El 12 de abril de 2026, Donald Trump acusó al papa de “ponerse del lado de Irán” y sugirió que había sido elegido como un “contrapeso americano” a su gobierno. La respuesta de León XIV fue breve. Dijo no tener “ningún miedo” a la administración y agregó que no quería “entrar en un debate con él”. Seis días después, ambas partes bajaron el tono. El pontífice no retrocede, pero tampoco escala. Fija una posición y deja que el otro decida cuánto conflicto quiere.
Más allá de su autoridad religiosa, ¿qué tipo de actor político es León XIV? La Santa Sede no tiene divisiones militares ni un mercado interno para iniciar una guerra de tarifas. Tiene una red de más de 180 relaciones diplomáticas, una capacidad única para plantear temas y una tradición moral propia que la convierten en promotora del bien común y de la dignidad humana. Lo que cambia con cada papa es cómo se usa ese capital.
Gobernar con textos
Lo primero que define a León XIV es el instrumento. No gobierna con gestos ni con frases sueltas. Gobierna con textos. Sus intervenciones más importantes son discursos leídos, una encíclica de más de 250 numerales y alocuciones basadas en un clásico. Cada palabra está elegida para durar más que la noticia que la provoca.
El ejemplo más claro fue el discurso al Cuerpo Diplomático del 9 de enero de 2026. Para hablar de guerra, migraciones y libertad religiosa, el Papa eligió como hilo conductor el De Civitate Dei de San Agustín. No propuso un programa político. Ofreció categorías para leer el momento. Allí advirtió que el diálogo estaba siendo reemplazado por “una diplomacia basada en la fuerza”. Era una semana después de la intervención militar en Venezuela y siete semanas antes de la guerra con Irán.
Hay un segundo rasgo. León XIV privilegia la palabra exacta por encima del impacto inmediato. En Francia, en septiembre, no habló de “laicidad positiva”, como lo hizo Benedicto XVI en 2008. Habló de “justa laicidad”. La palabra remite a una medida, a algo que puede quedarse corto o pasarse de rosca. Quien elige así los adjetivos no improvisa una diplomacia: administra una tradición.

Diplomacia sin estridencia
Esa preferencia por el texto no implica pasividad. En agosto de 2026, el arzobispo Paul Gallagher, responsable de las relaciones con EEUU, viajó a Moscú. Fue la primera visita de ese nivel desde la invasión de Ucrania. No llevó una mediación incondicional. Llevó una frase: “Esta guerra debe terminar”, y un pedido de negociaciones “claras y transparentes”. El canal se mantuvo abierto sin conceder el relato ruso.
El esquema se repite con Washington. Ante la guerra con Irán, el papa citó a Isaías el Domingo de Ramos: “(Dios) no escucha las oraciones de quienes hacen la guerra”. Cuando Trump amenazó con que “toda la civilización” iraní moriría esa noche, lo calificó de “inaceptable”. Y cuando el presidente respondió con un ataque personal, el pontífice se negó a responder de manera personal.
La migración siguió la misma lógica. El 17 de junio, en Castel Gandolfo, le preguntaron por la “remigration”, la expulsión masiva de extranjeros que algunos actores políticos europeos promueven. León XIV no pronunció una condena. Dijo algo más incómodo: decir “los mandamos de vuelta, así nos lavamos las manos del problema,” no le parecía “la respuesta más cristiana”. Y pidió revisar los casos uno por uno. La fórmula desarma al adversario porque no lo expulsa de la conversación. Lo obliga a justificarse ante ella.
Babel o Jerusalén
El tema en el que esta forma de actuar se vuelve más visible es la inteligencia artificial. La encíclica Magnifica Humanitas, firmada el 15 de mayo de 2026, cuando Rerum novarum cumplía 135 años, no es un documento técnico. Es una decisión política. Al elegir el nombre de León, el papa anunció que la IA sería la cuestión social de su pontificado, al igual que lo fue la cuestión obrera para León XIII.
¿Por qué importa que el Vaticano intervenga? Por un diagnóstico que la encíclica formula sin rodeos. En el pasado los Estados orientaban la innovación. Hoy los motores son actores privados, a menudo transnacionales, con recursos superiores a los de muchos gobiernos. Nvidia vale más que la suma de las economías de Brasil, México y Argentina. Ninguna inversión en centros de datos pasó por el parlamento. Frente a un poder de rostro privado, los interlocutores clásicos de la política ya no alcanzan.
La Santa Sede es casi el único actor global capaz de sentar a gobiernos, empresas y tradiciones religiosas en la misma mesa. En la presentación de la encíclica, Chris Olah, cofundador de Anthropic, pidió “voces morales que no se dejen doblegar por los incentivos”. Una voz así solo puede responder a algo anterior a los incentivos. La encíclica reformula la pregunta en esos términos: no “sí o no a la tecnología”, sino construir Babel o reconstruir Jerusalén.
El efecto político fue inmediato. El 28 de septiembre, de regreso de Francia, el papa dijo que las advertencias de los expertos sobre la seguridad de la IA “deben tomarse en serio” y que no son “fake news”, como algunos han dicho. Trump había calificado esas preocupaciones de engañosas. Otra vez el patrón: una corrección sin nombre propio.
Contrapeso involuntario
Queda una tensión que el propio estilo no resuelve. El primer papa estadounidense se convirtió, sin buscarlo, en el principal contrapeso moral de un presidente estadounidense. Un actor cuya fuerza depende de hablar en nombre de principios puede quedar atrapado en la lectura partidista de sus palabras. Que León XIV lo sepa explica su negativa a debatir con las personas.
Para América Latina, la cuestión no es menor. Es la región donde la migración, la dependencia tecnológica y la erosión democrática convergen con mayor claridad. Un papa que habla con textos y no con consignas ofrece algo distinto a una bandera: un vocabulario común para discutir. Si las democracias de la región sabrán usarlo es otra cuestión.