⁠Creer en la democracia, desconfiar del juego

La democracia conserva apoyo en América Latina, pero enfrenta una brecha entre preferencia y satisfacción, un problema persistente de confianza institucional y partidaria, y una tensión entre la eficacia del voto y la limpieza electoral.

Por: Facundo Cruz 16 Sep, 2026
Lectura: 8 min.
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Artículo original en español. Traducción realizada por inteligencia artificial.
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La escena ocurrió el 11 de noviembre de 1947. Se desarrollaba el debate de un proyecto con el que el gobierno laborista de Clement Attlee buscaba limitar el poder de la Cámara de los Lores. Winston Churchill, líder de la oposición conservadora, pronunció una frase destinada a viajar mucho más lejos que Westminster:

“Muchas formas de gobierno se han probado, y se seguirán probando, en este mundo de pecado y sufrimiento. Nadie pretende que la democracia sea perfecta u omnisciente. De hecho, se ha dicho que la democracia es la peor forma de gobierno, con la excepción de todas las demás que se han intentado a lo largo del tiempo…”

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La democracia puede funcionar mal y seguir siendo el sistema de gobierno preferido. The best game in town. Casi 80 años después, la paradoja conserva vigencia en América Latina. El apoyo a la democracia y la confianza en la eficacia del voto muestran un compromiso cívico que, con altibajos, aún sobrevive. Sin embargo, el cuadro actual presenta tres alertas: una brecha entre apoyo y satisfacción; desconfianza generalizada en los actores políticos; y una tensión entre la eficacia del voto y la limpieza de las elecciones.

Apoyo vs satisfacción, una brecha explícita

Los datos de Latinobarómetro muestran una tensión entre las preferencias y las valoraciones sobre el régimen político vigente. Por un lado, camina el apoyo a la democracia. Por el otro, la satisfacción con su funcionamiento. Un canto a Churchill.

Tal como se aprecia en el primer gráfico, las dos curvas viajan juntas, aunque nunca se tocan. La primera caída fuerte llegó entre 2000 y 2001: el apoyo descendió del 59% al 47% (-12 pp.), mientras la satisfacción cayó del 35% al 27% (-8 pp.). A partir de 2009 llegó una recuperación: el apoyo volvió a superar el 60% y la satisfacción rondó el 44%. Tal vez el último momento de relativo entusiasmo regional de la serie.

La segunda caída fue más duradera. Entre 2015 y 2018, el apoyo pasó del 56% al 47% (-9 pp.), en tanto que la satisfacción cayó del 39% al 24% (-15 pp.). El apoyo tocó prácticamente el mismo piso que en 2001 y demoró más en recuperarse. La satisfacción descendió todavía más.

La distancia entre ambas variables ayuda a dimensionar la brecha. En el momento de mayor entusiasmo, alrededor de 2009, la distancia se redujo a 15 puntos. En 2018 volvió a ampliarse hasta los 23 y llegó a 24 durante la pandemia. La preferencia por la democracia resistió mejor que la valoración sobre su funcionamiento. En 2024, la recuperación de la satisfacción redujo la distancia a 18 puntos: el 51% apoyaba la democracia y apenas el 33% se declaraba satisfecho. La brecha se achicó, aunque sigue atravesando la región. 

En esto reside buena parte de la tensión latinoamericana actual con el régimen político vigente. Preferimos a la democracia como forma de gobierno, pero la experiencia concreta que tenemos con ella nos deja mayoritariamente insatisfechos. Dos caras de una moneda. Mientras que la elegimos como regla para organizar el poder, cuestionamos la manera en que se ejerce.

Ahora bien, el promedio regional cuenta solo una parte de la historia. Abrir esta brecha por países muestra intensidades y recorridos muy diferentes.

Mientras, por ejemplo, Uruguay conserva niveles elevados en ambas dimensiones, países como Perú y Venezuela arrastran una distancia persistente entre la valoración de la democracia y la evaluación de su funcionamiento. América Latina comparte una tensión democrática de trayectorias disímiles.

Un problema de confianza multidimensional

La insatisfacción con el funcionamiento de la democracia encuentra en la baja confianza institucional y partidaria una primera explicación. El siguiente gráfico ofrece algunas pistas al respecto.

Los mismos datos de Latinobarómetro indican que el funcionamiento institucional, quienes deciden y quienes representan despiertan actualmente más desconfianza que confianza en América Latina. El recorrido se parece bastante al de la satisfacción democrática regional: cae a comienzos del siglo XXI, se recupera durante algunos años y vuelve a deteriorarse antes de la pandemia. Las curvas hablan entre sí. Cuando mejora la evaluación del régimen también crece la confianza en quienes lo convierten en decisiones. Cuando esa confianza se erosiona, la insatisfacción acompaña la caída.

