Venezuela: lo muerto vivo y lo vivo muerto

Con la caída de Nicolás Maduro, persiste un aparato de poder que no termina de desarmarse y Venezuela no logra renacer ante la promesas de transición. El Manifiesto de Panamá es el gesto más reciente de la oposición entre la incertidumbre prolongada.

Por: Julio Borges 11 Jun, 2026
Lectura: 8 min.
Rol de los partidos políticos en Venezuela. María Corina Machado y Delcy Rodríguez.
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Artículo original en español. Traducción realizada por inteligencia artificial.
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Hugo Chávez decía frecuentemente una frase de Antonio Gramsci: la crisis ocurre cuando lo viejo no termina de morir y lo nuevo no termina de nacer. Hoy, esas palabras describen con precisión dolorosa a Chávez mismo y al momento que vive Venezuela. 

Aunque Chávez, que repetía frases de todo el mundo, en este caso nunca dijo la cita completa de los Cuadernos de la cárcel, (Cuaderno 3, 1930). “La crisis consiste precisamente en que lo viejo está muriendo y lo nuevo no puede nacer; en este interregno se verifican los más diversos fenómenos morbosos”.

Se refiere Gramsci al momento en que el bloque histórico dominante pierde su capacidad su hegemonía, pero las fuerzas emergentes no han logrado todavía constituir una alternativa viable.

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Gramsci no lo ve como algo coyuntural, sino estructural. Y esto último es lo que debemos analizar en el momento actual venezolano. La alusión a los fenómenos morbosos es clave y siempre se omite, como lo omitió siempre Chávez. Gramsci describe lo que surge en ese vacío: el fascismo, el populismo autoritario, la violencia política, la irracionalidad ideológica. El interregno no es un espacio neutro de transición, es un terreno peligroso donde proliferan las patologías políticas, por ejemplo, el mismo Chávez.

Venezuela, un motor recalentado

Desde el 3 de enero, cuando Nicolás Maduro fue capturado y llevado a Estados Unidos para enfrentar la justicia, Venezuela salió de una oscuridad que parecía interminable. Pero no entra todavía en una claridad estable. Hay felicidad, porque el hombre que simbolizó durante años la degradación final del chavismo está ante la justicia. 

Hay agradecimiento, porque la administración de Donald Trump hizo lo que durante mucho tiempo parecía impensable, poniendo fin a la dictadura de Maduro. Pero también hay perplejidad, porque el aparato que sostuvo a la dictadura no desapareció con él. 

Delcy Rodríguez quedó al frente del poder, Jorge Rodríguez mantiene el control institucional desde la Asamblea, Diosdado Cabello conserva poder coercitivo y la arquitectura militar y represiva sigue siendo un factor decisivo. No hay todavía calendario electoral, y tanto Edmundo González como María Corina Machado siguen empujando públicamente por una ruta democrática clara.

En tal sentido, el Manifiesto de Panamá es un hito para el relanzamiento de los partidos políticos de oposición. Firmado en mayo de 2026 por la Plataforma Unitaria Democrática, se designa a María Corina Machado como conductora de la negociación con el régimen de Delcy Rodríguez, reconoce la elección del 28 de julio de 2024 como mandato ciudadano y respalda el Plan de Tres Fases de EEUU. Como condiciones, exige la liberación de los presos políticos, el retorno seguro de los exiliados y el desmantelamiento del aparato represivo. El fin es lograr una elección presidencial libre y transparente, previa designación de un nuevo Consejo Nacional Electoral independiente y un cronograma electoral verificable. Mientras, Machado continúa fuera del país y habla de regresar antes de terminar el año.

A esa complejidad política se le suma una enorme frustración social. Mucha gente esperaba una eclosión económica inmediata, una especie de alivio automático después de la caída de Maduro. Lo que ocurrió, en cambio, es una combinación de inflación, deterioro del poder adquisitivo y protestas de trabajadores y pensionados. Reuters reportó inflación de 649% en marzo y protestas salariales en abril, incluso después de que Delcy Rodríguez anunciara un aumento del ingreso mínimo integral. La población siente que algo cambió arriba, pero no abajo. El país no está en una transición propiamente dicha: está como un automóvil que lleva demasiado tiempo encendido, detenido, recalentado, esperando que alguien meta la marcha correcta. 

Diosdado Cabello, Jorge Rodríguez, Delcy Rodríguez y Vladimir Padrino López en acto de lealtad, reconocimiento y juramento por parte de las Fuerzas Armadas Nacionales Bolivarianas en la Academia Militar del Ejército Bolivariano. Foto: AFP

Siete lecciones para los partidos políticos

En ese contexto, los partidos políticos están frente a una disyuntiva existencial. O se dejan arrastrar por la lógica del reseteo de la política o comprenden que esta hora les exige al mismo tiempo una ofensiva audaz y una reflexión profunda. No basta con moverse rápido en la rueda de la jaula, hay que moverse con verdad y de verdad.

