Artículo original en español. Traducción realizada por inteligencia artificial.
Crisis, palabra que en el lenguaje de la política la encontraremos con frecuencia. Proviene del griego “κρίσις” con los significados de “separación”, “distinción”, “elección”, “discernimiento”, “disputa”, “decisión”, “juicio”, “resolución”, “sentencia”.
En su origen, la palabra no tiene una connotación negativa. La crisis es el momento en que la rutina ha dejado de servirnos como guía y necesitamos optar por un camino y renunciar a otro. Es por ello que los chinos dicen que una crisis puede ser un peligro o una oportunidad. Otra alternativa de significado es, el espacio que se da entre algo que está muriendo y algo que está por nacer.
Que el mundo está en crisis es más que evidente, por ahora en peligro y sin salida aparente. No sabemos si hay Aristóteles, San Agustines, Erasmos de Rotterdam, por nombrar a algunos de los que, con su pensamiento marcaron etapas en la humanidad tratando de buscar la oportunidad de un cambio.
La política ha demostrado su falta de creatividad y tiene el gran desafío de aportar soluciones para salir. Los sistemas políticos imperantes se debilitan o derrumban y no se visualizan alternativas que aporten las soluciones necesarias. Lo que hasta hace poco funcionaba, ha dejado de funcionar. Parecería ser que no se está en una época de cambios sino en un cambio de época.
A raíz de la falta de soluciones, se ha instalado una temible carencia de líderes y los pocos que se asoman no se los ve muy afectos a la democracia. La humanidad atraviesa un momento de falta de testimonios que encarnen valores, reina gran confusión y desconcierto en los ciudadanos. Trump y Putin representan proyectos políticos populistas y lejos están de ser los posibles artífices del cambio hacia un mundo más tolerante e inclusivo. En Europa encontramos a una solitaria Angela Merkel que trata de conducirla hacia la prudencia y armónica convivencia.
Quizás sean los chinos quienes bajo su proverbio ven en la crisis una gran oportunidad y están planteándose un nuevo mundo. Claro que con su impronta, donde no hay Estado de derecho sino el derecho del Estado ¿Cuándo Xi Jinping habla del sueño chino, lo está diciendo sólo para los chinos o también sueña con un modelo hegemónico mundial?
Si China logra ser el motor de la recuperación económica mundial puede ser que la crisis que el mundo vive, especialmente occidente, se convierta en la gran oportunidad que tenga Beijing de lograr un dominio impensado hasta ahora, que no solo estará limitado a lo económico, sino también en lo social y cultural.
No olvidemos que su cultura y sociedad tiene una visión colectiva, en ella no importa solo lo que cada persona desea, sino también importa el papel que cada individuo cumple en el conjunto, lo que determina la visión del “nosotros” contraria a la de occidente, donde se ha exacerbado el individualismo, perdiéndose en muchos casos, la práctica de políticas orientadas al bien común.
Occidente está en crisis, sufriendo unas discontinuidades tan profundas y una mutación tan acelerada, como quizás nunca antes en la historia humana se había visto.
Es de esperar que salga del peligro y logre encontrar la oportunidad.
Jorge Dell’Oro | @dellOroJorge Consultor en comunicación política
Artículo original en español. Traducción realizada por inteligencia artificial.
Lo sucedido en El Valle revela que la protesta en sectores populares tiene una dinámica particular. En “Sobre la Revolución”, Hannah Arendt describió las diferencias entre la Revolución Francesa y la Revolución Americana. La primera estuvo motivada por demandas sociales y derivó en violencia. La segunda se inició por exigencias políticas y configuró un espacio propicio para la deliberación racional.
Caracas en abril – foto de Daniel Montero
El 20 de abril, durante el día, protestamos pacíficamente y fuimos brutalmente reprimidos. Nuestra exigencia central es eminentemente política y racional: ¡Elecciones ya! En la noche, cuando se daba por finalizada la jornada, salió El Valle. Se mostró el descontento de aquellos venezolanos que sufren radicalmente los embates del socialismo del S XXI. Surgen varias preguntas: ¿Por qué protestan de noche? ¿Qué relación puede existir entre la manifestación que ocurre durante el día y los eventos de la noche? ¿Por qué se desata la violencia?
Comparto mi hipótesis. El Valle trabaja de día y protesta de noche. Son familias enteras que sobreviven jornada tras jornada. No se pueden permitir faltar a su trabajo para salir a manifestar. Acá es donde identifico la relación entre la manifestación del día y los eventos de la noche. Nuestro testimonio de lucha y la brutal represión quiebra la bóveda del miedo y los vecinos de El Valle encuentran fuerzas para dejarse ver.
El 20 de abril en la noche El Valle salió a protestar por hambre. Son ciudadanos. Sufren. Mueren por falta de medicinas. Comen dos veces al día. Han bajado entre 10 y 15 kilos de su peso corporal. Sus hijos no tienen oportunidades educativas. Han perdido a seres queridos a manos de la delincuencia. El chavismo, su gran esperanza, los utiliza y los invisibiliza. Están cargados de frustración y desesperanza. Hasta hace unas semanas se pensaban condenados al socialismo, ahora ven que el país demanda un cambio y quieren unirse a la lucha.
Avanzamos a la delicada pregunta sobre la violencia. Vuelvo a Arendt. La autora judeo alemana indica que el hambre puede nublar el juicio y animar acciones violentas, no racionales. Se trata del fin de la política. Sin ánimos de caer en determinismos o justificaciones superficiales, creo que esta consideración es importante. Hay que profundizar el estado de ánimo de quienes protestan de noche, ponernos en sus zapatos y ver el fenómeno en contexto.
A esta realidad debemos sumar un aspecto central: la irresponsabilidad de una dictadura que armó civiles y utiliza a las fuerzas públicas para reprimir a un pueblo hambriento. El principal responsable de la violencia es quien nos gobierna. La Revolución configuró el caos que somete radicalmente a quienes menos tienen. Esta dictadura nos arrojó al hambre y se empeña en deshumanizarnos. Ellos son los únicos responsables de los saqueos, los muertos y la violencia.
Finalizo con lo que considero es nuestro principal desafío político: unir al país en una sola manifestación que sea pacífica, resistente, centrada en lo social y que anime a la política. Debemos quebrar los muros de desigualdad que ha levantado el socialismo. Que se escuche un solo clamor. Me atrevo a decir que el primer paso para alcanzar esta noble tarea es escuchar y acompañar a quienes más sufren. Tenemos una oportunidad en puertas. Acompañemos a El Valle, leamos los sucesos en contexto y sigamos dando testimonios que quiebren la bóveda del miedo.
Paola Bautista de Aleman | @paoladealeman
Directora de la Fundación Juan Germán Roscio y vicepresidente de la Asociación Civil FORMA
Doctora en Ciencia Política por la Universidad de Rostock (Alemania). Presidenta del Instituto FORMA y la Fundación Juan Germán Roscio de Venezuela. Autora del libro «A callar que llegó la revolución». Directora de la revista «Democratización».
El Congreso, las Cortes o la vida interna de los partidos políticos son espacios donde la política se enfrenta al conflicto, que es uno de los principales acicates de la democracia. Procesarlo de manera adecuada fortalece a las instituciones y mejora nuestra vida ciudadana.
Artículo original en español. Traducción realizada por inteligencia artificial.
El Congreso, las Cortes o la vida interna de los partidos son espacios donde la política se enfrenta al conflicto. Éste es uno de los principales acicates de la democracia. Procesarlo de manera adecuada fortalece a las instituciones y mejora la calidad de la ciudadanía.
La política en democracia nace y vive del conflicto. En sociedades plurales, con intereses diversos e incluso hasta contrarios, la política busca ser el espacio donde las diferencias se dirimen a través de la negociación, el diálogo y el acuerdo.
Por eso, las posturas radicales, cerradas o inamovibles tienen —o debieran tener— poco futuro en la democracia. El todo o nada cancela el debate. Lo sitúa en extremos irreconciliables y la cerrazón impide que todos cedan para que, al mismo tiempo, todos ganen.
La derrota o la victoria son, por ello, pasajeras bajo un régimen democrático. El que hoy está arriba puede estar abajo mañana. La oposición será gobierno un día y el Gobierno pasará a ser minoría que deberá volver a ganarse la confianza de la sociedad.
En todo este proceso yace latente siempre el conflicto, que es de alguna forma el acicate que hace funcionar a la política. Negarlo es ignorar la naturaleza propia de las sociedades. Ignorarlo es pretender que el otro, el que piensa distinto, no existe o no vale la pena ser considerado.
Política y conflicto
Entre la negación y la ignorancia del conflicto hay, en medio, la siempre latente tentación de suprimirlo. De ahorrarlo mediante atajos que pretenden pasar por alto el proceso de dialogar, de acordar, de buscar coincidencias por encima de las diferencias.
Suprimir el conflicto suele ser casi siempre un atentado contra los valores que sostienen a la democracia. Y atentar contra estos es, poco a poco, restar calidad a la propia democracia.
Cuando, por ejemplo, un tema que divide a un grupo se omite o se calla para evitar la discusión que podría provocar —y allí donde la división está siempre latente—, se premia el silencio por encima de la palabra, esa materia prima de la política y sus herramientas, la retórica y la oratoria. Esto lleva de igual modo a evitar la negociación que generaría el consenso, ambas prácticas que vigorizan y fortalecen también a la democracia.
Cuando, de igual modo, los partidos suprimen la democracia interna con tal de omitir el contraste de propuestas y el debate. O, hacen de estas prácticas un deplorable espectáculo de lucha encarnizada, se vulnera la democracia en sus procesos puntales: la competencia y la elección.
Suprimir el conflicto
Ambos ejemplos buscan suprimir el conflicto. Voltear hacia otra parte ante la inminencia de este y salir del paso mediante acuerdos, casi siempre entre cúpulas, que dan la espalda al votante o militante, le niegan la participación y merman el ejercicio democrático en sus prácticas más elementales.
Y los partidos deben ser mucho más que la búsqueda del poder por el poder, que es la lógica que prevalece cuando se suprime el conflicto y se fuerza la unidad —cuando esta no pudo conseguirse con liderazgo, con normatividad y con prácticas democráticas— a costa de la formación de ciudadanía, de la práctica cotidiana de la democracia que la convierte en costumbre, luego en hábito y al final en cultura.
La sola búsqueda del triunfo a costa de lo que sea lleva a suprimir el conflicto, a verlo como un estorbo, un lastre o la razón de todas las derrotas, retrocesos o estancamientos.
Una clase política que rehúye el conflicto va desmantelando los engranajes que hacen posible la democracia, hasta que esta se convierte en el solo acto de votar, vacío de sentido, de razones, de fines superiores que los de la obtención del poder.
La responsabilidad de los dirigentes
Donde falta el conflicto sobra la política, y la democracia se vuelve un mote para dar nombre a los procedimientos por los que las elites se disputan candidaturas, diputaciones o gobiernos. Y ahí, no hay sociedad, o esta vale solo por lo que su voto es capaz de producir.
Si el ciudadano es solamente su voto, y la democracia se reduce a las campañas y las elecciones. La brecha entre política y sociedad se ensancha hasta hacer a una y otra irreconocibles, con cada vez menos en común, cada cual encerrada en su coto de acción.
Lo público entonces deja de serlo para convertirse en esferas cada vez más parceladas, fragmentadas en un individualismo donde cada quien mira para sí y rara vez afuera de sí. El conflicto es el mejor combustible para echar a andar una sana democracia.
Artículo original en español. Traducción realizada por inteligencia artificial.
La cuestión de los refugiados, amenazas de atentados, los Panamá papers… ¿Alguien tiene información suficiente sobre todos estos asuntos, que permita hacer un análisis sólido para formarse una posición y actuar en consecuencia? Nadie puede y, en realidad, nadie debe hacerlo. Sin embargo, para una toma de decisiones fundada se nos ofrecen algunas pistas a partir de nuestra caja de herramientas democratacristiana.
Imagen: Pixabay.com
«A veces soy liberal, a veces conservadora, a veces soy socialcristiana, y esto es característico de la CDU», contestaba la canciller federal Angela Merkel en un programa televisivo a la pregunta sobre cómo ella se ubica en el partido CDU. Lo que nos diferencia de otras opciones políticas son nuestras raíces como partido popular: la parte socialcristiana, la conservadora y la liberal. Estos valores están no pocas veces en tensión. La búsqueda de respuestas políticas correctas es, por lo tanto, compleja y se enfrenta a nuevos desafíos a la luz de nuevos desarrollos (por ejemplo, la política relacionada con la energía nuclear).
