Midterms: ¿el comienzo del fin para Trump?

Con una economía sin resultados contundentes, una guerra que presiona sobre los precios y una alta desaprobación, los republicanos enfrentan una elección legislativa de medio término que puede castigar la segunda presidencia de Trump

Por: Gabriel Pastor 1 Sep, 2026
Lectura: 7 min.
Midterms en EEUU, declive de Trump
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Artículo original en español. Traducción realizada por inteligencia artificial.
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En un momento de cambio geopolítico, las elecciones de mitad de mandato de EEUU, previstas para el 3 de noviembre, adquieren otra dimensión. Se renuevan los 435 escaños de la Cámara de Representantes y 35 de los 100 del Senado. Y aunque el presidente Donald Trump no figura en ninguna papeleta, será difícil separar la contienda de su figura.

Trump enfrenta un enorme reto respecto a la construcción de su liderazgo político: un discurso antisistema que le permitió capitalizar el descontento ciudadano con las élites de Washington y que fue una de sus principales ventajas electorales. Esta vez, sin embargo, no puede pedirle al electorado que vote por el cambio. Él es el poder que está en juego. Es el establishment.

La regla histórica

Hay dos razones por las cuales Trump será un candidato de facto. La primera tiene una perspectiva histórica. Salvo excepciones, casi ningún presidente ha conseguido evitar el desgaste propio de ejercer el poder y, al mismo tiempo, lograr que su partido salga fortalecido de las elecciones de medio tiempo. El presidente suele perder escaños en el Congreso porque este tipo de comicios ofrece a los votantes una oportunidad para expresar su descontento con el gobierno. 

En las elecciones de mitad de mandato durante el primer gobierno de Trump, en 2018, el Partido Republicano perdió unos 40 escaños en la Cámara de Representantes. Es donde más se refleja ese sentido plebiscitario de las midterms. El resultado mostró hasta qué punto el desgaste de un presidente puede trasladarse a los candidatos de su partido.

Desgaste del liderazgo

La segunda razón se vincula al liderazgo providencial que ejerce Trump II desde la Casa Blanca. Es una Presidencia mucho más personalizada que la de otros mandatarios, con una presencia dominante en la conversación pública. Redes sociales, televisión, radio y medios de comunicación convierten buena parte de sus intervenciones en acontecimientos políticos nacionales. 

Nada parece ser ajeno al presidente. Esta omnipresencia puede hacer todavía más difícil que los candidatos republicanos se diferencien de él o consigan que los votantes miren primero los problemas de sus propios estados y distritos.

Karl Rove, estratega republicano y exasesor de George W. Bush, acaba de sumar otro elemento que bien puede reforzar la idea del efecto perjudicial de Trump. La percepción de ser un líder fuerte, de sus principales atributos políticos y una de las bases sobre las que construyó su imagen, también se deterioró. Hoy son menos los estadounidenses que creen en su capacidad para imponerse y conducir el rumbo del país.

Como en general las midterms castigan al partido en el poder, la clave está en el tamaño de ese castigo. Y eso dependerá de cómo llegue el presidente a noviembre, de los resultados que pueda mostrar y de la capacidad de la oposición para convertir el malestar en votos.

¿Qué puede mostrar a los electores el 47.º presidente de EEUU? ¿Su America First llegó realmente a los hogares y al bolsillo de los ciudadanos?

Protestas en Nueva York, enero de 2025.

Siempre la economía

Sin duda, la economía es uno de los principales exámenes en las urnas. Y aquí hay que tener cuidado. No importa tanto si Trump cumplió o no con sus promesas. Importa qué resultados concretos consiguió para la masa de votantes que apostó por él esperando una mejora de vida. 

Los aranceles están en el centro de esa apuesta. Fueron una de las principales herramientas elegidas por el presidente para reordenar la economía estadounidense. O, mejor dicho, para recuperar un poderío industrial que Trump considera perdido y hacer que una mayor parte de la riqueza que produce el país se quede en casa. 