La premisa básica es que los partidos deben entender que no pueden limitarse a administrar coyunturas. Los últimos 25 años demostraron que Venezuela no fue destruida solo institucionalmente. Fue golpeada también en su tejido moral, en su sentido de realidad, en su confianza cívica, en su comprensión misma de la política. Por eso los partidos no pueden reaparecer como simples maquinarias electorales, ni como franquicias de candidaturas, ni como oficinas de comunicación. Tienen que volver a ser escuelas de conducción, de carácter y de lectura histórica.

La primera lección es que Venezuela necesita reconstruir élites morales y políticas, no élites de dinero, de vanidad o de micrófono. Un partido debe formar gente capaz de ver más allá del próximo tuit, cargo o encuesta. Se necesitan dirigencias con conciencia histórica, con disciplina y con sentido del bien común. Si no, volveremos a dejar al pueblo solo frente al próximo mesías.

La segunda es derrotar la antipolítica. El chavismo fue hijo del desprecio por la política, de la idea cómoda de que todos son iguales. Los partidos deben asumir que defender la política no es defenderse a sí mismos. Es defender la posibilidad de que la sociedad tenga conducción democrática y no termine otra vez en manos del militarismo, del crimen organizado o del caudillismo.

La tercera es colocar la justicia en el centro. No habrá nueva república si los partidos no entienden que la justicia es la piedra angular de todo. Venezuela necesita instituciones judiciales independientes, sí. Pero también una cultura política que comprenda que sin justicia no hay libertad, ni inversión, ni paz, ni reconciliación duradera. 

La cuarta es entender que el Estado a través del petróleo no puede volver a ser el dueño de Venezuela. Venezuela debe ser dueña del petróleo, la locomotora de reconstrucción, no botín del más fuerte. Los partidos tienen que abandonar de una vez por todas la nostalgia rentista y hablarle al país de trabajo, transparencia, regulación independiente y propiedad social real sobre la renta.

La quinta es reconstruir la identidad democrática sin chovinismo y con el fomento de la sociedad civil. Un país que ha sufrido tanto necesita narrarse mejor. Los partidos deben volver a hablar de Venezuela no sólo como crisis, sino como promesa compartida como patria concreta, amada y exigente donde el centro de gravedad no este ni en el Estado ni en el Mercado sino en la sociedad civil vigorosa.

La sexta es asumir con claridad la primacía del poder civil sobre el militar. Ninguna reconstrucción será seria si los partidos no entienden que la subordinación de la Fuerza Armada al poder civil no es una consigna, sino una condición estructural e histórica de la república.

La séptima, quizá la más profunda, es dejar de esperar un redentor. Venezuela no necesita otro Bolívar reciclado, salvador o conductor providencial. Necesita ciudadanos, instituciones y partidos maduros. Necesita política adulta y que Bolívar termine de descansar en paz.

María Corina Machado en la presentación del Manifiesto de Panamá. Foto: Vente Venezuela
María Corina Machado en la presentación del Manifiesto de Panamá. Foto: Vente Venezuela

Los partidos se relanzan: el encuentro de Panamá

Por eso el papel de los partidos y de la sociedad civil en esta hora no es resistir, ni sobrevivir como zombis. Es ponerse a la altura de una nación suspendida entre el alivio y la ansiedad. Tienen que abrirse, renovarse, depurarse, escuchar, formar, unir a la diáspora con los que resistieron dentro, articular lo social, sindical, estudiantil, eclesial y regional. Tienen que dejar de actuar como archipiélagos y empezar a funcionar como instrumentos de reconstrucción y unidad nacional.

La gran tentación de este momento es creer que la caída de Maduro resolvió el problema. No lo resolvió, cerró un capítulo. Pero el país sigue atrapado en el interregno y allí aparecen los fenómenos morbosos de Gramsci: el fascismo, el populismo autoritario, la violencia política, la irracionalidad ideológica.

[Lee: ¿Qué capacidad tiene la oposición para influir en la transición venezolana?]

El acuerdo de Panama es un primer paso para que los partidos, junto al tejido de la sociedad civil, asuman la obligación de impedir que Venezuela se convierta en una tierra de facciones, de resentimientos y de oportunismos a través de partidos políticos dedicados a la organización popular y la formación politica.

Les toca ayudar a que lo nuevo nazca de verdad. No como propaganda, no como reparto, no como revancha, sino como república. Si no aprendemos esta lección, el automóvil seguirá encendido, detenido y recalentado. Si la aprendemos, podremos por fin poner la marcha hacia adelante.

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Julio Borges

Julio Borges

Abogado, exdiputado de la asamblea nacional venezolana por Primero Justicia.

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