Veamos algunos de esos valores fundantes.
Liberal. Significa ‘amante de la libertad’ y denota desde su origen (como movimiento de oposición al Estado absolutista) el escepticismo frente a la intervención estatal. Esto refiere particularmente a la prudencia frente a intervenciones «orientadoras» en la estructura económica, especialmente en lo relacionado con la formación de los precios, que pueden provocar efectos no deseados.
Conservador. Es decir, ‘que mantiene y preserva’ (esto incluye salvaguardar la Creación, desde una perspectiva ecológica). Significa no solamente el respeto a las tradiciones y a las normas y valores trasmitidos, sino también el escepticismo frente a diseños sociales de pretensión universal en los que el ser humano debe «adaptarse» al Estado (mediante la «bienintencionada» intervención del Estado mismo o de una autoproclamada vanguardia). Esto se contrapone con la predisposición típica de la socialdemocracia a aplicar subvenciones y estímulos, y a su concepción de que —expresado en forma simplista— lo justo solo alcanza cuando todos tienen lo mismo. Otro aspecto de la preservación está relacionado con el principio de sustentabilidad. Esto significa que nuestra acción en lo social, lo económico y lo político no debería afectar negativamente la vida de las generaciones futuras.
Socialcristiano. Refiere a la concepción cristiana del ser humano y a la doctrina socialcristiana. Sus principios se explican claramente en las tres columnas de la economía social de mercado: personalidad, subsidiariedad y solidaridad.
Personalidad. Dios nos hizo como seres humanos, que poseen la capacidad como individuos de discernir entre el bien y el mal, entre lo correcto y lo equivocado. Por esta razón ni la Iglesia, ni el Estado, ni ningún salvador lo pueden hacer por nosotros. La personalidad comprende la responsabilidad sobre las consecuencias de nuestra acción o inacción. Ejemplo: quien se niega a trabajar por voluntad propia no puede reivindicar la manutención del Estado.
Subsidiariedad (del latín subsidium, ‘reserva, ayuda’). Significa que un nivel superior interviene recién cuando el nivel inmediatamente por debajo está claramente desbordado por la situación. En concreto: si la familia está sobreexigida, el servicio social le servirá de apoyo. Si esta ayuda no es posible en el nivel municipal, entonces la apoyará el nivel provincial. El Estado federal solamente intervendrá en última instancia. Detrás de esto está el principio de la responsabilidad local, es decir, del lugar donde también se encuentra la mayor competencia para resolver el problema.
Solidaridad. Tiene sus raíces en la conciencia de que los seres humanos no estamos provistos (sea por Dios o por la naturaleza) de iguales capacidades y posibilidades. Quien dispone de mejores oportunidades y dones tiene, al mismo tiempo, el deber de no utilizarlos solamente en provecho propio. Debe, en cambio, apoyar a los débiles, de manera de permitirles también una vida digna. A largo plazo, una sociedad sin solidaridad no podrá funcionar.
Dr. Stefan Hofmann | @Stefan_Hofmann
Director del Foro de Formación Política de Baden-Württemberg, Fundación Konrad Adenauer
Traducción de Manfred Steffen, coordinador de programas de la Fundación Konrad Adenauer, oficina Montevideo
Artículo original en español. Traducción realizada por inteligencia artificial.
Luego de este 19 de abril con el pueblo en la calle, Venezuela debe continuar buscando su futuro, para «rescatar la sonrisa y construir la democracia».
Marcha opositora y represión de las fuerzas armadas en Caracas, 19.4.2017 | Foto: Twitter, @Pr1meroJusticia
Todo tiene su final. Nada dura para siempre. Los pueblos podemos permanecer sumisos y sometidos por largo tiempo ante procedimientos equivocados y autoritarios adoptados por gobernantes abusivos que no tienen la capacidad, tolerancia y sabiduría para ejercer tan altos cargos, pero llega el momento en que nos cansamos y despertamos del letargo.
Esto viene ocurriendo en Venezuela. Ciudadanos de todas las edades, oficios y profesiones salimos masivamente a las calles a exigir que se restituya el hilo constitucional porque rechazamos el autoritarismo galopante que acosa nuestras vidas.
El régimen que nos gobierna es, en esencia, una entidad antidemocrática que ha secuestrado todos los poderes y burla nuestra voluntad como ciudadanos. Su apariencia democrática luce deshilachada, pero aún es suficiente para frenar acciones internacionales e incentivar ilusiones políticas como el diálogo.
Pues bien, los venezolanos no creemos en sus palabras y, unidos como nunca antes, sabemos que podremos vencer a estos esbirros que están en el poder. Los días pasan, y realmente perdemos hasta la perspectiva de la fecha en que vivimos. Otrora, Semana Santa representaba tiempo para el descanso y oración. Esta vez la vivimos distinta.
Cada día es más agitado que el anterior. En las calles venezolanas respiramos una tensa calma, un olor fijado por los gases lacrimógenos y en nuestra memoria reciente la represión desmedida, que no nos cuentan sino que vivimos. Pero también está latente esa huella de valentía, de coraje, de un bravo pueblo que despertó frente al abuso y manipulación.
Ya ni la fatídica cola por un alimento que condena a la humillación, ni el malogrado salario que no alcanza para completar la cesta básica, ni siquiera permitirse una enfermedad. Aquí lo único que se ve y se siente es arrechera contra un régimen corrupto, déspota y abusivo.
Los días han sido despejados, nublados, soleados y lluviosos. Eso no ha sido freno para calentar las calles exigiendo que vuelva la democracia para vivir mejor. Sin miedo seguimos avanzando. Las ganas de todos son más fuertes que el gran aparato que se opone sin piedad ante cada protesta. Nada impide cada paso. Estamos en las autopistas luchando contra el poderío de una dictadura omnipotente, cuya única misión es pisotear tu dignidad.
Así son las dictaduras modernas; llegan al poder con el apoyo popular que les sirve para concentrar todo en muy pocas manos, acaban con la separación de poderes, erosionan la institucionalidad democrática y el Estado de derecho. Cuando el apoyo popular se agota y se hace imposible dar un barniz de legalidad a sus actuaciones antidemocráticas, sus prácticas se vuelven cada vez más represivas y autoritarias.
Cada protesta de calle ha sido no solo creativa sino multitudinaria, aun conociendo la presencia de los elefantes blancos —vehículos de guerra— que cierran el paso como si la ciudad fuese de ellos. Nuestros escudos siempre serán nuestras manos arriba, desarmados pero despiertos y nunca cabizbajos contra esta dictadura írrita.
A pesar de las amenazas de los colectivos y del propio régimen, que dijo que cortaría toda señal de telefonía e internet, este 19 de abril, conmemorando nuestra independencia, la población ganó las calles y se manifestó con valentía.
Nuestra única arma es la fuerza interior y el coraje que sale al paso ante tanto abuso de poder. El cielo, en cuestión de segundos, se llena del denso humo de las bombas lacrimógenas que llueven incesantes. Pero simultáneamente escuchamos, al unísono en las mujeres y hombres enardecidos: ¡Nojoda, aquí están Capriles y los diputados de la Unidad! Luchando con el pueblo, tragando humo, hombro con hombro, resteaos contra esos enchufados. Todos vitoreamos: ¡Vamos juntos por la democracia, es nuestro derecho!
La reacción oficial no se detiene. Nuevas bombas y perdigones llueven hasta desde los helicópteros. Enseguida, cientos de asfixiados, lesionados, contusos y heridos, que son atendidos de inmediato por valientes jóvenes médicos y paramédicos presentes en la manifestación.
Sin importar la hora, pero si es de noche mejor, aparecen los colectivos armados o paramilitares para cumplir a cabalidad el papel que les encomendó Chávez: ser el «brazo armado de la Revolución bolivariana». Estos extendidos han saqueado, amenazado y atacado nuestras manifestaciones por todo el país, con el beneplácito de la dictadura y la complicidad de la fuerza armada. No hace falta estar en una guerra, porque aquí la vivimos diariamente.
Hoy el régimen con su peor rostro, la represión desmedida y el autoritarismo voraz tiene frente a sí un pueblo bravío, determinante, firme y pacífico. Madres y abuelas, monjas y sacerdotes, camioneros y comerciantes… los valientes venezolanos de a pie seguimos rechazando rotundamente la miseria que representa el régimen de Nicolás Maduro.
Esta lucha continúa. Han sido días y noches de protestas intensas pero seguiremos exigiendo que se respete nuestro derecho libre de elegir, que se nos garantice poder comer, porque ya está bueno de vivir entre el «no consigo» y el «no me alcanza». Es de todos los días porque ya el pueblo se cansó del hambre, de las muertes por falta de medicinas y de la vil represión.
Eduardo Rengifo Lugo | @edrengifo
Coordinador general de Programas Sociales del Fondo Único Social del Estado Miranda, Venezuela
Artículo original en español. Traducción realizada por inteligencia artificial.
El 19 de abril de 1967 fallecía Konrad Adenauer. Su presencia hoy nos exige convertir nuestra mirada histórica en una mirada hacia el futuro.
Konrad Adenauer | Foto: KAS-Paul Bauserath
La Historia, y únicamente la Historia, puede medirse con él. Sin duda, porque la amaba profundamente. Porque cada decisión la adoptó desde su examen. Porque sabía que la Historia es la ciencia del futuro, es decir, la ciencia que nos permite conocer cómo nuestros mayores soñaron el mundo en el que nosotros habríamos de habitar. Y, por eso, asumiendo que un historiador no es ni debe ser un profeta, sabía también que al historiador se le podía exigir más que la mera agregación de hechos pretéritos. O, como dijo de él un gran historiador como Golo Mann, la maduración de una filosofía fuerte y sencilla. De un accionar público históricamente informado. Esa es la materia de la que se nutren los hombres de Estado.
Y Konrad Adenauer, que falleció hace hoy cincuenta años, el 19 de abril de 1967, fue un eminente hombre de Estado: canciller de la República Federal de Alemania entre 1949 y 1963, suscribió la Declaración del 9 de mayo de 1950 y el consiguiente Tratado de París del 18 de abril de 1951 que instituyó la Comunidad Europea del Carbón y del Acero, así como los Tratados de Roma de 25 de marzo de 1957 que crearon la Comunidad Económica Europea y la Comunidad Europea de la Energía Atómica.
Pero Adenauer nos exige hoy que nuestra mirada histórica se convierta en una mirada hacia el futuro. Que pensemos en el proyecto de Estado que él impulsó tras la II Guerra Mundial, es decir: en la protección integral de la vida y de la dignidad humana, la justicia y la libertad en una sociedad fraterna, abierta a una también fraterna relación entre los pueblos. Que sirvamos con especial dedicación a nuestros conciudadanos más vulnerables, débiles, frágiles o enfermos. Que hagamos de Europa la tierra de asilo y de la hospitalidad. Que no vacilemos en enfrentarnos con el populismo racista y xenófobo. Que, como decía Helmut Kohl de su maestro, sepamos obrar con realismo político y moral. Que, tal y como le recordaba Eduardo Frei Montalva, sepamos siempre reconocer en él a un visionario de estatura mundial. Que, como Golo Mann, no olvidemos al hombre escéptico y tierno. Al hombre que le dijo que sí a Robert Schuman, «con todo mi corazón». Un corazón que es ya el nuestro, igual que el siglo XXI es el suyo.
Enrique San Miguel Pérez
Doctor en Historia y en Derecho. Catedrático de Historia del Derecho y de las Instituciones, Universidad Rey Juan Carlos, Madrid
Artículo original en español. Traducción realizada por inteligencia artificial.
El tercer nivel de gobierno involucra a barrios y municipios. Es el mundo de la cotidianeidad y la cercanía con el gobernante. Alcaldes y concejales están en la primera línea de contacto con el pueblo.
Fiesta de Llamadas, candombe en el barrio Sur de Montevideo | Foto: J. E. Ulloa
Mientras el mundo discute temas macro de política internacional que suceden a miles de kilómetros del Río de la Plata, todo parece entrar en caos; se sufre por la falta de democracia en Venezuela, o porque el canciller uruguayo Nin Novoa se alinea con su antecesor Luis Almagro (hoy en la OEA), o por si Donald Trump hará o no el muro en la frontera con México, o porque el cambio climático hace estragos en Perú, y hay problemas con la educación, con la corrupción, y la falta de valores en Latinoamérica es moneda corriente. Por supuesto, se discute si la suspensión de Leo Messi por cuatro juegos es correcta. Todo esto puede salir en una charla de café en pocos minutos, incluso con alguien que no esté demasiado informado, y todo esto parece copar el mundo.
