predecir cuánto duraría la gobernabilidad pero todos de alguna manera pusieron el hombro para consolidar la democracia. Se vivió una primavera democrática unida a una euforia de la sociedad, que llevó a los políticos y al periodismo a una legitimación ciudadana que hoy parece inimaginable.

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Foto: familiasparaelcielo.com

Muchas veces había ciertos rasgos de improvisación, pero la tolerancia hacía superar los problemas, pues todavía se podían escuchar ruidos de sables que acechaban. Había fe en un futuro mejor, nadie quería volver a dar un salto al vacío. Era necesario sacar el carro del pantano y en ello el periodismo tuvo un rol importante, pues apuntaló a las instituciones que en esa época eran frágiles, nutrió sus reportajes y notas con información que enriquecía el debate en la sociedad.

Lentamente, la política fue entrando en un discurso sin contenido; el periodismo fue siendo cada día más light, acompañando o propiciando la videopolítica como un espectáculo, particularmente impulsada por la televisión. Hoy la política es parte del espectáculo y los ciudadanos son pasivos consumidores de pobres contenidos, donde siempre opinan los mismos y cualquiera puede ser experto en todo.
La corrupción comenzó a ser sinónimo de política, y viceversa, pudriendo las bases de las instituciones hasta establecerse casi como la forma de hacer política. Los principales referentes de los partidos se acuchillan para defender su trozo de poder y la vulgaridad de pensamiento se ve agigantada por la forma ramplona de armar el relato.
Una parte de la prensa estimula esta manera de hacer política, donde el adversario pasó a ser un enemigo y debe ser destruido a cualquier precio. Los medios que antes proponían una información objetiva, hoy resultan parte de la pelea política.

 

Pero las cosas han comenzado a cambiar. La sociedad decepcionada, crítica e informada, tiene en sus manos herramientas para monitorear y fiscalizar las actividades políticas y periodísticas.
Los movimientos ciudadanos de presión son una nueva categoría social —al igual que se crearon en su momento los partidos políticos o los sindicatos— y significan un reencuentro de la política con la palabra, en los lemas, en las redes sociales y en los debates que en estas se dan.

La naturaleza de las audiencias en el siglo XX fue desarrollando información para que el público consuma las noticias programadas. Ese modelo comienza a desaparecer con el espacio digital. La digitalización exige el uso de la totalidad de los soportes técnicos; todo debe ser usado porque es una demanda de la sociedad.
El agotamiento de la retransmisión por los medios tradicionales marca el fin de la manera en que se creaban las audiencias e irá construyendo nuevas formas de realizar la comunicación social y política. Cada día hay menos pretextos para limitar una voz con otras voces y parece ser que eso es lo que vendrá.

Jorge Dell’Oro | @dellOroJorge
Jorge Dell'Oro

Jorge Dell'Oro

Argentino. Consultor en comunicación política

Dragones en palacio

La presencia económica de China en la región no debería sorprender; tal es la diversificación del capitalismo contemporáneo. Pero ¿debemos […]

Por: Redacción 29 Ago, 2014
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Artículo original en español. Traducción realizada por inteligencia artificial.
La presencia económica de China en la región no debería sorprender; tal es la diversificación del capitalismo contemporáneo. Pero ¿debemos preocuparnos por una influencia más sutil?

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Dibujo: Guillermo Aveledo

Las recientes visitas del presidente chino Xi Jinping a América Latina, junto con la próxima convocatoria en Beijing de una cumbre con la CELAC, muestran cómo el gigante asiático compite por dominio en la región. Las inversiones chinas han aumentado en el continente en las últimas dos décadas, y es un hecho incontestable que su presencia económica ha de cobrar importancia dado su rol en el capitalismo global.

Pero más allá de lo económico, hay una influencia poco percibida que va tomando cuerpo en la opinión de las élites latinoamericanas. La reiterada decepción hacia los postergados efectos de la ola democratizadora, las tribulaciones de las grandes sociedades abiertas de Occidente, junto con la propensión histórica al voluntarismo autoritario han hecho que nos fijemos en China como un modelo político a emular.