La lógica es conocida: proteger la producción nacional mediante aranceles, incentivar el regreso de la manufactura, atraer inversiones y crear empleos industriales mejor remunerados. En el discurso de Trump, una cosa debía llevar a la otra y terminar produciendo una economía más fuerte y menos dependiente del exterior.

Los datos disponibles ofrecen un balance inconcluso de cara a las elecciones de noviembre, aunque Trump quiera presentar otra realidad.

Un ejemplo relevante es lo que sucede en la industria manufacturera. El sector muestra algunas señales de estabilización. Pero los efectos de una política de este tipo toman tiempo. Levantar fábricas, trasladar producción y crear empleos industriales no ocurre de un día para otro, por lo que difícilmente esa transformación será muy visible para los votantes antes de noviembre, más allá de lo que indiquen las estadísticas.

Además, es poco probable que EEUU vuelva a los niveles de empleo manufacturero de los años 70. El sector llegó a concentrar 19,5 millones de puestos, años dorados de la industria que Trump reivindica. La economía cambió desde entonces y se desplazó hacia los servicios. Mientras, la automatización y ahora la IA, agregan una nueva presión sobre el empleo. 

Al mismo tiempo, el presidente sigue decidido a aplicar aranceles, incluso a algunos de sus principales socios comerciales, como Canadá. La apuesta por proteger la producción estadounidense tiene, sin embargo, un perjuicio para los consumidores, que en noviembre también serán votantes.

Llegará a noviembre sin una recesión, pero tampoco con un desempeño que permita a Trump presentar una victoria económica indiscutible. Hay crecimiento y una inversión empresarial no despreciable. Pero los hogares enfrentan otra realidad, marcada por la inflación acumulada, una menor capacidad de ahorro y una caída del ingreso.

El costo político de la guerra

Lo que parece difícil de evitar es que la guerra contra Irán perjudique a Trump en las urnas. El presidente que se había comprometido a no involucrar más a EEUU en conflictos ajenos terminó complicado en una guerra mucho más larga de lo que había previsto.

El conflicto convirtió a la energía en un problema electoral para Trump. La interrupción del tráfico por el estrecho de Ormuz elevó los precios del petróleo y llevó la gasolina en EEUU a subir alrededor de 60% desde el inicio del conflicto. El impacto no termina en las estaciones de servicio. Un combustible más caro encarece el transporte y presiona sobre el precio de otros bienes y servicios. Alimenta una inflación que termina sintiéndose directamente en el bolsillo de los electores.

La Casa Blanca puede argumentar que esos costos son necesarios para impedir que Irán desarrolle un arma nuclear y que se ponga en juego la seguridad nacional. Pero el votante puede hacer una cuenta más simple: cuánto cuesta llenar el tanque, cuánto cuesta hacer las compras y cuánto queda disponible después de pagar las facturas.

Protestas ante la guerra contra Irán. Junio, 2025. Foto: Xinhua/Hu Yousong.
Protestas ante la guerra contra Irán. Junio, 2025. Foto: Xinhua/Hu Yousong.

Al rojo vivo

Las encuestas parecen confirmar, por ahora, buena parte de estas señales. La aprobación de Trump está en su nivel más bajo desde que regresó a la Casa Blanca.

El promedio de las encuestas disponibles al cierre de este artículo muestra un balance desfavorable para Trump. El 39,6% de los estadounidenses aprueba su gestión, frente al 57% que la desaprueba. Esa tendencia se mantiene en distintas áreas de gestión. Solo la inmigración y la delincuencia aparecen como áreas relativamente más favorables para Trump. Aunque incluso allí el saldo entre aprobación y desaprobación continúa siendo negativo.

Por todo ello, Trump necesita que noviembre sea un juicio sobre sus adversarios y no sobre su gestión. Necesita que los votantes vuelvan a juzgar a los demócratas, una tarea cada vez más difícil para quien hoy ocupa el poder que prometió transformar para el bienestar de los estadounidenses.

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Gabriel Pastor

Gabriel Pastor

Miembro del Consejo de Redacción de Diálogo Político. Investigador y analista en el think tank CERES. Coordinador académico de +Uruguay, una fundación dedicada al liderazgo público.

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