Mientras tanto eso ocurre, el vecino sale en la mañana de su casa, abre la puerta y se encuentra un tacho de basura repleto y oloroso en su vereda, por lo que no puede sacar su bolsa y la debe guardar al menos hasta el día siguiente. Cuando va a salir del garaje en su vehículo, se encuentra con un camión grande de reparto de bebidas que, violando los horarios estipulados, tranca el tránsito en las calles estrechas y retrasa a quienes salen apretados de tiempo. Luego se malhumora por el mal estado de las calles cuando va rumbo al trabajo, y encima se da cuenta de que hace varios días las luces de su cuadra están apagadas, convirtiéndola en una boca de lobos e insegura, porque la única lámpara que funciona está justo detrás de un árbol frondoso que no han podado durante años.
Estos mismos vecinos disfrutan en el verano de las playas y los parques, llevan allí a sus hijos y mascotas, se preocupan de que las hamacas donde juegan sus niños varias horas de la semana estén en buen estado. Luego esos niños crecerán y correrán tras una pelota en el mismo parque o plaza y les tocará subirse a una bicicleta hasta encontrar el equilibrio. Si no se mudan de barrio, tal vez pasarán años con una rutina similar. Y, lo que no es menor, tendrán recuerdos y fotografías de esos lugares que durarán para siempre.
Pueden parecer dos mundos paralelos pero no lo son. El mundo de la cercanía y la cotidianeidad es donde realmente vivimos, es el que a veces nos provoca el peor humor pero también el mismo que nos va a dar los mejores momentos de felicidad junto a nuestras familias.
Ese mundo además tiene una ventaja: es tangible. Podemos tomar un teléfono para llamar y reclamar por los problemas de nuestro barrio —con mayor o menor suerte—. En cambio, difícilmente podamos tomar el teléfono y hablar con Maduro, Macri o Trump para proponerles la solución a los problemas macro que nos aquejan.
A este mundo de cercanía se le llama tercer nivel de gobierno, pero alcaldes y concejales son, en realidad, quienes están en la primera línea de contacto con el pueblo para recibir sus quejas y sus halagos, seguramente más de las primeras que de los segundos.
Por eso, en los municipios y en los barrios la vida es un tanto ajena al mundo, aunque no lo parezca. En el día a día los problemas cotidianos, como la limpieza de calles y de tachos de basura repletos, el barrido de veredas, la atención a las bocas de tormenta tapadas, a los árboles demasiado crecidos que precisan poda o a la iluminación de la cuadra donde uno reside, son problemas que todos sufrimos, incluidas a menudo las malas gestiones de los gobernantes.
Desde estos gobiernos de cercanía es que debemos ponernos a la orden, acercarnos, escuchar, tener la empatía necesaria para volver a creer en un sistema político un poco más transparente y funcional. Si tenemos la vocación para hacerlo, será mucho más fácil.
Juan Eduardo Ulloa | @eduullloa
Técnico en Periodismo. Concejal del Municipio B, Montevideo, Uruguay
Artículo original en español. Traducción realizada por inteligencia artificial.
Luego de seis años de conflicto, la destrucción en Siria es casi total. Más de 5.500.000 niños han sido afectados por la guerra, 10.000 de ellos han muerto y más de 800 fueron torturados antes de ser asesinados.
Los niños y la guerra | Imagen: Pixabay
En su segundo debate presidencial, Donald Trump hacía mención de una forma casi lúdica a cómo abordaría la crisis en Siria en caso de ser electo primer mandatario de los Estados Unidos de Norteamérica.
Increíblemente, la percepción periodística entonces se centraba en la posible forma de intervención en Siria pero no en lo que sucedía en ese mismo momento en aquel país. Ya parecíamos haber olvidado la horrorosa imagen del niño sirio encontrado muerto en la orilla de una playa turca, en setiembre de 2015. Mientras la sociedad mundial no terminaba de sopesar todo esto, en el malogrado país, sumido en la barbarie, continuaba muriendo gente de manera salvaje.
La destrucción en Siria es casi total. Ya van aproximadamente 470.000 muertos y se estima que más de 10.000 de estos son niños. Es llamativo que, en pleno siglo XXI, cuando los gobiernos de todo el mundo vitoreaban a los cuatro vientos que situaciones genocidas como las acontecidas en Chechenia y en la ex-Yugoslavia no volverían a pasar, nos encontramos ahora con un escenario dantesco que no tiene ni el más mínimo atisbo de solución a corto plazo.
El conflicto sirio ya lleva seis años y ha pasado por varios procesos. Se inició con la denominada Primavera Árabe, originada en territorios africanos con manifestaciones por la democracia y los derechos sociales; cuestiones que en diversas naciones de ese continente habían quedado en el olvido debido a las dictaduras imperantes. Este era también el caso de Siria con la dinastía Assad, que generó el principio de la guerra civil y aún se mantiene en el poder.
Luego se produjo la escalada terrorista con el surgimiento del Estado Islámico (ISIS) —entre otros frentes y movimientos rebeldes— y el ideal de establecer un califato en la zona mediante el sadismo, para encontrarnos ahora con la intervención directa de Estados Unidos y Rusia, en una lucha de pertrechos y diplomacia que nos hace recordar que tal vez aquella guerra fría nunca terminó. Los intensos bombardeos solo han llevado a dañar aun más a la sufrida población civil.
Hasta el momento del reciente ataque químico sobre civiles sirios y la intervención norteamericana con misiles Tomahawk escaseaba la información relativa a lo que pasaba en Siria. En la prensa electrónica aparecía alguna que otra mención pero en la TV —que con la radio es el medio de mayor alcance para la población— ya no era noticia.
Luego de seis años de guerra, indudablemente podemos hablar de una generación perdida de niños sirios. Sin educación, sin acceso a salud, sin alimentos, sin agua potable, sin abrigo, sin techo, sin cariño, sin poder siquiera conciliar el sueño tranquilos, están muy lejos de la infancia normal que todo niño tiene derecho a tener.
¿Los medios se habían olvidado de ellos o acaso se perdió la capacidad de asombro? En un territorio en donde el secuestro, la extorsión y el asesinato están a la orden del día, es casi imposible organizar una ayuda humanitaria que trate de paliar estas problemáticas. Solo se puede esperar que las grandes potencias mundiales lleguen a un acuerdo que por fin permita a Siria vivir en paz. Pero mientras eso no suceda, estos ángeles seguirán sufriendo un apocalipsis que ya estaba subrayado en las viejas Escrituras. Un sufrimiento que significa que nuestros ángeles entretanto no tengan descanso, no tengan consuelo y no tengan cielo.
Artículo original en español. Traducción realizada por inteligencia artificial.
La garantía de la efectividad del sistema interamericano de derechos humanos y demás organismos internacionales en la protección y defensa de los derechos de las mujeres depende exclusivamente de los Estados miembros.
La cultura americana se ha caracterizado por la preponderancia del androcentrismo para asegurarle al género masculino una instancia de poder superior, mientras que la mujer ha sido continua y sostenidamente relegada de los ámbitos de toma de decisiones, sometida por una sociedad que justifica incluso la violencia contra ella como arma de sujeción a las reglas impuestas desde la visión del patriarcado.
Durante la segunda mitad del siglo XX revistió gran notoriedad la lucha desplegada por las más activas organizaciones no gubernamentales de mujeres, para lograr que los gobiernos y las comunidades del mundo reconocieran que la violencia contra la mujer comporta un problemática que obstaculiza el desarrollo de las naciones. En vistas de ello, los organismos internacionales se abocaron al estudio, análisis y prevención de este flagelo.
Instituciones como la Organización de Estados Americanos (OEA) desplegaron un conjunto de acciones paulatinas representadas en el auspicio de legislaciones nacionales en la materia, foros, convenciones, compromisos, informes, entre otras, con la finalidad de fijar una posición sólida sobre el respeto de los derechos de las mujeres en América para garantizar el desarrollo equitativo de las naciones.
En tal sentido, la garantía de la efectividad del sistema interamericano de derechos humanos depende exclusivamente de los Estados que lo sustentan, los que se integran en él y solo ellos son sus garantes.
Los organismos internacionales tienen límites; son los Estados y los gobiernos los que tienen en sus manos ser avales del sistema, respaldar la acción de los órganos de protección o admitir las omisiones como algo normal o natural o justificable, en cuyo caso, la persistencia de este comportamiento puede llevar paulatinamente el debilitamiento del alcance de los instrumentos diseñados para alcanzar la equidad de género en América Latina.
El instrumento más importante con el cual se cuenta en América Latina es la Convención de Belem Do Pará, cuya vigencia data de 1995, que reconoce los derechos de las mujeres a no ser víctimas de maltrato físico o psicológico tanto en el ámbito público como privado, por lo que exhorta a los Estados firmantes a procurar la erradicación de la violencia en razón del género.
De tal manera, bajo los estándares de este instrumento se constituye en un delito todo agravio infligido a la mujer, independientemente del ámbito en el cual se produzca, por lo que se considera un deber de los Estados disponer los medios legales necesarios para la canalización de denuncias y la sanción de quienes incurran en esta falta, además moralmente reprochable.
El reconocimiento explícito de los derechos de la mujer como derechos humanos se produjo en 1993 en la Conferencia de Naciones Unidas de Derechos Humanos celebrada en Viena, con la finalidad de integrar a las mujeres en el discurso de los derechos fundamentales en un plano de igualdad con los hombres, lo cual supuso un avance esencial.
La perspectiva de equidad que rige a los derechos humanos en su aspiración máxima por exaltar la promoción de la justicia social, la no discriminación y la dignidad humana supone que, independientemente de que se trate de un hombre o una mujer, se está en presencia de un ciudadano libre, sujeto tanto de derechos como de obligaciones, por lo que se asume directamente que prevalece una igualdad intrínseca de todas las personas humanas.
Países como Chile, Uruguay y Brasil, si bien poseen altos índices de desarrollo humano, en materia de igualdad de género reportan índices bajos, que oscilan entre 0,49 y 0,53, frente a una constante que señala que lo ideal en este punto sería un valor mayor a 0,56 para considerarlo alto. Países con un índice de desarrollo humano medio como Perú, Ecuador, Honduras y República Dominicana, en materia de igualdad de género ostentan índices altos.
Cabe resaltar que la implicación de las mujeres en la política es fundamental pero aún así no es suficiente. Deberían existir mujeres líderes en todos los sectores: juezas, agentes de policía, negociadoras en sindicatos y organizaciones empresariales, líderes de opinión en el mundo académico…
A pesar de que se tiene claridad de lo que representa el derecho a la participación política de las mujeres, la realidad indica que en el orden público ellas ocupan espacios de subordinación, lo que supone indirectamente su exclusión de los procesos y posiciones significativas del poder político. Este la omite como sujeto de acción con necesidades específicas que ameritan respuestas diferenciadas tanto en la normativa nacional como en los programas de los entes que dinamizan el conglomerado público.
Por consiguiente, se estaría en presencia de una inclusión ficticia, simbólica, que equivale a una exclusión real tanto de las posiciones como de los procesos que son decisivos para definir la vida pública y política democrática.
Paola Molina | @paolamolina
Máster en Ciencias Políticas. Especialista en comunicación digital. Asesora de campañas electorales en México y Venezuela. Activista en la defensa de los derechos de las mujeres en América Latina
Máster en Ciencias Políticas. Especialista en comunicación digital. Asesora de campañas electorales en México y Venezuela. Activista en la defensa de los derechos de las mujeres en América Latina
Artículo original en español. Traducción realizada por inteligencia artificial.
En 2017 se conmemoran 25 años de la firma de los Acuerdos de Chapultepec, la culminación de un complejo proceso de negociación que puso fin a más de una década de guerra civil en que la nación más pequeña de Centroamérica dejó cerca de 75.000 muertos en las conciencias de sus protagonistas. La pregunta que surge hoy es: ¿El Salvador ha alcanzado la paz?
Salvador Sánchez Cerén y un retrato del mártir Monseñor Romero. Foto: Presidencia El Salvador.
Para responder debemos considerar el contexto interno y el externo. El interno nos remite a un hervidero político, donde el Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN) enfrentó desde el formato de la guerra de guerrillas el autoritarismo dominante, que implicaba una estructura militar con fachada democrática que se remontaba a la presidencia de 1933.
