El «brexit» como advertencia para América Latina

La salida de Reino Unido de la Unión Europea y la mala gestión frente al COVID-19 describen las consecuencias inesperadas […]

Por: Laura Toro Arenas 31 Mar, 2020
Lectura: 5 min.
Reino Unido marcha por el brexit, 23.6.2018 | Foto: Ilovetheeu, vía WikiCommons
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Artículo original en español. Traducción realizada por inteligencia artificial.

La salida de Reino Unido de la Unión Europea y la mala gestión frente al COVID-19 describen las consecuencias inesperadas del sectarismo político a nivel simbólico sobre las políticas públicas a nivel práctico. Al tiempo que habla sobre la importancia de construir estrategias de cooperación transnacional frente a problemas interconectados.

Normalmente se dice que el brexit, la gestión descoordinada del COVID-19 y muchas otras obvias malas decisiones de las democracias se explican por el hecho de que los Estados y las personas tienen miedo a lo desconocido, lo que genera cierto tribalismo y deseo intenso de proteger la identidad que les resulte más cercana o, por lo menos, más cómoda. De esta manera, es preferible aislarse políticamente que visionar estrategias eficientes de cooperación. Se dice que hay una tendencia a destruir lo diferente y mantener cerca solo a aquellos que son similares, tanto en términos de personas como de soluciones. En consecuencia, los políticos explotan este miedo para crear dicotomías inexistentes y obtener adeptos enfurecidos a partir de prejuicios y temores infundados.

Esta explicación se ha vuelto una respuesta excesivamente común entre académicos, periodistas y políticos para explicar diversos eventos que solo tienen en común dos rasgos. Por un lado, tener consecuencias negativas, especialmente económicas y en este caso de salud pública, sobre los países y, por otro lado, usar argumentos nacionalistas con identidades estrechas, sentido de superioridad técnica y logística y tono idiosincrático, como parte de su propaganda.

Este articulo afirma que este tipo de explicaciones son insuficientes y que el fenómeno del brexit y de la gestión descoordinada del COVID-19 son ejemplo de ello. Es más, ambos casos representan consecuencias de una forma particular de hacer política y exponen sus riesgos. El triunfo del brexit significa un reclamo a las elites por la exclusión simbólica de ciertos sectores sociales. Mientras la crisis humanitaria generada por el COVID-19 habla de las graves consecuencias que fenómenos como el brexit traen sobre la gestión en clave de gobernanza colaborativa a nivel internacional de problemas interconectados.

La premisa básica es que un mundo globalizado supone una reconfiguración de la manera de comunicar en política y de interactuar con audiencias con múltiples marcos de referencia. El gran problema es que una parte muy relevante de las elites políticas han venido naturalizando y sacralizando cada vez más un único marco de referencia ideológico. Esto crea un fenómeno de polarización innecesario, puesto que las personas que no están claramente inscritas en este marco se sienten discursivamente ignoradas y subestimadas, dando la impresión de que las elites políticas se les oponen y rechazan decisivamente.

El brexit es un ejemplo de este fenómeno. Hay un sector de la población británica que no solo no forman parte de este marco ideológico, sino que tampoco lo hacen en términos de sus escenarios de socialización, tipos de actividad económica ni acceso al mercado. Por ejemplo, la Dra. Emily Jones, de la Universidad de Oxford, afirma que «aquellos que votaron para dejar la Unión Europea cuentan normalmente con bajos ingresos y pertenecen a la clase blanca trabajadora en áreas que han sido marginadas económicamente en los pasados 30 años».

Sin embargo, la marginalidad económica no implica necesariamente cierto tipo de decisiones políticas. El grupo político que defendió el brexit logró usar su mensaje de forma flexible, apelando a las emociones y expectativas de distintos sectores sociales, no solo a partir de sus ideas políticas, sino del análisis de las debilidades y fortalezas de diferentes tipos de electorado.

Esto genera una serie de presiones nacionalistas y de corte aislacionista en los diferentes países. De hecho, la manera en que el COVID-19 ha sido gestionado por múltiples gobiernos muestra el alcance que tienen las consecuencias de ignorar sistemáticamente a estos grupos nacionales que exigen mayor representación. La demanda por aislamiento político y simbólico, que no es más que una demanda por participación, se convierte en una exigencia por aislamiento en términos de cooperación, información y gestión conjunta de soluciones. La gravedad reside en que cierto tipo de problemas exigen por su naturaleza soluciones conjuntas y coordinadas.

La combinación de estos dos factores solo termina generando un sectarismo poco estratégico. Precisamente, el brexit puede explicarse por la negativa a acercarse a otros sectores sociales desde sus escenarios de socialización, marcos de entretenimiento y zonas grises ideológicas. Y la gestión desarticulada del COVID-19 no es más que un ejemplo de las consecuencias nocivas sobre política pública del aislamiento político.

La mala gestión del COVID-19 y el brexit le advierten a América Latina sobre los problemas de construir una clase política que sacralice hasta tal punto sus valores y estándares técnicos, y que no sea capaz de crear mecanismos eficientes para cooperar internacionalmente a pesar de las presiones del sectarismo político.  Esta suposición, en el caso de América Latina puede traer consecuencias incluso más graves que las que tuvo el brexit sobre el Reino Unido y el COVID-19 sobre el resto del mundo.

Laura Toro Arenas

Laura Toro Arenas

Magister en filosofía y políticas públicas (London School of Economics and Political Science). Politóloga (Universidad EAFIT, Colombia).

El mundo poscoronavirus

El pronóstico retroactivo del coronavirus: cómo nos sorprenderemos cuando la crisis «haya pasado».

Por: Matthias Horx 30 Mar, 2020
Lectura: 13 min.
Foto original del artículo
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Artículo original en español. Traducción realizada por inteligencia artificial.