La primera crisis termina de tomar forma entre 1995 y 2002, cuando la confianza en el gobierno pasó del 42% al 18% (-24 pp.) y la del Congreso, del 36% al 17% (-19 pp.). Los partidos, siempre más abajo que ambas instituciones políticas, cayeron del 26% al 11% (-15 pp.). Luego de tocar fondo, la recuperación comenzó en 2004 y alcanzó su punto más alto alrededor del bienio 2009-2010. Un nuevo momento de entusiasmo regional, coincidente con el registrado en el apoyo y la satisfacción con la democracia.

[Lee: A cinco años de la pandemia, ¿qué cambió en términos políticos?]

Duró poco. La segunda caída se extendió durante casi una década. Entre 2010 y 2018, la confianza en el gobierno se redujo del 45% al 22% (-23 pp.); la del Congreso, del 34% al 21% (-13 pp.); y la de los partidos, del 23% al 13% (-10 pp.). Durante la pandemia, el desencanto se mantuvo. La última foto de 2024 muestra que las tres variables recuperaron algo del terreno perdido, aunque siguen muy lejos de alcanzar a la mitad de los consultados: el gobierno llegó al 32%; el Congreso, al 25%; y los partidos, apenas al 17%.

El gusto vuelve a ser agridulce. La satisfacción democrática y la confianza en los actores políticos comenzaron a levantarse, aunque la primera lo hizo a mayor velocidad. La democracia latinoamericana todavía conserva apoyos y empieza a recuperar una incipiente —aunque minoritaria— valoración positiva. La confianza en quienes la hacen funcionar sigue más rezagada.

De elecciones vivimos

Finalmente, la legitimidad de origen de las democracias latinoamericanas también despierta algunas señales de alerta. Las elecciones son el motor de la democracia y su sostén social puede leerse desde dos ángulos. El primero refiere al resultado: cuánto se cree que el voto puede cambiar el futuro. El segundo apunta a su gestión: cuánta confianza despierta la limpieza del proceso. La misma foto de 2024 expone con claridad la distancia entre ambos ejes. En promedio, el 62% cree que votar puede cambiar el futuro, mientras solo el 34% considera limpias las elecciones. Una distancia de 28 puntos entre la expectativa depositada en el resultado y la confianza que genera su administración.

En este sentido, el voto aún conserva la capacidad de producir esperanza. Pero el proceso encargado de recibirlo, contarlo y convertirlo en poder despierta muchas más dudas. Los datos de LAPOP complementan este punto. La confianza en las elecciones pasó del 44% en 2012 al 38% en 2023 (con un repunte transitorio hasta el 42% en 2021). La erosión es gradual y resalta en algunas regiones concretas del continente.

El mapa de países así lo muestra.

Bolivia, Colombia, Ecuador, Guatemala, Honduras, Paraguay y Perú reúnen niveles de confianza inferiores al promedio en ambas dimensiones: concentran más escépticos y más desconfiados en términos relativos. Argentina, Chile, Costa Rica, El Salvador, Panamá, República Dominicana y Uruguay forman el grupo de creyentes y confiados. Entre ambos polos surgen casos aislados. México muestra una confianza electoral superior al promedio, combinada con una valoración más moderada sobre el resultado del voto. En cambio, Brasil y Venezuela mantienen su fe en el voto mientras presentan fuertes dudas sobre la limpieza del proceso.

Por lo que, 14 de los 17 países se concentran en dos polos. En uno, el voto conserva potencia y las elecciones inspiran confianza. En el otro, el motor democrático falla por partida doble, en tanto cuesta creer que las urnas cambien el rumbo y también que los votos sean contados limpiamente.

Entonces, ¿sigue siendo la democracia the best game in town? Los datos dicen que sí, pero con un par de peros. Hay un compromiso cívico destacado en tanto la democracia continúa siendo la forma de gobierno preferida y una mayoría todavía cree que su voto puede cambiar el futuro. Hay jugadores que juegan y creen.

Sin embargo, las dudas surgen cuando comienza el partido. El cuestionamiento recae sobre el funcionamiento del régimen político, sobre la limpieza de las elecciones, sobre el desempeño de las instituciones, y sobre la capacidad de los actores para representar y gobernar. Las preferencias normativas conviven con insatisfacción, desconfianza y escepticismo.

Una brecha, un problema y una tensión que generan alertas. Y acá radica el desafío latinoamericano: evitar que la democracia sobreviva solamente por falta de alternativas concretas. Que el juego preferido no cambie por otro.

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Facundo Cruz

Facundo Cruz

Politólogo. Consultor político e investigador. Coordinador General de Pulsar. UBA. Co-Director del Centro de Investigación para la Calidad Democrática. Autor de "La Gente Vota" en Cenital.

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