Por otro lado, la guerra fría y sus consecuencias mundiales en la segunda mitad del siglo XX habían convertido a Centroamérica en un auténtico patio trasero de los Estados Unidos. Si la revolución cubana (1959) había creado un modelo y un canal de intervención para la extinta Unión Soviética, los Estados Unidos no dudaron en apoyar a dictadores y grupos paramilitares de extrema derecha, que confirmaron a la región como un catálogo de “repúblicas bananeras”.
Por eso la paz en El Salvador fue y sigue siendo relevante: se trató no solo de deponer las armas al tiempo que la confrontación bipolar entre capitalismo y comunismo llegaba aparentemente a su fin, se desmantelaba la Unión Soviética y caía el Muro de Berlín, sino que implicó una transición a la democracia. Como plantearon Philippe Schmitter y Guillermo O’Donnell en 1986, en un libro ya clásico de la ciencia política, “Transiciones desde un gobierno autoritario”, estos procesos abrían las puertas a “alguna otra cosa”, incierta, incluso a la democracia.
Y lo que existe hoy en El Salvador es una democracia. No hubo una restauración represiva a una dictadura o un nuevo ciclo que promocionara un régimen revolucionario, y al menos se sortearon los problemas de institucionalización del poder político que advirtieron Schmitter y O´Donnell. Es más, a 25 años los dos partidos nucleares, ARENA a la derecha y el FMLN a la izquierda, han institucionalizado un sistema de partidos y alternado el poder competitivamente, con la gran novedad de que el actual presidente, Salvador Sánchez Cerén, es un excomandante guerrillero.
¿Y la paz? En 1991 dos terceras partes de la población vivían en la pobreza y la cifra se redujo a la mitad (34,5%). En 1990 su tasa de mortalidad infantil era de 60 por cada 1.000 nacidos vivos, de las más altas de la región, hoy reducida a tres cuartas partes. En 1992 la tasa de alfabetización de los jóvenes era inferior al 85%, hoy alcanza el 98%, gracias a un incremento del 40% en el gasto público en educación (aún bajo en torno al 3,5% del PIB). La combinación entre desempeño económico y políticas públicas progresivas ha hecho que se avanzara en el Índice de Desarrollo Humano a una tasa promedio anual de 1,02%, por encima de la media global de 0,73%.
Pero todo lo anterior se ve contrarrestado por un clima de violencia que no ha cedido, en el cual las pandillas de los Maras, expresión de los sectores sociales que no han logrado incluirse en el proyecto nacional, ejemplifican la marginación latinoamericana y ponen en aprietos a un Estado que aún es considerable como subdesarrollado y codependiente de las remesas internacionales que envían sus sacrificados emigrantes, las cuales alcanzan al 18% del PIB. No queda duda: la democracia y la paz, logros innegables y meritorios, aún están por consolidarse en El Salvador.
José Cepeda | @sinclair_simon_ Colombiano. Periodista y politólogo
Artículo original en español. Traducción realizada por inteligencia artificial.
La audaz encíclica de Pablo VI cumple cincuenta años. En estas décadas sigue encarándonos ante los retos de la humanidad.
Pablo VI | Ilustración: Guillermo Tell Aveledo
Para quienes se sorprenden con las declaraciones del papa Francisco, y expresan contrariedad ante un nuevo catolicismo, no han prestado atención a la orientación dominante de la Iglesia católica en los últimos ciento veinte años. Junto con la asunción ecuménica que baja los muros entre los diversos credos, su doctrina social ha puesto de relieve la centralidad de la persona humana y la opción preferencial por los más débiles en la prosecución de las alternativas humanistas. Hay una gran continuidad desde la Rerum Novarum de León XIII hasta la Laudato Si de Bergoglio, pero el punto más alto de esta alerta son sin duda los exhortos globales de la Pacem in Terris de Juan XXIII y la Populorum Progressio de Pablo VI [1], que cumple cincuenta años.
Un futuro de progreso para «todo el hombre y todos los hombres» clamó con suavidad el pontífice. La concepción integral del desarrollo planteada por el papa Montini es hoy asumida secularmente como estándar de las mediciones globales: el índice de desarrollo humano, la atención al coeficiente de desigualdad dentro de las sociedades y entre las naciones, la economía social de mercado y las prescripciones sobre el medioambiente tienen —entre otras fuentes— ecos de su postura. Ya hemos superado el momento en que los espejismos de prosperidad que los booms de las economías globales (a los cuales atendían con celo propagandístico tanto las potencias capitalistas como las marxistas) hacían del PIB per cápita la cifra reina del juicio sobre la justicia de un sistema económico y político. El crecimiento no sirve de nada si no logra satisfacer las aspiraciones materiales mínimas de todos, y debe ir más allá del necesario fomento material.
Se nos dirá, por otro lado, que el mundo ha cambiado mucho en cincuenta años y que no es sino una reliquia de la guerra fría. Hay que verlo. En 1967, Estados Unidos estaba sumido en conflictos raciales que dieron lugar al desarrollo de un nativismo paranoico; Occidente se hallaba confundido y defendiendo inseguro sus libertades; el autoritarismo ruso mantenía con celo su expansión y propaganda global… Plus ça change..!
Admitimos, empero, que el mundo emergente es testigo de mayor prosperidad, y las últimas cuatro décadas han visto la aparición de nuevas potencias económicas. Pero mucho de ese crecimiento se ha mostrado insostenible, dejando mucho que desear si hablamos de «toda la persona y todas las personas». China nos ofrece el ejemplo palmario: es verdad que ya no es la nación sumida en las hambrunas de la Gran Revolución Cultural, pero sigue siendo un régimen ferozmente autoritario que, con unos oasis exuberantes de riquezas en Shenzen, Shanghái, Hong Kong o Beijing, oculta la indigencia más infamante de sus campesinos y trabajadores, así como la destrucción ecológica. Esas manifiestas situaciones de injusticia se ven también en los nuevos emporios capitalistas de Rusia, India, Brasil o México, y qué no decir en los rostros de los refugiados en las costas europeas.
Más allá, tenemos que atender de este llamado tan vigente las carencias espirituales de nuestro progreso material. No se trata de un lamento confesional, y las religiones solo son una parte de la respuesta. Parte de la confusión del Occidente actual pesa sobre la exigencia de mayor riqueza y mejor distribución, sin duda, pero también en la desconfianza hacia nuestro liderazgo y su alejamiento de las comunidades. El agotamiento de las instituciones representativas por los ritos de la tecnocracia desideologizada ha hecho más atractivo el canto de sirena de los populismos.
Debemos procurar reencauzar las hermosas instituciones con el orgullo de la participación y la deliberación. Releyendo la Populorum Progressio, podemos insistir en que no puede haber justo desarrollo sin justicia, y no puede haber justicia sin libertad.
Guillermo Tell Aveledo | @GTAveledo
Doctor en Ciencias Políticas. Profesor en Estudios Políticos, Universidad Metropolitana, Caracas
Artículo original en español. Traducción realizada por inteligencia artificial.
La Argentina sufre constantemente la falta de consensos sobre los que debe construirse una democracia moderna. La causa de las Malvinas debe dejar de ser un elemento electoralista y convertirse en una política de Estado.
Corre el año 1811, y el último de los treinta y dos gobernadores que en nombre de la corona española por casi cincuenta años administraron los territorios de las Islas Malvinas desde Puerto Soledad, se traslada a Montevideo.
Nueve años más tarde, la Junta de Buenos Aires reafirma su soberanía sobre las Islas Malvinas como parte de la sucesión española. Un 10 de Junio de 1829, el comerciante Luis Elías Vernet será nombrado Comandante Político y Militar de las Islas Malvinas. Finalmente, en 1833, la Fragata HMS Clio ocupa las Islas Malvinas en nombre de la corona británica.
Entre 1945 y 1950 una veintena de colonias declaran su independencia, entre ellas la India. Y en 1970 prácticamente el 70 % del territorio africano está constituido por países políticamente independientes. Es ante este escenario la causa Malvinas se reaviva a partir del año 1966, cuando el 28 de septiembre un grupo de 18 argentinos secuestra un avión comercial y lo desvía hacia las Malvinas, en lo que se denominó la Operativo Cóndor.
Ciento cuarenta y cinco años (y un día) después de la asunción de Vernet, el 11 de Junio de 1974, ante la fatídica imposibilidad británica de sostener su ocupación en las islas, el entonces presidente Juan Domingo Perón recibe a través de su ministro de Relaciones Exteriores Alberto Mignes, la propuesta de una administración compartida de forma temporal sobre el territorio de las islas. Esto, significaba el comienzo del retiro británico que para 1980 ya perdería otra decena de colonias en distintas partes del mundo.
Pero apenas veinte días después, el 1 de Julio de 1974, Perón moría. Y con él desaparecía la posibilidad de recuperar la legítima soberanía sobre las Islas Malvinas, no solamente por la crisis institucional que atravesó a partir de ese momento la Argentina, sino por la presencia de un hombre que haría de la causa Malvinas su campaña política: Emilio Eduardo Massera. Nombrado comandante en jefe de la Armada con apenas 48 años, Massera plantea desde el comienzo la necesidad de la acción bélica para recuperar las Islas Malvinas, lo que significaría no solamente un logro personal sino además una causa de carácter patriótico. En 1977 esta idea comienza a materializarse y la Argentina toma deuda pública para la compra de seis submarinos que finalmente serían solo dos: los ARA de clase 209 “San Luis” y “Salta”, ambos de origen alemán.
Simultáneamente desde el periódico “Convicción”, cuyo director Hugo Ezequiel Lezama era redactor de discursos de Massera, se reavivaba en la opinión pública la causa de Malvinas. Durante la guerra aparecerán una y otra vez titulares triunfalistas, pero Malvinas se convirtió en una tragedia que terminó con la vida de 649 argentinos.
Treinta y cinco años después, y en una democracia aún inmadura, la más noble causa de soberanía que tenemos los argentinos es una y otra vez reutilizada con fines electoralistas y meramente oportunista. El camino emprendido por la reciente administración del Presidente Macri resulta fundamental para un resultado favorable en materia de lo que todos los organismos internacionales ven como legítimo reclamo argentino. Según el Comité de Descolonización de las Naciones Unidas, aún quedan en el mundo 17 territorios no autónomos, entre ellos Malvinas, de los cuales diez se encuentran bajo ocupación británica.
Dice Marx al comenzar su libro “El Dieciocho Brumario de Luis Bonaparte”, que la historia se repite dos veces, primero como tragedia, y luego como farsa. La indispensable mesa de diálogo permanente para ir avanzar en el reclamo de la Argentina respecto las islas y los posibles reclamos sobre el territorio antártico, solo puede ser establecida mediante una política pública que se mantenga en el tiempo. Ni tragedias ni farsas, políticas de Estado.
Damián Arabia | @damianarabia
Presidente de la Juventud de Unión por la Libertad y Director de Integridad de las Fuerzas Federales de la República Argentina.
Artículo original en español. Traducción realizada por inteligencia artificial.
Manifestantes en la ciudad de Rosario, Argentina
El jueves 6 de abril en Argentina se paró. La CGT (Confederación General del Trabajo) y la CTA (Central de Trabajadores de la Argentina) establecieron el primer paro general al gobierno de Mauricio Macri, a 15 meses de iniciar su mandato.
El sentimiento es encontrado y los interrogantes son múltiples. ¿Es válido parar? ¿Es conducente para un país optar por la decisión de cesar actividades? ¿Representan a la mayoría de los obreros quienes toman esta decisión? ¿Quiénes hoy no asisten a sus lugares de trabajo lo hacen por convicción u obligados?
Quizá este breve artículo pueda tener más interrogantes que respuestas. Simplemente por el hecho de que acaso ni yo misma encuentre respuestas, o bien porque tal vez sea solo un espacio que nos invite a pensar y reflexionar que una vez más estamos ante una situación de violencia. Violencia que confronta, como casi siempre a los que trabajan, a los que menos tienen.
Enciendo la televisión, los noticieros abordan como tema excluyente lo que sucede hoy en Argentina, especialmente lo que acontece en las calles de Buenos Aires. De un lado la policía, del otro manifestantes gremiales y políticos. Muchos, encapuchados y en actitud agresiva, por lo que más que manifestantes parecen personas violentas que no saben de un reclamo válido, sino de propiciar caos. Claramente no son la mayoría, sino grupos violentos enviados.
Vemos cortes de rutas, de calles, y una vez más se plantea la interrogante, ¿qué derechos debieran prevalecer? ¿El derecho a manifestarse, el derecho a la libre circulación, el derecho a trabajar? Al fijar una posición u opinión parece que uno se posiciona de un lado o del otro. Pero no se busca acentuar las diferencias, ahondar la “grieta”, sino, y muy por el contrario condenar todo tipo de violencia y reconocer los válidos derechos que tenemos, nosotros los seres humanos. Sin olvidar la premisa básica de que nuestros derechos terminan cuando comienzan los derechos del otro.
