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Los temas que nos interesan a los jóvenes ecuatorianos han quedado fuera de la agenda política de los candidatos. La […]

Por: Carla Bonilla 29 Dic, 2016
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Artículo original en español. Traducción realizada por inteligencia artificial.

Los temas que nos interesan a los jóvenes ecuatorianos han quedado fuera de la agenda política de los candidatos.

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La carrera por llegar a la Presidencia parece haber comenzado hace tiempo en Ecuador, aunque, según el cronograma electoral oficial, esta no iniciará hasta próximo 3 de enero y finalizará un día antes de las elecciones, es decir el 16 de febrero de 2017.

Fui optimista hasta el final de las inscripciones y pensé que los jóvenes jugarían un rol importante en las candidaturas y sus programas de gobierno, pero me equivoqué. Y es que, desde mi parecer, no existen propuestas concretas para el grupo que podía cambiar la balanza electoral, y tampoco existen candidaturas jóvenes que demuestren que el mensaje cambió.

Los políticos ecuatorianos no han entendido que el poder ha cambiado, que la política ha cambiado, que la comunicación ha cambiado. Las nuevas generaciones tienen mayor acceso a la información, necesitan propuestas reales sobre temas que les incumben. No necesitan que se les hable de macroeconomía sino de cómo su manejo las beneficiaría y permitiría cumplir sus retos, que son distintos: viajar, conocer, estudiar, ¡vivir!

Ni Lenín Moreno, de Alianza País, ni el candidato de CREO, Guillermo Lasso, ni la socialcristiana Cinthya Viteri, ni el representante de la izquierda, Paco Moncayo, ni Dalo Bucaram han hablado de temas como el acceso a internet o la igualdad de oportunidades, ni de la apertura e intercambio de conocimiento a nivel internacional. Pero lo que es peor y más preocupante es que ninguno tiene una propuesta sólida sobre el cambio climático, la conservación del medioambiente y del regreso a la naturaleza y a la tierra.

Ahí es cuando pienso que los jóvenes nos quedamos fuera de la campaña nuevamente, no por falta de capacidad o de interés, sino porque la mayoría de los candidatos siguen concentrados en sus objetivos electorales, sin conocer el panorama y los nuevos valores que mueven a los nacidos desde los ochenta, quienes podrían cambiar los resultados electorales.

Nuevamente, muchos jóvenes veremos pasar las elecciones desde la ventana, sin participar, tratando de descifrar el pragmatismo de unas elecciones en las que se unen enemigos para conseguir el poder, y preguntándonos si esta fue otra oportunidad perdida para participar en el cambio, en la generación de oportunidades, en buscar el bien común.

Carla Bonilla E. | @CarliBonilla
Ecuatoriana. Comunicadora. Máster en Gerencia Política y Gobernabilidad. Exasesora y jefe de proyectos en el Congreso Nacional, la Unión Demócrata Cristiana, la Fundación Konrad Adenauer y el Municipio del Distrito Metropolitano de Quito.

 

 

Carla Bonilla

Carla Bonilla

Ecuatoriana. Periodista y comunicadora. Máster en Gerencia Política y Gobernabilidad

Venezuela: lo que nos deja 2016

De todos los años, este ha sido el peor. Desde la conquista y la colonización de nuestras tierras no se […]

Por: Ángel Arellano 27 Dic, 2016
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Artículo original en español. Traducción realizada por inteligencia artificial.

De todos los años, este ha sido el peor.

Foto: María Alejandra Mora, vía Wikicommons
Foto: María Alejandra Mora, vía Wikicommons

Desde la conquista y la colonización de nuestras tierras no se ha registrado un año tan oscuro, tan errante, tan miserable como 2016. Es, por lejos, el año en el que la sociedad venezolana ha vivido lo peor de sí misma. Las cenizas del país que fuimos pueden compararse con las cenizas de la Venezuela de la hambruna y las enfermedades de la guerra de Independencia. Sin embargo, hay una diferencia abismal entre aquellos y estos tiempos: los ingresos del Estado eran, en comparación, un grano de arroz, y el gobierno no luchaba por matar a la gente o enloquecerla con la carestía de comida, el caos generalizado y la fiesta continua que emiten los medios de comunicación oficiales mientras la población lucha una batalla campal para salvar el desayuno, el almuerzo y con suerte la cena del día.

De todos los años, este ha sido el peor. Sí, el peor.

Los meteorólogos de la política, que estudian el tiempo de la atmósfera social y sus fenómenos, indican que 2017 será un año más intenso, más convulso y con más escasez en todos los rubros. Algunos hablan de una inflación de 1700 %, otros de 2400 %. Nadie sabe a ciencia cierta cuál será su punto más alto porque la inflación puede ser infinita. No en balde se ha exhibido en sociedad el nuevo billete de mayor denominación (20.000 Bs.), que tendrá 200 veces más valor que su predecesor (100 Bs.). La política monetaria, si es que se puede llamar política esa manera de manejar el dinero de un país, sufre de esquizofrenia. O perdón, no sufre, disfruta de los trastornos. Quienes siguen manejando los hilos del poder total hacen de la psicosis su estado mental ideal para gobernar.

Todo se ha convertido en un lujo. Las cosas más sencillas, tomarse un refresco, una galleta o un café, comer tres veces al día, la higiene personal, las pastillas para el dolor de cabeza, tener buen peso y buena salud, dormir bien. Todas esas cosas son ahora inalcanzables para la gente común. Por la calle ves las caras de preocupación. Personas flacas, niños con hambre, muchachos robando cualquier cosa para comer o buscando en la basura todos los días. Enciendes la televisión y ves a Maduro bailando, los chavistas derrochando dinero, disfrutando que la gente viva esta desgracia y nadie logra sacarlos del gobierno. Ellos andan contentos y nosotros, que somos la mayoría del pueblo, estamos jodidos.

2016 deja muchas reflexiones, avances y aprendizaje en la lucha por el restablecimiento de la democracia. También deja frustraciones, decepción e incertidumbre. A diferencia de la época dorada de Chávez, en la que se regaló y robó tanto dinero como se pudo, ahora solo opera el robo. La base de apoyo del chavismo está socavada y solo la elite de los poderes públicos controlados por el PSUV soporta la oscuridad que cubre a Venezuela.

Del diálogo político no queda nada, solo el mal sabor de una dirigencia opositora que logró una épica victoria electoral pero que se tambaleó bruscamente en una instancia de encuentro con un gobierno que no le cumple acuerdos ni al Papa. El ala dura del chavismo sacó provecho de la situación e hizo uso del control del Estado para golpear y hacer más daño. La psicosis se sigue exhibiendo.

Quedaron claras algunas cosas: 1) se perdió el foco en el momento cumbre de la lucha; 2) la MUD debe depurarse y reorganizarse velozmente; 3) hay que seguir apoyando la unión de toda la oposición. Una frase popular resume lo anterior: cortar por lo sano.

2017 será más duro y más complicado. A pesar de eso, hay esperanza y optimismo. Diecisiete años de autoritarismo no han podido borrar la aspiración de una sociedad que quiere vivir en democracia. Así como las crisis no tienen techo, los países nunca tocan fondo.

Ángel Arellano | @angelarellano
Venezolano, doctorando en Ciencias Políticas, integrante del Centro de Formación para la Democracia

 

Ángel Arellano

Ángel Arellano

Doctor en ciencia política, magíster en estudios políticos y periodista. Profesor de la Universidad Católica del Uruguay y de la Universidad de Las Américas de Ecuador. Coordinador de proyectos en la Fundación Konrad Adenauer en Uruguay, y editor de Diálogo Político.

Chile: transparencia coja en nueva ley de partidos políticos

«Chile merece una política que se hace de frente, que no tiene nada que esconder, que se somete al escrutinio […]

Por: Igor Roco 22 Dic, 2016
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Artículo original en español. Traducción realizada por inteligencia artificial.
Imagen: Pixabay.com
Imagen: Pixabay.com

«Chile merece una política que se hace de frente, que no tiene nada que esconder, que se somete al escrutinio público, a la sana competencia y la transparencia. Una política que se construye en base de ideas y no de eslóganes, que sabe dialogar, que reconoce la diversidad y crea bien común», fueron las palabras que la presidenta Michelle Bachelet pronunció durante la ceremonia de promulgación de la ley n.° 20915 que fortalece el carácter público y democrático de los partidos políticos y facilita su modernización.

Esta regulación impone nuevas reglas del juego para la creación, estructura orgánica, vida interna y gestión de los partidos políticos chilenos, quienes disposieron hasta el 15 de octubre de este año como plazo para adaptar toda su normativa interna al estándar que exige dicho cuerpo legal. Si bien la ley reconoce un ámbito de libertad a los partidos para regular ciertos aspectos a los cuales la norma se remite, resulta de toda lógica que debe existir una coherencia entre los estatutos internos de los partidos políticos y el nuevo estándar que en general fija la ley.

De todas las novedades que incluye esta norma, quiero destacar un aspecto que a mi juicio resulta esencial tanto para los mismos militantes como para la ciudadanía en general: el nuevo título VI de la Ley de Partidos denominado «Del acceso a información y transparencia». Conforme al artículo 36 bis, los partidos políticos deberán mantener a disposición permanente del público, a través de sus sitios electrónicos, en forma completa, actualizada y de un modo que permita su fácil identificación y un acceso expedito, una serie de antecedentes y documentos que deben ser actualizados trimestralmente.

Esta obligación que se impone a los partidos, conocida como transparencia activa, es la contrapartida del mecanismo de financiamiento público que creó la ley n.° 20915 y que permitirá a las colectividades recibir un aporte económico trimestral que será transferido por el Servicio Electoral para el pago de los gastos de funcionamiento, de formación, difusión de ideas e investigación, entre otros. En términos sencillos, cada peso que el Estado entrega o invierte lleva implícito en sí el derecho de cualquier ciudadano de saber en qué y cómo se gasta. Allí donde hay plata del Estado, hay derecho a conocer en qué se ocupa.

Sin embargo, lo que resulta decidor es que la norma confiere además a cada ciudadano el rol de fiscalizador y garante de esta obligación, de modo que en caso de incumplimientos a la publicidad de estos antecedentes e informaciones, individualizados en el listado del referido artículo 36 bis, cualquier persona puede presentar un reclamo ante el Consejo para la Transparencia, quien de comprobar la veracidad de la infracción denunciada, oficiará el Servicio Electoral para que se inicie un procedimiento sancionatorio en contra del partido infractor, el que arriesga una multa a beneficio fiscal que puede llegar incluso hasta las 2.000 UTM. [1]

Pese a todo esto, la regulación del principio de transparencia no fue total en esta normativa y el gran ausente fue la transparencia pasiva, esto es, el derecho a solicitar y a recibir información de los partidos políticos. En principio, es posible imaginar los argumentos y limitaciones que el legislador pudo haber considerado para no consagrar el libre acceso a información —que no sea de aquella que los partidos se encuentran obligados a publicar por transparencia activa, obviamente—, pero hay un tema de fondo que es imposible soslayar: la naturaleza pública del financiamiento que recibirán los partidos.

Podría esto haberse regulado de una manera especial, distinta; haber establecido excepciones particulares para el rechazo a las solicitudes de información en atención a las características del nuevo sujeto obligado; haber incluido modificaciones en materia de plazos, o bien haber conferido ciertas facilidades a los partidos, pero nada de eso se hizo. Simplemente se optó por no incluir expresamente este derecho, lo que puede resultar una discriminación arbitraria si se la compara con la obligación a que se encuentran sujetos los órganos de la Administración del Estado, puesto que el fundamento es exactamente el mismo.

Ojalá que más adelante, una vez que se tenga más experiencia respecto de la implementación de esta regulación y su funcionamiento, especialmente en lo relativo a la transparencia de la información, podamos avanzar hacia un mayor estándar de publicidad que permita a cualquier persona, militante o no, solicitar aquellos datos, documentos o antecedentes que los partidos políticos no se encuentran obligados a publicar en sus sitios electrónicos, para que, como dijo la presidenta, Chile tenga una política que se haga de frente y sin nada que esconder.

Igor Roco | @IgorRocoCristi
Abogado, Encargado de la Comisión Internacional de la Juventud Demócrata Cristiana de Chile

[1] Aproximadamente USD 137.000, según el tipo de cambio del 30.11.2016.

 

 

 

 

Igor Roco

Igor Roco

Abogado, Encargado de la Comisión Internacional de la Juventud Demócrata Cristiana de Chile

Dos premios Nobel inesperados: Dylan y Santos

Del Nobel de Paz al de Literatura: de lo imposible a lo posible «Si alguien me hubiera dicho que tenía […]

Por: José Alejandro Cepeda 20 Dic, 2016
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Artículo original en español. Traducción realizada por inteligencia artificial.

Del Nobel de Paz al de Literatura: de lo imposible a lo posible

Bob Dylan y Juan Manuel Santos: Premios Nobel de Literatura y de la Paz 2016 | Fuente: wikicommons
Bob Dylan y Juan Manuel Santos: Premios Nobel de Literatura y de la Paz 2016 | Fuente: wikicommons

«Si alguien me hubiera dicho que tenía la menor posibilidad de ganar el premio Nobel, tendría que pensar que tenía las mismas probabilidades de estar en la Luna».

Estas palabras del cantautor estadounidense Bob Dylan (Duluth, 1941), ausente en la ceremonia de entrega del premio Nobel de Literatura en Estocolmo, le habrían calzado igual de bien al presidente de Colombia Juan Manuel Santos (Bogotá, 1951), galardonado con el premio Nobel de la Paz en Oslo, en este conmocionado 2016 que se desvanece.

Y es que, aunque se rumoraba desde hacía años, el conservadurismo que rodea al mundo literario hacía difícil pensar que el mayor reconocimiento de las letras universales recayera por vez primera en un músico, además representante de la contracultura proveniente de la década de 1960, emparentado en la tradición folk (Woody Guthrie o Ramblin’ Jack Elliot) como en la de la generación beat (Allen Ginsberg, William S. Burroughs o Jack Kerouac).

Por su parte, hace tan solo una década la mayoría de los colombianos no hubieran imaginado el final de una guerra padecida por medio siglo. Parecía un sueño imposible, en un país en el que pocos recuerdan cómo es vivir en paz. Hoy, tras seis años de intensas negociaciones, el conflicto armado respecto a la guerrilla de las FARC, que ha producido cerca de 250.000 muertes, se está desactivando, con un abrumador apoyo de la comunidad internacional.

Nada de esto fue fácil: Dylan posee detractores, desde quienes desconocen supinamente su enorme obra e influencia a los que directamente desprecian o no toleran su genio cáustico. Destaca la vertiente atrincherada en una pálida defensa de las letras impresas, desconocedora del vector poético de sus canciones y el origen oral y musical de la literatura misma desde la antigüedad. Así también, Santos y el proceso de paz conservan duros contrincantes: comandados por el expresidente Álvaro Uribe, quien no ha desaprovechado escenario para ir lanza en ristre y terminar de alinear a Colombia —más allá del No en el plebiscito— en las victorias populistas del Brexit y el arribo de Donald Trump al poder en los Estados Unidos.

Si bien Bob Dylan puede continuar tranquilamente su interminable gira por el mundo, ya se verá si el respaldo del premio Nobel a Juan Manuel Santos le sirve a Colombia para consolidar una paz duradera y estable en los próximos años. Por ahora, prudentes, solo vale la pena citar las palabras pronunciadas por Santos —aunque en inexacta traducción al castellano— en su discurso al recibir la distinción:

«Es bueno recordar ahora la incisiva pregunta de Bob Dylan, mi colega en la recepción del Premio Nobel este año, que tanto nos conmovió en los años sesenta a quienes fuimos jóvenes entonces: “¿Cuántas muertes más serán necesarias hasta que comprendamos que han muerto demasiados? La respuesta, mi amigo, va volando con el viento”».

José Alejandro Cepeda | [email protected]
Colombiano. Periodista y politólogo

 

José Alejandro Cepeda

José Alejandro Cepeda

Colombiano. Periodista y politólogo. Doctor en Ciencias Políticas y de la Administración. Profesor de la Pontificia Universidad Javeriana de Bogotá

Goodbye, Castro

Con el fallecimiento de Fidel Castro renacen las esperanzas de un cambio en la política cubana. Se olvida la resiliencia […]

Por: Guillermo Tell Aveledo Coll 16 Dic, 2016
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Artículo original en español. Traducción realizada por inteligencia artificial.

Con el fallecimiento de Fidel Castro renacen las esperanzas de un cambio en la política cubana. Se olvida la resiliencia del despotismo antillano, que ha logrado mantenerse una década sin su líder histórico. Pero también se desestima la decreciente influencia de su modelo.

