De los commodities a la videovigilancia: la fórmula china para avanzar en Latinoamérica 

El investigador Dr. Evan Ellis explica en esta entrevista con Diálogo Político cómo Beijing construyó influencia en la región y repasa un capítulo poco explorado: la presencia de actores criminales chinos en la región.

Por: Agustina Lombardi 31 Ago, 2026
Lectura: 12 min.
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Artículo original en español. Traducción realizada por inteligencia artificial.
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Desde comienzos de este siglo, la presencia de China en América Latina pasó de ser marginal a ser una de las variables centrales de la geopolítica regional. Primero llegaron las inversiones y la infraestructura; después, la cooperación política; hoy, tecnología, seguridad y transporte. En esta entrevista con Diálogo Político, el Dr. Evan Ellis —quien sigue de cerca la relación entre China y América Latina desde hace más de dos décadas— repasa cómo se dio ese avance, qué lo diferencia de la cooperación tradicional de Estados Unidos y Europa, y qué implica para la región un vínculo que, sostiene, no siempre viene acompañado de las mismas exigencias institucionales.

El salvataje chino

Desde el inicio de este siglo la presencia de China en la región creció exponencialmente: al principio en inversiones, en infraestructura, y también en cooperación política. Ese avance tan abrupto, ¿se dio por una menor presencia de EEUU en la región? Y en ese caso, ¿a qué se debió esa menor atención de EEUU durante ese período?

Lo primero que hay que decir es que China empieza a partir de sus propios intereses. Eso suena bien. Pero a veces también son intereses de Estado: acceso a los commodities al mejor precio posible y realizando el valor agregado para sí misma. Y, por supuesto, también acceso a mercados. Con ciertos productos de alta tecnología o de manufactura es más fácil para China entrar en los mercados de países en desarrollo que en Europa o EEUU. 

Y también, por supuesto, utilizando la construcción de relaciones y de redes; infraestructura vial, eléctrica, de telecomunicaciones y digital. Ahí vemos una triangulación entre sus compras de commodities, su acceso a mercados y el uso de la infraestructura para extenderse hacia otras áreas. Todo esto suena puramente económico, pero también trae consigo una búsqueda de influencia, con implicancias políticas. La expectativa de beneficios puede ser legítima desde la perspectiva china. Pero distorsiona el debate: las personas ya no quieren decir nada crítico sobre China, porque entienden que eso podría poner en jaque sus ganancias.

Desde el principio, este plan económico ha tenido implicancias en el discurso de las sociedades democráticas y en la comprensión real de lo que es China. Y también se nota en el ámbito político, algo que no es necesariamente agresivo, pero sí una orientación a crear un mundo “seguro” para el avance de China.

Por ejemplo, sus iniciativas globales de desarrollo involucran intercambios científicos y espaciales, pero con esto vienen preocupaciones sobre adquisición indebida de tecnología. Su Iniciativa Global de Seguridad suena a colaboración. Pero también construye los vínculos que China podría utilizar si en el futuro quiere operar de otra manera en la región. En definitiva, no digo que sea un complot nefasto, pero la búsqueda de sus propios intereses ha tenido grandes implicancias para el futuro económico y los beneficios de América Latina, para el discurso político, y hasta para la dinámica de los medios de comunicación.

“Respeto por la soberanía”

Lo que queda pendiente de esta primera pregunta es si el fuerte avance de China, más allá de la estrategia que viene desde Beijing, se dio porque hubo menos presencia u otras prioridades de EEUU en la región durante ese período. 

Sí y no. Primero, esta región era sumamente pacífica, sin guerras, sin el nivel de problemas que había en otros lugares del mundo. Obviamente, uno pone más recursos donde percibe que hay problemas más inmediatos, aunque de todas formas hubo muchos programas acá. Pero lo que yo veo, más que nada, es que esto tiene que ver con la dinámica que estaba ocurriendo en Asia. Si uno mira el retiro de inversión de América Latina en los años 2000, no tiene tanto que ver con la política de EEUU sino con que China estaba en alza, al igual que los tigres asiáticos. Los patrones de inversión de las empresas mundiales estaban yendo hacia Asia y retirándose de América Latina. 

Recuerdo muy bien en 2004, cuando Hu Jintao, entonces presidente de China, fue a Santiago: vi el entusiasmo. Ese entusiasmo no tenía que ver con una negligencia de EEUU, sino con que los empresarios del resto del mundo se habían retirado. Cuando los chinos llegaron anunciando cien mil millones de dólares en inversión en diez años, mucha gente quedó asombrada. Entre 2004 y 2007 vi mucha de esa tensión. Programas educativos empezaban a preguntarse “necesitamos saber de China”, empresarios diciendo “necesitamos una oficina en China”, entidades de promoción comercial como ProChile pensando en desarrollar oficinas allá. 