 

No sería la primera vez que evocamos la prosperidad que nos traería una mano dura. Orden y progreso nos cantaba el positivismo, mientras que las dictaduras desarrollistas de mediados del siglo pasado trataron de combinar la estabilidad negadora de derechos civiles con la modernización acelerada. Acaso una pretendida identidad geopolítica y una remota admiración ideológica haga que hoy a gobiernos que se autodefinen progresistas les guste la idea de un gobierno de partido hegemónico, agresiva centralización y restricción al debate público.
Es cierto que China es un éxito económico, pero más allá del rumor industrial de Shénzhen o las luces de Shanghái, el verdadero modelo chino es la opacidad estatal, la represión política y groseras desigualdades. Es un sistema cerrado que pone en peligro, de no reformarse, sus propios logros. Sería así un modelo calamitoso ante nuestro deseo histórico de sociedades más modernas, abiertas y participativas.

Sin duda las democracias dejan mucho que desear, pero tal es su naturaleza y una de sus mayores ventajas.

Guillermo Aveledo | @GTAveledo
Redacción

Redacción

Plataforma para el diálogo democrático entre los influenciadores políticos sobre América Latina. Ventana de difusión de la Fundación Konrad Adenauer en América Latina.

¿Quién le teme a la desigualdad?

Recientemente ha surgido un renovado interés acerca de la desigualdad como el tema político de nuestro tiempo y, con ello, […]

Por: Redacción 29 Ago, 2014
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Artículo original en español. Traducción realizada por inteligencia artificial.
Recientemente ha surgido un renovado interés acerca de la desigualdad como el tema político de nuestro tiempo y, con ello, nuevos temores frente a las consecuencias prácticas de las ideologías igualitaristas.

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Dibujo: Guillermo Aveledo

Madame Lagarde convocó a un foro en Londres para discutirlo; mister Obama ha dicho que es el problema esencial de nuestra generación; el best seller de no ficción del año es Capital en el siglo XXI, de Thomas Piketty, un voluminoso tomo económico que argumenta que se trata del rasgo esencial de la historia económica de los últimos cinco siglos; el papa Francisco ha declarado a millones que “es la raíz de los males sociales”: la desigualdad vuelve al centro del debate público tras años de ser relegada como una calamidad más.

Este frenesí ha desatado alarmas en la crítica económica y política liberal. “¡Marxistas, marxistas por todas partes!”, parecen acusar los comentaristas que estaban acostumbrados a ver en la desigualdad un hecho natural y no particularmente desafortunado; a fin de cuentas, la desigualdad en el mundo desarrollado no solo es menor, sino que la pobreza es una condición objetivamente mejor que en cualquier otra época.

 

Así como en el apogeo de la crisis global de 2008 volvían a los anaqueles los clásicos socialistas, hoy se teme que esta discusión dé nueva legitimidad a esas calamitosas ideas que pregonaban el “quitar a otro lo que es suyo o, bajo capa de una pretendida igualdad, caer sobre las fortunas ajenas”, como dijo León XIII hace seis generaciones.
Pero difícilmente podríamos acusar al FMI y a la Casa Blanca de rojos; Piketty ha declarado que “Marx le interesa poco”. Bergoglio ha descontado esa crítica, señalando que la pobreza y la desigualdad no son “temas comunistas”: son preocupaciones transversales al humanismo cristiano, y de particular interés para la Iglesia contemporánea. ¿Cuál es la sorpresa? La economía social de mercado lo dice claramente: la desigualdad es un desafío.

Frente al canto de sirena de los autoritarismos “prósperos”, el desafío para el humanista consiste en enfrentar la desigualdad y la pobreza como temas multidimensionales en sus causas y efectos más allá del acceso a mejoras materiales. La desigualdad —aún en relativa y discutible afluencia— afecta de manera cierta las posibilidades de participación democrática y congela los clivajes de clase actuales en futuras diferencias de poder. Por eso son esenciales prescripciones de política que enfrenten el problema hoy, sin que eso implique un igualitarismo a ultranza.
Un futuro democrático nos exige que temamos a la desigualdad, pero no a discutir sobre ella.