Ilustración: Guillermo Tell Aveledo
Ilustración: Guillermo Tell Aveledo

Ha muerto Fidel Castro. Hay que ver los cientos de artículos, notas, así como la agobiante cobertura de sus elegiáticos funerales, para constatar que aquella presencia inamovible ha cesado. Las secuelas de su vida continuarán durante años, en las varias generaciones de latinoamericanos afectados por su política y sus políticas.

Esta herencia se puede resumir de manera muy simple: una nación históricamente dividida, una propaganda fastuosa y un manual de uso para los autoritarismos de la región. Las agencias del Estado cubano, y su presencia en varios gobiernos de América Latina, no solo se encargan de propagar tenazmente las directrices de su élite y sus viejos logros socioeconómicos y culturales, sino que intervienen directamente en las políticas de control social de países como Nicaragua, Venezuela, Bolivia y Ecuador. Esos escandalosos ejemplos, junto con los homenajes internacionales a la obra del fallecido dictador, abaten el ánimo de cualquier demócrata.

Los políticos audaces como Castro tienen, sin embargo, un límite. Fidel Castro solo se hizo posible allí donde campeaba la más grotesca desigualdad. Si su carrera y su legado son un fraude, no lo son las causas profundas de su arraigo: el sometimiento de millones a los desmanes de oligarquías terratenientes, empresarios rapaces, minorías raciales y burocracias coloniales. Gracias a la injusticia es que emergen los vengadores y los simuladores. Castro traicionó una causa justa: no la del socialismo estalinista, sino la de las luchas populares por una mayor democracia y una sociedad más abierta, trocándola por la tiranía más prolongada del mundo contemporáneo, que ha postrado a una nación entre la nostalgia de viejos autoritarismos o la abulia política y el cinismo.

La propaganda nos dirá otra cosa: un país libre de analfabetismo, un sistema de salud envidiable, una potencia deportiva y la gloria de la liberación africana. Los logros socioculturales han quedado rezagados por décadas, la medicina cubana es un alarde de servidumbre sobre millares de médicos ajenos a los avances tecnológicos y científicos, y las medallas deportivas han menguado tras el fin de la guerra fría y la profesionalización deportiva global. Y no hablemos del oprobioso estado de los derechos civiles. Y en África, donde Castro ha podido estar en el lado correcto de la historia contra el colonialismo y el imperialismo, su legado directo es el de regímenes burocrático-autoritarios o personalistas, del cambio de dominadores foráneos por la rapacidad autóctona, y el cambio del imperialismo occidental por el chino; los regímenes políticos pluralistas en ese gran continente existen a pesar de la influencia y el modelo de Castro.

En última instancia, el ocultamiento fastuoso de la propaganda trata de tapar el creciente descrédito en que ha caído la fama del castrismo. Fuera de aquellos gobiernos en su órbita inmediata, y de la remembranza romántica en algunos círculos, ningún país moderno trata de emular seriamente a la República de Cuba. Las democracias latinoamericanas, pese a todos sus problemas, son hoy mucho más avanzadas de lo que eran hace décadas, y sus índices de desarrollo humano cada vez más altos.

Queda en nosotros promover y cuidar esos avances, lo cual debe incluir el proteger y apoyar los esfuerzos de los valientes luchadores por la transición hacia la democracia en Cuba, una de las causas más justas del mundo actual.

Guillermo Tell Aveledo | @GTAveledo
Doctor en Ciencias Políticas. Profesor en Estudios Políticos, Universidad Metropolitana, Caracas

 

Guillermo Tell Aveledo Coll

Guillermo Tell Aveledo Coll

Doctor en ciencias políticas. Decano de Estudios Jurídicos y Políticos, y profesor en Estudios Políticos de la Universidad Metropolitana de Caracas.

¿Partidos desde la juventud?

Hoy en día vivimos en una situación «anecdótica», pues la información que se maneja, y que desgasta la participación juvenil […]

Por: Violeta Beas 14 Dic, 2016
Lectura: 10 min.
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Artículo original en español. Traducción realizada por inteligencia artificial.
Hacia la Convención Nacional Jóvenes del PPC, en Cieneguilla
Hacia la Convención Nacional Jóvenes del PPC, en Cieneguilla

Hoy en día vivimos en una situación «anecdótica», pues la información que se maneja, y que desgasta la participación juvenil a nivel partidario, se ha reducido a conflictos internos ajenos a nuestra generación. Se evita con ello que el rol protagónico de las juventudes se desenvuelva y, por el contrario, pulule el rechazo a la política forjada desde las estructuras partidarias internas, sucumbe la esperanza de todo partido por difundir su doctrina y se renuncia a la formación de grandes cuadros y liderazgos que permitirán la permanencia de nuestra participación política en la sociedad. En ese orden de ideas, la tarea por convocar, promover y formar jóvenes se complica, pues los obstáculos domésticos carcomen lentamente las iniciativas más ambiciosas a nivel de juventudes.

En mérito a lo mencionado, y en atención al trabajo que desde las bases más jóvenes desarrollamos, el debate no es ajeno a nuestro campo de acción política, pues, por el contrario, damos fe de que en voz de la juventud socialcristiana se encuentran las intenciones más desprendidas, las voces más enérgicas, las ideas menos fanatizadas y las manos más limpias para enfrentar la vorágine política que se vive y se avecina.

Por tanto, si bien los partidos políticos son organizaciones ya conformadas por generaciones que han contribuido a su desarrollo y pesan sobre sus hombros gestiones y objetivos cumplidos, también son hogares que refugian los anhelos más profundos de miles de jóvenes que ven en el ideario y doctrina partidaria el camino para generar un cambio social que trascienda y conforte sus ideales, quizá desordenados e impetuosos, pero entregados a la fe y semblanza de sus líderes y dirigentes.

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Franz Kafka mencionaba que «la juventud es feliz porque tiene la capacidad de ver la belleza. Cualquiera que conserve la capacidad de ver la belleza jamás envejece». Puede que sea precisamente ese el principal activo con el que cuentan las bases jóvenes de un partido político. Consideramos que es un activo aprovechable para reinventarnos, para intentarlo nuevamente, para formar conciencia y convicción en los objetivos, pues invirtiendo tiempo y formación en los futuros cuadros políticos del Partido Popular Cristiano, el devenir histórico será favorable.

En tal sentido, somos conscientes, desde nuestra novel condición, de la coyuntura y el proceso cultural por la que atraviesan nuestra sociedad y su expresión más directa y tradicional: los partidos y organizaciones políticas. Somos conscientes, además, del vacío espiritual y doctrinario con el que se ha obrado políticamente en las últimas contiendas electorales, hastiadas de caudillismo, mercenarismo y clientelismo en la práctica y estrategia política.

No puede negarse que, desde todo punto de vista, la juventud es la etapa de la vida en la que interiorizamos los conocimientos para aplicarlos en la práctica diaria. Es ese punto de quiebre en donde dejamos de pensar en cosas banales y comenzamos a construir una posición ante las circunstancias que se nos presentan.

Pero ¿qué hacer cuando esos conocimientos no van de la mano con los principios y modelos de buenas prácticas que profesa nuestra casa partidaria? Posiblemente esta generación ceda y se pierda ante la incesante lucha política interna, o caiga en los líos ajenos que involucran formas de pensar, personas y prestigios, o quizá se pierda en la incredulidad de la frustración, aquella que no nos permite ver más allá de la realidad, que veta los anhelos y amarga la esperanza. La idea es evitarlo. Estamos a tiempo.

Corresponde entonces cuestionarnos. Quizá la mencionada propuesta de cambio, la reinvención y la reforma deberían partir y gestarse de manera paralela, pero encontrando una intencionada y especial incidencia en las bases jóvenes del Partido Popular Cristiano. Una juventud que espera expectante la oportunidad de actuar y desenvolverse; una juventud cuya condición nos permite analizar la realidad desde un ángulo progresista; una juventud unida por la fraternidad, capaz de concebir amistades tan memorables como el fraterno y eterno vínculo emergido entre nuestros egregios líderes Ernesto Alayza Grundy y Mario Polar Ugarteche; una juventud dedicada a formarse, actuar y a seguir gestando la «reivindicación del pensamiento socialcristiano», tal como se juró un 18 de diciembre de 1966 en el Callao.

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Sustentando lo dicho entonces, ¿por qué los partidos políticos deberían de construirse, forjarse y rediseñarse desde las juventudes? Y en ese sentido, ¿por qué encontrarnos «partidos» desde la juventud es una mala señal a futuro para las organizaciones políticas partidarias y en especial para la nuestra, el Partido Popular Cristiano?

Pareciera que estamos ante dos preguntas que se responden simultáneamente; a nuestro criterio, el descubrimiento de esta interrogante no solo significa una simple respuesta, sino la solución a un problema generacional que ha ido menguando la estabilidad partidaria y autohiriendo las fibras más sensibles de la militancia.

En ese sentido, ¿será oportuno invertir tiempo y medios como partido político para formar una juventud unida, consecuente y comprometida con la doctrina que alberga y defiende nuestro partido político?

Si bien la respuesta pueda parecer al lector más que evidente, esta merece un análisis más allá de las suposiciones y subjetividades. Tomando en consideración las circunstancias que albergan a la juventud peruana hoy en día y reflexionando sobre la oportunidad en tiempo y espacio para convocar, promover, capacitar y formar cuadros jóvenes que construyan el porvenir socialcristiano en el Perú, ¿será el momento indicado para poner en práctica lo argumentado? Consideramos que la oportunidad es inmejorable.

La doctrina social cristiana ha demostrado históricamente ser el remedio efectivo contra las pugnas más encarnizadas y las pasiones más egoístas que ha podido gestar la humanidad. Quizá esta sea una oportunidad inmejorable para transmitir nuestras convicciones socialcristianas dirigidas a la creación de una nueva conciencia social, encauzadas no solo a formar jóvenes técnicos atiborrados de conocimientos particulares, sino a construir el humanismo en sus convicciones y la defensa de las causas socialcristianas en sus luchas diarias.

Corresponde construir un planteamiento y una reestructuración partidaria tomando en cuenta la elección de autoridades, la democracia interna, la organización de las direcciones, la participación provincial, estamos seguros de que sí. Pero no desaprovechemos la oportunidad de ser parte y liderar la presente transición generacional y productiva por la que atraviesa el Perú ad portas de retos económicos mayores, sobre todo siendo responsables de los errores o alternativas de solución a los conflictos sociales que todo crecimiento económico trae consigo.

Ahora bien, refiriéndonos específicamente a la labor que como partido político merecemos desarrollar en el campo social, es preciso iniciar el análisis, en primera instancia, cuestionándonos: ¿qué modelo de partido político deberíamos construir con base en nuestra historia, doctrina y principios?

En la respuesta a dicha interrogante encontraremos las razones para distanciarnos del común denominador partidario y de las más frívolas e insensibles prácticas empleadas en las últimas décadas por los nuevos partidos políticos en el Perú. Consideramos que es preciso reformularnos y asumir elementos consustanciales a los partidos políticos propiamente dichos.

Ya Tocqueville, en su reconocida obra De la démocratie en Amérique, se atrevía a establecer una sustancial diferenciación entre los grandes partidos políticos (grands partis politiques) de los pequeños partidos políticos (les petits partis), diciendo que los primeros son aquellos capaces de adecuarse más a los principios que a sus consecuencias, a la generalidad y no a los casos particulares, a las ideas y no a los hombres. [2] Con ello el autor calificaba a los grandes partidos políticos como los partidos más nobles, con pasiones más generosas y con las convicciones más reales, capaces de reemplazar el interés particular por el interés público.

Muy por el contrario, para Tocqueville, los pequeños partidos políticos no gozan de una fe política, lo que hace que sus objetivos no sean lo suficientemente grandes, por su carácter impregnado de egoísmo, manifiesto en cada uno de sus actos. Si bien este autor pretendía demostrar que en América no había grandes partidos políticos, es notable e histórico su intento por conceptualizar lo que se debe entender por partido político.

Al respecto, resulta interesante destacar, más allá de la autoría y época, la clara línea que las juventudes del Partido Popular Cristiano deben marcar a nivel de prácticas políticas en nuestro medio, ya que estamos convencidos de contar con la capacidad en acción y pensamiento suficientes para serlo y hacerlo. Si bien no podemos ser ajenos y evitar ser partícipes de la natural dinámica política de conflicto entre intereses diversos —también denominada en palabras de Justo López como la faz agonal de la política—, [3] no podemos poner en juego nuestra unidad como equipo, a sabiendas de las aisladas y encomiables iniciativas que simpatizantes y militantes gestan en diversas partes de nuestro país en su apasionado afán por generar los espacios necesarios y suficientes para organizarse, expresarse y ser una iniciativa de cambio.

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El día a día y las luchas intestinas pareciesen haber desvirtuado el significado protagónico y trascendente —socialmente hablando— que tiene un cargo político desde un partido consolidado. Así, el cargo político se frivoliza y termina gestándose una representación sin representatividad.

El cargo político partidario desde la renovación de las juventudes del Partido Popular Cristiano no debe constituir un título honorífico. Muy por el contrario, debe ser la oportunidad para fortalecer, crear y promover la estructura interna joven del partido, a través de formación, capacitación y contacto con la realidad social. Es innegable el arduo y extenso trabajo pendiente por desarrollar.

Consideramos oportuno invocar, al igual que venimos haciéndolo desde nuestro campo de acción política, a la juventud socialcristiana a continuar manifestándose, opinando, proponiendo, discutiendo y, por sobre todo, continuar dialogando y fiscalizando la gestión y dirección de nuestro querido partido político, en función del cumplimiento de una sana democracia partidaria, dentro de los lineamientos de educación, decencia y lealtad.

«Si todos los filósofos hubieran filosofado en silencio, la humanidad no habría salido de la infancia y las sociedades seguirían gateando en el limbo de las supersticiones». [4]

Jorge Enrique Barreto |
Violeta Beas Otero | @violetabeas

[1] Javier Roncal, «El futuro del Partido Popular Cristiano en Perú», «Testimonios», Diálogo Político, ‹https://redaccion.dialogopolitico.org/?p=2541›.

[2] Alexis de Tocqueville (1963). De la Démocratie en Amérique. París: Union Generale D’Editions, p. 109.

[3] Mario Justo López (1999). Manual de derecho político, 2.ª ed. Buenos Aires, Depalma.

[4] Manuel González Prada (1988). Horas de lucha, 6.ª ed. Lima, Mercurio, p. 25, segunda parte, «Librepensamiento en acción», discurso que debió leerse el 28 de agosto de 1898 en la tercera conferencia organizada por la Liga de Librepensadores del Perú. La lectura no pudo efectuarse porque el gobierno la impidió.

 

Violeta Beas

Violeta Beas

Política, abogada y activista social, con estudios de pregrado en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos y actualmente se encuentra cursando una maestría en Derecho Constitucional y Derechos Humanos en la misma casa de estudios. Militante del Partido Popular Cristiano desde el 2010 y actualmente es miembro del Comité Ejecutivo Nacional desempeñándose como Secretaria Nacional de Comando Universitario. En cuanto al ámbito social, se desarrolla como Vicepresidenta de la asociación sin fines de lucro “Generación que Une – GQU”, donde realiza actividades de índole social.

La alternativa para Bolivia

El 15 de diciembre de 2016 el Movimiento Demócrata Social – Demócratas, de Bolivia, cumple tres años desde su fundación. […]

Por: Maria Lourdes Landivar 13 Dic, 2016
Lectura: 8 min.
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Artículo original en español. Traducción realizada por inteligencia artificial.

El 15 de diciembre de 2016 el Movimiento Demócrata Social – Demócratas, de Bolivia, cumple tres años desde su fundación.

Movimiento Demócrata Social -Demócratas, Bolivia

No podemos hablar de los Demócratas de Bolivia sin referir a sus orígenes, que tienen una larga data en la defensa de los principios democráticos y de las autonomías. Un breve relato histórico nos permitirá explicar el nacimiento de los Demócratas como resultado de una búsqueda constante de construcción de una alternativa democrática.

El año 2003 representa un punto de inflexión en la historia política de Bolivia. Los bolivianos vimos la caída de los partidos políticos tradicionales y el nacimiento de dos agendas políticas antagónicas. Por un lado, la agenda de octubre, cuyo nombre recordaba el octubre negro boliviano, cuando miles de bolivianos salieron a las calles exigiendo la renuncia del presidente Sánchez de Lozada, la nacionalización de los hidrocarburos y una nueva Constitución; desde el Oriente también se presentaba una nueva agenda, la de las autonomías, que pedía libertad, defendía la democracia y el Estado de derecho, para un país con una mayor descentralización, con autonomías, para que el trabajo y el progreso pudieran llegar a todos los rincones de la patria.

