Estados Unidos amaneció con un mapa político distinto tras las elecciones de medio término. Los Demócratas arrebataron el control de la Cámara de Representantes y del Senado a los Republicanos, y en la Cámara Alta quitaron a los republicanos escaños en estados clave como Ohio, Iowa, Carolina del Sur, Maine, Carolina del Norte, Kansas y Texas.
Solo en cinco ocasiones desde la Segunda Guerra Mundial un partido ha volteado ambas cámaras en unas elecciones de medio término. En 9 de los 23 comicios de este tipo desde 1934 el partido del presidente perdió el control de al menos una cámara. Sin embargo, en la coyuntura actual donde el reposicionamiento global de los Estados Unidos es indiscutible, importa y mucho.
Donald Trump felicitó a los demócratas, pero dejó claro que no ve el resultado como un rechazo a su liderazgo. La nueva formación en Diputados será 228 Demócratas y 139 Republicanos con 68 por definir todavía. El Senado con 54 Demócratas y 44 Republicanos con 2 por definir, y a nivel territorial 28 gobernadores Demócratas y 22 Republicanos.
Al margen de la lectura sobre dónde y cómo ganó o perdió un partido, ¿qué puede hacer el presidente de los Estados Unidos cuando el Congreso ya no es suyo? Veamos cuatro claves:


1. La pluma presidencial
Aunque el Congreso controle la legislación, el Ejecutivo puede gobernar a golpe de órdenes ejecutivas: orienta a la administración, ajusta regulaciones y fija prioridades dentro del marco legal. Trump ya acumula 288 órdenes en su segundo periodo frente a las 220 que firmó en todo su primer mandato. ¿Recuerdan el Liberation Day y la guerra de aranceles? Solo el primer día del nuevo gobierno se firmaron 26 órdenes ejecutivas, sin Parlamento. Aunque el ritmo ha bajado desde entonces (46 en enero de 2025 frente a 11 en septiembre de 2026), la herramienta sigue disponible.
El pasado 20 de febrero la Corte Suprema anuló por 6 votos a 3 los aranceles globales amparados en la ley de poderes de emergencia. Ese mismo día, el presidente Trump anunció un arancel global del 10% bajo otra norma, la Sección 122, mientras los aranceles de la Sección 232 sobre autos, acero, aluminio y cobre seguían vigentes. La lección es doble: los tribunales pueden frenarlo, pero el presidente casi siempre encuentra otra puerta.
2. ¿Jurisdicción global?
La Constitución de los Estados Unidos otorga amplio margen en política exterior al jefe del gobierno: dirige la diplomacia, comanda las fuerzas armadas y negocia acuerdos. Latinoamérica lo vio con claridad en enero, cuando Trump ordenó entrar en Venezuela y capturar a Nicolás Maduro en una operación militar. El Congreso reaccionó, pero tarde y a medias. El Senado avanzó por 52 a 47 una resolución de poderes de guerra para exigir autorización previa, con cinco senadores republicanos junto a los demócratas. Pero los republicanos lograron impedir la votación final. Trump, por su parte, dijo que el voto afectaba la seguridad nacional y desde entonces ha avanzado en la supervisión e influencia del negocio petrolero venezolano como principal patrimonio internacional obtenido en lo que va de mandato.
Con los demócratas controlando ambas cámaras, esa resolución tendrá otras perspectivas. Aun así, tendría que superar el veto presidencial, lo que nos lleva a la siguiente clave.
3. El veto, el muro final
Para revertir un veto del presidente, las cámaras necesitan dos tercios: un umbral que rara vez se alcanza. Este es un ejemplo nítido: en diciembre de 2025, Trump vetó dos proyectos bipartidistas. En enero, la Cámara votó 236 a 188 para anular uno de ellos, pero se quedó corta frente a los 284 votos requeridos, y eso con 35 republicanos sumándose a los 213 demócratas en el otro intento. Si no llegaron los dos tercios con proyectos que habían salido unánimes, difícilmente llegarán con temas polarizantes. El veto sigue siendo el blindaje más sólido del poder presidencial.
4. La burocracia es de la Casa Blanca
En Washington el presidente designa a los titulares del gabinete y de las agencias, e imprime dirección a la implementación de las normas sin aval legislativo diario. Lo hizo este año sin pedir permiso: destituyó a Kristi Noem en Seguridad Nacional y luego a Pam Bondi en Justicia, dejando al fiscal adjunto Todd Blanche como fiscal general interino.
Pero el golpe mayor llegó de la Corte Suprema porque el 29 de junio, en Trump versus Slaughter, el tribunal decidió por 6 a 3 que el presidente puede remover a voluntad a los jefes de unas dos docenas de agencias independientes. En una decisión paralela, 5 a 4, preservó la protección de los gobernadores de la Reserva Federal. El árbitro supremo ha ampliado su control sobre el aparato federal, pero esto no quiere decir que el jefe de gobierno deja de tener juego. De hecho, una práctica que se ha hecho habitual en el actual periodo es trasladar la pugna de poderes a los tribunales.
Los nombramientos de alto rango requieren confirmación del Senado, y con mayoría demócrata a partir de enero, cada nominación será una negociación. Es una inferencia mía, pero razonable: más figuras interinas y más pulso con la Cámara Alta.
El otro lado de la moneda
Sería un error ver el cambio en el Congreso como un cheque en blanco al partido Demócrata, que de momento no tiene una figura consolidada para las próximas presidenciales. El Congreso controla el presupuesto, la Cámara en manos opositoras trae investigaciones, citaciones y, si lo decide, juicio político. Quien gobierna por decreto lo hace sobre arena: lo que firma un presidente lo deshace el siguiente.
La política estadounidense no funciona como un péndulo que lo arrastra todo, sino como una máquina de contrapesos diseñada para que nadie lo controle todo y nadie se quede sin nada. El votante puede castigar al presidente, pero no puede quitarle sus facultades constitucionales. Y el presidente puede usarlas con amplitud, aunque chocará siempre con las del Congreso y los jueces.
Por eso la segunda mitad del mandato no se decidirá solo en los textos legales, sino en la habilidad estratégica. Ahí está la diferencia entre un Ejecutivo que se atrinchera con vetos y decretos, y otro que sabe negociar con quien acaba de ganarle las elecciones. En Washington, perder el Congreso no equivale a perder el poder, pero obliga a ejercerlo de otra manera.
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