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Para mí, esto no tiene tanto que ver con una negligencia de EEUU, sino con una respuesta a hacia dónde se movía el mercado mundial. Y creo que también dice algo positivo sobre la política de EEUU en ese momento. No hubo una postura de “ustedes no pueden avanzar en esto”. Era más bien: “China está haciendo esto, lo estamos observando, pero no vamos a resistirlo activamente, porque son países soberanos”. Para mí no era tanto un descuido sino, en cierta forma, un respeto por la soberanía.

Pero poco a poco, China se volvió más agresiva, más predatoria en lo económico, y más problemática en áreas como el sector digital. Y cuando llegamos a 2017, con la primera administración Trump y su nueva estrategia de seguridad, el debate en EEUU ya se había resuelto: esto se estaba convirtiendo en un problema más amplio y había que tener una política más proactiva.

Las preocupaciones de EEUU

Con Trump y su política hemisférica, el territorio latinoamericano es más visiblemente un espacio de disputa entre China y EEUU. ¿Qué está en juego para EEUU y cuál es la mejor manera que tiene de competir?

—Es una buena pregunta. Hay cosas que impactan a Estados Unidos, especialmente en temas de seguridad. Pero también hay muchas cosas que impactan el propio interés de la región, tanto económica como políticamente. 

Primero, la dimensión económica: para mí hay una cuestión de quién se beneficia. No digo que toda la inversión china sea mala o que todo el comercio con China sea malo. Si hay transparencia, instituciones fuertes y se aplican las leyes, es posible generar beneficios reales. Pero a veces la naturaleza de China como socio, y de ciertas empresas en particular, es problemática. Y no es exclusivo de América Latina. En Europa, empresas como Volkswagen o BMW también tuvieron esa experiencia, al punto de que hoy el mercado europeo se ha vuelto más cauteloso respecto a la protección de la propiedad intelectual.

Lo que veo son prácticas de contratación indebidas que quizás no se ven tan negativamente en la cultura china. Por ejemplo, cuando el contrato de intermediación para ganar una licitación pública termina en manos de un familiar de un funcionario. También, a veces, no realizar los estudios de impacto ambiental necesarios. Por ejemplo, el caso de Uruguay con CMEC. El acuerdo establecía que el 80% de la mano de obra debía ser uruguaya, pero la empresa terminó empleando indebidamente a unos quinientos trabajadores chinos y solo doscientos uruguayos. Esto ocurre en muchas partes del mundo donde la institucionalidad es débil. Mi punto es que hay ciertos hábitos de contratación que impactan en quién termina ganando. 

Y también está la coordinación entre el Estado y las empresas, y entre las empresas chinas mismas. Por ejemplo, la dificultad de Ericsson y Nokia para ganar contratos de 5G cuando Huawei ya coordina con los demás proveedores quién se queda con cada contrato. De a poco surge esta preocupación por los monopolios y por quién termina fijando los estándares. Todas estas cuestiones son sobre quién se beneficia. Para EEUU, cuando las condiciones en América Latina no son sostenibles, cuando hay problemas de gobernanza, de corrupción, de violencia, de migración forzada, esto impacta directamente a EEUU.

En segundo lugar, tanto EEUU como los países europeos han condicionado su cooperación y sus préstamos a un plan de buena gobernanza. China, en cambio, viene con una lógica de “mientras traten bien a los inversores chinos, toman el dinero”. Ese arreglo, en cierta forma, socava la buena gobernanza. Refuerza ciertos riesgos que siempre hemos visto en América Latina, debilitando la capacidad para exigir buena gobernanza y democracia.

Por otro lado, cuando empresas chinas venden sistemas de videovigilancia, como el Carnet de la Patria en Venezuela, ECU-911 en Ecuador, o sistemas similares en Bolivia, eso llega a extender la vida de ciertos gobiernos. Hoy China le está dando paneles y sistemas solares a Cuba en la situación actual. Pero antes, durante las protestas de julio de 2021 en Cuba, la manera en que el gobierno cubano pudo cortar la comunicación de los manifestantes fue justamente a través de ese sistema de redes provisto por China.