Fueron transcurriendo los años y las agendas de octubre y de autonomías se fueron fortaleciendo. En 2005, y en el mismo día, las dos agendas lograron su primer gran triunfo: Evo Morales, la expresión más directa de la agenda de octubre fue electo presidente de Bolivia; en los nueve departamentos, por primera vez en la historia, los ciudadanos elegimos a nuestras autoridades, nueve prefectos (gobernadores), y en Santa Cruz, motor económico del país, Rubén Costas, líder del proceso autonómico, resultó victorioso como el primer prefecto electo de Bolivia.

Ambas elecciones fueron el resultado de la aparatosa y trágica caída del antiguo sistema político boliviano. Ambas elecciones fueron la representación máxima de que habían llegado nuevos tiempos al país.

Las dos agendas se verían nuevamente cumpliendo objetivos el 2 de julio de 2006, cuando los bolivianos volvimos a las urnas, esta vez para elegir, por un lado, a los constituyentes, miembros de la nueva Asamblea Constituyente de Bolivia, que tendría a cargo la redacción de una nueva Constitución Política del Estado; el mismo día también se llevó adelante el referéndum autonómico, de carácter vinculante, que obligaba a la Asamblea Constituyente a incorporar un régimen que garantizase la vigencia inmediata de autonomías departamentales plenas en los departamentos que así lo habían decidido —Pando, Beni, Tarija y Santa Cruz— y esto debía ser tomado con carácter prioritario en la elaboración de la nueva Constitución.

La mayoría de los constituyentes, representantes del partido de gobierno MAS-IPSP, decidieron no tomar en cuenta las autonomías, rompiendo el mandato del pueblo a través del referéndum vinculante. Esto llevó a los prefectos de los cuatro departamentos afectados a convocar a un cabildo, que resultó la manifestación más grande en la historia de Bolivia: un millón de personas nos reunimos bajo los pies del Cristo Redentor en Santa Cruz de la Sierra un 15 de diciembre de 2006, que marcaría nuestra memoria. El denominado Cabildo del Millón entregó la potestad al gobernador de Santa Cruz, Rubén Costas, para conformar la Junta Autonómica del Departamento e iniciar el proceso de redacción de los estatutos autonómicos; de la misma manera se llevaron adelante los cabildos en las regiones de Pando, Tarija y Beni.

Aquel 15 de diciembre de 2006 marcó un nuevo comienzo y la necesidad clara de partidos políticos fuertes, construidos para la defensa de los principios democráticos, para que la agenda autonómica estuviera representada.

Primero nacieron nuevos partidos políticos regionales. La fuerza de las autonomías venía de las regiones y allí mismo fue donde se inició un nuevo proceso de partidocracia regional. El nuevo proyecto emanó de estas decisiones. Para seguir avanzando necesitábamos estar representados.

Mientras los autonomistas, estábamos divididos, proyectando partidos regionales, el Movimiento al Socialismo se fortalecía, y lo hizo acompañado de nueva Constitución Política del Estado, no podemos negar la fortaleza que han conseguido a lo largo de los años. El Proceso de Cambio, representa una constante violación al Estado de derecho, es la base misma de la desinstucionalización estatal para el empoderamiento, la destrucción de los valores democráticos, para permanecer en el poder. Durante años, vimos violar nuestros derechos fundamentales, el pensamiento único del Movimiento al Socialismo, fue instaurado bajo una justicia utilizada como brazo político y opresor del gobierno.

Para el año 2011, los principales liderazgos de la oposición habían entendido que para vencer a una estructura política como la del Movimiento al Socialismo era fundamental contar justamente con una verdadera estructura política. Aunque ello pudiera darse por obvio, en política nada es obvio ni está lejos de complicaciones. Para lograrlo se necesitaba entender la nueva correlación de fuerzas que existía en el país, y permitir que las fuerzas regionales continuaran trabajando, ahora con una misión clara, la construcción de una verdadera alternativa para Bolivia.

La mayor parte de los liderazgos de esta nueva alternativa en construcción no pertenecían a la antigua clase política: muchos habían entrado a la política en los últimos años. Esto era fundamental para entender el nuevo proceso. No se trataba de volver al pasado y construir partidos como antiguamente; el objetivo era claro: necesitábamos una nueva forma de hacer política, para no cometer los errores de antes, ni seguir viviendo bajo la coyuntura presente.

El reto era conformar una organización nacional, con territorialidad, respetando nuestras diferencias y uniéndonos en la base de la transversalidad de los principios que nos unen: la libertad, la democracia y la autonomía.

Para avanzar en el objetivo era necesario el desprendimiento, abandonar los nuevos colores, que se habían fortalecido en lo regional, para consolidar una propuesta nacional. El caudillismo era una forma clásica de hacer política en Bolivia y no era sencillo dejar de lado ese pensamiento. Fue tal vez el desafío más complicado.

2013 fue el año de mayor avance hacia la consolidación de los Demócratas. Recorrimos el país profundizando nuestras ideas, hasta que un 15 de diciembre, celebrando el gran hito del Cabildo del Millón, el sueño se hizo posible: los Demócratas nacíamos a la vida política. La fundación en la ciudad de Cochabamba representa la consolidación de años de esfuerzo, de trabajo, con una visión clara: una mejor Bolivia es posible.

Los Demócratas somos una organización fundada por hombres y mujeres libres, centramos nuestro accionar en el ser humano, para erradicar al único y verdadero enemigo de la patria, la pobreza.

Así nos presentamos frente a los bolivianos. No creemos en la política de la mentira, no creemos en las viejas formas. Creemos que con políticas públicas serias podemos llevar a los bolivianos hacia un camino de progreso. Entendemos que nuestra labor es permitir a los habitantes convertirse en ciudadanos y ciudadanas con derechos plenos, para el que emprendedor pueda soñar, el empresario crecer y el trabajador vivir con dignidad; así definimos a la igualdad como igualdad de oportunidades, igualdad ante la ley y el respeto al Estado de derecho.

Ya no somos una promesa, somos una realidad que cada día se vuelve más fuerte. Hoy representamos la segunda fuerza política de Bolivia, la primera de oposición. Pero como nos lo recuerda siempre nuestro presidente Rubén Costas, los Demócratas no hemos nacido para ser oposición, hemos nacido para gobernar Bolivia, para ofrecer un futuro de esperanza, para construir, en la unidad de nuestra diversidad, esa mejor Bolivia con la que soñamos todos.

Este 15 de diciembre, los Demócratas cumplimos oficialmente tres años. El camino ha sido largo pero emocionante. La ruta está marcada. Cumple tres años la Alternativa para Bolivia.

María Lourdes Landivar | @LourdesLandivar
Senadora nacional de Bolivia

 

Maria Lourdes Landivar

Maria Lourdes Landivar

Senadora Nacional de Bolivia en representación del Departamento de Santa Cruz. Militante del Movimiento Demócrata Social - Demócratas. Vicepresidente de IYDU.

Un año de Trump. ¿No va más?

Las primarias en Estados Unidos oficialmente están finalizadas, exactamente un año después de que Donald Trump anunciara su candidatura. En […]

Por: Ralf Gueldenzopf 10 Dic, 2016
Lectura: 8 min.
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Artículo original en español. Traducción realizada por inteligencia artificial.

Las primarias en Estados Unidos oficialmente están finalizadas, exactamente un año después de que Donald Trump anunciara su candidatura. En aquel momento comenzó la campaña que puso en poco tiempo patas arriba la dirección de la contienda. En lugar de encuestas y datos, Trump esgrimió sensaciones populistas, fuertes ataques y rabia latente; en lugar de voluntarios organizados y propaganda televisiva, la campaña de «un hombre» confió en trabajo mediático agresivo e informes libres.

Donald Trump | Imagen: pixabay.com
Donald Trump | Imagen: pixabay.com

El muchacho bleu-collar millonario

Cuando Trump lanzó su desafío al ring fue subvalorado por todos. Algunos opinaban que él mismo —no su desafío— no iba en serio. Otros estaban convencidos de que debido a su falta de experiencia y a sus antecedentes y su mala imagen no tenía chances y que él mismo se encargaría de desarticular su candidatura. Se dio lo contrario; Trump personifica al muchacho blue-collar millonario, como lo nombró Jeff Roe, jefe de campaña de Ted Cruz.

El mensaje de Trump, sus provocaciones y ataques se mantuvieron siempre en armonía con su marca: fuerte, exitoso y políticamente incorrecto. Justamente esas características y la creíble rabia que trasmite permitieron unir tras de sí al hombre perteneciente al uno por ciento más rico y a amplios sectores de votantes republicanos.

Seguro, Trump polarizó desde el principio. Ningún candidato inició su campaña con un índice de rechazo tan alto. Claro que, al contrario de sus oponentes, gozaba de un alto índice de notoriedad. Fue realmente poco común que desde el comienzo de la campaña casi 30 % de los participantes en las primarias republicanas se imaginaran dándole su voto. Esto casi se correspondía con su índice de popularidad.

¿Existe un fenómeno Trump?

Por supuesto que en las últimas semanas se gastó mucha energía en busca de una respuesta a la pregunta de cómo fue posible el fenómeno Trump. Pero también en relación con las campañas vale el dicho de que con el diario del lunes se es mucho más sabio.
En realidad, las campañas valoraron equivocadamente los mecanismos del fenómeno Trump, lo que no asombra, ya que en 2015 y 2016 hubo que descartar muchas «grandes verdades» al respecto. Fue inesperada la correspondencia entre, por un lado, imagen, mensaje y grupo objetivo y, por otro lado, las ansias sensacionalistas de los medios. En la primera fase de la campaña nadie estuvo dispuesto a atacar a Trump directamente. Se lo ignoró confiando en que él mismo se encargaría de autodemolerse.

Esto se fortaleció por el hecho de que cada uno de los demás candidatos confió en que finalmente definiría la primaria republicana con Trump, por lo que se dedicó a combatir a los demás. De esta forma, el bastante amplio espectro de candidatos del Partido Republicano (GOP) permanecía enredado en disputas entre sí mientras que Trump podía ir enfrentándolos de a uno a piacere. En ningún momento los otros candidatos golpearon conjuntamente a Trump. Por el contrario, todos confiaban en dejar atrás a sus potenciales competidores. A modo de ejemplo, no se puede explicar racionalmente la extemporánea permanencia en carrera de candidatos con chance nula como Ben Carson y John Kasich.

Además, los ataques a Trump —en un estilo propio de él pero más bien en forma superficial—, fortalecieron su imagen y su posición. Cada ataque a una declaración de Trump o a su carácter le daba la oportunidad de mostrar su fortaleza en forma políticamente incorrecta. Y, lo que es más importante, cada escaramuza le daba notoriedad y presencia en los medios.

Malo para el país pero bueno para los ratings

Todos coinciden en que ningún candidato recibió jamás la atención mediática que se le concedió a Trump. Y no se debería olvidar que ante todo la televisión sigue siendo un factor decisivo para una campaña exitosa. Ya en marzo de 2015 Trump había ocupado un espacio televisivo valorado en dos mil millones de dólares si se hubiera tratado de publicidad paga. Tuvo una visibilidad mucho mayor a la de sus competidores. ¿Por qué? Porque Trump sube el rating. Un estudio de Harvard constató que en la previa a las primarias la mayor parte de las noticias sobre Trump eran positivas o neutrales. La tercera parte focalizaba en sus actos electorales y declaraciones y un 18 % en sus opiniones y temas propios.

Posicionarse temprano y definir al contrincante

Parte del éxito de Trump se debe a que llevó el conflicto al adversario. Él vivía realmente del conflicto. Y mostró reiteradamente una gran habilidad para poner al competidor en una situación incómoda. Ya fuera en discursos, en el Twitter como en reportajes, Trump siempre definía a sus contrincantes y se ocupaba de ellos en forma deliberada e intransigente. Al mismo tiempo, no solamente establecía la agenda sino que influía activamente en la información de los medios (agenda-cutting). De esta forma, desacreditó a Mitt Romney (primero a través de Twitter y luego a través de los medios) justo antes de un discurso en el que este había anunciado que iba a criticar a Trump. Así también, llamó a programas en vivo (talkshows) en los que se lo estaba criticando.

Combate aéreo en lugar de tropas de tierra

Trump logró ganar el combate aéreo sin utilizar mucha publicidad propia. De esto no cabe la menor duda. Y alcanzó para convertirlo en el candidato del GOP. Pero no solamente los militares afirman que no se puede ganar una guerra sin el combate por el territorio. Sin embargo, Trump no tenía tropas terrestres, es decir, ninguna organización territorial que pudiera apoyarlo en su movilización. Esto se le volvió en contra en el estado de Iowa, cuando inesperadamente perdió contra Ted Cruz, que realizó en ese estado una campaña brillante.

Los expertos parten de la base de que una movilización correcta puede provocar una ganancia de uno a cinco puntos porcentuales en el resultado final. Sin embargo, hasta hoy Trump no ha querido saber nada de eso. Se podría especular sobre los motivos. Posiblemente se deba a que Trump se concentra fuertemente en su marca personal pero no entiende demasiado de marketing, por lo menos el referido a peer-to-peer. Él sabe cómo presentarse en escena pero no se ocupó nunca de cómo se venden los productos que llevan su nombre.

La ronda previa terminó, comienza un nuevo juego

Ya a comienzos de setiembre de 2015 los directores de campaña de Ted Cruz, Jeff Roe, y de Jeb Bush, Danny Díaz, sabían que Trump significaría un problema gigante. Un año después todo gira alrededor de la pregunta de si Trump podrá derrotar también a Hillary Clinton. Básicamente habría que decir que todo es posible. Pero hay una serie de indicios que muestran que Trump la va a tener bastante más difícil a partir de ahora. Sus índices de popularidad descendientes podrían constituir una señal.

  • La información se vuelve más fundada y crítica respecto a puntos que pueden doler a Trump. Si bien él dice muchas cosas de los medios de comunicación, una vez que se convirtió en el candidato del Partido Republicano, las preguntas son más profundas y persistentes. Como ejemplo valen las promesas incumplidas de donaciones a veteranos o sus ataques racistas a un juez encargado de un proceso contra él mismo.
  • Trump debería dirigirse a un espectro electoral más amplio. La coalición que lo convirtió en candidato no va a alcanzar para un triunfo el 8 de noviembre. Es dudoso que tenga la voluntad y el mensaje adecuado para esto. Actualmente Trump ni siquiera logra alinear la dirección de su partido. Por el contrario, sus declaraciones una y otra vez provocan que esta se distancie de él.
  • La lucha electoral por la presidencia es un juego diferente. No solamente los donantes (fundraising) sino los datos y una organización eficaz de voluntarios se vuelven importantes. Y Trump carece de las tres.

La elección de noviembre no será una fiesta de amor (lovefest) para muchos votantes. Tanto Clinton como Trump tienen índices de impopularidad históricos. Se verá finalmente si las emociones o la razón finalmente van a movilizar o disciplinar a cada uno de los bandos. Si no fuera por la importancia del asunto, iríamos a buscar una porción pop corn…

Ralf Güldenzopf
Director de Comunicación Política de la Fundación Konrad Adenauer
Tomado de su blog personal

Traducción de Manfred Steffen, coordinador de programas de la Fundación Konrad Adenauer, oficina Montevideo.

 

Ralf Gueldenzopf

Ralf Gueldenzopf

Director de Comunicación Política de la Fundación Konrad Adenauer

¡No dejes de luchar!

El 25 de noviembre se celebró el Día Internacional de la No Violencia contra la Mujer. Este día fue establecido […]

Por: Rayssa Moura 9 Dic, 2016
Lectura: 3 min.
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Artículo original en español. Traducción realizada por inteligencia artificial.

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El 25 de noviembre se celebró el Día Internacional de la No Violencia contra la Mujer. Este día fue establecido por las Naciones Unidas en 1999 en honor a las hermanas Mirabal (Patria, Minerva y María Teresa), asesinadas por el dictador Rafael Trujillo en República Dominicana.

La violencia contra la mujer fue considerada un tabú durante mucho tiempo. Solo en los años setenta, la violencia presente en el espacio doméstico se convirtió en parte del sentido común. Esta violencia se ejerce de forma psicológica, sexual, física y por las instituciones públicas y el Estado. Por desgracia, esa violencia está presente en todo el mundo.

Según datos de la organización Oxfam, siete de cada diez mujeres sufre violencia física o sexual a lo largo de su vida. Algunos países consideran este tipo de violencia como cultural: la India, algunos países africanos. Son datos preocupantes.

En Brasil, por ejemplo, el Centro de Atención a la Mujer «Ligue 180» ha registrado 749.024 llamadas en el año 2015, lo que equivale a aproximadamente 62.418 llamadas al mes y 2052 por día. En el ranking mundial, este país es 5.º en número de asesinatos de mujeres.