Guillermo Aveledo |@GTAveledo
Redacción

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Sin padres ni papeles

Un creciente número de niños intenta ingresar a los Estados Unidos en forma ilegal. La situación está desbordando a las […]

Por: Ana Jacoby 29 Ago, 2014
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Artículo original en español. Traducción realizada por inteligencia artificial.
Un creciente número de niños intenta ingresar a los Estados Unidos en forma ilegal. La situación está desbordando a las autoridades migratorias y amenaza con provocar una emergencia humanitaria.

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Foto: Manuel Rodríguez Lozano

Más de 47.000 niños han sido detenidos desde octubre del año pasado por ingresar en forma ilegal a los Estados Unidos. Provienen principalmente de El Salvador, Honduras, Guatemala y México y la cifra ya duplica las 24.493 detenciones hechas durante todo el 2013. Para fin de año se espera que alcancen los 90.000 casos. Este aumento exponencial llevó al presidente Barak Obama a hablar de una “situación humanitaria urgente” y a tomar medidas inmediatas. Se ha creado un programa de apoyo para estos niños, con fondos de USD 2.000 millones, y se han abierto refugios de emergencia en bases militares de Oklahoma, Texas y California para apoyar al refugio existente en Arizona.

Las autoridades gubernamentales atribuyen la oleada de niños migrantes a la violencia y a los problemas económicos que atraviesan sus países de procedencia. Por su parte, la oposición republicana la atribuye a las expectativas generadas por una iniciativa gubernamental conocida como Acción Diferida para Llegados en la Infancia, que permite a los menores diferir por dos a cuatro años los procesos de deportación. Desde su entrada en vigor en 2012, unos 600.000 extranjeros se han beneficiado con esta medida. Preso de sus propias promesas y a pocos meses de las elecciones de medio término, que amenazan con dejar a Obama gobernando con un Congreso opositor, la administración ha aclarado que los únicos que pueden acceder a este beneficio son quienes ingresaron al país antes de 2007.

 

La magnitud del problema está fuera de discusión. El debate se centra ahora en la solución que se puede ofrecer a estos niños. Actualmente, se intenta ubicarlos en Estados Unidos con un familiar que se haga responsable de ellos mientras se desarrolla el juicio de deportación. Si esto no es posible, son trasladados a refugios de emergencia y quedan a cargo del Departamento de Salud y Servicios Sociales. Sin embargo, una vez que se termina el juicio no resulta claro qué sucede con quienes no cuentan con un familiar que los reciba en su país de origen. Ante esta situación, el gobierno de Honduras analiza presentar acciones legales, alegando que la deportación masiva de menores contraviene tratados internacionales. Por su parte, diversas organizaciones civiles están presionando a Naciones Unidas para que se declare el estado de emergencia en la zona fronteriza y se otorgue a estos niños el estatus de refugiados.

Ana Jacoby | @WAXJacoby
Ana Jacoby

Ana Jacoby

Doctora en Ciencia Política (Freie Universität Berlin). Licenciada en Ciencia Política (Universidad de Buenos Aires). Profesora Investigadora en el Centro de Investigaciones Jurídicas de la Universidad Autónoma de Campeche, México. Ha sido consultora externa en proyectos del Banco Mundial y la Unión Europea y coordinadora de proyectos sobre medios de comunicación y democracia en la Fundación Konrad Adenauer.

La eterna búsqueda del porvenir

La calidad de vida de los ciudadanos de Latinoamérica a lo largo de este siglo XXI sigue manteniendo desigualdades importantes, […]

Por: Jorge Dell'Oro 29 Ago, 2014
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Artículo original en español. Traducción realizada por inteligencia artificial.
La calidad de vida de los ciudadanos de Latinoamérica a lo largo de este siglo XXI sigue manteniendo desigualdades importantes, más allá de que algunos de sus países hayan tenido importantes logros económicos. Algo que ha transformado al continente en la eterna tierra del futuro. Las clases dirigentes no han podido, no han sabido o no han querido poner énfasis en brindar igualdad de oportunidades a sus pueblos. Esto no tendrá remedio hasta tanto no se desarrollen políticas públicas que aseguren una enseñanza de calidad.