A menudo se me pregunta cuándo terminará el coronavirus y cuándo volverá todo a la normalidad. Mi respuesta es: nunca. Hay momentos históricos en los que el futuro cambia de dirección. Los llamamos bifurcaciones. O crisis profundas. Esos tiempos transcurren ahora mismo.

El mundo como lo conocimos se está disolviendo. Pero detrás de él surge un nuevo mundo, cuya formación podemos al menos imaginar. Para esto les ofrezco un ejercicio, con el que hemos tenido buenos resultados en procesos de visión en empresas. Lo llamamos RETRO-gnosis. Contrariamente a la PRO-gnosis, con esta técnica no miramos hacia el futuro, sino que observamos el hoy desde el futuro. ¿Suena loco? Intentémoslo.

La retrognosis: nuestro mundo en el otoño boreal de 2020

Imaginemos la situación en el otoño, digamos que en setiembre de 2020. Estamos sentados en un café de alguna ciudad importante. El tiempo es cálido y por las calles ya transitan nuevamente personas. ¿Se mueven de otra forma? ¿Todo es como antes? ¿El vino, el cóctel, el café conservan el gusto de antes? ¿El gusto de antes del coronavirus?

¿O incluso saben mejor?

Mirando hacia atrás, ¿de qué nos asombraremos?

Nos asombraremos de que la distancia social a la que tuvimos que someternos, rara vez provocó un sentimiento de aislamiento. Todo lo contrario. Después de un shock paralizante inicial, muchos de nosotros nos sentimos aliviados con la súbita detención de ese constante correr, hablar, comunicar a través de múltiples canales. Las renuncias no implican necesariamente una pérdida, sino que pueden incluso abrir ventanas de oportunidad. Más de uno ya lo experimentó después de un ayuno temporal cuando descubrió que, de pronto, la comida otra vez era sabrosa. Paradójicamente la distancia física que el virus nos impuso también provocó una nueva cercanía. Conocimos personas que de otra forma jamás habríamos conocido. Volvimos a tener contacto frecuente con viejos amigos, fortalecimos lazos que se habían debilitado. Las familias, los vecinos, los amigos se han vuelto más cercanos, e incluso pudieron resolver conflictos ocultos.

La cortesía social, que extrañábamos cada vez más, aumentó.

Ahora, en el otoño boreal de 2020, reina un estado de ánimo totalmente diferente en los partidos de fútbol en la pasada primavera, cuando había mucha rabia y violencia masiva. Nos preguntamos por qué es eso.

Nos sorprenderá la rapidez con que las técnicas culturales digitales han probado su utilidad. La teleconferencia y la videoconferencia, a las que la mayoría de los colegas siempre se habían resistido (los vuelos en clase ejecutiva eran mejores), resultaron ser bastante prácticas y productivas. Los maestros aprendieron mucho sobre la enseñanza en internet. El trabajo en casa se convirtió en algo natural para muchos, incluyendo la improvisación y el malabarismo de tiempo que conlleva.

Simultáneamente, técnicas culturales aparentemente obsoletas experimentaron un renacimiento. De repente, no solo nos respondía el contestador automático, sino personas reales. El virus generó una nueva cultura de largas llamadas telefónicas sin una segunda pantalla simultánea. Los mensajes en sí mismos adquirieron de pronto un significado nuevo. Nos comunicábamos otra vez en forma real. Se abandonó la costumbre de dejar colgada o sin atender a una persona. Surgió una nueva cultura de accesibilidad. Del compromiso.

La gente que nunca descansaba debido a la prisa, incluyendo a los jóvenes, de repente salía a dar largos paseos (una actividad antes desconocida para ellos). La lectura de libros se convirtió de repente en un culto.

Los reality shows de repente parecían vergonzantes, igual que toda la basura trivial, y parecían ridículos los infinitos programas presuntamente espirituales que fluían a través de todos los canales. No, no desaparecieron totalmente, pero perdieron rápidamente su valor. ¿Alguien recuerda todavía la disputa sobre la corrección política? ¿O las infinitas guerras culturales sobre… efectivamente, sobre qué cosa?

Las crisis funcionan principalmente disolviendo viejos fenómenos, haciéndolos superfluos…

El cinismo, esa forma liviana de distanciarse del mundo, súbitamente dejó de ser aceptable.

La exageración y la cultura del miedo y la histeria en los medios de comunicación se limitó después del primer brote.

Además, la infinita avalancha de crueles series criminales televisivas alcanzó su punto de inflexión.

Nos sorprenderá que ya en el verano se hayan encontrado medicamentos que aumentaron la tasa de supervivencia. Esto redujo la tasa de mortalidad y convirtió al coronavirus en un virus con el que hay que convivir, al igual que la gripe y muchas otras enfermedades. El progreso médico ayudó. Pero también aprendimos que el factor decisivo no fue tanto la tecnología, sino el cambio del comportamiento social. El factor decisivo fue que la gente se comportara en forma solidaria y constructiva a pesar de las restricciones radicales. La inteligencia humana y social ayudó. Por el contrario, la tan alabada inteligencia artificial, que prometía resolverlo todo, solo tuvo un efecto limitado en el tema coronavirus.

Esto ha cambiado la relación entre la tecnología y la cultura. Antes de la crisis, la tecnología parecía ser la panacea, la portadora de todas las utopías. Nadie, o solo unas pocas personas rígidas, todavía creen hoy en la gran redención digital. La ola de la tecnología pasó. Nuevamente estamos orientando nuestra atención hacia las cuestiones humanas: ¿Qué es el ser humano? ¿Qué somos el uno para el otro?

Nos maravilla ver cuánto humor y empatía surgieron en los días del virus.