Según el Instituto Nacional de la Mujer, Uruguay registró durante este año 2016 alrededor de 22.000 denuncias de violencia de género. En la Ciudad de México, una gran mayoría de las mujeres informan haber sufrido algún tipo de violencia sexual: el 72 %, según el Instituto Nacional de Estadística. No podemos olvidar la muerte brutal de la joven Lucía Pérez en la Argentina.

Si no es suficiente, las mujeres todavía sufren de prejuicios en las instituciones públicas y los gobiernos. Ellas siguen ganando menos dinero que los hombres. Josefina Vázquez, excandidata a la presidencia de México, en su libro Una lección para todos, muestra lo difícil que es para una mujer entrar en el entorno político. Se enfrentan a muchos prejuicios de los hombres, e incluso de mujeres, durante una campaña política.

Por supuesto que reconocemos algunos avances en leyes y programas sociales para poner fin a esta violencia, como la creación de la Ley Maria da Penha en Brasil en 2006. Pero tenemos que seguir luchando y romper las barreras para lograr la igualdad de género. Se ha hecho mucho, pero queda mucho por hacer todavía.

¡Es un día para celebrar pero también un día para luchar por lo que merecemos!

Rayssa Moura 
Brasileña. Licenciada en Ciencia Política

 

 

 

 

Rayssa Moura

Rayssa Moura

Brasileña. Politóloga. Exsecretaria de formación política de la juventud de PSDB en Brasilia.

¿En qué Alemania queremos vivir?

Las elecciones parlamentarias en 2017 serán decisivas. Los ciudadanos deben decidir en qué Alemania quieren vivir. En una Alemania autorreferida, […]

Por: Dr. Mario Voigt 8 Dic, 2016
Lectura: 13 min.
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Artículo original en español. Traducción realizada por inteligencia artificial.

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Las elecciones parlamentarias en 2017 serán decisivas. Los ciudadanos deben decidir en qué Alemania quieren vivir. En una Alemania autorreferida, en la que se piensa solamente en sí misma, y todo gira alrededor de las necesidades del aquí y ahora o en una Alemania con corazón y razón, con la mirada puesta en el futuro, en las nuevas generaciones y en el mundo.

 

¿Dónde estamos parados?

Es obvio que a Alemania y a sus ciudadanos les va bien. Nunca hubo más gente empleada y las tasas de desempleo son las más bajas de los últimos 25 años. Brotan los ingresos por impuestos, crece la economía y el presupuesto del Estado está equilibrado. Las generaciones más viejas reciben los aumentos más altos en las jubilaciones por sus logros a lo largo de la vida. Y las madres reciben con una renta por maternidad el reconocimiento que merecen. Los jóvenes encuentran casi sin excepción un puesto de trabajo o de capacitación y las inversiones en investigación y desarrollo alcanzan valores récord. Alemania recibe el respeto del mundo y estabiliza el barco europeo en dificultades. La nacionalidad alemana es una de las más solicitadas en el mundo y, en las encuestas sobre la felicidad, los ciudadanos alemanes ocupan un puesto destacado.

Sin embargo, algo indica un resbalón en la sociedad. Se lo detecta en el ámbito privado, donde desde 2015 se discute más sobre política y muchos conocen por primera vez las posiciones políticas de amigos y conocidos. A las élites sociales se les reprocha hacer oídos sordos a los verdaderos problemas de la gente y en las redes sociales se radicalizan las opiniones y las voces desconformes: es visible una cierta incomodidad. Para algunos, el runrún social se debe a la ola migratoria del verano de 2015 y ese fue el punto de inflexión, ahí se produjo la ruptura.

En realidad, aquí operan factores fundamentales. Estamos siendo desafiados por varios procesos de cambio simultáneos: cambio demográfico, digitalización y trasformaciones globales.

Lo que el diputado federal y ministro de Finanzas Dr. Wolfgang Schäuble acertadamente calificó de rendez-vous con la globalización provoca inseguridad a muchos ciudadanos. No se trata solamente de gente de otros orígenes. Se trata de la falta de claridad sobre el orden global. ¿Quién decide qué y quién pertenece a quién? Opel ahora es de RM: la empresa de construcción de maquinaria de la esquina es ahora parte de una gran empresa china. ¿Cómo se llamará mi supermercado en el día de mañana? Antes imperaba una supuesta simpleza que brindaba claridad y confianza.

En forma simultánea a la inseguridad global, la narrativa alemana perdió fuerza. Después de 25 años, la gran felicidad de la revolución pacífica y de un nuevo comienzo compartido hace lugar a la matemática de las finanzas de transferencia de recursos entre los Länder y a una sensación de que ya es suficiente. Tal vez esto tenga que ver con la retirada de la generación de la reunificación y sea normal. En realidad está faltando el factor de cohesión cuando se trata de enfrentar a unos pocos manifestantes racistas en la ciudad de Dresden o de contradecir prejuicios superficiales sobre el este y el oeste.

Una creciente tecnificación y digitalización lidera los procesos de trasformación en el mundo del trabajo y en la vida diaria. No todos perciben las tecnologías disruptivas y los ciclos de crecimiento como una ganancia; más bien temen por su puesto de trabajo y las seguridades acostumbradas.

Todo esto no hace más fáciles las cosas para los partidos políticos y las elecciones. Más de 50 % de los electores se definen como cambiantes. Casi un tercio votan por carta y más de un tercio deciden su voto en la última semana. Esto no solo dificulta los pronósticos sino también los elementos comunicativos y de diálogo, por lo que la narrativa electoral desemboca en una escena dramática final. Los electores se basan más en su propia situación, y son más selectivos, mientras que los cálculos electorales se volvieron complejos. Esto se debe también a la incertidumbre respecto al destino del voto propio. En el estado federado de Turingia, el votante del Partido Socialdemócrata (SPD) no sabía si su voto iba a contribuir a la continuación de la coalición de su partido con la CDU o, por el contrario, a una nueva constelación con la izquierda (Die Linke) y el partido Verde (Die Grünen). Bajo estas condiciones —parecidas a una lotería— los electores evalúan su voto cuidadosamente y aspiran a tener claridad y alternativas. Una solución puede ser aumentar la participación directa. Por eso no asombra el aumento del apoyo a los plebiscitos a nivel federal. La desconfianza respecto a los políticos es enfrentada con más participación propia. Con esto se produce la situación que Karl-Rudolf Korte con razón llama la paradoja de la participación. Por un lado, más ciudadanos quieren participar pero, por otro, aumenta el reclamo de acelerar los procesos políticos. En las redes sociales son visibles estas desviaciones respecto a la participación.

¿De qué tratan las elecciones parlamentarias?

Para el año 2017 se dibuja una imagen estratégica clara. El partido AfD (Alternativa para Alemania) quiere convertir la elección en un referéndum sobre la política migratoria de Angela Merkel. Sobre los potenciales escombros producidos por este ataque, la coalición Rot-Rot-Grün (rojo-rojo-verde, de socialdemócratas, izquierda y verdes) quiere construir una nueva Alemania, sin miramientos.

Desde la izquierda (euro y políticas distributivas) y desde la derecha (refugiados) se sentirá el reproche de que Markel traiciona los intereses de los alemanes y que doce años ya son suficientes. Ambos bandos comparten una visión profundamente nacionalista y en parte socialista. Para la AfD y la Izquierda, pero también para sectores del SPD, la intervención profunda tanto en la economía como en la sociedad es parte esencial de su modo de ver las cosas: es decir, un Estado interventor, que se percibe como más inteligente que los individuos y las fuerzas sociales en conflicto. Esto constituye una imagen cálida y tranquilizadora en tiempos de falta de claridad global.

Ante todo la AfD y la Izquierda son antiglobalización, antimodernidad, nacionalismo y socialismo. En cierto sentido se apropiaron de posiciones conservadoras y propagan u mundo pasado que seguramente tampoco existió en esa forma. Juegan con fracturas sociales reales o supuestas, alimentan resentimientos xenófobos, se quejan del cambio cultural y prometen respuestas fáciles a preguntas complejas. La inestabilidad social y la inseguridad son su tema. Constituyen el statu quo en un mundo cambiante.

Frente a este escenario, la coalición de los partidos demócrata-cristianos CDU y CSU (La Unión) lucha por posicionarse. Entre los candidatos, los miembros del partido y la dirección reina la seguridad de que en 2017 habrá una campaña electoral diferente a las de 2005, 2009 y 2013. Ante todo, en la elección de 2013 la Unión no tuvo que luchar por la confianza y, en realidad, no tuvo un contrincante real. Las consecuencias inmediatas de la crisis de los refugiados parecen superadas pero las heridas, los debates y las cuestiones no sanaron todavía. Esto paraliza y amenaza el éxito electoral de 2017. Justamente por el aumento de la enemistad entre la derecha y la izquierda.

¿Qué debe hacer la Unión?

El vencedor de las elecciones parlamentarias de 2017 será quien logre dar respuestas a la búsqueda de sentido y seguridad de los ciudadanos respecto a la pregunta ¿en qué Alemania quiero vivir?

Está fuera de discusión que la imagen de Angela Merkel cambió respecto a la de las elecciones de 2013. Por la discusión a raíz de la crisis de los refugiados, la impasible piloto de la crisis Angela Merkel se transformó hoy, para los ojos de algunos ciudadanos, de una pragmática solucionadora en una productora de problemas. Y esto la ha perjudicado mucho, ante todo en los estados federados del este, de la antigua República Democrática Alemana. Al mismo tiempo, los críticos desconocen el prestigio que la canciller federal mantiene en la ciudadanía. Si se pudiera evitar que los enfrentamientos dentro de la coalición gubernamental se prolonguen innecesariamente, Merkel podría afirmar con razón que solucionó otra crisis.

Sin embargo, la Unión debe ofrecer más que solamente la canciller. La actitud y la dirección son decisivas. La actitud debe ser la de un partido seguro de sí mismo y no golpeado. Orgulloso de los éxitos políticos y en actitud combativa respecto a lo que viene. Una Unión que se mantiene unida y que no cuestiona los éxitos totales por una cuestión particular, que ve a Angela Merkel con la razón y con el corazón, y entiende que bajo su conducción Alemania ocupa el primer puesto en Europa y en la valoración mundial.

Sin embargo, para lograr una cuarta estrella, la Unión necesitará fundamentar por qué pretende otros cuatro años en la conducción de Alemania y a Angela Merkel como canciller. Se trata de proyectar una imagen del objetivo, de dónde estará Alemania al final del próximo período legislativo y por qué esto es importante para las personas en Alemania.

La valiente perspectiva de la Alemania del futuro es particularmente importante en vistas a la necesaria unidad con el partido CSU, Unión Social Cristiana del estado federado de Baviera. Al referéndum sobre el statu quo, la Unión opone un plebiscito sobre el camino futuro.

Michael Wolfsohn lo describió de la siguiente forma: «La democracia de la República Federal de Alemania debe convertirse otra vez en una democracia con capacidad de defenderse. Pero no a través de la violencia física de un Estado combativo, sino a través de argumentos de peso».

La Unión debe explicar hacia dónde quiere ir y debe asegurar la transparencia de sus decisiones políticas. La nostalgia de una fuerza política que ordene, interprete y solucione es grande. Y la Unión es la mejor fuerza política para lograr esto. Para la Unión, esta es una promesa central en esta elección parlamentaria. Nosotros somos los reales protectores de los ciudadanos y convertimos a Alemania en el mejor país del mundo, en el que la seguridad y el bienestar reinan para todos las personas: fuertes en casa y ocupando un lugar de liderazgo en el mundo.

Cinco aspectos esenciales

Crecimiento y economía social de mercado. Debemos destacar las fortalezas de Alemania y no convertir cada problema en una cuestión de Estado. Entre los debates procedentes sobre la industria 4.0 y la política de seguridad, deberíamos colocar las verdaderas fortalezas del país: el compromiso y el esfuerzo por las personas. Para lograr una mejor competencia y libertad económica debemos dejar de lado los lamentos y subrayar nuestras posibilidades. ¿Por qué vamos a estar llenos de preocupaciones si tenemos los mejores trabajadores y los mejores ingenieros del mundo? En la lucha contra cualquier populismo es necesario un mensaje de crecimiento.

Cohesión social y estabilidad. Nosotros trabajamos por una sociedad que no deje atrás ni desamparado a nadie. Nuestra acción está impregnada de un conservatismo empático que quiere evitar el descenso social. Mejoramos las chances para nuestros hijos mediante un sistema educativo orientado a rendimiento, que hacemos posible a través del apoyo a las familias. Ganamos la seguridad en la vejez con una política jubilatoria confiable y un sistema impositivo en el que trabajar es atractivo. En las próximas elecciones las mayoría de los votantes será mayor de 55 años y, por tanto, las promesas de distribución económica no están en el centro de la preocupación ciudadana. Se trata de una reconstrucción estructural, que no aumente la carga de las generaciones jóvenes y simultáneamente logre poner los recursos necesarios a disposición de cantidades crecientes de ciudadanos de edad cada vez más avanzada.

Estado y seguridad. La CDU debe volver a hablar de una Alemania unida y compartida. Esto vale para la cuestión del este y el oeste, así como para la de la ciudad y el campo. No debemos permitir que estados federados, regiones rurales o personas particulares sean estigmatizados. Esto significa, también, no poner a todos en el rincón derechista, en actitud resentida, solamente porque tienen problemas y preocupaciones, justificadas o no. Desde la crisis de los refugiados, muchos ciudadanos plantean preguntas sobre el papel del Estado, su capacidad de funcionamiento y sus déficits. Se trate de la protección de las fronteras, la policía o la escuela, la acción estatal está bajo observación de los ciudadanos. Solamente quien responda de forma convincente sobre lo que el Estado debe y puede hacer, podrá satisfacer las necesidades de seguridad de los ciudadanos.

Alemania abierta al mundo y patriótica. Defendemos una Alemania abierta al mundo y tenemos después de tantas experiencias una visión realista de la globalización. En este sentido, afirmamos que haremos todo lo necesario para que no se repita la situación del 2015. Alemania es un país en el que el asilo constituye un derecho que funciona solo por un tiempo y la inmigración solamente funciona con reglas claras. A las Wagenknechts (lideresa de la Izquierda) y a las Petrys (lideresa de la AfD) les decimos que la oposición a la globalización no es una muestra de patriotismo. Alemania se ve favorecida por la globalización y debe defenderla vehementemente. Ser cosmopolita no es ser elitista sino patriota. El modelo de éxito alemán es financiable a largo plazo solamente si logramos realizar y difundir nuestros productos, servicios e ideas en forma internacional.

Futuro y tradición. Nosotros creemos en un futuro venturoso. Apostamos a la esperanza de la gente y no a sus miedos. La historia de la República Federal está marcada por el afán inquebrantable de resolver exitosamente los problemas. ¿No podrá surgir de esta tradición una nueva narrativa para el siglo XXI? Más entusiasmo, un poco de orgullo y menos falsa modestia: fuertes en casa y ocupando un lugar de liderazgo en el mundo.

Solo la Unión puede vincular los puntos centrales con caras que transmitan tanto seguridad como estabilidad, tanto futuro como modernidad. La Unión puede ofrecer dirección y actitud a las personas.

Las elecciones parlamentarias marcarán la dirección. ¿En qué Alemania queremos vivir? ¿En un país anticuado, centrado en la redistribución y socialmente estancado, gobernado por la coalición rojo-rojo-verde y AfD? ¿O en una Alemania abierta al mundo, socialmente vital y económicamente próspera? Llegó el momento de volver a trabajar en una gran narrativa para nuestro país.

Dr. Mario Voigt
Diputado alemán del estado de Turingia por la CDU

Traducción de Manfred Steffen
Fundación Konrad Adenauer oficina Montevideo

Dr. Mario Voigt

Dr. Mario Voigt

Diputado alemán del estado de Turingia por la CDU

Partidos abiertos, partidos cercanos

Una nueva realidad social implica reflexionar y actualizar el trabajo de los partidos políticos para acercarlos de nueva cuenta a […]

Por: Carlos Castillo 6 Dic, 2016
Lectura: 4 min.
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Artículo original en español. Traducción realizada por inteligencia artificial.

Una nueva realidad social implica reflexionar y actualizar el trabajo de los partidos políticos para acercarlos de nueva cuenta a la ciudadanía.

La política debe volver a ser espacio para construir, en común, lo común | Imagen: Carlos Castillo
La política debe volver a ser espacio para construir, en común, lo común | Ilustración: Carlos Castillo

Factores irremplazables de la consolidación, el desarrollo y la permanencia de la democracia, los partidos políticos han sido la piedra angular de la participación política tradicional.