Ahora bien, ¿quiénes realmente ponen el foco de la atención en los ciudadanos? Pareciera que hoy quienes decidieron un paro, y me refiero a ciertas cúpulas sindicales, se encuentran en una contienda política y mezquina. Dirigentes que instan a la violencia y que poco tienen que ver con trabajadores. Aunque hacer referencia al sindicalismo argentino es tema para otro artículo.
Hoy, buena parte de los sindicalistas y la clase política están en conflicto, o no, no lo sé fehacientemente. Por lo pronto, dirimen esta cuestión desde confortables sillones, muy alejados de la ciudadanía. Estamos entre el #YoParo y el #YoNoParo, una vez más una dicotomía, al mejor estilo amigo-enemigo. Una vez más confrontados, y tengo la íntima convicción de que así no avanzamos, nos quedamos sumergidos en la contienda. Insto a que tomemos como guía lo establecido en la Constitución de la Nación Argentina, específicamente su artículo 14.
Finalmente, gobierno y oposición debieran propiciar el diálogo y colocar al ciudadano en el centro de la cuestión, y no solo a sus votantes sino a la ciudadanía toda. Basta por favor, de confrontar, polarizar, gobiernen y ayuden a gobernar en pos del bien común, construyamos todos un país mejor, donde se respete a quien pacíficamente decida manifestarse mediante una huelga o a quienes decidan trabajar. Comencemos por respetarnos y así podremos convivir, aún en las diferencias.
Lic. Paula Sanmarti |@pausanmarti
Argentina. Coordinadora Red Humanista por Latinoamérica
Artículo original en español. Traducción realizada por inteligencia artificial.
El sindicalismo argentino se encuentra en una encrucijada clave: renovarse o perecer con el uso de prácticas extorsivas.
Encuentro de la diputada Cornelia Schmid-Liermann con sindicato de floristas (vendedores ambulantes) que no apoyan el paro general.
La Argentina vive hoy algo que los sindicatos denominan “Paro General”. Una medida de fuerza que tiene como objetivo generar un impacto en la sociedad y en la opinión pública, para que el gobierno tome nota de un supuesto “reclamo”.
Considero que las políticas de paro y piquetes de los sindicalistas son el síntoma de una enfermedad crónica y tóxica: la de perpetuarse en el poder. ¿Su terapia? El trabajo, la fraternidad y el esfuerzo.
A lo largo de la historia, desde el retorno a la democracia, le hicieron 13 paros generales a Alfonsín, 8 a Menem y 9 a De La Rúa. Finalmente, nos preguntamos la efectividad de los mismos. Tras el paro del 6 de abril, deberemos cuestionarnos si ésta es la única salida. Creemos que hay otra, la del diálogo; e insistiremos en ello como el mejor modo para llegar a soluciones efectivas para nuestro país.
Los sindicalistas están en el último lugar de confianza, tal como pudo verse –por ejemplo- en la encuesta realizada por el Instituto de Ciencias Sociales y Disciplinas Proyectuales de la UADE y la consultora Voices. Allí, alcanzaron el 89 % de desconfianza de la opinión pública.
Hoy, yo no paro porque los sindicatos son instituciones que no me representan. Hay sindicalistas que llevan más de 50 años en sus cargos dentro de las instituciones. Fuere este el caso de Ramón Balassini que hace 51 años está al frente del gremio de Correos o de Omar Viviani que lo está hace 31 años en el de Taxis.
¿Quiénes pierden? En resumidas cuentas, perdemos todos. El país perderá de mínima, 1.000 millones de dólares. Hay sectores que pueden recomponerse rápidamente, otros que pierden toda su producción. Tal es el caso del transporte, lo que no se traslada hoy, es un día totalmente perdido e irrecuperable. A la industria, por ejemplo, las horas extras para recuperar lo perdido le significarán grandes pérdidas económicas.
A pesar de todo, hay ejemplos que señalan que este sistema corrupto cruje. Esto quedó demostrado el sábado 1 de abril con la marcha cívica histórica que salió a las calles a respaldar al presidente y su mandato democrático. También, es el caso del Sindicato de Vendedores Ambulantes quienes decidieron lanzar la consigna de #NoParo. E incluso el sector agroindustrial que lanzó una campaña en las redes #ElCampoNoPara mostrando que en el interior productivo, todos continúan con el trabajo. Es evidente, que las mismas caras con las mismas viejas prácticas ya no dan resultado. La gente no cree en ellas.
Desde Cambiemos seguiremos apostando al diálogo para encontrar consensos que nos permitan hallar aquellos puntos de acuerdo para que el mañana nos encuentre tal como brega nuestro escudo nacional: “En Unión y Libertad”.
Cornelia Schmidt Liermann | @CorneliaSL Diputada de la Nación, PRO-Cambiemos. Vicepresidente de la Comisión de Adicciones y Narcotráfico, Argentina
Diputada nacional de la República Argentina por la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. Presidenta de la Comisión de Relaciones Exteriores y Culto de la Cámara de Diputados.
Artículo original en español. Traducción realizada por inteligencia artificial.
Tras el triunfo contundente opositor en el Parlamento y la muerte de Hugo Chávez la dictadura socialista venezolana ha iniciado su colapso. Se incrementa el autoritarismo y se profundiza la crisis económica.
Represión a manifestantes en Caracas, 4.4.2017 | Foto: Primero Justicia, @Pr1meroJusticia
El 29 de marzo la Sala Constitucional del Tribunal Supremo emitió dos sentencias: la 155 y 156. En ellas autorizan al Estado a contratar con empresas extranjeras sin control de la Asamblea Nacional, desconocen rango constitucional a la Carta Democrática de la OEA, eliminan la inmunidad parlamentaria y delegan en el presidente y la propia Sala las funciones legislativas. Todo en clara contravención de la Constitución.
Más de 30 países del mundo rechazaron el distanciamiento de la Constitución y 8 de ellos llamaron a sus embajadores. La fiscal general, quien desde hace tiempo se tornó silente y decidió no continuar apresando opositores —por lo cual el gobierno decidió acudir a la Fiscalía Militar— ha declarado abiertamente que esto se trata de la ruptura del orden constitucional. Posteriormente el presidente exhortó a revisar las sentencias, orden que fue obedecida inmediatamente por unos magistrados que usurpan funciones al ser electos inconstitucionalmente. Así suprimieron dos párrafos de las sentencias. Esta reforma de oficio prueba claramente la inexistencia de separación de poderes públicos y confiesa el golpe de Estado cometido.
No solo se ha roto el orden constitucional por esto. Se trata de un régimen político que al perder el Parlamento lo ha bloqueado con más de 50 sentencias, y al perder apoyo electoral, que hoy solo ronda el 20 %, desde 2016 tomó la decisión de evitar los procesos electorales: frenó el referendo revocatorio solicitado en 2016, no convocó a elecciones regionales que debieron realizarse en diciembre de ese mismo año y busca retrasar las municipales que deben realizarse en diciembre 2017.
En diciembre de 2018 deben realizarse elecciones para elegir un nuevo gobierno. ¿Pero es inevitable esta elección o que incluso se adelante ante la presión del mundo entero? Es la gran encrucijada política a la que se enfrenta el gobierno de Maduro, que enfrenta la presión internacional, el descontento del 80 % de los venezolanos y la disidencia interna.
Mientras tanto, la economía colapsa: 25 de 30 millones de venezolanos no obtienen el dinero suficiente para vivir, 16 millones se encuentran en la pobreza extrema, 10 millones no logran comer tres veces al día, 3 millones están comiendo de la basura y 1,2 millones están sufriendo de desnutrición; todo ello según el estudio de las universidades venezolanas ENCOVI 2016.
Venezuela necesita dinero para superar la crisis y el gobierno lo busca, pero para mantener el clientelismo de su poca militancia. La obtención de ese dinero sin aprobación del Parlamento sería ilegal e impagable a futuro. Esta fue la razón inicial de las sentencias mencionadas. Así, la crisis política y económica ha llegado a una encrucijada en la que se debate nuestro futuro. Al mundo y a Latinoamérica, decimos: gracias, es momento de no dejarnos solos.
Daniel Montero | @danmont
Abogado. Asistente parlamentario. Dirigente de Primero Justicia, estado Miranda, Venezuela
Artículo original en español. Traducción realizada por inteligencia artificial.
En menos de una semana el país fue sacudido por dos sentencias de la Sala Constitucional del Tribunal Supremo de Justicia (TSJ) que generaron una ruptura del orden constitucional y configuraron un golpe de Estado (o autogolpe, como refieren algunos).
Protestas en Caracas | Imagen de archivo: Cristian Garrido Páez, vía Wikicommons
Todo inició cuando esta Sala, que se encuentra (de facto) por encima del mismo Tribunal y del resto de los poderes públicos en la Venezuela chavista, abrió un juicio de forma exprés, a solicitud del diputado Héctor Rodríguez, jefe de la bancada minoritaria del PSUV, y generó la sentencia n.º 155. Esta anula el acuerdo aprobado por la Asamblea Nacional el pasado 21 de marzo de 2017 que alentaba la reactivación del proceso de aplicación de la Carta Democrática Interamericana de la OEA. La sentencia inicia «la apertura de un proceso de control innominado de la constitucionalidad», ordena al presidente de la República Bolivariana de Venezuela «ejercer las medidas internacionales que estime pertinentes y necesarias para salvaguardar el orden constitucional», invocando un «estado de excepción», y redefine los límites de la inmunidad parlamentaria asomando la posibilidad de iniciar juicios penales a diputados.
Con apenas 48 horas de diferencia, y después de que el Consejo Permanente de la OEA finalizara su sesión del martes 28 de marzo sin una declaración final sobre la implementación de la Carta Democrática a Venezuela, la Sala Constitucional publicó la sentencia n.º 156 en la que, dando curso al «proceso de control innominado de la constitucionalidad», decidió asumir las competencias totales de la Asamblea Nacional, liquidando el Poder Legislativo y ocasionando una evidente ruptura del orden vigente.
La Mesa de la Unidad Democrática, la comunidad internacional e incluso sectores internos del chavismo le salieron al paso a esta última publicación. Perú retiró a su embajador, Chile y Colombia llamaron a los suyos a consulta. Argentina, Estados Unidos, Costa Rica, Uruguay, España, Brasil, la Unión Europa, entre otros, emitieron comunicados de rechazo. Pero de todas las voces disidentes, la que más destacó fue la de la fiscal general de la República, Luisa Ortega Díaz, quien ha ejercido el cargo de forma ininterrumpida durante una década de lealtad al oficialismo. Ortega, nombrada por Chávez en la posición que ostenta, rechazó la ruptura del orden constitucional. Sin embargo, nunca informó las medidas a tomar contra los magistrados. Un día después acudió al Palacio de Miraflores a solicitud de Nicolás Maduro, quien luego informó que se había resuelto el impasse entre la Fiscalía y el TSJ.
Posteriormente, después de que en la madrugada del sábado 1 de abril el Consejo de Defensa de la Nación convocado por Maduro (al que no asistió el presidente de la Asamblea Nacional ni la fiscal «exhortara» a la Sala Constitucional a que «revisara» las sentencias de la discordia, el TSJ publicó en su portal web el mismo día un enunciado de dos dictámenes, numerados 157 y 158 respectivamente, cuya versión completa es aún desconocida, en los que «aclara» «de oficio» y suprime lo concerniente a los límites de la inmunidad parlamentaria y a la apropiación de las competencias del Legislativo.
Sin embargo, las sentencias de la Sala Constitucional no son revisables y en caso de una aclaración de forma, no de fondo, se hace a solicitud de parte y no de forma exprés como sucedió aquí.
Siguiendo la evidencia de anteriores situaciones en las que el oficialismo atentó radicalmente contra el orden institucional del país (si es que tal orden todavía existe) —sin ir muy lejos, sirve como ejemplo el bloqueo sistemático al Parlamento opositor desde su asunción en enero de 2016—, todo indica que el chavismo despliega una estrategia basada en un juego de ensayo y error en el que persigue unificar a la elite oficialista en torno a la generación de un nuevo clima de gran tensión, donde salta un elemento central: la aprobación-desaprobación del endeudamiento externo y de los acuerdos con trasnacionales para la explotación del arco minero y la faja petrolífera del Orinoco, las únicas bocanadas de financiamiento disponibles. En este contexto, no hay muestras de una convocatoria a elecciones ni de liberación de presos políticos ni de reconocimiento total de la autonomía del Poder Legislativo.