Nos sorprenderá ver hasta qué punto la economía se contrajo sin que sobreviniera el colapso que alguien invocaba siempre frente a cada pequeño aumento de impuestos y cada intervención gubernamental. Aunque hubo un abril negro, una profunda recesión económica y una caída del cincuenta por ciento en el mercado de valores, aunque muchas empresas quebraron, redujeron sus actividades o cambiaron a un rubro completamente diferente, nunca se llegó al punto cero. Como si la economía fuera un ser que respira y que también puede dormitar o dormir e incluso soñar.

Hoy, en el otoño boreal, otra vez existe una economía mundial. Pero ha sobrevivido la producción just in time, con gigantescas cadenas de valor ramificadas en las que millones de piezas individuales se transportan por todo el planeta. En este momento es desmontada y reconfigurada. Por todos lados, en las instalaciones de producción y servicios surgen nuevamente almacenes, depósitos y reservas. Las producciones locales experimentan un auge, se instalan redes y las artesanías experimentan un renacimiento. El sistema global se mueve en dirección a la glocalización: la localización de lo global.

Nos asombrará que las pérdidas patrimoniales por la caída del mercado de valores no sean tan dolorosas como parecía al comienzo. En el nuevo mundo, la riqueza de pronto ya no juega el rol determinante. Más importantes son los buenos vecinos y un huerto en flor.

¿Puede ser que el virus haya cambiado nuestras vidas en una dirección hacia la que de todas formas iba a cambiar?

Retrognosis: lidiar con el presente a través de un salto hacia el futuro

¿Por qué este tipo de escenario del futuro resulta tan irritantemente diferente de un pronóstico clásico? Esto se relaciona con nuestra percepción del futuro. Cuando miramos hacia el futuro, generalmente solo vemos los peligros y problemas que se acercan y que erigen barreras insuperables. Como una locomotora que sale del túnel y nos atropella. Esta barrera del miedo nos separa del futuro. Por esto, los futuros de horror son siempre los más fáciles de representar.

Por otro lado, los retrognósticos forman un ciclo de conocimiento, en el que nos incluimos a nosotros mismos y a nuestros cambios internos, en la previsión del futuro. Nos conectamos internamente con el futuro, y esto crea un puente entre el hoy y el mañana. Se crea una mente futura, una conciencia del futuro.

Si esto se realiza en forma correcta, surge algo así como una inteligencia del futuro. Estamos en condiciones de anticipar no solamente eventos externos, sino también procesos de adaptación, con los cuales reaccionamos al mundo cambiante.

Esto se siente muy diferente a un pronóstico que, en su carácter apodíctico, siempre tiene algo muerto, estéril. Abandonamos la rigidez del miedo y recuperamos la vitalidad que pertenece a cada futuro verdadero.

Todos conocemos la sensación de superación del miedo. Cuando vamos al dentista para recibir tratamiento, nos preocupamos con mucha anticipación. En el sillón del dentista perdemos el control y nos duele antes de que duela realmente. Al anticipar este sentimiento, aumentamos nuestros miedos y estos pueden abrumarnos por completo. Sin embargo, una vez que hemos sobrevivido al procedimiento, tenemos la sensación de que el mundo parece joven y fresco nuevamente, y de repente sentimos estamos llenos de alegría.

Hacer frente significa superar. Desde el punto de vista neurobiológico, la adrenalina segregada por el miedo es reemplazada por la dopamina, una especie de droga endógena para el futuro. Mientras que la adrenalina nos induce a la huida o a la pelea (lo que no es productivo ni en la silla del dentista ni en la lucha contra el coronavirus), la dopamina abre nuestras sinapsis cerebrales: nos entusiasmamos con lo que está por venir, en forma curiosa, anticipatoria. Cuando tenemos un nivel saludable de dopamina hacemos planes, tenemos visiones que nos llevan a la acción prospectiva.

Sorprendentemente muchos experimentan exactamente esto con la crisis del coronavirus. Una pérdida masiva de control se convierte de repente en una verdadera intoxicación de lo positivo. Después de un período de desconcierto y miedo, surge una fuerza interior. El mundo «se acaba», pero con la experiencia de que todavía estamos aquí, surge una especie de nuevo ser desde nuestro interior.

En medio del cierre de la civilización, recorremos bosques o parques, o espacios casi vacíos. Pero esto no es un apocalipsis, sino un nuevo comienzo.

De esta forma se comprueba: la transformación comienza con un cambio de patrón de las expectativas, percepciones y conexiones con el mundo. Y a veces es precisamente la ruptura con las rutinas, con lo acostumbrado, lo que libera nuestro sentido del futuro nuevamente. La imaginación y la certeza de que todo podría ser completamente diferente, incluso para mejor.

Tal vez incluso nos sorprendamos de que Trump no sea reelegido en noviembre. La AfD (partido de derecha populista en Alemania) está mostrando serios signos de deshilachamiento, porque una política maliciosa y que provoca división no encaja en un mundo afectado por el coronavirus. La crisis del coronavirus dejó claro que aquellos que quieren poner a la gente en contra de los demás no tienen nada que aportar a los desafíos reales del futuro. Cuando las cosas se ponen serias, el poder destructivo que reside en el populismo se hace evidente.

Durante esta crisis, la política en su sentido primigenio de conformar responsabilidades sociales ganó una nueva credibilidad, una nueva legitimidad. Precisamente porque debía actuar «en forma autoritaria», la política creó confianza en la sociedad. También la ciencia experimentó un asombroso renacimiento en la crisis. Los virólogos y los epidemiólogos se convirtieron en estrellas de los medios de comunicación. Pero también los filósofos, sociólogos, psicólogos y antropólogos futuristas, que anteriormente habían estado más bien en la periferia de los debates polarizados, recuperaron voz y peso.

Las noticias falsas, por otro lado, perdieron rápidamente valor en el mercado. Las teorías conspirativas también se volvieron repentinamente ridículas.