Hoy, frente a una sociedad que demuestra exigencias nuevas e inquietudes renovadas, es necesario reflexionar acerca de la realidad en que se desenvuelve la política y el modo en que se incorporan nuevos actores, muchas veces más atractivos, también casi siempre menos comprometidos.

Si la sociedad cambia, el ejercicio del poder y de la autoridad también deben hacerlo. Esto lo han entendido empresas, mercados, incluso aquellas Iglesias que ofrecen distintas opciones frente a los credos milenarios, y tal pareciera que son los actores políticos quienes más se resisten a tomar acciones frente a esta realidad.

Así, los partidos pasaron poco a poco de ser espacios de participación ciudadana a exigir un profesionalismo que hizo del oficio político una auténtica carrera personal dentro de un grupo exclusivo. Es decir, los partidos cedieron en ser actores de interés público para convertirse en protectores de intereses privados, grupales en ocasiones, casi siempre bajo el signo de lo propio antes que de lo común, de proteger lo alcanzado antes que arriesgarse a lo nuevo, de repetir las fórmulas habituales antes que pensar en la innovación.

Un sistema político de profesionales es conveniente y hasta deseable para la conducción de un país. No obstante, y ante el advenimiento de alternativas que ponen en riesgo la estabilidad de las democracias, como el populismo, es de crucial importancia que los partidos retomen como parte central de su agenda el que la sociedad los asuma de nuevo como vehículos del interés común.

Al esquema vertical y cerrado, incluso adormilado y mecánico que supone una burocracia, los partidos deben devolver al ciudadano la posibilidad de participar de manera activa en el plano político, no con miras a incorporarlo a la estructura establecida, sino más bien con la intención de que aquél vivifique, dinamice y devuelva ánimo y presencia a sus propias estructuras. Esto, con el objetivo de darle horizontalidad a lo que ya se ha convertido en algo rígido y no pocas veces carente de imaginación y dinamismo.

Para ello, la propia estructura territorial de los partidos resultaría de enorme utilidad: más allá de lo electoral, es necesaria una labor cotidiana y constante para que una sociedad más preparada y más capaz pueda participar desde sus distintos ámbitos de especialidad, con objetivos claros y bien trazados, con estrategias que hagan de esos aportes factor claro y distinguible del involucramiento ciudadano.

Este dinamismo debe ser propiciado por los propios partidos, pues son estos los que se alejaron de la sociedad, se volvieron en ocasiones inaccesibles y al final propiciaron el distanciamiento que es en buena medida el origen del advenimiento de opciones antipolíticas o antisistémicas.

La importancia de hacerlo implicará, en cierta medida, ceder poder o, visto de otra manera, ejercer de un modo más proactivo el poder. La gravedad de no hacerlo implicará, como ocurre ya, perder paulatinamente ese poder frente a apuestas riesgosas, que implican potenciales retrocesos, polarizaciones y rupturas fruto de una política simplista y de atajo.

Incorporar plenamente a la ciudadanía al ejercicio de la política hará más sólida a la comunidad: partícipe y responsable por su propio destino. Los partidos deben hoy abrirse, acercarse, organizarse de mejor manera, trascender el plano electoral para ser auténticos constructores de ciudadanía, de lo común, del bien común.

Carlos Castillo | @altanerias
Director editorial y de Cooperación Institucional, Fundación Rafael Preciado Hernández. Director de la revista Bien Común.

 

Carlos Castillo

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Director editorial y de Cooperación Institucional, Fundación Rafael Preciado Hernández. Director de la revista «Bien Común».

¿Hinchas o barrabravas?

En Uruguay ya no alcanza con prohibir el ingreso de grandes banderas en los estadios deportivos. No basta con desalojar […]

Por: Rosario Rodríguez 2 Dic, 2016
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Artículo original en español. Traducción realizada por inteligencia artificial.

En Uruguay ya no alcanza con prohibir el ingreso de grandes banderas en los estadios deportivos. No basta con desalojar una o dos tribunas. El fútbol dejó de ser un espectáculo público al que concurría toda la familia para pasar a ser un conjunto de actos de violencia que representan un riesgo para la integridad física de los asistentes y de los miembros de la seguridad pública.

Lo que se vivió el domingo 27 de noviembre en el Estadio Centenario de Montevideo quedará para siempre en la retina de todos los uruguayos, ante el clásico a jugarse entre Nacional-Peñarol. Dentro del estadio se sucedían destrozos de las butacas, robo en puestos de venta de comida y bebida, y llegaron incluso a tirar desde la tribuna, a los policías apostados afuera, una garrafa para gas robada de esos puestos de venta. Tres policías y un perro y sufrieron lesiones. La garrafa no explotó y si eso hubiera sucedido, el saldo de heridos hubiera resultado mayor. Los desórdenes también se produjeron en los alrededores del estadio y llegaron incluso a la principal avenida, 18 de Julio.

Ante ese escenario, y sin haber comenzado a jugar, el partido fue suspendido. En oportunidades anteriores, durante las inspecciones policiales, se encontraron armas, drogas y elementos de pirotecnia fuerte. También ante otro partido clásico realizado durante 2014, fue robada la recaudación de la cantina que funciona dentro del estadio. Ese mismo año, una jueza prohibió concurrir al escenario deportivo por un año a dos personas causantes de disturbios en una tribuna. Pero estos actos no han sucedido solamente en nuestro país, sino también en Argentina, Colombia y países europeos, con cientos de heridos y decenas de muertos.

Y quienes los provocan no son hinchas o fans del club deportivo que están «jugados» por la camiseta. Los propios hinchas no los reconocen como tales. Se trata de otro fenómeno, llamado delincuencia. Detrás de esto hay un peligroso problema social que ocurre dentro y fuera de los estadios, que ha ido creciendo, donde no hay respeto alguno a la autoridad. Tampoco nos olvidemos del negocio millonario que es el fútbol. Ni de los vínculos conexos entre delincuentes y drogas. Un fiscal que fue anteriormente juez de crimen organizado, expresó que detrás de todos estos disturbios puede estar una organización.

En estos hechos cabe la responsabilidad al Estado pero también a los clubes deportivos y sus dirigentes, a la organización que nuclea a los clubes de fútbol, a los políticos, a la seguridad privada. Este es el momento para tomar medidas. Se debe asegurar el Estado de derecho mediante la ley y el orden (justicia y policía) para evitar los disturbios.

El fútbol inglés, ante la violencia en el deporte, después de varios episodios en que murieron personas, el último de ellos con 96 hinchas del club Liverpool en el estadio Hillsborough, sufrió el plan del gobierno para erradicar definitivamente de sus estadios a los hooligans. Entre las medidas de seguridad que se tomaron estaban: jugar los partidos sin público, instalar cámaras de seguridad, subir el precio de las entradas, usar tarjetas de identidad para revisar antecedentes previo al ingreso al recinto deportivo, sancionar a responsables de disturbios con la prohibición de ingresar a los estadios de por vida, multas económicas para los clubes. La Dama de Hierro Margaret Thatcher hizo cumplir al fútbol inglés estas medidas, aplicando todo el rigor del gobierno. Es un buen ejemplo a tomar para evitar partidos de alto riesgo, antes de que los hechos de violencia tengan mayores consecuencias.

Rosario Rodríguez | @mdelR33
Uruguaya. Magíster en Ciencia Política, asesora en temas de seguridad y defensa.

Imagen: Pixabay.com

 

 

Rosario Rodríguez

Rosario Rodríguez

Uruguaya. Magíster en Ciencia Política, asesora en temas de seguridad y defensa.

De sistema autoritario a dictadura abierta

Nicaragua tras las elecciones nacionales Por tercera vez consecutiva los nicaragüenses eligieron a Daniel Ortega como su presidente, en elección […]

Por: Dr. Werner Boehler 22 Nov, 2016
Lectura: 7 min.
Daniel Ortega
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Artículo original en español. Traducción realizada por inteligencia artificial.

Nicaragua tras las elecciones nacionales

El comandante Ortega celebra su afirmación al poder en 2012 | Foto: Fundación Ong DE Nicaragua, vía Wikicommons

Por tercera vez consecutiva los nicaragüenses eligieron a Daniel Ortega como su presidente, en elección dudosa. Con su esposa Rosario Murillo como vicepresidenta a su lado, Nicaragua está pasando de una autocracia a una dinastía familiar, tal como existió por última vez bajo el dictador Anastasio Somoza, cuyo régimen fue barrido por la Revolución sandinista el 18 de julio de 1979.

No solamente las instituciones democráticas están bajo el control completo del Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) y del clan de los Ortega, sino también los órganos de seguridad, la justicia, casi todos los medios de comunicación y gran parte de la economía. Incluso la influyente Iglesia católica está dividida. Corrupción, clientelismo y la entrega o la exclusión de privilegios definen el sistema Ortega-Morillo y la vida cotidiana en Nicaragua.

El resultado de las elecciones del 6 de noviembre era previsible, ya que solamente se presentaron partidos marioneta o pequeñas agrupaciones junto al FSLN luego de que, por orden de la Corte Suprema, se retirara la personería jurídica a la alianza opositora Coalición Nacional por la Democracia. Según el Tribunal Electoral, el FSLN recibió el 72,5 % de los votos. Fue seguido por el Partido Liberal Constitucionalista (PLC, 15 %), el Partido Liberal Independiente (PLI, 4,5 %), la Alianza Liberal Nicaragüense (ALN, 4,3 %), el Partido Conservador (PC, 2,3 %) y la Alianza para la República (Apre, 1,4 %).

La oposición y los intelectuales independientes agrupados en el Grupo de los 27 no reconocen el resultado. Analistas políticos y comentadores califican la elección de gran farsa. Hace unas semanas, la oposición ilegalizada agrupada en el Frente Amplio Democrático llamó al boicot electoral bajo la consigna de «no hay nada que elegir». Según el presidente del Tribunal Electoral, la participación de 68,2 % muestra un aumento de 10 % respecto a las elecciones de 2011. Sin embargo, según observaciones propias en algunos circuitos, la oposición parte de que aproximadamente 70% de los nicaragüenses no votaron. Esta afirmación se basa en los cálculos del politólogo José Antonio Peraza, cuyas investigaciones dan cuenta de una abstinencia de más del 50%. El Tribunal Electoral no pudo explicar la caída de más de un millón de ciudadanos habilitados para votar entre 2011 (5 millones) y los 3,8 millones que reconoció para estas elecciones. También es dudoso que esa cifra haya contemplado a más de un millón de nicaragüenses residentes en el exterior, en particular a aquellos que no participaron en elecciones anteriores.

Elecciones manipuladas

La principal alianza opositora alrededor del Partido Liberal (PLI) es la Coalición Nacional por la Democracia, que en 2011 obtuvo 31 % de los votos y 30 representantes que le permitieron constituirse en la segunda fuerza política del país. Con esto el PLI se convirtió en un desafío concreto para Ortega y el FSLN.

Algunos días después de una sentencia del Tribunal Electoral por la cual, entre otras consecuencias, los 28 miembros opositores en la Asamblea Nacional perdieron sus mandatos, el presidente Ortega anunció el 4 de junio que no iba a permitir la presencia de observadores extranjeros independientes, a quienes adjudicó intenciones sucias. Las protestas de la comunidad internacional, como del Centro Carter y la OEA, fueron ignoradas.

Todo el aparato estatal, tanto los medios oficiales como los que están en poder del clan familiar, fue utilizado en favor de la campaña del FSLN con los candidatos Ortega y Morillo. Solamente 10 % de los habitantes, sobre un total de 6,2 millones, tienen conexión a Internet. Por esta razón, los medios sociales a través de teléfonos móviles adquieren un peso enorme. Estos son utilizados masivamente por los activistas del FSLN, que podrían ser equiparados a funcionarios estatales.

La conformación de las mesas, realizada en forma arbitraria, hizo que muchos ciudadanos desistieran de ir a votar. Ese fue el caso, por ejemplo, de la conocida poetisa exsandinista Gioconda Belli, quien comunicó antes de la elección, a través de Twitter, que por esta razón, por primera vez desde 1984, no iba a participar en la elección.

En un artículo de opinión en La Nación de Costa Rica el literato y exministro de Relaciones Exteriores Sergio Ramírez habló de «elecciones en extinción» en Nicaragua, debido a que no hubo campaña electoral y los resultados eran conocidos de antemano. Ramírez, escritor reconocido internacionalmente que hoy vive en el exilio en Costa Rica califico a estas elecciones de comedia. En los años ochenta, junto a los hermanos religiosos Ernesto y Fernando Cardenal, Ramírez dio una imagen civil a los nueve comandantes de la Revolución. Hoy se define como uno de los miles de ciudadanos nicaragüenses para quienes no hay nada que elegir.

Dependencias

Con la caída del régimen de Somoza el objetivo explícito del FSLN era convertir a Nicaragua en un país democrático e independiente. Sin embargo, estos objetivos fueron abandonados inmediatamente después de la revolución exitosa. Era notoria la dependencia de Cuba y especialmente de la Unión Soviética y sus estados satélites dentro del Pacto de Varsovia.

Los comandantes, bajo la dirección de Daniel Ortega, eran totalmente dependientes de sus nuevos amigos tanto en el armamento como en los artículos de uso diario, los servicios médicos, la propaganda o la seguridad del Estado. Al mismo tiempo, las propuestas de apoyo y cooperación serias provenientes de países democráticos, basadas en la simpatía y solidaridad hacia el movimiento de liberación y sus reivindicaciones democráticas de la revolución eran aceptadas solamente parcialmente o directamente no aceptadas por motivos político tácticos. Con el derrumbe de la Unión Soviética y la elección de Violeta Chamorro, esta fase terminó.

Después de su elección como presidente en 2007, Ortega retomó la relación de dependencia con Cuba, entonces debilitada por la desaparición de la Unión Soviética. Venezuela, en cambio, ofrecía con Chávez un socio rico en recursos. La concepción de una revolución bolivariana con sus ideas marxistas y socialistas y el objetivo de la construcción de un socialismo del siglo XXI como diseño alternativo a la democracia occidental coincidía en gran parte con las ideas de Ortega. Chávez apoyó entonces al gobierno sandinista con dinero, créditos y petróleo barato.

Con Rusia se continúa la cooperación militar de los años ochenta. En el marco de su viaje a Latinoamérica en ocasión de la cumbre del BRICS en Brasilia el 14 y 15 de julio de 2014, Putin, proveniente de Cuba, realizó una escala en Managua donde fue recibido por Ortega y su esposa, que se desempeñaba como jefa de gabinete de facto. En esa ocasión se firmaron acuerdos para la construcción de un campamento de entrenamiento en la lucha antidroga y de ayuda militar. Hace unas semanas Rusia entregó 50 tanques y algunos helicópteros a Nicaragua. Putin es reunió también con el hijo de Ortega y Morillo, Laureano Ortega, en su calidad de director de la Agencia de Promoción de Inversiones Pro Nicaragua. A Putin le interesa particularmente en la participación de Rusia en el megaproyecto de inversión de un segundo canal entre al Atlántico y el Pacífico en Nicaragua. El empresario chino Wang Jung y su firma HKND tienen la intención de hacerse cargo de este proyecto interoceánico y quedarse con los derechos de concesión por cincuenta años con opción a otros cincuenta. Lo que es seguro es que China aseguró con esto su influencia política y económica en la Nicaragua de Ortega y Morillo. Es evidente la conexión entre el poder político y el económico del clan Ortega y Morillo.

Dr. Werner Böhler
Representante en la oficina de la FKA en Costa Rica y Panamá

Traducción de Manfred Steffen, de la Fundación Konrad Adenauer, oficina Montevideo

 

 

Dr. Werner Boehler

Dr. Werner Boehler

Representante en la oficina de la Fundación Konrad Adenauer en Costa Rica y Panamá

La política extrema

La oferta de campaña de Trump se instaló en los extremos del discurso, en el radicalismo. Sus primeras decisiones una […]

Por: Carlos Castillo 18 Nov, 2016
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Artículo original en español. Traducción realizada por inteligencia artificial.

La oferta de campaña de Trump se instaló en los extremos del discurso, en el radicalismo. Sus primeras decisiones una vez obtenido el triunfo apuntan en el mismo sentido.

Donald Trump, presidente electo de los Estados Unidos
Donald Trump, presidente electo de los Estados Unidos de América

A unos días del triunfo de Donald Trump en la presidencia de Estados Unidos son muchas las preguntas y pocas las respuestas, muchos los diagnósticos, escasas las propuestas y una sola constante es la que aparece en el escenario mundial: la incertidumbre.

Es incierto, como pocas veces antes frente a la elección presidencial estadounidense, el futuro tanto de ese país como el de la humanidad; las promesas de campaña, más allá de bravuconadas o excesos retóricos, conllevan un enorme riesgo para temas como la globalización, la seguridad, el medioambiente, el comercio y las finanzas internacionales, la relación entre Estados, entre muchos otros temas más.