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Desde los albores libertarios de nuestros países, hace más de 200 años, venimos escuchando que estas tierras están llamadas a ser el continente del futuro. Entonces, ¿por qué a un territorio tan rico en recursos naturales le ha ido tan mal durante tanto tiempo? Ya en 1492 el economista inglés Angus Maddison, en The World economy: Historical statistics (París, OCDE, 2003), comparando con los estándares de vida de los indígenas, demostraba que las comunidades de lo que hoy es Bolivia o Perú tenían mejor calidad de vida que las comunidades de Norteamérica. Pero desde entonces los países de Latinoamérica fueron quedando atrás de los llamados países desarrollados. Y en los primeros años de este siglo, el ingreso per cápita promedio en la región es apenas un 20% del de Estados Unidos.

Las causas de esta pronunciada pendiente son múltiples, pero el motivo más grave de las catastróficas condiciones sociales de la región —incluyendo la pobreza y la desigualdad de ingresos— es, sin ninguna duda, el sistema educativo. La gran mayoría de nuestros países no han puesto énfasis en el sector, a pesar de los incrementos otorgados en los presupuestos.
No se ha podido mejorar el nivel de capacitación de la mano de obra y es notorio el rezago en relación con otros países en sectores clave como la formación de capital humano y el desarrollo productivo.

 

Los gobiernos están confundiendo mayor cobertura y mayor presupuesto como las variables de la mejora en la educación, cuando en realidad las que importan son el aprendizaje, la calidad de los programas y el nivel de los maestros y profesores. Si tomamos en cuenta la performance de algunos países que han participado en el Estudio sobre Tendencias Internacionales en Matemáticas y Ciencias (http://timss.bc.edu), veremos que los resultados fueron una catástrofe, con un puntaje muy bajo incluso por debajo de países con menores ingresos per cápita como Filipinas, Marruecos, Irán o Turquía, por citar solo algunos.

Si nuestros gobernantes no toman el tema de la educación con responsabilidad, el porvenir de las futuras generaciones será aún más incierto que el presente. Para que Latinoamérica salga de su pobreza, la solución es la educación.

Jorge Dell’Oro | @dellOroJorge
Jorge Dell'Oro

Jorge Dell'Oro

Argentino. Consultor en comunicación política

En Europa: los extremos se tocan

El 25 de mayo se realizaron las elecciones al Parlamento Europeo. Alrededor de 400 millones de votantes de 28 países […]

Por: Jorge Dell'Oro 29 Ago, 2014
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Artículo original en español. Traducción realizada por inteligencia artificial.
El 25 de mayo se realizaron las elecciones al Parlamento Europeo. Alrededor de 400 millones de votantes de 28 países miembros decidieron el destino de Europa para los próximos años. Un destino que se encuentra en un complicado dilema social y económico, donde parece ser que los extremos ideológicos se tocan.

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Nueva composición del Parlamento Europeo | Infografía: El País de Madrid

La crisis erosiona al Partido Popular Europeo. Si bien ha ganado 212 diputados y se mantiene como primera fuerza en el Europarlamento, ha perdido 53 escaños con relación a las elecciones del año 2009.

Esta elección está marcando la debacle del bipartidismo. Las grandes crisis económicas “provocan que la democracia se vuelva contra la democracia”, apuntaba un diplomático.
Se han abierto las puertas de un posible infierno. La gran recesión ha dado amplio crecimiento a las tendencias extremas, tanto de derecha como de izquierda. Comenzó a permear el discurso populista en los ciudadanos euroescépticos. La peligrosa abstención del 57% es también un síntoma de la poca credibilidad que despiertan los grandes partidos, afectados hoy por falta de líderes, mezquinas rencillas domésticas incapaces en dar solución a los graves problemas que afectan a no pocos países de la Unión Europea.