Un virus como acelerador de la evolución

Las crisis profundas también apuntan a otro principio básico del cambio; la síntesis tendencia-contratendencia.

El nuevo mundo después del coronavirus —o mejor, con coronavirus— surge de la disrupción de la megatendencia de la conectividad. Desde la perspectiva político económica este fenómeno también se llama globalización. La interrupción de la conectividad —a través de cierres de fronteras, separaciones, exclusiones, cuarentenas— no conduce a la abolición de las conexiones. Pero permite la reorganización de los conectores que mantienen nuestro mundo unido y lo llevan al futuro. Se produce un salto de fase en los sistemas socioeconómicos.

El mundo que vendrá apreciará otra vez la distancia, y esto hará más cualitativa la conectividad. La autonomía y la dependencia, la apertura y el cierre, se reequilibran. Esto puede hacer que el mundo sea más complejo, pero también más estable. Esta transformación es en gran medida un proceso evolutivo ciego, porque se produce una falla y prevalece lo nuevo, lo viable. Esto puede producir confusión al principio, pero luego muestra su significado interior: lo que logra conectar las paradojas en un nuevo nivel es sostenible.

Este proceso de complejización, que no debe confundirse con complicación, también puede ser diseñado conscientemente por la gente. Aquellos que sean capaces de hablar el lenguaje de la complejidad venidera, serán los líderes del mañana. Los portadores de esperanza. Las Greta Thunberg del futuro.

«A través del coronavirus adaptaremos toda nuestra actitud hacia la vida, en el sentido de nuestra existencia como seres vivos en medio de otras formas de vida». (Slavo Zizek, en el punto álgido de la crisis del coronavirus, a mediados de marzo)

Cada crisis profunda deja una historia, una narración que apunta al futuro lejano. Una de las imágenes más fuertes dejadas por el coronavirus es la de los italianos haciendo música en sus balcones. La segunda imagen nos fue enviada por satélites que mostraron las áreas industriales de China e Italia de repente libres de smog. En 2020, las emisiones humanas de CO2 disminuirán por primera vez. Ese mero hecho tendrá consecuencias.

Si el virus puede hacer eso, ¿podremos hacerlo nosotros? Tal vez el virus era solo un mensajero del futuro. El mensaje drástico es: la civilización humana se ha vuelto demasiado densa, demasiado rápida y se ha recalentado. Está corriendo demasiado rápidamente en una dirección en la que no hay futuro.

Pero puede reinventarse a sí misma.

Reinicio del sistema.

¡Cálmate!

¡Música en los balcones!

Así funciona el futuro.

Publicado con autorización del autor. Véase el artículo original en  https://www.horx.com/kolumne/, https://www.diezukunftnachcorona.com y www.zukunftsinstitut.de.

Traducción: Manfred Steffen

Matthias Horx

Matthias Horx

Después de una carrera como periodista y publicista, se convirtió en el futurista más influyente en el mundo de habla alemana. Ha publicado unos 20 libros, muchos de los cuales se han convertido en bestsellers. Fundó el grupo de expertos más importante de Alemania para el futuro, el Zukunftsinstitut con sede en Fráncfort y Viena.

El Partido Demócrata ante América Latina

La narrativa que la oposición demócrata estadounidense imponga sobre América Latina puede ser relevante para la gran potencia hemisférica: se […]

Por: Guillermo Tell Aveledo Coll 28 Mar, 2020
Lectura: 8 min.
Ilustración: Guillermo Tell Aveledo
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Artículo original en español. Traducción realizada por inteligencia artificial.

La narrativa que la oposición demócrata estadounidense imponga sobre América Latina puede ser relevante para la gran potencia hemisférica: se juega hoy su futuro multicultural y su predominio en la región.

El Partido Demócrata ante América Latina

La narrativa que la oposición demócrata estadounidense imponga sobre la región puede ser relevante para la gran potencia hemisférica: se juega hoy su futuro multicultural y su predominio en la región.

Hablar de la política de Estados Unidos, hoy, es hablar de los pareceres de su presidente, Donald Trump. La historia nos dice que los presidentes en ejercicio tienen, en toda elección norteamericana, una ventaja de entrada: en el último siglo, solo tres de ellos han sido derrotados en las urnas, y tenemos que remontarnos a casi tres décadas atrás, con un país menos polarizado, para ver el último caso. Sin embargo, con un rechazo mayoritario, y con la posibilidad de una candidatura demócrata fuerte —con todo lo que se ha aclarado su competencia interna con las primarias del mes de marzo— queda la probabilidad de un revés para el mandatario. Aunque la campaña de masas está cancelada por los efectos de la pandemia global, el proceso político sigue.

El Partido Demócrata tiene un récord histórico mixto frente a América Latina: es a la vez el partido de la política del buen vecino y la Alianza para el Progreso, que de la invasión de Bahía de Cochinos. Es el partido que logró aprobar el TLCAN, pero también el que ha reforzado las políticas migratorias luego de la guerra fría, gobernando la mayor parte de esta etapa. Mientras otras potencias —en especial China— crecían en la región, Estados Unidos priorizaba las relaciones comerciales y la cooperación antidrogas, con algunos destellos adicionales que no continuaron, aunque también un récord favorable en materia de promoción de los derechos humanos y apertura hacia la sociedad civil desde el final del conflicto de los dos bloques.

Siguen en la contienda demócrata con alguna oportunidad de lograr la candidatura el exvicepresidente Joe Biden, de Pennsylvania, seguido de lejos —pero con fuerte influencia sobre el electorado joven de ambas costas, y con suficientes delegados como para querer influir en la convención del partido— el senador de Vermont, Bernie Sanders. En una contienda marcada hasta ahora por diferenciarse de Trump y su nativismo, el espectro del voto latino, en paralelo con las relaciones con la región, han sido debatidos entre los candidatos del partido del burro. Pero no solo es difícil decir que un elector de origen mexicano en el Oeste será distinto a uno de origen dominicano o puertorriqueño en la costa este, o de ascendencia cubana en Florida, y que con contadas excepciones sus preocupaciones como votantes son domésticas, y no de política internacional.