Y es que a lo comprometido por Trump hay que añadir la mayoría republicana en el Congreso, la nula efectividad de la prensa como contrapeso al poder —demostrada en la campaña—, el apoyo de sectores radicales de la sociedad, así como una campaña que se empeñó en dejar de lado toda prudencia, todo sentido común o toda corrección política para llevar al electorado a los extremos.

Esa estrategia, en un principio, pareció ingenua, poco proclive a cosechar adeptos bajo una democracia que se asumía y se percibía madura, capaz de salir adelante y dejar en el camino a personajes como el magnate.

No obstante, conforme avanzaron los meses y la popularidad del ya candidato se consolidaba, había pocos incentivos para cambiar: la polarización del electorado, bajo las estrategias de una retórica demagógica que redujo los problemas a su expresión más simplista, construyó una narrativa que demostró su efectividad.

Ellos y nosotros, inmigrantes y nativos, buenos y malos, injustos y sufrientes fueron, así, parte central de un discurso que ahondó los extremos hasta hacerlos inconciliables, y es precisamente esa división la que ha superado el ámbito de las campañas para trasladarse al enfrentamiento callejero, a la protesta contra los resultados, a la descalificación entre derrotados y triunfadores, a brotes de intolerancia donde un discurso que cayó en lo incendiario lleva a que los ganadores se asuman libres de empezar por propia mano lo que su candidato prometió realizar a través de las instituciones.

Son esos extremos en las propuestas que parten del simplismo en el diagnóstico los que, en toda democracia, alimentan la demagogia y vulneran la democracia. Un enemigo identificado, un statu quo a combatir, una clase identificada con el privilegio la que debe desterrarse y un solo sujeto con una oferta eficaz el que puede poner solución a lo que él mismo diagnostica como el mal.

La espiral, de ese modo, aumenta y no hay razón o explicación posibles que logren dejar en claro el peligro, porque estas vendrán, precisamente, de lo que el caudillo haya ya señalado como parte del problema. Un método infalible al que la propia mercadotecnia ayuda, porque el mensaje se transmite de manera más sencilla al venir en un código simple; un método perverso porque hace de los extremos el espacio natural de la política, alejando a los moderados, decepcionando a los reflexivos, incitando a que quienes han sido incitados a buscar justicia o venganza a través del candidato sean quienes pasen a ocupar la primera fila de lo público.

Los primeros nombramientos de Trump apuntan en ese sentido: poca experiencia en lo público, gran éxito en el ámbito privado, nula concepción de que la construcción del bien común pasa por un sentido de lo social que debe buscar convencer, explicar, atender y servir. Hay muchas razones para la incertidumbre, y esta última es quizá la más seria: cuando la política deja la razón para solamente subsistir a base de impulsos, ocurrencia e improvisación. La política vacía de lo público. La política que no abandona el lenguaje de confrontación del tiempo electoral: la política extrema.

Carlos Castillo | @altanerias

 

Carlos Castillo

Carlos Castillo

Director editorial y de Cooperación Institucional, Fundación Rafael Preciado Hernández. Director de la revista «Bien Común».

El aprendiz

Donald Trump es el presidente electo de los Estados Unidos. Tras cerrados comicios se ha elevado a una de las […]

Por: Guillermo Tell Aveledo Coll 14 Nov, 2016
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Artículo original en español. Traducción realizada por inteligencia artificial.

Donald Trump es el presidente electo de los Estados Unidos. Tras cerrados comicios se ha elevado a una de las más altas responsabilidades del planeta, con el bagaje de una retórica incendiaria y sin experiencia gubernamental previa. La esperanza de sus seguidores es, a la vez, la cúspide y el nadir de la situación democrática en Occidente.

Ilustración: Guillermo Tell Aveledo
Ilustración: Guillermo Tell Aveledo

Sorpresas aparte, la probabilidad de una victoria de Donald Trump nunca fue baja. Tras alcanzar la nominación del Partido Republicano, y así lograr la legitimación el discurso extremista dentro de un partido tradicional, el magnate siempre fue competitivo, apuntando astutamente hacia las debilidades de su contrincante. No es que el racismo y la xenofobia le hayan permitido ganar, sino que parecen haber sido secundarias a las consideraciones económicas para suficientes electores a la hora del voto.

Hoy sabemos que la ajustada victoria de Trump se debe, esencialmente, al cambio de partido de votantes en la deprimida franja industrial del noreste y medio oeste norteamericano: el llamado Rust Belt. Esos estados, que tradicionalmente han votado por el Partido Demócrata, se definieron por estrechísimo margen en contra de Hillary Clinton, la cual perdió su «muralla azul» aunque obtuvo una victoria en votos significativa a nivel nacional. Resulta irónico si se considera que esta era una debilidad consciente de la candidata —que fue derrotada en varios de esos estados durante las primarias de su partido— y ella había admitido hace pocos meses la importancia de esos votantes. Asumiendo que muchos de los seguidores de su contrincante eran «deplorables», la veterana estadista advirtió en septiembre que en las multitudes que apoyan a Trump:

“[…] hay personas que sienten que el gobierno los ha engañado, que la economía los ha dejado atrás, que no le importan a nadie, que a nadie preocupa lo que ocurra con sus vidas y sus futuros. Y están desesperados por un cambio. No importa de dónde venga. Ellos no apoyan todo lo que [Trump] dice, pero él aparenta la esperanza de que sus vidas serán distintas. Que no despertarán para ver sus trabajos desaparecer, para que uno de sus hijos muera por sobredosis de heroína, para que no se sientan que sus vidas han llegado al final del camino. Estas son gentes a la que también debemos comprensión y empatía». [1]

Pero la comprensión y el buen juicio no siempre se sobreponen a los prejuicios fantasiosos y a las decepciones reales. Lo cierto es que este tipo de votantes, la antigua clase media emergente del mundo occidental, está a expensas de la expansión global del comercio y la industria. Lo cierto es que no solo se han ido millones de puestos de trabajo desde el centro del mundo hacia la periferia, sino que la tecnología los ha transformado en posiciones automatizadas. Lo cierto es que no hay escala de proteccionismo que amortigüe este proceso. Lo cierto es que las redes de asistencia social generadas en el consenso social y democrático de la posguerra en Occidente fueron poco a poco desmontadas en el auge neoliberal, y esa ha sido la entrada de la emergencia del agresivo populismo antiliberal. Ese populismo que encuentra un profundo desprecio en las élites tecnocráticas y los procedimientos políticos ordinarios, que es solo posible por la desigualdad que sus políticas han engendrado.

Como al final de la Belle Époque de hace un siglo, nos encontramos con multitudes decepcionadas e indignadas por haber servido, ya no de carne de cañón, pero sí de víctimas de la experimentación económica y la desregulación financiera. El gran shock global de 1929 dio lugar al trauma de las dictaduras antiparlamentarias del fascismo y el comunismo. El shock global de 2008 quebrantó la falsa armonía del fin de la historia liberal, y desprestigiando mucho de la autoridad de la política formal. Ahí quedan las ruinas de casi todos los grandes partidos reformistas de los años noventa, que dejan solos con la pesada carga de defender la democracia a los partidos de sensibilidad humanista. Trump es apenas uno solo de estos populistas emergentes, como Le Pen, Iglesias o Farage; y otros autoritarios que cómo Ortega, Duterte, Erdogan, se aprovechan de la democracia para desmontar sus murallas institucionales.

Podemos presumir que en la gran potencia global existen aún instituciones que pondrán coto a las más graves faltas, pero no es tiempo para ser optimista. Aun si las instituciones responden, la Presidencia de Estados Unidos es un entramado poderoso de agencias y recursos ahora dispuestos para sus propósitos, y miles de seguidores pueden verse autorizados por la retórica de su líder hasta cometer actos previamente censurables. Cuando un periodista preguntó a Trump, ya como presidente electo, si pensaba que su discurso había llegado muy lejos, su respuesta fue directa: «No. Yo gané». [2]

Esos votantes que merecen «comprensión y empatía» —tal como dijo Clinton— pueden experimentar una decepción mayor ante la previsible insensibilidad social e irresponsabilidad económica de la presidencia de Trump. Como el famoso aprendiz de brujo, el magnate estadounidense se ha hecho de un poder que puede no ser capaz de controlar, al exacerbar el resentimiento como palanca para ese poder.

Guillermo Tell Aveledo | @GTAveledo
Doctor en Ciencias Políticas. Profesor en Estudios Políticos, Universidad Metropolitana, Caracas

 

[1] «Read Hillary Clinton’s “Basket of Deplorables” Remarks About Donald Trump Supporters», Time, 10.9.2016.
[2] «Donald Trump, in Exclusive Interview, Tells WSJ He Is Willing to Keep Parts of Obama Health Law», Wall Street Journal, 11.11.2016.

 

 

Guillermo Tell Aveledo Coll

Guillermo Tell Aveledo Coll

Doctor en ciencias políticas. Decano de Estudios Jurídicos y Políticos, y profesor en Estudios Políticos de la Universidad Metropolitana de Caracas.

Diálogo: incómodo pero necesario

En Venezuela, en días recientes Jesús Chúo Torrealba, actual secretario ejecutivo de la MUD, exponía su punto de vista con […]

Por: Ángel Arellano 8 Nov, 2016
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Artículo original en español. Traducción realizada por inteligencia artificial.
Manifestación opositora en Venezuela
Manifestación opositora en Venezuela

En Venezuela, en días recientes Jesús Chúo Torrealba, actual secretario ejecutivo de la MUD, exponía su punto de vista con respecto a los retos de la oposición venezolana y los logros que esta ha obtenido sorteando las inminentes dificultades impuestas por el autoritarismo chavista.

La MUD logró cohesionar una oferta electoral unitaria de cara a las elecciones parlamentarias y ganar cómodamente la contienda del pasado 6 de diciembre de 2015. De eso hace menos de un año. ¡Con tanta cosa ya se nos olvidó! Desde entonces, la instalación y puesta en funcionamiento del Parlamento ha sido como deshojar una margarita. Todos los días sucede algo nuevo. Llevarle el pulso al hilo noticioso venezolano es tarea de pulpos. Por un lado la «justicia» bloquea las leyes y por el otro impide el quórum vetando legisladores electos. El Ejecutivo gobierna echando mano de su propia legalidad, sin Constitución, ni reglamentos, ni normas. La Carta Magna chavista (1999) existe solo en el discurso. Con excepción de la Asamblea Nacional, ningún poder público cumple con «la Bicha».

Sinceramente, nunca hubo chance de asimilar la importancia del éxito electoral de diciembre, pues de inmediato la agenda se trazó en torno a la sustitución constitucional del gobierno de Maduro, necesidad política de la oposición y clamor de una sociedad que rechaza mayoritariamente la gestión de la Revolución.

El inicio de una nueva mesa de diálogo con el gobierno ha puesto en la picota a la dirigencia opositora. Abundan críticas y señalamientos contra las principales figuras de la MUD. Sin embargo, todos obvian la pertinencia de la necesaria negociación política con un actor que no cederá el poder por más que se inunde Caracas de sangre y se gaste toda la pólvora de los cuarteles.

La oposición ha actuado conforme un plan pactado por todas sus organizaciones: participar en la elección parlamentaria, ganar y reemplazar democráticamente el gobierno. Lo primero y segundo se ha cumplido. Lo tercero ha sido liquidado. Entre perder un referendo revocatorio y liquidar los caminos electorales para formalizar un sistema dictatorial, el chavismo optó por lo segundo. De inmediato, los actores internacionales que miraban con atención las actuaciones de la tiranía tropical que opera con la venia de Cuba y el financiamiento (contra endeudamiento) de Rusia y China, decidieron aparecer en la escena. Fue así como el Vaticano se incorporó como mediador del nuevo diálogo y Estados Unidos envió una vez más a su asesor hemisférico para ser parte de este proceso que de entrada comenzó turbio, difuso y con serios problemas de comunicación.

El gobierno chavista, ateo y antiimperialista, se sentó en una mesa convocada por el enviado de Su Santidad y con un gringo operando tras bastidores.

Lo cierto es que de todos los caminos pensados para salir rápida y pacíficamente del gobierno, hoy no queda ninguno. O por lo menos ninguno con expectativas de materializarse en el corto plazo. De ahí parte la incertidumbre que oscurece la escena política venezolana y angustia a la sociedad. El diálogo no se convocó para pactar la salida democrática del chavismo, ni para cambiar las reglas del ventajismo institucional del que goza la cúpula del PSUV. Se convocó porque, como es evidente, el hilo constitucional se rompió al bloquear la vía electoral.

Hoy se negocia para restablecer el voto como mecanismo de toma de decisiones y para lograr ciertas garantías elementales intentando contener la explosión generalizada de un país que se ha transformado en un hervidero. En ese calvario toca tragar grueso y aguantar la tempestad. Todas las señales emitidas por el gobierno han sido patéticas. Desde Maduro bailando salsa en cadena nacional, hasta la altisonancia de los voceros radicales del chavismo. La gran tensión condiciona la factibilidad del diálogo. A pesar de eso, por el lado de la oposición se ha avanzado en acuerdos internos para contener a la disidencia y a los militantes de la utopía del miraflorazo. El diálogo es un episodio incómodo y lleno de incertidumbre, pero necesario. Nadie lo quiere, todos lo necesitan.

Ángel Arellano | @angelarellano
Venezolano, doctorando en Ciencias Políticas, integrante del Centro de Formación para la Democracia

 

Ángel Arellano

Ángel Arellano

Doctor en ciencia política, magíster en estudios políticos y periodista. Profesor de la Universidad Católica del Uruguay y de la Universidad de Las Américas de Ecuador. Coordinador de proyectos en la Fundación Konrad Adenauer en Uruguay, y editor de Diálogo Político.

¿Es Venezuela una dictadura?

El gobierno venezolano muestra las peores tendencias de la historia política latinoamericana, tratando de evadir autoritariamente su evidente declinar. ¿Qué […]

Por: Guillermo Tell Aveledo Coll 24 Oct, 2016
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Artículo original en español. Traducción realizada por inteligencia artificial.

El gobierno venezolano muestra las peores tendencias de la historia política latinoamericana, tratando de evadir autoritariamente su evidente declinar. ¿Qué pueden hacer los demócratas de la región? ¿Qué deben hacer los demócratas venezolanos?

Durante años ha habido dudas acerca de cómo caracterizar al régimen venezolano, que no se parecía a las adustas dictaduras tradicionales, ni asumía los contornos de una república constitucional. Populismo, autoritarismo competitivo, caudillismo, democracia híbrida, neosocialismo… Lo que fuese, pero nadie confundía a Venezuela con una democracia liberal.

Hoy, esos contornos están mucho más definidos. Si Venezuela no es una dictadura hoy, es apenas por falta de declaración formal.

La pendiente resbaladiza tiene meses, y a cada evento aparece una actitud del gobierno venezolano que cruza la raya del decoro democrático. Esta semana, el Consejo Nacional Electoral acata, de manera instantánea, el amparo de unos tribunales sin competencia electoral para suspender el proceso de recolección de firmas que activasen la revocatoria de mandato del presidente Nicolás Maduro, e inician una causa penal contra la directiva de la Mesa Unidad Democrática.

Emergencia económica

La semana pasada, el presidente decidió aprobar el presupuesto nacional del año 2017 sin el control de la Asamblea Nacional de mayoría opositora, avalado por una sentencia del Tribunal Supremo de Justicia, mientras amenazaba a los poderes regionales y locales que no les traspasaría fondos si no declaraban fidelidad al Ejecutivo nacional. Unos días antes, la autoridad electoral habría postergado las elecciones regionales y locales que debían ocurrir este año, en las que previsiblemente arrasaría la oposición. Pero aun antes, la Sala Constitucional del Tribunal Supremo ha permitido al Ejecutivo la extensión inconstitucional de un estado de emergencia económica, el cual permite gobernar por decreto, mientras ha anulado expresamente las capacidades legislativas, de control y de vigilancia de los actos del poder público por parte del recién electo cuerpo legislativo. Esto sin contar las acciones directas de represión política, arrestos extrajudiciales, la militarización de las redes de producción y comercialización, la intervención económica irracional, hostigamiento material y violencia que se han incrementado desde la llegada de Nicolás Maduro al poder.

Sería fácil ubicar el problema en las insuficiencias de Maduro, pero esta no es una presidencia unipersonal. Existe una suerte de triunvirato, coordinándose la fuerza armada, el Tribunal Supremo y el Ejecutivo, ordenando a los cuadros del Partido Socialista Unido de Venezuela distribuidos a lo largo del Estado. Este triunvirato ha anulado todo avance electoral de las fuerzas opositoras, y que junto con la ineficacia gubernamental había logrado superar en votos las holgadas ventajas del chavismo en su apogeo.

