La primera vuelta presidencial dejó un escenario de máxima polarización entre el oficialista Iván Cepeda y el outsider de derecha Abelardo de la Espriella. El resultado expresa el agotamiento del centro político y la discusión sobre cómo enfrentar la inseguridad como principal preocupación. La Presidencia se definirá en una segunda vuelta electoral el 21 de junio.
Los resultados electorales preliminares se distancian de lo que indicaban las últimas encuestas, concentrando la mayoría de los votos entre De la Espriella y Cepeda. Paloma Valencia, del Centro Democrático, quedó rezagada en tercer lugar con 6,92% de los votos, lejos del 14% que proyectaban algunos sondeos previos.
Ambos finalistas representan opciones de los extremos del sistema político. Mientras Cepeda propone profundizar la transformación iniciada por el actual presidente, Gustavo Petro, De la Espriella promete romper con buena parte del consenso político tradicional.
Colapso del centro y reconfiguración del sistema político
El resultado, que concentra cerca del 83% de los votos en las dos candidaturas que llegaron al balotaje, refleja la consolidación de una dinámica política cada vez más polarizada. Las opciones moderadas no fueron capaces de articular una alternativa competitiva en respuesta a las demandas sociales y el desgaste ciudadano.
Ante la candidatura de Valencia, apoyada por el expresidente Álvaro Uribe, e incluso líderes internacionales como Cayetana Álvarez de Toledo, la candidatura de De La Espriella se convirtió en un fenómeno de comunicación digital. Su lenguaje directo, sus videos virales y su capacidad para movilizar a votantes jóvenes desencantados con el sistema —incluyendo una audiencia que creció bajo el influjo de streamers y creadores de contenido— marcaron una diferencia invisible para las encuestadoras tradicionales.
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De hecho, solo Atlas Intel anticipó el triunfo de De La Espriella. El resto del sistema de medición construyó un relato de competencia entre tres candidatos que nunca existió, una brecha entre la percepción y la realidad.
Pese a la derrota de Valencia, el expresidente Uribe llamó a votar por De la Espriella en la segunda vuelta, incitando a la unidad de la derecha.
Desafíos institucionales
La elección legislativa de marzo anticipó la polarización de la elección presidencial. Aunque el oficialismo logró mantener una presencia relevante en el Congreso, los resultados reflejaron un escenario de fragmentación política. La correlación de fuerzas cambió debido al retroceso de algunos aliados iniciales del gobierno y el fortalecimiento de sectores opositores por el desgaste político acumulado durante la segunda mitad del mandato de Petro. El desafío será construir mayorías legislativas estables.
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La primera vuelta presidencial profundizó esta tensión. Con la publicación de los resultados preliminares, Petro se negó a reconocer los datos difundidos por las autoridades electorales, seguido del candidato oficialista.
Seguridad, eje de la competencia electoral
El rápido ascenso de Abelardo de la Espriella refleja una demanda de orden y confrontación frente a los grupos armados y economías ilegales. Su discurso es comparado con Nayib Bukele, Javier Milei y Donald Trump, en sintonía con la tendencia en la que liderazgos de derecha ganan ante la promesa de soluciones rápidas frente a crisis nacionales. El incremento de la violencia del ELN y las disidencias de las FARC, la percepción de que el gobierno negoció con actores armados desde una posición de debilidad y el deterioro del orden público en zonas rurales y urbanas crearon una demanda por mano dura que Valencia intentó administrar pero que De La Espriella simplemente prometió satisfacer, capitalizando el rechazo al antripetrismo sin pedir permiso.
El aumento de la inseguridad y el fracaso de la Paz Total son las principales causantes del desgaste del gobierno de Gustavo Petro. Y las soluciones propuestas por Cepeda, bajo el concepto de “seguridad humana”, no se alejan del modelo petrista. La paradoja es que, igualmente, el oficialismo logró entrar a segunda vuelta, con una base electoral significativa del proyecto progresista.
Ambos proyectos se presentan como respuestas a una misma crisis, pero parten de diagnósticos opuestos. Mientras uno identifica la persistencia del conflicto armado como un problema estructural que requiere soluciones políticas, el otro lo interpreta como evidencia del fracaso del Estado para ejercer control territorial.
El voto exterior: la diáspora como barómetro
De los 1,4 millones de colombianos habilitados para votar en el exterior, 573.087 ejercieron su derecho con una participación del 40,6%. El resultado fue revelador: De La Espriella obtuvo el 53,4% del voto externo frente al 29,2% de Cepeda, consolidando una ventaja de más de 140.000 sufragios fuera del país.
En los consulados de EEUU, con una histórica fila que rodeó la manzana en Coral Gables, Miami, la derechización fue aún más pronunciada. Esta diáspora, en su mayoría profesionales y empresarios que emigraron en los años del conflicto o la crisis económica, votó con claridad por el candidato que promete un quiebre con el modelo de Petro.
Esto no es irrelevante para la geopolítica regional. Un gobierno de De La Espriella representaría un reordenamiento de los ejes diplomáticos de Colombia: mayor alineación con Washington en materia de seguridad y narcotráfico, distanciamiento del eje Caracas-La Habana-Managua y una revisión de las negociaciones de paz con el ELN que el propio candidato ha calificado de «capitulación». En un continente donde el péndulo oscila entre ciclos bolivarianos y reacciones conservadoras, Colombia podría convertirse en el epicentro del ciclo de repliegue.
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