Ni Biden ni Sanders, avanzados septuagenarios —Trump es apenas más joven— hablan español con fluidez (como sí lo hacen fallidos candidatos más jóvenes como Julián Castro, el único latino en liza, Beto O’Rourke o Cory Booker), pero ello no obsta para aparecer con una mirada distinta hacia la región frente a la presente administración.

Biden, como Clinton y Obama en los últimos ciclos, es parte del statu quo, pero muestra una diferencia importante con sus predecesores: considera que la política de inmigración estadounidense es una bancarrota moral, porque es la desatención de ese país hacia la región lo que genera las multitudes de emigrantes que huyen de la violencia, el narcotráfico y las políticas económicas erradas. Esto es especialmente marcado en Centroamérica, y el exvicepresidente plantea un plan específico para la subregión que implicaría inversión en infraestructura, reformas institucionales y reducción de la pobreza. La presencia de los latinos en el país es vista por Biden desde esa perspectiva, con la propuesta de una modernización del sistema de asilo y la mejora de las agencias encargadas de supervisar la frontera, aunque evitando plantear una amnistía general a migrantes ilegales. A la vez, Biden plantea que sería necesario reactivar el plan Obama de restablecimiento de relaciones con la República de Cuba.

En el caso del senador de Vermont, su posición a la izquierda del Partido Demócrata, y su reto al establishment, genera evocaciones periodísticas hacia su populismo. Aunque en el papel Sanders no sería muy distinto a ortodoxos socialdemócratas de Europa y América Latina, su diferencia de tono con los políticos tradicionales de Estados Unidos lo hace atractivo para buena parte del emergente bloque de votantes latinos, especialmente en el Oeste y el Suroeste. Pero las políticas migratorias de Biden y Sanders tienen más en común en la práctica de lo que parece: el senador también cree que la relación con Centroamérica, raíz de la crisis migratoria, debe ser examinada exhaustivamente, y ha manifestado igualmente su preocupación por los presuntos abusos de derechos humanos de las agencias responsables. De momento, nada revolucionario.

La gran diferencia está en el tratamiento que Sanders y Biden (junto con el resto de los exprecandidatos demócratas) hacen de los autoritarismos latinoamericanos contemporáneos. Sanders se aferra a un discurso crítico desde la izquierda y, aunque no usa la palabra imperialismo, es el concepto que enmarca su visión general: los Estados Unidos, para el senador, deberían avergonzarse por su relación con la región, modificándola en sus términos más básicos, así como se plantea reformar las relaciones económicas internas de ese país. Esto le ha abierto un flanco de críticas a Sanders, haciendo recordar sus alabanzas —remotas o recientes— al sandinismo nicaragüense y al régimen castrista cubano, mientras no deja de escatimar críticas hacia gobiernos como los de Bolivia, Chile, Colombia o Brasil. Pero lo más llamativo es su dificultad para caracterizar al venezolano Nicolás Maduro. Pese a que ostensiblemente declara estar a favor de una solución multilateral a esa crisis política —solución que no pasaría necesariamente por el cambio de régimen proclamado por Trump—, considera que la posición moral de Estados Unidos como promotor de la democracia es sospechosa dadas sus ataduras a la economía capitalista y a la política de sanciones económicas. Biden, por su parte, ha mantenido lo que es aún la posición bipartidista de apoyo a las oposiciones democrático-liberales del continente, sin descartar opciones diplomáticas de ayuda a aperturas democráticas, dentro de una postura de política exterior más bien tradicional… De parodiarlo, Biden sería un viejo barón del partido, mientras que Sanders aparecería como un agitador universitario.

En un país social e ideológicamente polarizado, donde un sector creciente de los jóvenes se ve decepcionado hacia el futuro y opta por ideologías radicales alternativas, puede que la rebeldía de Sanders sea seductora. Pero esto parece hoy marginal: Biden parece enrumbado a forjar una coalición dentro de su partido, que se enfrente al reto de la tendencia histórica a favor las reelecciones. ¿Cuán crucial sería la diferencia entre ambos para hacer nuevamente competitivo electoralmente un estado como Florida, hoy claramente en la cuenta de Donald Trump? Uno de las grandes limitaciones de los liderazgos populistas contrapuestos del mandatario estadounidense y su principal retador a la izquierda, es que tanto Trump como Sanders mantendrían la lógica polarizadora que hoy domina el liderazgo de Estados Unidos en la región.

Hace cuatro años, en esta columna dije que la política y la cooperación entre nuestros países «no puede estar subordinada a los vaivenes de Foggy Bottom». Lo cierto es que, pese a declaraciones grandilocuentes, el mantenimiento de la política actual no atacaría eficazmente la penetración de intereses antidemocráticos en la región, y un giro dramático a la izquierda nos sumiría en una agravante y debilitante polarización. Quizás los estadistas latinoamericanos de hoy no podrán contar con un vigorizado centrismo que apoye la continuidad democrática continental.

 

Guillermo Tell Aveledo Coll

Guillermo Tell Aveledo Coll

Doctor en ciencias políticas. Decano de Estudios Jurídicos y Políticos, y profesor en Estudios Políticos de la Universidad Metropolitana de Caracas.

Coronavirus y posverdad en México

Los primeros casos de COVID-19 en México se presentan en un momento en que la manipulación constante de información por […]

Por: Carlos Castillo 27 Mar, 2020
Lectura: 4 min.
Fuente: Gobierno de México
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Artículo original en español. Traducción realizada por inteligencia artificial.