Chavismo e instituciones

Sería ingenuo pensar que esto comenzó hace pocos meses. Desde su origen, el chavismo ha sido hostil a las instituciones democráticas y a los límites constitucionales, anulando todo contrapeso político y desestimando a la sociedad civil al punto de abrogarse su representación. Apoyado por grandes mayorías sociales, estimuladas por la autoridad carismática del fallecido Hugo Chávez, o por la holgura de la bonanza petrolera, había interpretado su poder más allá del lindero que la propia Constitución de la República Bolivariana indicaba, caracterizando las libertades civiles como meras nociones burguesas que no podían con la soberanía popular que apoyaba a la revolución. Hoy, sin carisma, con carencias fiscales y sin apoyo popular, el poder chavista se revierte a lo más básico: la revolución es la voluntad del pueblo, y si el pueblo no la apoya, eso no impedirá que el Estado revolucionario defienda al pueblo de sí mismo.

Ante esta actitud, la ruta de la Unidad Democrática —la coalición de partidos moderados que concentra la mayor parte de las fuerzas opositoras, y que desde 2013 ha sido la organización con la mayor cantidad de votos en la historia venezolana— había apuntado hacia una constatación explícita: para sustituir al chavismo y sus calamitosas políticas públicas había que crecer como opción social con un programa realista, y así, lograr avanzar en los espacios establecidos en la Constitución. Crecer, pues, electoralmente.

[Lee también: Brasil sin perspectivas. Ni con el presidente Temer, ni sin él]

Pero cuando se cancelan hacia el futuro cercano los procesos de consulta democrática, y se han cancelado los efectos de la voluntad popular de los más recientes comicios, esto ya no parece suficiente. Eso constatan sus líderes, que modifican su estrategia hacia nuevas formas de rebeldía social, que concierten a la sociedad civil y acaso a los elementos moderados y racionales del chavismo hacia una transición. En ello se juega la paz, la libertad y la vida toda Venezuela.

Postergada democracia

América Latina ha sido históricamente una región caracterizada por sus carencias republicanas y su postergada democracia, pero esa tendencia fue revertida en las últimas tres décadas. En ese cambio, la democracia venezolana jugó un papel importante, colaborando con la transición y los partidos democráticos de toda la región, y promoviendo el aislamiento internacional de las dictaduras. Ahora que la situación se ha revertido, la región no puede quedarse callada.

Guillermo Tell Aveledo Coll

Guillermo Tell Aveledo Coll

Doctor en ciencias políticas. Decano de Estudios Jurídicos y Políticos, y profesor en Estudios Políticos de la Universidad Metropolitana de Caracas.

La Venezuela que veo y siento

Protestas en Venezuela | Imagen: María Alejandra Mora – Efectos: Martín Silva Ante el papel en blanco surgió una duda: quería […]

Por: Ángel Arellano 20 Oct, 2016
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Artículo original en español. Traducción realizada por inteligencia artificial.

PROTESTA VENEZUELA - María Alejandra Mora (SoyMAM)
Protestas en Venezuela | Imagen: María Alejandra Mora – Efectos: Martín Silva

Ante el papel en blanco surgió una duda: quería escribir sobre el crecimiento de la pobreza en Venezuela, arrojar algunas cifras expuestas por instituciones reconocidas por el gobierno de Maduro y poner en perspectiva estos números para establecer comparaciones con respecto a la Venezuela de hace tiempo atrás, la de antes de ayer y la de ayer. También para comparar con los socios de la Revolución, subrayando que dentro del vecindario dejamos de ser la oveja negra para convertirnos en la manzana podrida. En fin, de eso no escribiré. Tal vez después.

Como ser humano, no podía dejar de transformar los dramáticos números de la aceleración brutal de la pobreza en testimonios vivos que retumban en mi cabeza. Me interrogué y encontré una respuesta parcial: sobre cifras escribe todo el mundo, la gente está asfixiada de estadísticas; sobre la historia menuda de ese país que muere de mengua escriben pocos, o por lo menos no la mayoría. Quise unir algunos párrafos sobre lo que he visto, lo que he oído, lo que he leído y lo que he sentido.

He visto innumerables veces las imágenes con las que Meridith Kohut, fotógrafa de The New York Times, ha retratado la miseria venezolana llevándola a las páginas del diario más influyente del planeta. Ella, al igual que cientos de fotógrafos de mi país, ha mostrado cómo Venezuela se hunde. Gente en los huesos, desnutrida, sin color ni alegría en sus gestos. Gente desahuciada, orando para que la muerte no los arranque de este mundo. Gente en la suciedad de los hospitales, las escuelas, las casas, los campamentos improvisados, sufriendo el colapso de los servicios públicos. Un país que grita ¡auxilio! mientras los mineros ilegales explotan la selva virgen del Amazonas y del estado Bolívar. Un país que llora el permanente baño de sangre, recogiendo a sus muertos en la calle luego de un robo o de una bala perdida.

He oído a mis familiares contar el relato del robo que hicieron en casa hace un par de meses. Amarraron a mi mamá y a mi padrastro mientras les preguntaban por un dinero que no existía, porque nunca dejamos de ser gente humilde. Por suerte el asunto no llegó a mayores, pero a miles los matan en la misma operación. El hampa impuso sus reglas en el país sin ley: plata o plomo. He oído también a mis amigos, jóvenes de 23 a 28 años: flacos, sin trabajo o dedicados al bachaqueo, tratando de sobrevivir, con el título universitario colgado en la pared, esperando cualquier chispa de buena suerte para salir del país por aire, por tierra o remando hasta Trinidad. He escuchado programas de radio con noticias que sacan lágrimas. El gobierno recuerda a diario que siempre podemos estar peor.

He leído innumerables comunicados, artículos, crónicas, entrevistas. Venezuela es objeto de estudio, un bicho raro en un frasco del laboratorio de experiencias sociales llamado América Latina. Nadie entiende cómo un país tan rico es tan pobre, solo los venezolanos. Todos los vecinos gozan de buena salud mientras el cáncer hace metástasis en nuestro país. La Revolución se robó todo lo que no derrochó, y cuando se acabó la plata, se endeudó para robar y derrochar otra vez. Si tenemos suerte y salimos de Nicolás Maduro en 2016 (tan hipotético como suena), en el mejor de los casos pasaremos poco más de 25 años pagando la deuda contraída por el chavismo y revirtiendo la entrega de yacimientos minerales a trasnacionales alineadas con el régimen (dentro de las que están muchas gringas, imperialistas y neoliberales, ¡sí!).

He sentido frustración, impotencia, dolor, miedo, odio. La nación no merece semejante castigo. He sentido optimismo, fe, esperanza. La mayoría coincide en que el sistema actual debe ser extirpado y eso representa una gran oportunidad para liquidar el chavismo como práctica política oficial, pero también opositora. Del autoritarismo solo hay malos recuerdos y millones de muertos.

Venezuela le dice al mundo: «Mírenme, fui seducida por el populismo. Las pasiones privaron sobre la razón. Sé de mis errores, sé que mi democracia no ha sido la mejor, sé que estamos cayendo al pozo sin fondo del Estado fallido, pero voy a salir de esto porque los países nunca se acaban».

Ángel Arellano | @angelarellano
Venezolano, doctorando en Ciencias Políticas, integrante del Centro de Formación para la Democracia

 

 

Ángel Arellano

Ángel Arellano

Doctor en ciencia política, magíster en estudios políticos y periodista. Profesor de la Universidad Católica del Uruguay y de la Universidad de Las Américas de Ecuador. Coordinador de proyectos en la Fundación Konrad Adenauer en Uruguay, y editor de Diálogo Político.

PARTIDOS Y CAMPAÑAS

Por: Redacción 17 Oct, 2016
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Artículo original en español. Traducción realizada por inteligencia artificial.
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Plataforma para el diálogo democrático entre los influenciadores políticos sobre América Latina. Ventana de difusión de la Fundación Konrad Adenauer en América Latina.

Un día normal

No suelo escribir de lo que vivo diariamente, porque al final todos estamos demasiado inmersos en nuestra vida cotidiana como […]

Por: Daniel Montero 17 Oct, 2016
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Artículo original en español. Traducción realizada por inteligencia artificial.

No suelo escribir de lo que vivo diariamente, porque al final todos estamos demasiado inmersos en nuestra vida cotidiana como para que nos resulte atractivo leer sobre los problemas de otros. Pero es que este no es mi día, es el día de cualquier venezolano, y escribiendo sobre ello quiero reflejar la grave situación de mi país.

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Me desperté. Al revisar las noticias vi que un policía local había muerto. Entonces recordé al instante aquel tiroteo que me había despertado en la madrugada. Me dispuse a ir al trabajo y me despedí de mi madre, que debe ir, como cada vez, a hacer una cola de dos o tres horas para conseguir algunos alimentos.

Así me fui a tomar el ferrocarril que conecta mi ciudad con la capital. Pero tuve que esperar más minutos de lo normal. Por los parlantes anunciaban que la falla se debió al robo de cables. Ya no sé si fue otra mentira oficial u otro ataque real de la delincuencia desatada en el país.

Al llegar al trabajo vi por las noticias una nueva persecución a quienes se oponen al Gobierno: cuatro jóvenes profesionales fueron encarcelados por exponer en un video la realidad venezolana, un alcalde y un partido, aquel en el que milito, están acusados de promover «terrorismo».

Indignado por otra injusticia más, salí a recorrer farmacias en busca de unos medicamentos que desde hace meses escasean. Mi madre y mi tía sufren de hipertensión, y yo mismo debo colocarme una inyección, pues mi piel padece de una condición llamada psoriasis. Esa inyección, que otorga la seguridad social de Venezuela, desde hace un año no está disponible, por lo que he tenido que recurrir a fundaciones privadas para obtenerla, mientras estas aún puedan ofrecerla. Pero he terminado mi recorrido sin éxito alguno y he vuelto a casa.

Al llegar enciendo la televisión para ver el encuentro de la Vinotinto con Brasil. Oh, sorpresa, la electricidad ha fallado en el estadio. Esto ocurre a diario en distintas zonas del país.

En fin, esta es la lamentable normalidad de los venezolanos: la de la deshumanización, el irrespeto a la vida, a la libertad y a los derechos básicos de las personas. Es la realidad que puede pasar en cualquier país cuando se desprecia la política, la democracia, pero sobre todo la dignidad de los seres humanos.

Más temprano que tarde este dejará de ser un día normal.

Daniel Montero | @danmont
Venezolano, abogado, militante de Primero Justicia

 

 

Daniel Montero

Daniel Montero

Abogado. Asistente parlamentario. Dirigente de Primero Justicia, estado Miranda, Venezuela

Encantado, soy el general Pasta de Dientes

Militares venezolanos intervienen en la política. En la lucha contra la escasez de productos y de alimentos —oficialmente inexistente— el […]

Por: Redacción 11 Oct, 2016
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Artículo original en español. Traducción realizada por inteligencia artificial.

Militares venezolanos intervienen en la política.

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En la lucha contra la escasez de productos y de alimentos —oficialmente inexistente— el presidente venezolano recurre a medidas no habituales. En vez de introducir las necesarias reformas económicas, les da poder a los militares para administrar la escasez persistente. La dirección superior de las fuerzas armadas está actualmente encargada de la distribución de los productos de uso diario. La misión original de la defensa del país queda relegada.

En vista a la grave crisis de desabastecimiento en Venezuela, proveniente de la fallida política económica y del modelo de socialismo del siglo XXI, el presidente Maduro encargó al ministro de Defensa Nacional Vladimir Padrino López la distribución de los productos de uso diario y alimentos disponibles. Padrino López, ahora también jefe de la Gran Misión de Abastecimiento Seguro y Soberano, por su parte, pidió a 18 jefes militares que se encarguen personalmente del reparto de determinados grupos de productos. Los nombres de las personas afectadas fueron incluso colocados en el comunicado oficial número 40.977. Del reparto de lechones se encargará desde ahora el general de brigada Rubén Barreto Barrios. Los paños higiénicos, papel higiénico y pañales desechables están dentro de las responsabilidades del general de brigada Manuel Vera Boada, también comandante de la Fuerza Aérea. La planificación del personal en el Ministerio de Defensa Nacional tuvo que ser postergada momentáneamente, ya que el responsable, general Javier Antonio Rosales Duque deberá ocuparse de la distribución del maíz. No está claro si se producirá superposición de tareas con el vicealmirante Freddy Lozada Peraza, encargado de la distribución de la harina de maíz. Un hombre clave para la higiene del pueblo es el general de Brigada Fernando Prieto Ventura, a cargo de la distribución de jabón, champú, pasta de dientes y desodorante. La vicealmirante Luisa María Lozada Ferguson seguramente podrá utilizar su experiencia en el mar en la tarea de distribuir pescado.

La medida posiblemente no contribuya a mejorar la situación, ya que sencillamente no hay disponibilidad de productos para la población. Esto ocasiona una presión sobre los precios y a su vez contribuye al crecimiento del floreciente mercado negro. No hubo que espera mucho la burla de los venezolanos que pronto dieron sobrenombres burlones a los generales, según su área de responsabilidad. Un comentador en la radio agregó con sorna que el pueblo no sabía qué general estaba a cargo del reparto de bananas en la república.

Distribución de alimentos según cálculos de poder

A primera vista podría parecer que el gobierno se expone al ridículo al encargar a los militares la distribución de los productos escasos. Sin embargo, detrás de esta decisión está el cálculo de que, en tiempos de escasez, quien dispone del monopolio de la distribución adquiere con esto un enorme poder. «Controla el petróleo y controlarás los Estados. Controla los alimentos y tendrás el control sobre la población», es una frase atribuida al exministro de Relaciones Exteriores Henry Kissinger.

Desde la perspectiva de las relaciones exteriores, la diplomacia del petróleo fracasó en Venezuela: existe la amenaza de exclusión del Mercosur; en la Unasur no será reelecto del secretario general Samper, cercano a Venezuela; el secretario general de la OEA Almagro critica al gobierno de Caracas duramente y se muestra solidario con la oposición venezolana. Incluso «amigos ideológicos» como el presidente ecuatoriano Correa se distancian de Maduro. A esto se agrega que la crisis económica se hace notar cada vez más con la consecuencia de una creciente falta de abastecimiento y situación de emergencia. El potencial de protesta social contra el gobierno socialista aumenta y en vistas a los sufrimientos y las expectativas de todo lo que el pueblo venezolano deberá soportar todavía, la decisión de Maduro de poner en manos de los militares la distribución de los alimentos parece consecuente.

La cúpula militar venezolana ya ejerce una gran influencia. Generales y almirantes se encuentran en todo el aparato estatal. Hay militares activos en una gran cantidad de ministerios, directorios de empresas estatales, embajadas y otras posiciones de dirección. A comienzos de año se les asignó a los militares una parte de la industria petrolera, a pesar de que esto no es posible, de acuerdo con la Constitución. Periodistas y activistas ambientales y de los derechos humanos dan la voz de alarma porque la minería ilegal de oro en la región amazónica tiene consecuencias catastróficas para los seres humanos y para el ambiente. Es un secreto a voces que también los militares obtienen ganancias de dicha explotación. Tampoco cesan las recriminaciones a los militares respecto a su supuesta participación en actividades ilegales como el tráfico de drogas, el contrabando y la sistemática malversación de fondos públicos.

Los militares ganan en influencia

En la relación entre el presidente Maduro y el ministro de Defensa Nacional Padrino López se plantea la pregunta sobre quién controla a quién. Padrino López seguramente dispone de una acumulación de poder que no podrá ser ignorada por Maduro. Observadores y analistas especulan si las decisiones ya son tomadas directamente por los militares sin consultar a Maduro. Muchos militares y miembros del gobierno preferirían sustituir inmediatamente al impopular presidente Maduro convirtiéndolo en el chivo expiatorio de la crisis. Pero, debido a que no pocos de ellos serían objeto de persecución penal en caso de un cambio de poder, están interesados en no realizar elecciones que, según encuestas, en este momento ganaría la oposición en forma contundente. En este contexto es una consecuencia lógica que tanto el gobierno como los militares no van a permitir la realización del referéndum revocatorio antes del 10 de enero de 2017. Si se realizara antes de esa fecha, traería consigo elecciones anticipadas. Si en cambio el plebiscito sobre Maduro se realizara después de dicha fecha, no habría nuevas elecciones, sino que el vicepresidente asumiría el cargo de presidente hasta la finalización del período electoral. Con esto el gobierno quedaría en funciones y la oposición no obtendría ninguna ventaja. Teóricamente incluso sería posible que el vicepresidente renunciara y nombrara sucesor inmediato al recién depuesto presidente.

