La celebración de los 250 años de la declaración de la independencia de Estados Unidos, el próximo 4 de julio, ofrece una buena oportunidad para preguntarse si el fenómeno político de Donald Trump es una anécdota en la historia de la democracia más antigua y poderosa del mundo o la expresión de una tradición que reaparece en momentos de transformación profunda.
No parece un hecho aislado. En su visión de la política doméstica e internacional, especialmente la que involucra a América Latina, Trump recupera rasgos de una tradición antigua del país. El nacionalismo populista emerge en determinados contextos históricos y se apoya en la percepción de que el poder nacional está en riesgo por amenazas externas. En la conmemoración de los 250 años de la independencia de EEUU durante el segundo gobierno del republicano remite a la disputa entre tradiciones que ha atravesado la historia del país.
Lejos del internacionalismo liberal
La idea de que Trump abandonó cualquier tradición e inauguró algo absolutamente nuevo tiene un poderoso atractivo mediático. Pero es discutible si se considera que el internacionalismo liberal y las reglas multilaterales, que rompió, son una construcción relativamente reciente en términos históricos.
Desde Alexander Hamilton hasta Theodore Roosevelt y, en otro contexto muy distinto, Franklin D. Roosevelt, distintos presidentes han expresado preocupaciones vinculadas al papel internacional de EEUU y a su posición en el mundo.
Esa inquietud adoptó formas diferentes según cada etapa histórica. La administración Trump, en particular, se aparta de la idea de liderazgo y expansión del orden internacional liberal que se consolidó especialmente desde la posguerra. Esto marca un cambio relevante en la política exterior estadounidense. Es a partir de 1945 cuando el poder global se concentra de forma decisiva en EEUU.
El 47.º presidente de EEUU aparece como la expresión más radical de la corriente. Cuestiona que la paz internacional se sostiene en la promoción de instituciones democráticas, una idea influyente en buena parte de la política exterior estadounidense del siglo XX.
Pero no por ello puede sostenerse que la gestión internacional del mandatario republicano quede al margen de un debate más amplio de la política exterior estadounidense.
Evitar los compromisos permanentes
Con propósitos muy distintos, George Washington recomendaba evitar compromisos permanentes con potencias extranjeras, preocupado por las debilidades de una república naciente frente a los imperios europeos. Salvando las distancias, esa preocupación puede leerse como un antecedente de debates y decisiones que siguen presentes en EEUU.
La actual política de America First de Trump cuestiona las alianzas europeas porque las considera costosas y desventajosas para su país. No se trata de un repliegue por debilidad, como en los albores de la nación independiente, sino de una redefinición del cálculo de poder.
[Lee: ¿Por qué Cuba no pacta con Washington?]
Este 23 de junio, La Casa Blanca presentó el documento 2026 National Resilience Strategy. Busca fortalecer la capacidad del país para proteger sus intereses, disuadir adversarios y reducir los impactos de las crisis. En el comunicado oficial se hace referencia a que, en el marco de la celebración de los 250 años de la libertad e independencia de la nación, Trump “reafirma su compromiso de garantizar que EEUU siga siendo un país seguro, protegido y próspero”.
En todo ello resuena la advertencia de Thomas Jefferson contra las “entangling alliances”. Es una tradición inaugurada por George Washington, basada en la premisa de “sin alianzas que nos comprometan”.
Si para la joven república se trataba de evitar quedar atrapada en las disputas entre las potencias europeas, para Trump el cuestionamiento a las alianzas se basa en una percepción de costos excesivos que EEUU no tiene por qué cargar. Se contrapone a la visión de los líderes que, tras la Segunda Guerra Mundial, consolidaron una política de alianzas permanentes y un orden internacional basado en la cooperación institucionalizada.
El trumpismo se aleja de la tradición internacionalista que se consolidó en la Guerra Fría y que tuvo a Harry S. Truman como una de sus figuras centrales. Se aproxima a corrientes previas al conflicto, desconfiadas de los compromisos permanentes y orientadas a preservar la libertad de acción de EEUU.
De Monroe a Donroe
Y si el foco es América Latina, la Doctrina Monroe, formulada en 1823 en un entorno muy distinto al actual, funcionó como un mensaje hacia Europa y hoy como un marco de referencia frente a China.
La práctica de la llamada Doctrina Donroe es una reinterpretación contemporánea del corolario de la Doctrina Monroe bajo la administración Trump. Se ve en la mayor presión e intervención sobre Venezuela, en bombardeos en el Caribe contra embarcaciones supuestamente vinculadas al narcotráfico, en la exigencia de un cambio de régimen en Cuba y en el apoyo financiero a Argentina.
En ese escenario, es evidente que los países amigos de Trump en la región tienen mayores posibilidades de obtener beneficios económicos y de seguridad a partir del vínculo con la Casa Blanca. La iniciativa Escudo de las Américas es un buen ejemplo de ello.
Cambian los rivales y los instrumentos, pero persiste una lógica estratégica de largo aliento: evitar que una gran potencia externa gane influencia significativa en el hemisferio occidental.
El espacio político que representa Trump, más que una ruptura absoluta, constituye una expresión contemporánea de una preocupación histórica recurrente de la política exterior estadounidense: la preservación del poder nacional y de una esfera de influencia favorable a sus intereses.
En el contexto actual, esto supone evitar la penetración de China en su zona de influencia. Sobre todo mediante inversiones en infraestructuras sensibles como puertos, tecnología militar y sistemas de vigilancia, así como en sectores energéticos y en alianzas vinculadas a recursos estratégicos como las tierras raras.
La estrategia de combate al narcotráfico también permite trazar una tradición, aunque cada etapa responde a su propio contexto histórico.

Nixon y el narcotráfico
Las similitudes entre Nixon y Trump respecto al narcotráfico son más profundas de lo que parece. Cuatro aspectos permiten identificar ciertas semejanzas: 1) la percepción del problema como una amenaza a la seguridad nacional; 2) la persecución criminal, el control fronterizo y el fortalecimiento de las acciones coercitivas del Estado como herramientas centrales; 3) la vigilancia sobre los países productores y las redes de tráfico; 4) la asociación de las drogas con una crisis social y con un aumento de la criminalidad que afecta la convivencia.
Existe otra continuidad más general. Cuando en Washington se percibe una amenaza a la cohesión interna, la respuesta tiende a proyectarse hacia el exterior.
En los años setenta y ochenta, la guerra contra las drogas. Durante la Guerra Fría, el comunismo. Después del 11-S, el terrorismo. Hoy, además del fentanilo y los cargamentos de cocaína provenientes de América Latina, la rivalidad estratégica con China.
Desde una perspectiva histórica, los padres fundadores enfrentaron el desafío de construir una nación capaz de sobrevivir. Dos siglos y medio después, la generación de Trump enfrenta un reto distinto: cómo preservar el poder en un contexto en el que la supremacía indiscutida de EEUU se ve desafiada por el ascenso de China.
La política exterior estadounidense del siglo XX tuvo como matriz el pensamiento del presidente demócrata Woodrow Wilson. Resultó inspirador en etapas posteriores, incluidos los gobiernos de George H. W. Bush y Bill Clinton: un orden internacional basado en la cooperación a través de organizaciones internacionales, el imperio del derecho y la expansión de la democracia de mercado.
Ese orden ha perdido centralidad como referencia dominante, y es Trump quien lo lleva a un terreno desconocido.
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