La solución al impasse que publicita el chavismo no significa que se haya enmendado o detenido el golpe de Estado perpetuado por la (in)justicia venezolana. Por el contrario, se reconoce que en el país no existe división de poderes. La oposición, con un Parlamento asfixiado y sometido por el Ejecutivo y la fuerza policial, anunció movilizaciones de calle y la apertura de un procedimiento de destitución de los magistrados del TSJ que buscará apoyo en la comunidad internacional. ¿Importará eso al chavismo? ¿Retrocederá Maduro? La historia reciente nos dice que no. Desconocemos si en esta ocasión será diferente.
Ángel Arellano | @angelarellano
Venezolano, doctorando en Ciencias Políticas, integrante del Centro de Formación para la Democracia
Doctor en ciencia política, magíster en estudios políticos y periodista. Profesor de la Universidad Católica del Uruguay y de la Universidad de Las Américas de Ecuador. Coordinador de proyectos en la Fundación Konrad Adenauer en Uruguay, y editor de Diálogo Político.
Artículo original en español. Traducción realizada por inteligencia artificial.
Lenín Moreno sería proclamado nuevo presidente del Ecuador en medio de la conmoción social. Y esta conmoción social que se vive en Ecuador, suscitada después de concluido el proceso electoral del domingo, no es más que el resultado de la falta de institucionalidad que existe en el país.
Y es que los resultados del conteo rápido del Consejo Nacional Electoral (CNE) no hacen más que generar dudas, no solo por las inconsistencias encontradas respecto a las Actas, ni tampoco por los problemas del sistema de conteo rápido, sino también porque el CNE no ha cumplido, ni en la primera ni en la segunda vuelta, con su promesa de entregar los resultados finales oficiales a las 20h00 del mismo día de las elecciones. Al contrario, ha alargado la proclamación de los resultados oficiales generando así la protesta ciudadana.
Con el 99,60% de las actas escrutadas (información hasta las 22h00 del 3 de abril), el CNE otorga a Lenín Moreno la Presidencia de la República, ya que cuenta con el 51,16% frente al 48,84% del candidato del Movimiento CREO, Guillermo Lasso.
En otras épocas, los resultados no solo que se hubieran proclamado pocas horas después de cerrado el proceso electoral, sino que seguramente hubieran sido aceptados por ganadores y perdedores sin mayor conmoción. Sin embargo, el triunfo de Moreno se da en medio de dudas, dando cabida a las sospechas de fraude y suscitando la protesta ciudadana.
Por decirlo menos, es sui generis que dos candidatos que se pelean la banda presidencial se proclamen ganadores a pocos minutos de que los recintos electorales finalizaron el proceso de votación.
El exit poll de la encuestadora CEDATOS, aquella que acertó con los resultados en primera vuelta, y anunciados pocos minutos después de las cinco de la tarde del domingo, daban la victoria al candidato de oposición, a quien le otorgaba el 53,08% frente al 46,98% de Moreno. Por su parte, la encuestadora Perfiles de Opinión señaló que de acuerdo a su exit poll, la presidencia se quedaba en la Revolución Ciudadana, dándole un 52,2% a Moreno y un 47,8% a Lasso. Así los dos se sentían ganadores.
Los resultados de CEDATOS se explicaban por los hechos de las últimos días de campaña, una agresión desmedida hacia Lasso a la salida de un partido de la selección por supuestos simpatizantes de Alianza País y el gasto público realizado en entradas a dicho espectáculo público (más de $300.000 gastados en la compra de abonos para dos partidos de la selección ecuatoriana), la ruptura del orden democrático en Venezuela, y el final de la campaña más sucia que hizo un partido utilizando todo el aparataje estatal para cumplir sus objetivos.
Si algo logró la campaña de Moreno fue agrupar a la oposición y fortalecerla. Lasso cuenta con el apoyo de muchos sectores políticos y sociales, porque logró conjugar su discurso con las demandas colectivas de muchos, logró incluir en vez de dividir. Por eso, si las impugnaciones que el Movimiento CREO presentará al CNE no cambian los resultados, para Moreno la oposición será una pared difícil de saltar.
La realidad es que si Moreno llega a gobernar, escenario que es el más factible, lo hará con una legitimidad quebrada, con cerca de la mitad de la población pensando diferente y en desacuerdo con sus propuestas populistas. Pero más grave aún, lo hará en un ambiente de duda, de sospecha y con la certeza de que será más de lo mismo: polarización, odio, violencia, impunidad, sin libertades, sin institucionalidad, sin independencia de poderes, porque eso es lo que rodea su triunfo, resultado de su propia campaña y de 10 años de gobierno de la Revolución Ciudadana.
Carla Bonilla E. | @CarliBonilla Ecuatoriana. Comunicadora. Máster en Gerencia Política y Gobernabilidad. Exasesora y jefe de proyectos en el Congreso Nacional, la Unión Demócrata Cristiana, la Fundación Konrad Adenauer y el Municipio del Distrito Metropolitano de Quito.
Artículo original en español. Traducción realizada por inteligencia artificial.
Días convulsionados son los que le toca atravesar a nuestra América Latina. Violencia que colma las calles, y la incertidumbre a la orden del día…
Incidentes en Asunción el 1 de abril de 2017
Sin embargo, hay un sentimiento que aún no pueden derribar, y es la esperanza. Esperanza y fe de que ninguna persona, ni ningún gobierno podrá arrebatarnos nuestra libertad. La libertad de pensamiento, de elegir nuestros gobernantes y representantes, libertad en todo sentido. Hablamos ni más ni menos de nuestros derechos, civiles, políticos, sociales y económicos.
Hablamos de Derechos Humanos, aquellos que poseemos por el solo hecho de ser personas y que nos otorgan dignidad. Aquellos que el Estado debiera proteger, defender y promover, y sin embargo muchas veces esto no es así, no solo no nos protege el Estado, sino que es él mismo el encargado de vulnerarlos.
¿Qué te está pasando América Latina? O mejor dicho ¿Qué sucede con algunos gobiernos de nuestra América? Por favor, no naturalicemos la violencia. No permitamos que avasallen nuestros derechos. Estos son nuestros, no de ningún gobierno de turno que intenta arrogarse facultades que no le son propias, yendo hasta desbaratar los cimientos mismos de un Estado de Derecho que se precie de tal.
Ya nos hemos casi acostumbrado a las malas noticias provenientes de Venezuela. Por favor, no naturalicemos. Solidaricémonos con el hermano pueblo de Venezuela, entendamos y acompañemos a millones de venezolanos que están saliendo a las calles a defender su democracia, porque su presidente Nicolás Maduro decidió a través del Tribunal Supremo de Justicia disolver la Asamblea Nacional, aunque ahora intente confundirnos diciendo que algunos puntos de la medida serán revisados. Todo ha sido contrario a la Constitución, la decisión del TSJ, como la virtual marcha atrás de Maduro. En un mar de confusión, Venezuela clama por elecciones libres, por el respeto de sus Derechos, los cuales han sido totalmente quebrantados.
Por si todo esto fuera poco, anoche las noticias que llegaban desde Paraguay eran muy tristes. La represión colmaba las calles, el Congreso de la Nación fue incendiado, un joven militante fue asesinado en la sede de su partido, mientras la policía ingresaba al local del partido. Caos, muerte, descontrol. Todo a consecuencia del deseo de modificar la Constitución, para permitir la reelección del Presidente de la República, lo cual hasta el momento no se permite en dicho país.
Cuánto irrespeto por las instituciones, por la persona. ¿Qué te pasa América Latina? Cuánto duele tanta mezquindad, tanto egoísmo. Cuántos se han olvidado que debieran gobernar por el bien común y que se deben a sus representados.
Artículo original en español. Traducción realizada por inteligencia artificial.
Todos los días suena mi alarma a las cinco de la mañana, para preparar todo antes de ir a trabajar. Lo que no esperaba este jueves era despertar con una noticia que estremecería a Venezuela.
Julio Borges al frente de la Asamblea Nacional se dirige a la población, 30.3.2017 | Foto: Daniel Montero
En medio de apagar la alarma y despertarme, suelo revisar los mensajes que han llegado desde que me dormí. En efecto, cuando hoy me dispuse a esa rutina, la primera noticia fue: «Golpe a la democracia». Desesperadamente me levanté y comencé a leer la sentencia n.º 156 emitida por el máximo tribunal de la república.
Llamé a mi esposo y le dije: «La gota que derramó el vaso». En la madrugada el Tribunal Supremo de Justicia, al mejor estilo dictatorial, había emitido una sentencia en la que se atribuía las competencias de la Asamblea Nacional. En resumidas cuentas, esto no es más que declarar la nulidad del cuerpo parlamentario.
Sin embargo, al pasar unas dos horas me dispuse a ir a mi lugar de trabajo, la Asamblea Nacional, donde desde enero de 2016 hemos intentado resolver la crisis que actualmente vive el país y el Gobierno no nos ha dejado actuar. Al llegar vi a mis compañeras de fracción. Todos repetíamos lo mismo: «Esto es un golpe a la democracia, un golpe de Estado». Dos horas después el ambiente se notaba tenso, la gente esperaba una respuesta. Llegó el momento de hablar a los medios y al pueblo de Venezuela. Julio Borges, presidente de la Asamblea Nacional, comenzó su discurso llamando al gobierno de Nicolás Maduro por lo que es: una dictadura. En medio de su pronunciamiento realizó un gesto que significó mucho para todos los venezolanos que estábamos mirando: rompió frente a las cámaras la sentencia dictada por el máximo tribunal y afirmó que eso no era más que pura basura. Terminó llamando al pueblo a entender que lo que ocurre en Venezuela es un golpe de Estado y que llamarán a acciones de calle.
Termina la alocución, todos en la expectativa de lo que sucede y, mientras se discutía que haríamos, un grupo de diputados fue a la sede del máximo tribunal en rechazo a la sentencia dictada. Otros seguimos trabajando y pidiendo apoyo a nuestros compañeros de distintos países, pidiendo pronunciamientos. En ese momento sentí que teníamos que dar todo de nosotros y comunicar al país lo que estaba pasando. Minutos después nos avisan que los diputados fueron agredidos. Una vez más el Gobierno juega en contra de los venezolanos. Esto no nos paró, seguimos en la calle y así terminó el día en que amanecimos con golpe.
Vuelve a sonar mi despertador a las cinco, me levanto preparada para lo que nos toca. Es viernes y nuestra primera acción de calle será ir a la Fiscalía a exigir la responsabilidad penal de los magistrados que dictaron la sentencia. Nos concentramos a las afueras de la Fiscalía y, en cuestión de minutos, grupos armados del oficialismo dispersan la manifestación. En ese mismo momento se pronuncia la fiscal general declarando que se ha quebrado el orden constitucional en Venezuela. Una declaración que puede ser muy buena o muy mala, la verdad no lo sé, pero es importante para el país.
Mientras escribo esto, han pasado unas horas del pronunciamiento de la fiscal y escucho a Nicolás Maduro en su primera aparición luego de que dictaran la sentencia. Sólo habla de la historia de los medios de comunicación, de las redes sociales y se ríe diciendo que el suyo es un gobierno popular. Poco a poco va cambiando el discurso, comienza a hablar de la sentencia y se jacta de la «separación de poderes en Venezuela». Con impotencia sigo escuchando, temo por lo que vaya a decir, me cuesta pensar en que pueda decir algo peor a lo que ya está. Termina su intervención convocando al Consejo de Defensa a una reunión esta noche, en la cual intentarán dirimir las diferencias entre la Fiscalía y el máximo tribunal.
Todo esto pasa y miles de venezolanos siguen comiendo de la basura, miles de venezolanos son asesinados, miles de venezolanos tienen el deseo de cambiar el país. No podemos pedir más que la posibilidad de elegir a quién queremos que nos gobierne; no podemos pedir más que libertad; no podemos pedir más que una gota de esperanza para solventar esta crisis. En medio de todo esto, nos preparamos para salir a la calle mañana, sabiendo que corremos un riesgo, sabiendo que podemos no regresar. Pero hoy estoy clara que mi país me necesita, que nos necesita a todos y que llegó la hora de defender nuestra Constitución y de dar la batalla para recuperar la república.