Los primeros casos de COVID-19 en México se presentan en un momento en que la manipulación constante de información por el presidente López Obrador cobra una víctima letal: la credibilidad necesaria frente a una catástrofe.

La transición del sistema de salud pública en México propuesta por el gobierno de López Obrador arremetió contra un esquema que atendía a la población más vulnerable, para proponer uno nuevo que aún se encuentra en fase de implementación y no cuenta todavía con herramientas, recursos e insumos suficientes para proporcionar servicios especializados.

Esta situación llevó a una serie de desgracias que, documentadas por la prensa e ignoradas o desestimadas por las autoridades, demostraron la ineficacia inicial del nuevo modelo de salud pública: falta de tratamientos para niñas y niños con cáncer, carencia de insumos básicos —material de curación, equipo de protección médica— en buena parte de los hospitales e incluso la adquisición de medicamentos sin las normas necesarias de calidad, lo que en Tabasco, estado natal del presidente, ha costado la vida a casi una decena de pacientes sometidos a hemodiálisis.

El sistema mexicano de salud pública enfrenta en esas condiciones de escasez y precariedad a la pandemia de coronavirus, que comenzó hace unos meses en China y hoy transforma poco a poco los hábitos, las costumbres y la convivencia humanas; un reto como pocos y tan urgentes de los que hayan aparecido a escala mundial y que, en el caso mexicano, a diferencia de otros países, toma por sorpresa a un gobierno que además debe enfrentar otra epidemia provocada por el propio gobierno: la polarización social.

La suma de ambas circunstancias es un polvorín de alto riesgo. Un sistema de salud deficiente y una autoridad que ha dedicado meses a dividir el debate público entre quienes están con López Obrador y quienes son críticos de sus decisiones; un gobierno que ha tratado a la pandemia con desdén y restándole importancia, y una ciudadanía que debe atenerse a las indicaciones de un presidente ausente, imbuido en su propia agenda e incapaz de consolidarse como un factor de unidad ante una potencial tragedia.

 

Cartel del Gobierno de México sobre el coronavirus (detalle) | Fuente: Gobierno de México
Cartel del Gobierno de México sobre el coronavirus (detalle) | Fuente: Gobierno de México

 

López Obrador sigue, en este como en otros casos, una estrategia de comunicación que confronta a quienes desde la opinión pública, la academia o el propio sistema de salud advierten sobre los enormes riesgos que se ciernen sobre la población mexicana, contra las autoridades que se empeñan en desestimar la importancia y gravedad de la pandemia, justifican la continua aparición del presidente en eventos masivos o defienden declaraciones en las que el mandatario afirma que el mejor «escudo protector» es la honestidad.

Activar los mecanismos de la posverdad en tiempos de una pandemia es una irresponsabilidad que podría traer consecuencias trágicas para todos los sectores de la sociedad. Desinformar o informar a medias, no contar con un número certero de casos por no aplicar las pruebas y diagnósticos que permitan tener certeza de la realidad a la que se enfrenta el Gobierno, continuar con las descalificaciones que señalan a opositores o críticos como exagerados, la tardía cancelación de eventos masivos y la debilidad del sistema de salud son, en suma, una bomba de tiempo.

Las cifras oficiales han anunciado que, al momento de escribir estas líneas (21 de marzo), se presentaban en el país 203 pacientes confirmados y dos defunciones por coronavirus. Las acciones preventivas del Gobierno apenas empezaron a promoverse y se espera que en los próximos días y semanas se pase de la llamada fase 1 a la fase 2 de la enfermedad, cuando un probable crecimiento en el número de contagios comience a registrarse a nivel nacional.

Las reacciones más oportunas, no obstante, provienen de las autoridades de estados y ciudades gobernados por la oposición donde, desde hace un par de semanas, se han implementado medidas de prevención y atención en aspectos de salud pública, economía local y confinamiento voluntario. Así, el contraste entre la esfera local y la nacional va construyendo una narrativa contradictoria y que, a partir de la frase del propio López Obrador de «yo tengo otros datos», genera confusión e incertidumbre en la ciudadanía.

La posverdad en tiempos de una potencial emergencia nacional es un riesgo que pone en juego el papel articulador y organizador que debe tener todo gobierno ante cualquier tragedia.

 

 

Carlos Castillo

Carlos Castillo

Director editorial y de Cooperación Institucional, Fundación Rafael Preciado Hernández. Director de la revista «Bien Común».

COVID-19: Cómo internet nos salvará (y a nuestra democracia)

Observada desde el futuro, es posible que la crisis de COVID-19 se valore como el momento en que internet nos […]

Por: Sebastian Grundberger 26 Mar, 2020
Lectura: 6 min.
Foto: pxfuel.com
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Artículo original en español. Traducción realizada por inteligencia artificial.

Observada desde el futuro, es posible que la crisis de COVID-19 se valore como el momento en que internet nos salvó a todos, y con eso salvó al mundo. Si la democracia liberal sale fortalecida de esta prueba de fuego, seguramente también en gran parte será gracias a internet.

Calles totalmente vacías en Seúl, Berlín, Madrid, Roma y Buenos Aires. No funcionan los cines, los restaurantes, las casas de electrodomésticos ni tampoco los parques de diversión. No tienen lugar congresos de partidos políticos, actos proselitistas ni debates televisivos. Incluso las elecciones son postergadas de forma indefinida. ¿Estamos en medio de una crisis global? Indudablemente. ¿Están por esto amenazadas en su existencia nuestra economía mundial, nuestra convivencia, el orden democrático de los países occidentales? De ninguna forma. Aunque el COVID-19 constituya un emergente de dimensiones sin precedentes, esto no va a suceder. Y una razón fundamental es internet.