Cuanto más desean los venezolanos el referéndum revocatorio, menos interés tienen los militares y el gobierno en su realización. Políticos chavistas ya descartaron públicamente la realización del referéndum antes del 10 de enero de 2017 en forma categórica. El Consejo Nacional Electoral, controlado por el gobierno, que debe regular los pasos hacia el referéndum, no se atiene a los plazos y cambia constantemente las reglas para evitarlo y postergarlo.

¿Los militares se ponen nerviosos?

Impulsada por la terquedad y por los procedimientos ilegales del gobierno, en la oposición y en la sociedad venezolana se expande cada vez más la visión de que este gobierno finalizará solamente por las demostraciones callejeras masivas. El aparato de seguridad reaccionó de acuerdo a esto y procedió a arrestar a docenas de activistas políticos una razón sostenible. Los ejemplos más notorios de las últimas semanas son Marco Trejo, Cesar Cuéllar y James Mathinson. Estos dueños y empleados de una agencia de comunicación fueron arrestados por el servicio secreto después de que confeccionaran un video* del principal partido de oposición Primero Justicia para la web. En dicho video se ve a una miembro de la Guardia Nacional enviar un mensaje de texto a su familia, en el que le recuerda que los motivos de la manifestación afectan también a esta familia. El objetivo del video era provocar una relación cooperativa y no confrontativa entre los manifestantes y la Guardia Nacional. Dado que el video toma a la Guardia Nacional como tema, los acusados podrían ser juzgados por un tribunal militar y condenados a 15 años de cárcel a pesar de tratarse de civiles. El mensaje de los militares que están detrás del arresto a la oposición es: «en Venezuela nadie se mete con los militares».

Informe de la oficina de la Fundación Konrad Adenauer en Venezuela, publicado originalmente en alemán con el título Gestatten, Brigadegeneral „Zahnpasta“, el 30.9.2016.

 

 

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Miedo al cambio: el plebiscito de Colombia

En alemán diríamos Chance vertan! —o en español, ¡oportunidad perdida!—. Resta aún la posibilidad de que surja una solución «a […]

Por: Dr. Hubert Gehring 5 Oct, 2016
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Artículo original en español. Traducción realizada por inteligencia artificial.

En alemán diríamos Chance vertan! —o en español, ¡oportunidad perdida!—. Resta aún la posibilidad de que surja una solución «a la colombiana».

SI NO COLOMBIA2

 

Algunos escépticos lo presentían. Las últimas encuestas parecían anticiparlo. Y finalmente el 2 de octubre se hizo realidad. De los 12,8 millones de colombianos que participaron en el plebiscito para la refrendación del acuerdo de paz con las FARC, el 50,2 % —una muy estrecha mayoría—, dijo no. Quienes estaban a favor del acuerdo final están sumidos en una mezcla de desilusión, desesperanza y rabia. E incluso quienes promovieron el no quedaron atónitos, pues no se esperaban este resultado. Todos se preguntan: «¿por qué?, ¿y ahora qué?».

Una razón que no debe subestimarse en este escenario es que la decisión tuvo una carga emocional muy fuerte. Es apenas entendible que luego de 50 años, 270.000 víctimas mortales y 7 millones de desplazados —entre otras cifras que muestran el horror de la guerra— para muchos colombianos, aunque no para todos, haya sido una decisión basada en el dolor por el pasado y no tanto en la perspectiva de un futuro diferente.

Probablemente, para muchos no fue posible liberarse del dolor y la rabia por las concesiones hechas a las FARC en el marco de este acuerdo. La justicia —independientemente de lo que haya significado para cada uno esta noción en el marco del acuerdo— finalmente no fue suficiente para la mayoría de los colombianos.

Otra razón posible: un talón de Aquiles de este proceso fue desde un principio la incapacidad de convocar e incluir a un amplio sector, lo más amplio posible, de colombianos, alrededor del acuerdo.

Se trató más de una disputa entre dos líderes políticos y no de una amplia discusión para una sociedad que hoy tiene más de 48 millones de habitantes. De un lado, el presidente Santos, incapaz de alcanzar un consenso con la contraparte. Del otro, el expresidente Uribe rehusándose a ceder siquiera un paso para acercarse al otro.

Y ahora, ¿qué sigue para Colombia, el país del realismo mágico? Muchos líderes políticos del mundo y periodistas internacionales, en particular europeos, miran perplejos, incrédulos, lo que pasó este 2 de octubre. ¿Cómo explicarle a alguien que no haya vivido aquí en Colombia cómo es posible que sus ciudadanos hayan decidido no parar una guerra de más de cinco décadas?

Lo primero es que las consecuencias a mediano y largo plazo de esta decisión en la que el no resultó ganador —consecuencias dolorosas como mínimo— serán bastante graves. Y probablemente aún no terminamos de asimilarlas.

Sin duda, incrementará aún más el alto grado de polarización en la sociedad colombiana, algo que ya se había dado durante los últimos cuatro años en el marco de la negociación. Esto, sobre todo, si el Gobierno y la oposición siguen sin encontrar un consenso en un tema que es fundamental para el país. Algunos expertos tampoco descartan que incremente la conflictividad y la violencia.

Aún más: la imagen de Colombia en la política internacional se está viendo y seguirá viéndose afectada. El país iba en un buen camino: próximo a su ingreso en la OCDE, a cooperar en misiones de la ONU y, sobre todo, salir de su historia de país en riesgo por la inestabilidad y la guerra.

Ahora, además, corre el riesgo de pasar a la historia a los ojos del extranjero como el país que rechazó una oportunidad única de caminar juntos hacia un futuro en paz. El impacto político vendrá acompañado de efectos para las inversiones y expectativas económicas desde el exterior.

El peor resultado es para la generación joven, que parecía estar esperanzada con el acuerdo de paz con las FARC pero también con la perspectiva de reformas y transformaciones estructurales hacia un país más incluyente, más equitativo y moderno.

La igualdad de oportunidades, la inclusión social y económica, el desarrollo de las regiones rurales, el retorno de los desplazados… todo eso está en este momento en riesgo de ser puesto de nuevo en un rincón, a la espera de una próxima gran oportunidad, que no se sabe cuándo podría llegar.

Y ¿qué pasa con las FARC? Tal vez este asunto se resuelva, de una u otra forma, en el mediano plazo. Los líderes de la guerrilla pueden estar contemplando el exilio en otros países, otros —tal vez mandos medios y algunos combatientes— pueden estar pensando en seguir combatiendo, en otra organización, nueva o ya existente, y continuar con el narcotráfico, la minería ilegal y la extorsión.

Así las cosas, queda un sabor a frustración en todo esto. ¡Se perdió una oportunidad única! Sí, con una decisión democrática, que debe ser respetada. Pero una decisión basada principalmente en el miedo, entre otras emociones. El miedo al cambio. Una decisión que pone en vilo el futuro del país y sobre la cual sus líderes políticos (independientemente de si se llaman Santos, Uribe, Gaviria, Pastrana o como sea), hasta la hora de escribir estas reflexiones, aún no se han puesto de acuerdo.

En alemán diríamos Chance vertan! O en español, ¡oportunidad perdida!

Resta aún la posibilidad de que surja una solución «a la colombiana». Que, ahora sí, después de esto, el presidente Santos —encabezando el — y el expresidente Uribe —con el no— lleguen a un acuerdo primero y, luego, se replantee la negociación con las FARC.

La misma noche del 2 de octubre, distintos grupos empezaron a hablar sobre un gran acuerdo nacional y, al día siguiente, se pusieron en marcha equipos para trabajar en esto. La gran pregunta que uno se hace es ¡¿por qué no lo hicieron antes?!

Dr. Hubert Gehring
Representante de la Fundación Konrad Adenauer en Bogotá

 

En alemán diríamos Chance vertan! —o en español, ¡Oportunidad perdida!—. Resta aún la posibilidad de que surja una solución «a la colombiana».

Dr. Hubert Gehring

Dr. Hubert Gehring

Representante de la Fundación Konrad Adenauer en Bogotá, Colombia

La tragedia del 11 de septiembre quince años después

Mientras el choque de civilizaciones se habría cumplido, Colombia busca la paz. El 11 de septiembre de 2001 no fue […]

Por: José Alejandro Cepeda 28 Sep, 2016
Lectura: 4 min.
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Artículo original en español. Traducción realizada por inteligencia artificial.

Mientras el choque de civilizaciones se habría cumplido, Colombia busca la paz.

«The Last Column», homenaje a las víctimas del 11-S firmado por sus familiares | Foto: The Pancake of Heaven [CC BY-SA 4.0], vía Wikicommons
«The Last Column», homenaje a las víctimas del 11-S firmado por sus familiares | Foto: The Pancake of Heaven [CC BY-SA 4.0], vía Wikicommons
El 11 de septiembre de 2001 no fue una fecha usual. Ese día yo había planificado meticulosamente mi regreso de Alemania a Colombia, con una breve escala en España. El verano, caluroso y aletargador, lo había pasado resolviendo dudas académicas y existenciales, golpeando algunas puertas y dejando otras atrás —quizás en vano— en Fráncfort, Mainz, Berlín, Dresden, Barcelona, Madrid y, claro está, Heidelberg. Con la universidad más antigua de Alemania sostenía ya una relación, y en su magnífica biblioteca —Borges la habría admirado— la noche previa a mi partida olvidé mi pasaporte.

Quién iba a pensar que en ese nefasto día dos aviones comerciales harían arder las Torres Gemelas del World Trade Center de Nueva York, en pleno corazón financiero del capitalismo, mientras otro impactaría el complejo de seguridad del Pentágono y uno más llegó a aproximarse a Washington, la capital de los Estados Unidos, antes de ser derribado. Las víctimas ascendieron a tres mil personas, el doble que las del Titanic en 1912.

Tras despertar infructuosamente al Hausmeister de la biblioteca y hacer una denuncia en la policía, decidí arriesgarme a viajar, pues tenía programada el día 13 la ceremonia de mi segundo pregrado, ahora como politólogo, en la Universidad Javeriana de Bogotá. Dejé atrás Heidelberg en un tren a primera hora y en Fráncfort, tras discutir un poco, me dejaron abordar hasta Madrid sin pasaporte por ser territorio de la Unión Europea. En Barajas se complicó un poco más, hasta que imploré que no quería ser un inmigrante, secundado por el Toni Germani Quartet, un ensamble de jazz italiano que iba rumbo a Medellín.

Y es que el 11 de septiembre es siempre una fecha complicada, por decir lo menos. Para muchos latinoamericanos evoca al fantasma del golpe de Estado en Chile contra el gobierno de Salvador Allende en 1973, y las imágenes se confunden en un blanco y negro que solo saca de su marasmo el rojo de la sangre. Por otro lado es el día de la Diada catalana, la extraña celebración de su derrota por tropas borbónicas en 1714, que esta zona de España rememora para reafirmar su identidad y alimentar su nacionalismo centrífugo.

No tenía idea de que un ataque terrorista de esa magnitud se estaba desarrollando por cuenta de los fanáticos de Al-Qaeda, que Estados Unidos y parte de Occidente emprenderían una guerra preventiva en Oriente que en el mediano plazo fracasaría en su cometido de hacer del mundo un lugar más seguro. No imaginaba la intervención improvisada en Afganistán o la contradictoria operación sobre Irak, ni que el nuevo milenio vería ascender la amenaza de Estado Islámico y otros extremistas medievales en una suerte de yihadismo global, dándole la razón al desaparecido Samuel Huntington y su choque de civilizaciones. Y confirmando el fracaso del fin de la historia de otra vedette, Francis Fukujama.

En el aeropuerto El Dorado casi no me permiten ingresar. Tuve que cantar una estrofa del himno nacional para entrar «provisionalmente» bajo la promesa de comprobar mi trayecto ante una funcionaria de alto rango. Ya libre en un pasillo, pregunté al camarógrafo de un noticiero cómo andaban las cosas en Colombia, y me dijo que a pesar de los problemas éramos un paraíso, pero que la tercera guerra mundial se había iniciado. No creí que en parte pudiera tener la razón hasta que vi la televisión. Tampoco sospeché que quince años más tarde nuestro «paraíso» tendría en ciernes un acuerdo de paz con la guerrilla más antigua del planeta, tras más de medio siglo de estéril violencia. ¡Viajar para creer!

José Alejandro Cepeda | [email protected]
Periodista y politólogo

 

José Alejandro Cepeda

José Alejandro Cepeda

Colombiano. Periodista y politólogo. Doctor en Ciencias Políticas y de la Administración. Profesor de la Pontificia Universidad Javeriana de Bogotá

Alborada colombiana

El plebiscito sobre la paz en Colombia, gestionado en La Habana, abre las puertas para una nueva discusión política en […]

Por: Guillermo Tell Aveledo Coll 22 Sep, 2016
Lectura: 4 min.
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Artículo original en español. Traducción realizada por inteligencia artificial.

El plebiscito sobre la paz en Colombia, gestionado en La Habana, abre las puertas para una nueva discusión política en que la prioridad debe ser defender el crecimiento en democracia.

El presidente Juan Manuel Santos y el líder Timoleón Jiménez Tirofijo firman la paz | Imagen: Guillermo Tell Aveledo
El presidente Juan Manuel Santos y el líder Timoleón Jiménez Tirofijo firman la paz | Imagen: Guillermo Tell Aveledo

Durante medio siglo, la vida institucional colombiana ha vivido una especie de existencia dual. Siendo Colombia una vieja democracia que rara vez sufrió los estragos de una dictadura militar, la continuidad política de sus instituciones liberales no logró avanzar al grado en que lo demandaban sus crecientes contradicciones sociales, hasta que estallaron en una violencia sistémica. Cuando reventó la primera gran crisis moderna de violencia de masas en Colombia, con el asesinato de Jorge Eliécer Gaitán, se abrió un compás que sacudiría este país durante casi siete décadas.

Los increíbles efectos corruptores de la violencia reverberaron a lo largo de la sociedad colombiana, dejando marcas que parecían imborrables: la aparición de la radicalización ideológica, la organización de diversos frentes guerrilleros y paramilitares, la guerra total en algunas partes del territorio, los asesinatos políticos, las violaciones de los derechos humanos, la marcialización de la república, el auge continental del narcotráfico para financiar el mundo de las armas ilícitas… Sin embargo, la secuela más grave fue la siega de vidas, los millares de muertos y millones de desplazados.

«Orden y Justicia», reza el lema del escudo de armas colombiano. Las FARC habían pretendido hacer justicia con su lucha, pero así también el Estado colombiano pretendía restablecer el orden. Ninguna negociación es perfecta, pero precisamente se alcanza cuando elude la victoria. Los abortados procesos de acuerdo de los presidentes Betancur, Gaviria y Pastrana; los limitados éxitos militares de los presidentes Turbay, Barco y Uribe, legaron una experiencia que ha de haber tenido muy en cuenta el Dr. Santos, con un audaz propósito que puede llegar a coronar este anhelo histórico.

Esto es así porque también Colombia ha cambiado: la sociedad y la vieja elite colombiana no son la indiferente o celosa estirpe que se aferraba a los viejos usos políticos y económicos. Enfrentarse con la violencia histórica y las desigualdades en país profundo ha implicado también avanzar en las mejoras institucionales, el progreso de los derechos humanos, la apertura y el impulso económico. La guerra ha servido para que Colombia se piense y repiense a sí misma, abonando —en surcos de dolores— la ruta a un progreso más igualitario y de exigencia democrática.

Permanecen dudas, que las libertades permiten debatir abiertamente. No son los escépticos radicales obnubilados, sino patriotas con un natural escepticismo ante las consecuencias imprevistas. ¿Cuál será la resolución de los otros frentes guerrilleros? ¿Qué pasará con el narcotráfico? ¿Cuáles serán las derivaciones en los países vecinos? ¿Qué habrá de la justicia ante los abusos? Seamos optimistas ante las oportunidades que la opinión pública neogranadina se da a sí misma y apoyemos este esfuerzo.

No podemos asegurar que la propuesta de paz firmada por el Estado colombiano y ratificada hace poco por el Directorio de las FARC sea el fin de la guerra. Pero un eventual fracaso del plebiscito puede recrudecer un conflicto que ya no tiene razón de continuar.

Guillermo Tell Aveledo | @GTAveledo
Doctor en Ciencias Políticas. Profesor en Estudios Políticos, Universidad Metropolitana, Caracas

 

Guillermo Tell Aveledo Coll

Guillermo Tell Aveledo Coll

Doctor en ciencias políticas. Decano de Estudios Jurídicos y Políticos, y profesor en Estudios Políticos de la Universidad Metropolitana de Caracas.

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