Las decisiones fundamentales para solucionar la crisis —que han afectado a millones de europeos— fueron tomadas por la troika (Comisión Europea, Banco Central Europeo y Fondo Monetario Internacional). Es percibida como la raíz de todos los males y ha sido cuestionada por la misma Comisión de Empleo y Asuntos Sociales del Parlamento Europeo, que la culpa de haber agravado la situación de pobreza y el paro en los países intervenidos: Grecia, Irlanda, Portugal, Chipre y la presión ejercida sobre España.

No caben dudas de que el ascenso de los partidarios de posiciones extremas complicará la gobernabilidad del proyecto europeo. Al parecer, Alemania, único país con liderazgo en la Unión, intentará una vez más impulsar el bien común y poner la nota de cordura y paz, como lo supo hacer después de las dos grandes guerras del siglo XX. Ojalá pueda lograrlo, ya no solo por el bienestar de los 400 millones de europeos, sino también como faro de las democracias del mundo.

Jorge Dell’Oro | @dellOroJorge
Jorge Dell'Oro

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Argentino. Consultor en comunicación política

Corrupción: un flagelo que se extiende

Hoy la infanta Elena y su marido, Sarkozy, el vicepresidente de Argentina, Berlusconi, el extesorero del Partido Popular español están […]

Por: Jorge Dell'Oro 29 Ago, 2014
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Artículo original en español. Traducción realizada por inteligencia artificial.
Hoy la infanta Elena y su marido, Sarkozy, el vicepresidente de Argentina, Berlusconi, el extesorero del Partido Popular español están siendo procesados por hechos que tienen que ver con la corrupción.

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Ilustración de Peridis © El País de Madrid

La política está cada día más salpicada por actos que van desde el tráfico de influencias hasta el soborno. Benedicto XVI decía: “Cuando el relativismo moral se absolutiza en nombre de la tolerancia, los derechos básicos se relativizan y se abre la puerta al totalitarismo”.

Mientras el mundo evoluciona en aspectos tecnológicos, las sociedades involucionan a una peligrosa permeabilidad a las prácticas corruptas.

Preocupado por esta tendencia el papa Francisco volvió a condenar la corrupción y alertó que la política está “desacreditada” por el fenómeno de los sobornos. En un reciente reportaje en el periódico Il Messaggero, dijo: “El problema de hoy es que la política está desacreditada, devastada por la corrupción, el fenómeno de los sobornos. La corrupción es por desgracia un fenómeno mundial. Hay incluso jefes de Estado que se encuentran presos por eso”.

El Papa advirtió que “el corrupto no tiene amigos, solo cómplices” y, pese a reivindicar la función política, sostuvo que “si no hay servicio en la base, no se puede entender la identidad de la política”. “No digo que sean todos corruptos, pero creo que es difícil permanecer honestos en política. A veces es como si algunas personas estuvieran fagocitadas por un fenómeno endémico, a diferentes niveles, transversal”, subrayó.

 

No eludió los hechos que también se han dado en el seno de la Iglesia cuando declaró: “Hay corruptos en la política, corruptos en los negocios y corruptos eclesiásticos. Están por todas partes. La verdad es que la corrupción es un pecado fácil de cometer para quienes tienen autoridad sobre los demás”.

Política y moral siempre han tenido una compleja relación; en más de un caso han sido incompatibles. Desde Maquiavelo a Weber, pasando por el propio Marx, la moral en ciertos políticos parecería ser algo descartable, subordinado a intereses superiores, cuando no una peligrosa reivindicación de personajes sobrios y virginales que pretenden organizar a la sociedad como si fuera un monasterio de carmelitas descalzas.

Podemos profesar cualquier ideología pero los mejores ideales no han decepcionado por sus contenidos o intenciones, sino porque son traicionados en nombre de la lógica del poder o la pasión por enriquecerse. Las sociedades tolerantes de dirigentes corruptos son cómplices y es muy probable que no tengan un destino promisorio. Como afirmaba el biólogo Alexis Carrel: “El sentido moral es de gran importancia. Cuando desaparece de una nación, toda la estructura social va hacia el derrumbe”.

Jorge Dell’Oro | @dellOroJorge
Jorge Dell'Oro

Jorge Dell'Oro

Argentino. Consultor en comunicación política

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