Los resultados del proceso electoral en Alemania marcan la necesidad de una reorientación de las estrategias partidarias con la finalidad de recuperar sus perfiles y la confianza de los votantes. Comienza una nueva etapa colmada de desafíos.

El escenario que nace a partir de las elecciones alemanas del domingo 24 de setiembre nos obliga a poner el foco en tres cuestiones fundamentales: la primera es la imperiosa necesidad de los partidos mayoritarios, CDU y SPD, de reconstruir sus perfiles; la segunda se relaciona con la llegada de la ultraderecha al Bundestag; y la tercera está emparentada con el impacto de la fragmentación parlamentaria en la formación de gobierno.

Sobre la gran coalición

El primer elemento a tener en cuenta es la caída del apoyo electoral a los partidos gobernantes. Por un lado, los socialdemócratas (SPD) que, luego de una campaña muy errática y sin capacidad de ofrecer un proyecto alternativo, obtuvieron el peor resultado de su historia (20,5 %). Por otro, la Unión Demócrata Cristiana (CDU) que, pese a ganar la elección, disminuyó su votación en ocho puntos (32,9 %). Ambos resultados dan cuenta de un elemento que no es nuevo pero que hoy se evidencia con más fuerza que nunca: la desaparición de perfiles diferenciados entre estas dos fuerzas.

Históricamente, la formación de una gran coalición era vista como una excepción. Respondía a la necesidad de una política de consenso en un contexto internacional muy complejo como el de mediados de los años sesenta. Casi cincuenta años después la gran coalición se ha convertido en una constante. Ocho de los últimos doce años, justamente los del gobierno de Merkel, fueron marcados por una alianza entre dos fuerzas políticas. Esta situación ha generado un proceso de erosión de los perfiles políticos de ambos partidos.

La CDU, junto a su partido hermano de Baviera (CSU), era la única opción política conservadora, y este escenario favoreció enormemente a la figura de Angela Merkel. La CDU creció hacia el centro y a partir de allí logró no solo mantenerse en el gobierno, sino también convertir a su líder en la dirigente política mejor valorada. Sin embargo, la aparición de la formación ultraderechista de Alternativa para Alemania (AfD) tuvo un impacto en los efectos positivos de esta dinámica para los conservadores. Con el correr del tiempo, y en especial luego de la llegada de los refugiados sirios a Alemania a fines del verano boreal de 2015, la CDU comenzó a perder votos a manos de AfD en las sucesivas elecciones regionales. Era un llamado de atención. En muchos de estos votantes latía la necesidad de expresarle al partido de la canciller que había que torcer el rumbo.

En ese contexto, la victoria segura de Merkel (los sondeos indicaban más de 15 puntos de diferencia respecto de Martin Schulz de la SPD varias semanas antes de las elecciones) ofreció la posibilidad de elegir algo distinto sin poner en riesgo su liderazgo. Y aquí es donde se explica la merma de casi dos millones y medio de votos que sufrió la CDU. Un millón y medio fue a engrosar el resultado de los liberales (FDP), que regresan a la vida parlamentaria con un aumento de seis puntos respecto de 2013 (10,7 %), y el millón restante se fue a los ultraderechistas de AfD.

No obstante, la peor parte en esta elección se la llevó el Partido Socialdemócrata. No solo obtuvo el resultado más bajo de su historia (20,5 %), perdiendo así casi dos millones de votos (-5,2 %), sino que desperdició a uno de los candidatos con mejor potencial de los últimos tiempos. Hace apenas siete meses Martin Schulz llegó a igualar en intención de voto a Angela Merkel. Una campaña sin norte, con mensajes demasiado abstractos y tratando paradójicamente de establecerse como alternativa a un gobierno del que el SPD forma parte fue la fórmula que llevó a la socialdemocracia a la debacle.

 

La ultraderecha

La contracara del resultado de los partidos mayoritarios se puede encontrar en el extremo del espectro político. AfD logró el 12, 6 % de los votos y con ello casi triplicó el caudal electoral de hace cuatro años. A través de su capacidad para capitalizar el descontento social sobre algunos temas presentes en la agenda, los ultraderechistas han logrado establecerse como la opción para aquellos que necesitan expresarse en desacuerdo con los partidos políticos tradicionales. Y lo más característico de este electorado, clave del éxito de AfD, es su transversalidad. El votante de AfD puede ser un obrero de clase baja residente de Sachsen-Anhalt que en 2013 había votado a die Linke (La Izquierda). Pero, al mismo tiempo, la ultraderecha puede recibir el sufragio del dueño de una pequeña empresa en el sur rico que se siente perjudicado por determinadas políticas europeas.

Esta heterogeneidad de AfD impide localizar un determinante del voto concreto. En efecto, el propio discurso político de AfD está diseñado para flexibilizarse al máximo y ser capaz de vehiculizar la frustración, el miedo o la indignación de cualquier tipo. En resumen, AfD representa un fenómeno político que rompe el eje izquierda-derecha y obliga a pensar otros clivajes explicativos.

La esperanza color Jamaica

Los resultados electorales se traducen en un Bundestag fragmentado como nunca se lo vio desde las primeras legislaturas. Siete partidos repartidos en seis grupos parlamentarios serán parte del nuevo Parlamento. Esto tiene consecuencias políticas importantes.

Por un lado, en la próxima legislatura podemos esperar una mayor centralidad de AfD en la escena política. Los partidos deberán reubicarse en la nueva relación de fuerzas y decidir si permitirán una derechización de la agenda pública o bien si instalarán sus propios temas.

Por otro lado, la casi inmediata negativa del SPD a formar parte de la oposición deja solo una opción a la canciller Merkel: la coalición Jamaica. El nombre se debe a los colores de los partidos conservador (negro), Liberal (amarillo) y Verde. Esta variante de rara nomenclatura consiste en un tripartito que en realidad se compone de cuatro actores, los tres arriba mencionados y la CSU de Baviera. No será fácil para estos partidos encontrar un punto de consenso.

No obstante, puede ser una buena solución para encarar los desafíos que se vienen. En un principio permitiría devolver a los partidos los perfiles perdidos antes mencionados. Y por otra parte también podría ser el motor para impulsar determinadas políticas que Alemania necesita profundizar. La digitalización y la energía renovable son ejemplos de ello.

Está claro que esta elección significa el inicio de una nueva etapa en Alemania. Y como tal, es una oportunidad para revisar lo realizado y plantear nuevas metas.

 

 

Franco Delle Donne | @fdelledonne
Argentino. Licenciado en Comunicación Social (Universidad Nacional de La Matanza, Argentina). Máster en Democracia y Gobierno (Universidad Autónoma de Madrid, España). Doctorando en Comunicación Política (Freie Universität Berlin, Alemania). Consultor en comunicación. Creador del blog eleccionesenalemania.com Colaborador en medios de Alemania e Iberoamérica.