Si se necesitara una prueba de hasta qué grado puede el mundo virtual sustituir al mundo real, millones de personas en cuarentena la están proporcionando en estos días. Si no ejercemos profesiones que exigen presencia física en el puesto de trabajo, organizamos reuniones virtuales de trabajo. Hacemos nuestras compras de alimentos y artículos de limpieza en forma remota; intervenimos en blogs, enviamos artículos para su publicación virtual y compramos libros electrónicos para leer en nuestra tableta Kindle. Realizamos donaciones en línea para víctimas del COVID-19, disfrutamos de una cerveza after office en forma virtual y participamos de los llamados a la solidaridad social mediante hashtags como #NosQuedamosEnCasa.

Educamos a nuestros hijos gracias a las aulas virtuales que ofrecen sus escuelas, participamos de servicios religiosos en internet y nos mantenemos en buena forma física mediante tutoriales de YouTube. Soñamos con los conciertos en línea de grandes artistas, buscamos en las redes apoyo sicológico para superar lo mejor posible la cuarentena y acordamos en forma virtual aplaudir y agradecer desde nuestros balcones reales todas las noches a las 21 horas al personal de la salud, por su enorme compromiso con la vida de todos. Para muchos de nosotros, una cuarentena sin Netflix es tan impensable como lo fue hace algunas semanas un partido de la Champions League sin espectadores. Y, finalmente, disponemos de aplicaciones que permiten detectar en forma remota si tiene sentido o no realizar un test de COVID-19.

Una vida casi normal en circunstancias anormales

A nadie se le ocurriría cambiar su tejido de relaciones presenciales por este tipo de vida. Sin embargo, la tecnología nos permite hacerlo de forma asombrosamente aceptable en muchos aspectos. Y esto sucede en una situación que es cualquier cosa menos normal. Imaginemos por un momento que no dispusiéramos de internet y de las redes sociales. Imaginemos qué sucedería en este contexto con las cadenas productivas, con nuestra vida social, con nuestros puestos de trabajo. Pongámonos en la situación de muchas empresas que no dispondrían de la posibilidad adoptar formatos en línea y ofrecer entregas a domicilio, de manera de asegurar por lo menos parte de sus ingresos. Imaginemos un minuto cómo sería arreglárnosla sin las opciones que ofrece la economía digital. Pensemos qué impactos sobre nuestra salud física y psíquica, y sobre nuestra vida familiar, tendría la crisis del COVID-19 si no dispusiéramos de internet. No es necesario pintar escenarios de horror para entender cuánto debe cada uno de nosotros a internet y especialmente a las redes sociales en estos días.

Incluso para nuestra democracia liberal sería mucho más difícil reaccionar en forma adecuada a la crisis del COVID-19 y al mismo tiempo respetar la vigencia de las reglas básicas de la democracia. Desde el 22 de marzo la canciller federal alemana Angela Merkel entró en cuarentena tras el contacto con un paciente de COVID-19. Desde su aislamiento domiciliario ella se ha seguido ejerciendo sus funciones como jefa de Gobierno sin ningún tipo de cuestionamiento mediante internet. Y este es solamente uno de muchos ejemplos. También las votaciones parlamentarias entre los representantes elegidos democráticamente pueden ser derivadas a la red. En este sentido, Chile y Ecuador han dado primeros pasos. De la misma forma, aunque presente notoriamente dificultades técnicas mayores, esto se podría hacer con procesos electorales completos. Aunque la cuarentena durara meses o incluso años, gracias a internet, las autoridades democráticas podrían seguir cumpliendo con sus obligaciones.

Democracia vivida en línea

Sin embargo, la democracia significa mucho más que procesos democráticos como elecciones y coordinaciones interministeriales. Ya lo decía Konrad Adenauer: «La democracia debe ser vivida». Esto se hace a través de debates públicos, animados, pluralistas y controvertidos. Internet nos permite salir del aislamiento físico y lanzarnos de lleno a estos debates. Por supuesto que también los regímenes autoritarios, que a menudo censuran las comunicaciones por internet, pueden utilizarlo para sus fines. Sin embargo, para el debate democrático en la crisis del COVID-19, internet es de importancia existencial.

En tiempos de crisis, muchos tomamos conciencia de lo que realmente es importante. En este momento, el confinamiento significa una renuncia a nuestra libertad personal pero lo aceptamos en beneficio de la comunidad. De acuerdo con encuestas realizadas en países afectados, la mayoría abrumadora de las personas están dispuestas a este sacrificio. En las democracias liberales esto sucede también gracias a los medios de comunicación libres que informan a través de internet de manera plural y orientada a hechos objetivos.

Los extremos políticos y las noticias falsas no han logrado hasta ahora apropiarse de la interpretación de la crisis ni imponer escenarios apocalípticos en la mayoría de la opinión pública. Por lo contrario, diariamente millones de ciudadanos responsables de todos los colores políticos rechazan la desinformación. Esto sucede en salas de chat, a través de WhatsApp, en las redes sociales, en comentarios en línea. Muchas personas normalmente sobreexigidas en sus puestos de trabajo, ahora disponen de tiempo para defender el bien común en los ámbitos digitales de los ataques de bots y trolls. Todavía es demasiado pronto para sacar conclusiones definitivas sobre estas tendencias. Pero en Alemania, las primeras encuestas muestran que se fortalece el centro político mientras que los extremos están perdiendo apoyo.

Observada desde el futuro, es posible que la crisis de COVID-19 se valore como el momento en que internet nos salvó a todos, y con eso salvó al mundo. Si la democracia liberal sale fortalecida de esta prueba de fuego, seguramente también en gran parte será gracias a internet.

 

Traducción: Manfred Steffen

 

Sebastian Grundberger

Sebastian Grundberger

Coordinador de los países andinos en la Fundación Konrad Adenauer.