Andrea Mesa | @AndreaMesaN
Abogada. Militante de Primero Justicia. Asistente parlamentaria en la Asamblea Nacional
Abogada especialista en Derecho Constitucional y Parlamentario. Ex Coordinador de Proyectos en la Fundación Konrad Adenauer. Especialista en procesos legislativos, políticas públicas y gobernanza. Formó parte del equipo de la Asamblea Nacional de Venezuela, donde trabajó en reforma constitucional y redacción legislativa.
Artículo original en español. Traducción realizada por inteligencia artificial.
Pocos son los países de Latinoamérica donde funcionarios, políticos y presidentes no hayan sido salpicados por el cemento corrupto de una de las empresas constructoras más grandes del mundo, de origen brasileño.
Imagen: Pixabay.com
La debilidad y la ambición del hombre por el dinero viene desde muy lejos. Quizás la traición de Judas Iscariote fue la primera que quedó documentada. Hoy en muchos países ha tomado dimensiones dantescas. Donde los controles son muy poco efectivos, se hace más fácil lograr impunidad, sobre todo cuando los organismos encargados de combatir los delitos no son capaces de aplicar sus normas a las personas que las trasgreden.
Este accionar es especialmente peligroso dentro del Estado. Si el conjunto de instituciones que están para organizar y regular la sociedad se encuentran dominadas por la corrupción, se hace casi imposible garantizar un mínimo de bienestar y de seguridad a los ciudadanos.
La tendencia se agudiza en aquellos Estados políticos donde el Ejecutivo no necesita negociar con otros partidos, o controla totalmente al Legislativo y a buena parte de la justicia, y resulta más fácil que unos pocos se apoderen de las decisiones públicas. Un claro ejemplo de ello son los países que han tenido gobiernos que, bajo un aparente manto democrático, han logrado el poder absoluto, como Argentina entre 2003 y 2015, Bolivia desde 2006 hasta la fecha, Brasil entre 2003 y 2016, Ecuador desde 2007 hasta la fecha, Panamá entre 2009 y 2014, Venezuela desde 1999 hasta la fecha, por nombrar los casos más resonantes.
Más allá del lógico perjuicio al erario público, hay consecuencias sobre el capital social cuyos efectos se manifiestan particularmente a través del accionar de redes clientelares que suelen enquistarse en la administración pública y operan a través de los cargos oficiales en favor de intereses particulares, normalmente vinculados a satisfacer a su clientela.
La red clientelar tiene una estructura de carácter jerárquico, donde cada elemento responde ante un superior o patrón, a quien se debe obedecer mediante criterios más personales que profesionales. Este fenómeno, conocido también como amiguismo o padrinazgo, hace desaparecer la separación que existe entre la esfera pública y la privada, permite el abuso de los poderes públicos y genera ineficiencias en los procesos de selección y gestión. Los efectos de esta trama de carácter jerárquico se traducen en una reducción de los niveles de capital social o de confianza interpersonal entre los ciudadanos.
Este tipo de confabulación jerárquica, propia de las mencionadas relaciones de padrinazgo o clientelares, inhibe la relación horizontal entre los niveles inferiores de la estructura de la red. La posibilidad de prosperar pasa por la recompensa a la lealtad mostrada ante el patrón o el caudillo.
Latinoamérica posee un gran potencial económico, humano, medioambiental y cultural que está condicionado por estigmas como la gran pobreza y la corrupción. Esta región es, junto con África, la de mayor desigualdad social del mundo. Se ha avanzado poco y nada en corregir esta auténtica tragedia en los últimos años.
Por ello es necesaria una vigilancia horizontal entre los poderes políticos o una mayor fiscalización de los actos del gobierno para que estén siempre relacionados positivamente con el control de la corrupción, de suerte tal que los cimientos de esta sean cada día más débiles.
Jorge Dell’Oro | @dellOroJorge Consultor en comunicación política
Artículo original en español. Traducción realizada por inteligencia artificial.
A seis décadas de su inicio formal como unión económica, La Unión Europea ha demostrado que el futuro se construye sobre valores compartidos y asumidos en conjunto. La celebración es momento propicio para retomar uno de los principios rectores del humanismo: la subsidiariedad.
La Unión Europea, el mayor avance político y económico de la humanidad | Imagen: Gyrostat, vía Wikicommons
No son pocos ni menores los retos, pero tampoco puede negarse la hazaña: a sesenta años del Tratado de Roma, la certeza de una Unión Europea fuerte y sólida está presente y la convierte en un protagonista clave del siglo XXI. Protagonista, sí, aunque también inmersa en conflictos constantes que no deben servir como pretexto para opacar los grandes logros de su constitución ni mucho menos para escatimarle motivos de festejo.
La unidad comercial, el libre tránsito, la consolidación democrática, la moneda única, las instituciones garantes del futuro común, por mencionar las más avanzadas, representan una evolución que ninguna otra región del planeta ha logrado ni está cerca de alcanzar.
Europa ha marcado, así, un parangón que seis décadas después demuestra que la unidad entre Estados, proceso en ocasiones lento pero siempre con objetivos tangibles, no es sencilla ni mucho menos algo que se dé por decreto o con soluciones simplistas o irreales.
Frente a quienes quisieran que todo ocurra de manera inmediata, o ante otros que eligen la cerrazón y el ostracismo como solución, la lección es clara: ni el populismo con sus remedios de ocasión, ni el nacionalismo exacerbado con sus fórmulas vetustas, ni mucho menos el extremismo donde las voces y decisiones de los menos atropellan los derechos y libertades de los más, sirven para construir desde el presente un porvenir posible.
O al menos no uno que reivindique los valores garantes de los grandes avances de la humanidad: la libertad, la igualdad y la solidaridad solo han demostrado pasar de lo ideal a lo real desde la democracia y por la democracia.
Son sesenta años que se cuentan y se reseñan fácil pero que han padecido frenos, retrocesos en ocasiones, obstáculos internos y externos. Ningún proceso de esas dimensiones se logra de un día para otro ni puede prometer un paraíso en la Tierra como fin último, porque ahí es donde inician los infiernos que más daño han generado a nuestro mundo.
Los retos de hoy son, empero, distintos a los de hace sesenta años y su solución tampoco será expedita ni inmediata; su expresión es, en ese sentido, similar a las que ha traído una globalización que, concentrada en el crecimiento económico, deja de lado a periferias que —por razones de índole diversa pero que suelen enmarcarse en los términos de la política— quedan rezagadas de los avances sociales.
La inmigración, la disparidad entre generación y reparto de riqueza, la seguridad, el fundamentalismo, los retos de una nueva gobernanza, la calidad de la democracia y el populismo afectan a la Unión Europea como lo hacen con buena parte de la humanidad. Y para ninguno de estos males hay una respuesta exacta ni que pueda replicarse en cada país por igual. De ahí la complejidad y el desafío, de ahí también la tendencia a creer que no hay solución posible.
Y sin duda que existe, que debe existir, y llegar a ella será mucho más efectivo si se hace desde ese modelo de unidad, de consenso, de acuerdo y de objetivos pequeños pero tangibles que ha demostrado desde el propio ejemplo europeo ser el camino idóneo. Es decir, desde los principios que dan forma a las democracias y que, llevados al plano trasnacional, exigen amplitud de miras y sobre todo un valor que pareciera quedar rezagado: la generosidad.
El rezago puede entenderse porque esa generosidad está en la base del más complejo y avanzado eje del humanismo político, que es la subsidiariedad, donde aquel que ha llegado a cierto punto de desarrollo elige voltear hacia quienes quedaron atrás e impulsarlos no de manera asistencialista sino más bien fomentando la institucionalidad necesaria para que los avances sean estables, firmes y, en la medida de lo posible, sin vuelta atrás.
Los sesenta años de la Unión Europea pueden ser ocasión para repasar retos y logros pero, sobre todo, deben ser el incentivo para colocar a la subsidiariedad en el centro de esa nueva forma de acción política que tanto se demanda.
Entenderla, explicarla, demostrar su urgencia es clave para dos grandes objetivos: entender que de poco sirve que algunos avancen a velocidad extrema si van solos en esa carrera, y que sólo en la medida de una mayor igualdad será posible construir unidad: política, económica, social y cultural… El legado de Europa así lo demuestra.
Artículo original en español. Traducción realizada por inteligencia artificial.
Lo que sigue para la Unión Europea luego de la cumbre entre Merkel y Trump
Canciller alemana Angela Merkel
Después de la primera visita de la canciller federal Angela Merkel al nuevo presidente de los Estados Unidos de América Donald Trump parece más necesario que nunca el diálogo transatlántico intenso.
«Tenemos un líder inteligente y fuerte en Washington… Lástima que hoy toma el vuelo de vuelta a Berlín». Con este tuit una joven norteamericana comentaba la esperada visita de la canciller federal Merkel al presidente Donald Trump de la semana pasada. Esta actitud fue repetida, especialmente por el hecho que Angela Merkel es hoy más popular que nunca entre los think tanks las fábricas de pensamiento y los profesionales de la política a nivel internacional. Por un lado, uno se puede poner contento, ya que el primer encuentro personal fue importante para Alemania y para Europa. Por otro lado, la cumbre mostró a todo el mundo dónde están las debilidades en las relaciones transatlánticas, en las que habrá que trabajar duramente en los próximos meses.
Merkel incluyó a la familia Trump y a representantes de la economía
En el encuentro, la canciller invirtió bastante para mantener abierta la puerta a una relación personal con Trump a pesar de todas las críticas. Es que al comienzo tampoco fue fácil con George W. Bush ni con Barack Obama. La iniciativa alemana de conversar sobre capacitación profesional con participación de Ivanka Trump y Jared Kushner, así como de los jefes de la BMW y de Siemens constituyó una concesión al estilo de gobierno de Trump, en el que familiares y gente de negocios parecen jugar un papel central.
La iniciativa de Merkel fue un éxito en cuanto a su contenido. Es llamativo que el mismo Trump pero también los medios norteamericanos y think tanks de renombre como la Brookings Institution ahora discutan sobre la formación profesional. Esto aplica ante todo porque el foco puesto en la formación profesional comprende la recomendación de encarar la transformación de la industria como desafío transatlántico común.
El ofrecimiento de vincular el tema con la construcción de un vínculo personal fue rechazado en principio por Trump. Esto se ve en su lenguaje corporal y en la clara distancia, en especial, si se compara con las recientes visitas de Theresa May, Shinzo Abe y Justin Trudeau. Ante todo, Trump dejó claro mediante un tuit, solamente doce horas después de la conferencia de prensa conjunta, que lamentablemente no se había alcanzado aún la conversación en confianza recomendada por Merkel en forma pública.
Trump acepta el liderazgo europeo en Ucrania y apoya a la OTAN
Esto no debilita los resultados tangibles de la primera visita: aparte de la aceptación de un proyecto conjunto de capacitación profesional, Merkel recibió la confirmación de Trump del liderazgo europeo en el conflicto por Ucrania. Durante la conferencia de prensa Trump se expresó en forma más clara a favor de la OTAN que en su discurso frente al Congreso dos semanas antes.
Por lo tanto hay algo que anotar en el haber. En el debe, por el contrario, deben ser anotados tres temas definitorios que exigen mucha atención y compromiso de los políticos de la UE.
La UE debe presionar a Trump a través de hechos
En primer lugar, se constata que a solamente una semana del 60.º aniversario de los tratados de Roma Trump no utilizó ni una sola vez el término Unión Europea. Hasta hace poco tiempo, en Washington era válido que una UE fuerte era del interés de los Estados Unidos. Esto no parece ser ya obvio para Trump. Uno se podría acalorar con la retórica anti-UE del asesor Stephen Bannon. Sin embargo, la percepción de Europa por parte de los Estados Unidos no depende en primer lugar de Trump o de las ideas de Bannon, sino de la actuación de la UE y de sus Estados miembros. La canciller nombró siempre a Alemania conjuntamente con la UE durante su visita. También el jefe de gobierno de Irlanda Enda Kenny lo hizo enfáticamente el mismo día.
Ahora se trata de que los representantes de los Estados de la UE siempre «traigan» a la UE en sus conversaciones con Trump. La UE debe imponerse a través de hechos, y constituir realmente una unión en el diálogo transatlántico. Trump y Bannon no son, de ninguna forma, los únicos en Washington que dudan de la UE y que piensan en las presuntas ventajas de relaciones bilaterales exclusivas y del combate al multilateralismo. Pero no sirve de nada quejarse de que los norteamericanos no entienden a Europa. Se necesita compromiso y diálogo. Está bien que actualmente cada semana representantes gubernamentales y de los Parlamentos europeos, así como diputados del Parlamento Europeo y representantes de la sociedad civil viajen a Washington. Un flujo constante de visitantes en busca de un diálogo con la nueva administración y su entorno de asesores, y que en estas visitas apoyen a la UE, seguramente contribuirá a dar forma a muchos aspectos todavía no claros en las posiciones de la administración de los Estados Unidos. En este sentido, sería positivo que en el futuro los representantes de la UE conscientemente actuaran en conjunto.