Además, hay preocupaciones sobre el acceso a minerales críticos y sobre el acceso al mercado estadounidense. En los últimos cinco o seis años vi muchísimas empresas chinas invirtiendo en México, especialmente en Nuevo León e Hidalgo, tratando de reinventarse como empresas mexicanas para acceder al mercado de EEUU sin pagar aranceles, importando componentes desde China. Desde la perspectiva estadounidense, eso genera un problema real.

Los cinco problemas del crimen chino

Poco se habla de las redes criminales vinculadas a actores chinos. ¿Qué tan significativo es este fenómeno en la región? ¿Cuál es la situación?

Aunque China no es el actor principal en materia de criminalidad, es cada vez más un problema en varias áreas. Menciono cinco.

Primero, el abastecimiento de precursores químicos. No solo para el fentanilo fabricado en Sinaloa con insumos que llegan directamente desde fábricas chinas hacia EEUU. Sino también para las metanfetaminas producidas en México que van hacia Europa, entrando por Róterdam o por Hamburgo, entre otros puertos. El gobierno chino, hasta donde he visto, no muestra demasiado apuro en colaborar activamente. Si China puede controlar el discurso de mil cuatrocientos millones de personas, sería ingenuo pensar que no puede poner límites a unas pocas miles de empresas petroquímicas.

Segundo, redes de tráfico y trata de personas. Principalmente en el Caribe, pero también en lugares como Perú o México, a veces vinculadas a comunidades chinas pequeñas y poco visibles, para explotación laboral y otras actividades como los juegos de azar y los casinos, que facilitan el lavado de dinero, además de actividades de extorsión.

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Tercero, la cadena de valor de la minería ilegal. Especialmente de oro. Abastece no solo el mercurio que envenena el medioambiente, sino también a los propios mineros, en el interior de Surinam, de Guyana, en la zona del Orinoco en Venezuela, o en Madre de Dios, Perú. A veces también hay compradores locales vinculados a empresas chinas.

Cuarto, la pesca ilegal. Frente a Galápagos, frente a la costa de Perú y Chile, en el estrecho de Magallanes, en la zona económica exclusiva de Argentina. 

Y quinto, la participación en el lavado de dinero. No solo a través del comercio de bienes sino con esquemas cada vez más sofisticados. Menciono uno: el llamado “dinero volador”. El problema era cómo repatriar a México el efectivo ganado por afiliados de Sinaloa en EEUU. Lo que hicieron fue entregar el dinero a bandas chinas en EEUU, que transfirieron el control de ese dinero a personas adineradas en China que buscaban tener el dinero fuera del país por temor al autoritarismo chino. Esas mismas personas transfirieron créditos desde bancos chinos a latinoamericanos, quienes usaron esos créditos para importar bienes comerciales desde China, completando así el lavado. El dinero nunca cruzó fronteras. Y esto es muy difícil de rastrear porque las cuentas bancarias chinas son poco transparentes.

Entonces, no es el actor más grande en volumen dentro del crimen organizado, pero sí tiene vínculos, tiene participación multifacética, y para mí es una parte importante del problema. 

Las elecciones en EEUU

Si Trump llegara a perder peso político tras las elecciones legislativas, ¿creés que eso modificaría la política de EEUU hacia América Latina?

Primero hay que decir que las decisiones sobre América Latina son, en gran medida, decisiones del Poder Ejecutivo, en cuanto a la gestión del Departamento de Estado, el financiamiento y el presupuesto de ciertos programas, principalmente a través del secretario Rubio. Nuestro Congreso tiene un rol en cuanto a las delegaciones congresionales y la autorización de ciertos programas, pero la orientación general del Departamento de Estado no depende necesariamente de eso.

Sí podríamos ver, en ese escenario, un aumento en la disputa sobre los fondos, y también hay que considerar quién controla el Congreso: quien controla el Congreso no solo controla el presupuesto sino quién preside las comisiones (committees), y quien preside las comisiones controla en buena medida su agenda y su personal. Entonces sí podríamos ver que ciertas audiencias y el enfoque de esas comisiones cambien si cambia el control de la Cámara.

Pero, en cuanto al rumbo definido por la Estrategia de Seguridad Nacional y la Estrategia de Defensa Nacional, honestamente me preocupa más que ese tipo de pelea entre partidos termine siendo una distracción para la eficacia de nuestras políticas, más que forzar necesariamente un cambio fundamental en algo que tradicionalmente está liderado por el Poder Ejecutivo. 

Agustina Lombardi

Agustina Lombardi

Editora adjunta de Diálogo Político Periodista. Licenciada en Comunicación por la Universidad de Montevideo. Posgrado en Comunicación Política por la UM.

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