Continúa la discusión sobre el aumento de los aportes a la OTAN de sus Estados parte
En segundo lugar, Trump utilizó la visita de Merkel para explicitar el conflicto sobre los aportes de los europeos a la OTAN. El tuit de Trump después de la cumbre no es aceptable en su estilo y las presuntas deudas no existen. Sin embargo, todos saben que la intimación de mayores aportes europeo a la defensa del propio continente constituye una exigencia fundada. El tema no surgió con Trump. En Washington, y no solamente allí, hay amplio consenso hace tiempo sobre el tema.
Cabe preguntarse si los socios americanos podrán ser tranquilizados con la decisión de los europeos de aumentar los gastos de defensa a un dos por ciento del PIB hasta el año 2024. Se trata de un acuerdo del año 2002, cuando la situación de seguridad de Europa era completamente diferente a la actual. Desde ese entonces Rusia anexó Crimea e intervino en el este de Ucrania. Las formas híbridas de guerra, maniobras cercanas a las fronteras y la guerra cibernética son una realidad. Estos argumentos deberán ser tenidos en cuenta en el establecimiento de los cronogramas. Además, ahora hay que ampliar la discusión con la administración Trump para no solamente discutir sobre los meros gastos sino también sobre las capacidades, las tecnologías y el desarrollo de la industria armamentista, y que esto debe suceder de acuerdo con el criterio de Merkel: conversando unos con otros y no unos sobre otros. Ya en mayo Trump vendrá a la cumbre de la OTAN en Europa y volverá sobre el tema.
En la concepción del comercio y de la competencia global se muestran grandes diferencias
En tercer lugar, existen grandes diferencias entre las concepciones de Trump y Merkel respecto a la cooperación económica y el comercio. Merkel argumenta inspirada en la filosofía del mercado común en la Unión Europea: mercados abiertos con reglas comunes, productos competitivos, comercio como ganancia para todos los involucrados. Trump se mantuvo en su mundo de intercambios «buenos» y «malos», a las situaciones de suma cero con ganadores y perdedores. Frente a esto, la canciller intentó advertir que todo intercambio (deal) exige la aceptación democrática del otro lado y que por lo tanto la concepción de ganadores y perdedores es inconducente. Trump obviamente no la entendió. De manera que en este punto es urgente lograr un compromiso.
Aun cuando Trump no facilita las cosas, los europeos no deberían frente a los norteamericanos dejarse arrastrar a una espiral de hablar uno sobre los otros o de sacudir la cabeza, o aun caer en reflejos antiamericanos.
La cooperación transatlántica sigue siendo importante para la libertad y el bienestar de Europa
Después de sesenta años de fundación de la Unión Europea y también después de la asunción de Trump sigue siendo correcto que la cooperación transatlántica es constitutiva de la seguridad en Europa y la premisa para nuestra vida europea en libertad y bienestar. La tarea que se presenta frente a las posiciones de Trump es clara: mantenerse unidos enérgicamente en una comunidad a largo plazo en vez de deals a corto plazo, más responsabilidad europea compartida en relación con la seguridad y a la defensa. Al mismo tiempo se requiere de compromiso de los transatlánticos de ambos lados de no permitir que las posiciones de enfrentamiento se anquilosen o incluso aumenten para conseguir el aplauso fácil en la política interna. Los líderes inteligentes y fuertes dan forma a los temas comunes en diálogo constante a través del Atlántico.
Nico Lange
Director de la oficina de la Fundación Konrad Adenauer en Washington, DC, EUA
Traducción de Manfred Steffen, coordinador de programas de la Fundación Konrad Adenauer, oficina Montevideo
Una versión resumida de este artículo fue publicada el 22 de marzo de 2017 en el diario Die Presse
Artículo original en español. Traducción realizada por inteligencia artificial.
Hoy más que nunca Chile necesita retomar la senda de los consensos, de la responsabilidad, y encauzar la prudencia gubernamental de antaño, que tantos frutos trajo consigo
Carolina Goic, presidenta del Partido Demócrata Cristiano de Chile y precandidata presidencial
Los últimos presidentes de la República, especialmente Michelle Bachelet y Sebastián Piñera, se han caracterizado por impulsar políticas con un claro sesgo, en razón de la presión ideológica total del partido o tendencia que representan, más que por acciones prudentes, asociadas a gobiernos mesurados y responsables como los hubo en el pasado.
Esto sumado a la ya tan redundante falta de confianza sobre lo político, ha producido en la sociedad chilena una sensación de desorganización o —si se le quiere llamar así— ingobernabilidad, debido a la benigna costumbre que se instauró en Chile desde el retorno a la democracia, hace ya 27 años, de gobernar con estadistas, caracterizados por implementar un sistema de funcionamiento político digno de imitar en otras regiones. Un modo de gobierno basado en el estoicismo que sin duda alguna trajo consigo la bonanza de crecimiento nacional de la que tanto se habló en el extranjero y que permitió llevar adelante las mejoras sociales, empero de una forma concienzuda, visionaria y, por sobre todo, con serenidad.
El país necesita un gobierno de centro, decidor pero mesurado. Por tanto, es imperioso contar con una figura con un poder inteligente, y eso en la actualidad lo genera una mujer que se ha posicionado como un ícono de uno de los partidos políticos más grandes de Chile.
Cuando la contingencia política del país nos dice que el próximo presidente será el precandidato de la derecha y exmandatario Sebastián Piñera o, también con clara posibilidad, el senador y precandidato independiente apoyado por el partido radical de la izquierda, Alejandro Guillier, aparece con fuerza, justo en el momento que más la situación lo amerita, una mujer que sigilosamente se ha ido posicionando: Carolina Goic Boroevic, senadora de la República y presidenta del Partido Demócrata Cristiano, el partido llamado a recalcar la prudencia.
Chile requiere hoy más que nunca retomar la senda de un gobierno que, si bien debe escuchar a la ciudadanía, también debe tomar decisiones con responsabilidad de cara al futuro del país. Cuando Carolina Goic habla, refleja la dulzura en su más alta expresión, pero muestra una convicción y poder de decisión que hacen resaltar de inmediato su gran liderazgo.
Carolina mantiene una semejanza con otros políticos en Chile, y esta es que ha ganado en elecciones abiertas como cualesquier candidato a un cargo de representación popular; sin embargo, mantiene también una notable diferencia con todos: Carolina le ganó al cáncer en el año 2013, una experiencia de vida que habla de lucha, perseverancia, tenacidad y cristianismo. Con más fuerza todavía, retomó la arena política y hoy carga consigo la inmensa responsabilidad y compromiso de instaurar nuevamente a la democracia cristiana como el partido más grande del país, así como enfrentar una probable contienda electoral por la presidencia de Chile.
En este contexto eleccionario y de necesidad de estabilidad socioeconómica que implora la sociedad es que Carolina perfectamente puede proyectarse. De igual forma, es válido comparar tipos de liderazgos que se ejercen en otras partes del orbe. Un caso símil que no se puede eludir es el de Alemania, en donde resalta la figura femenina de la canciller Angela Merkel, quien posee varias virtudes: inteligente, tenaz, conciliadora, responsable, decidora, entre muchas otras. Son esas virtudes que han permitido que Alemania últimamente mantenga una impecable estabilidad económica y no se vea afectada por las crisis que han padecido otros países europeos.
Estoy convencido de que Chile necesita una Merkel, y Carolina Goic es la mujer que encarna esas mismas cualidades: dulce en la forma pero fuerte y decidora en el fondo. Es el ideal de liderazgo gubernamental que extraña la sociedad chilena, el que debe imperar en las próximas elecciones presidenciales para que el país vuelva a progresar con el equilibrio que ya no tenemos.
Rodrigo Esparza | @rodrigo_esparza
Cientista social. Licenciado en Historia y en Educación
Artículo original en español. Traducción realizada por inteligencia artificial.
David y Juan Pablo son dos jóvenes profesionales de 30 años que arribaron a San Pablo, Brasil, en búsqueda de una nueva vida y con un profundo dolor en sus almas al desistir de lo imposible: la idea de encontrar una oportunidad en su propia patria.
Esperando la partida. Aeropuerto de Maiquetía, Caracas | Wikicommons
La mejor versión de los acontecimientos siempre viene de la primera fuente. Venezolanos en el mundo dan cuenta de la dura realidad que atraviesa su país.
Que Venezuela está en crisis no es noticia. Hace años arrastra una tormenta económica, política y social que aumenta cual bola de nieve y no permite vislumbrar una solución. Esto motiva a miles de nacionales a emigrar en masa a otros países, de preferencia también latinoamericanos.
Esta migración tiene un ribete especial: la profesionalización. Ingenieros, doctores, profesores dejan de lado la cercanía física familiar y sus historias de vida en una nación devastada por la escasez de energía, de productos alimenticios, de medicamentos y otros artículos de primera necesidad. Toda una paradoja para una de las naciones con mayores fuentes de riquezas naturales y quinta exportadora de petróleo en el mundo.
Abandonar la madre patria con la impotencia de saber que muchos otros compatriotas seguirán viviendo en ese clima de inseguridad y constante incertidumbre es materia de análisis para sociólogos, psicólogos y profesionales de las ciencias sociales.
«Lo cierto es que había que tomar una decisión», dice Juan Pablo, oriundo de Puerto Ordaz, quien ve con optimismo el futuro que pueda ofrecer Brasil a un ingeniero joven y con algo de experiencia, mientras que su compañero de ruta David Enrique es más específico al mencionar que está agradecido porque en Brasil «se come tres veces al día». Crudas declaraciones que dan cuenta de los venezolanos por el mundo y sensibilizan aún más que lo que reportan los medios nacionales e internacionales. La realidad está ahí, frente a los ojos: son jóvenes educados y energéticos que solo buscan una oportunidad para trabajar y, como en muchos casos, encarnan la esperanza familiar al otro lado de la frontera.
Afirman que en la actualidad Venezuela es el país de los lujos. Acceder a una consulta médica, dormir tranquilo en casa, cenar, contar con energía eléctrica las 24 horas del día o no tener la necesidad de abandonar el país son consideradas situaciones anormales en un país donde miles de personas no tienen qué comer. Esta es la cara más desgarradora de la crisis que atraviesa Venezuela. Mientras tanto, miles de jóvenes profesionales desisten de los intentos de encontrar alternativas en la propia patria y configuran la manifestación más clara de que una pronta solución es cada vez más esquiva.
La construcción de una nación pujante, equitativa y con participación social va quedando poco a poco relegada a una imagen en el papel del ideal de la Revolución bolivariana. Es una realidad tan contrastante y cruda que nada tiene que ver con la promesa de los últimos gobernantes de rescatar al pueblo de la pobreza.
Venezuela está hambrienta, y no es descabellado hablar de crisis en la seguridad alimentaria cuando no se puede satisfacer la demanda doméstica de alimentos. Estudios indican que el 70 % de la población nacional ha disminuido notoriamente de peso. El problema se acrecienta, pues la correcta provisión de alimentos depende directamente de la gobernabilidad del Estado. Pero el gobierno no demuestra voluntad de establecer un consenso con actores relevantes, mientras que la oposición tampoco refleja unidad para plantear soluciones de fondo y, de paso, constituirse en una alternativa viable de solución.
De momento, ¿cuál es la mejor opción? Emigrar, tal como lo han hecho cerca de dos millones de venezolanos en los últimos 17 años. Quienes se atreven a hacerlo por obligación aconsejan apretar los dientes y cruzar la frontera. «Pronto verás cuán bien viven los países vecinos», «te darás cuenta de que los lujos, los banquetes y las viviendas seguras no son solo para los ricos; la gente de clase media y baja también puede acceder a esas comodidades». señala David.
Que Venezuela está en crisis no es noticia, pero no por eso nos debe dejar de sorprender el dolor de su pueblo, ni mucho menos nos debe ganar la indiferencia frente a los sueños incumplidos, al hambre y la sed de proporcionar a la familia el alimento diario, a la desesperanza en los gobernantes, a la frustración por el constante engaño o al férreo consuelo en el dicho popular de que no hay mal que dure cien años.
Karla Muñoz Ramírez | @KarlaMura
Administradora pública, docente de la Universidad de Concepción, Chile