OEA: Más vale Almagro conocido que buena por conocer

Los cambios generados por las últimas elecciones latinoamericanas alteraron en algo el apoyo a Luis Almagro. Ganó con Luis Lacalle […]

Por: Hugo Machín Fajardo 26 Mar, 2020
Lectura: 4 min.
Luis Almagro, secretario general de la OEA
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Artículo original en español. Traducción realizada por inteligencia artificial.

Los cambios generados por las últimas elecciones latinoamericanas alteraron en algo el apoyo a Luis Almagro. Ganó con Luis Lacalle Pou, quien sustituyó a Tabaré Vázquez; también con la situación en Bolivia, así como por el representante en la OEA del presidente (encargado) de Venezuela, Juan Guaidó. Perdió con Andrés Manuel López Obrador y Alberto Fernández. Pero, en definitiva, se impuso la dispar revaloración de la democracia que —aunque Latinobarómetro no lo registre así— pareciera ir retomándose en América Latina.

El pasado viernes 20 de marzo, el uruguayo Luis Almagro (56) fue reelecto por 23 votos, de un total de 33, para un nuevo periodo de cuatro años como secretario general de la Organización de Estados Americanos (OEA). Almagro compitió con la excanciller ecuatoriana María Fernanda Espinosa, y contó con el apoyo de los Estados Unidos, Brasil, Colombia, Chile, Bolivia, Paraguay, Uruguay y Venezuela, entre otros.

Espinosa fue respaldada por Argentina, México, Antigua y Barbuda, y San Vicente y las Granadinas, así como una decena más de países del Caribe, ganados por los petrodólares chavistas de la época del ALBA, pero no así por Ecuador, donde se desempeñó como ministra de Relaciones Exteriores de la administración Rafael Correa.

Los cambios generados por las últimas elecciones latinoamericanas alteraron en algo el apoyo a Almagro. Ganó con Luis Lacalle Pou, quien sustituyó a Tabaré Vázquez; también con la situación en Bolivia, así como por el representante en la OEA del presidente (encargado) de Venezuela, Juan Guaidó. Perdió con Andrés Manuel López Obrador y Alberto Fernández. Pero, en definitiva, se impuso la dispar revaloración de la democracia que —aunque Latinobarómetro no lo registre así— pareciera ir retomándose en Latinoamérica.

Es cierto que desde 2015 a la fecha el panorama americano ha cambiado y mucho. Almagro, entonces propuesto por el expresidente uruguayo Pepe Mujica, obtuvo 33 de los 34 votos en un contexto regional donde todavía se sentía la ola neopopulista que imperó en el continente.

El primer Almagro (2015-2020) se autopresentó como un secretario general práctico que lucharía por la unidad americana, ajeno a las declaraciones ideológicas, una práctica corriente en funcionarios latinoamericanos.

Paulatinamente, y ante el carácter desembozado que mostraba el régimen chavista, Almagro fue erigiéndose en un firme defensor de los derechos humanos y por ende en acusador de Nicolás Maduro y la cúpula militar imperante en Miraflores.

No fue ese el talante aplicado para con el régimen de Daniel Ortega. Personal de su estricta confianza — Luis Rosadilla— fue y vino varias veces entre Washington y Managua en busca de una salida a la crisis que empantanaba más y más al sandinismo atornillado en el poder. Finalmente, Almagro tomó una postura de cuestionamiento del régimen devenido en una sangrienta dictadura que contabiliza más de 300 muertos, centenares de presos políticos —con tandas de excarcelamiento, pero con esos ciudadanos opositores mantenidos bajo represión— y múltiples jóvenes apaleados y reprimidos.

Otra inconsistencia de Almagro durante su periodo en la secretaría general de la OEA fue su apoyo a una tercera reelección del expresidente Evo Morales, pese al rechazo ciudadano expresado en un referéndum, si bien luego denunció el fraude electoral ocurrido en Bolivia.

En lo referente a Cuba, Almagro ha sido diáfano en exigir el restablecimiento de la democracia en la isla gobernada desde 1959 por un régimen de partido único.

La candidata de Nicolás Maduro y el régimen cubano, Espinosa, quien en lo previo parecía concitar más apoyo, obtuvo diez votos que también miden el decrecimiento regional de las aventuras populistas, más allá de los resultados electorales del año pasado en Argentina y México.

 

Artículo publicado en el portal Análisis Latino, de CADAL, el 24 de marzo de 2020.

Hugo Machín Fajardo

Hugo Machín Fajardo

Periodista. Exdocente de periodismo en Universidad ORT de Montevideo. Exvicepresidente de la Asociación de la Prensa Uruguaya. Preso político durante la dictadura uruguaya (1981-1985).

Gerencia por emergencia: Latinoamérica ante el coronavirus

¿Ahora la diferencia está entre izquierda y derecha, entre populistas o institucionalistas, o entre responsables e irresponsables? No es posible […]

Por: Ángel Arellano 25 Mar, 2020
Lectura: 8 min.
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Artículo original en español. Traducción realizada por inteligencia artificial.

¿Ahora la diferencia está entre izquierda y derecha, entre populistas o institucionalistas, o entre responsables e irresponsables?

No es posible predecir el impacto total que tendrá la pandemia en América Latina. Se sabe que no es la región más desarrollada del mundo. Se sabe que no tiene el poderío del Banco Europeo para generar un plan de rescate, y que su comercio depende de las compras que hagan las potencias a su canasta de materias primas. El sentido común nos dice que los países mejor preparados para los embates del estancamiento económico tendrán un punto de partida ventajoso para la recuperación de la máquina global. También que aquellos gobiernos más previsores y protectores de la institucionalidad pueden lograr resultados más positivos para sus sociedades en medio de esta crisis inédita.

¿Ahora la diferencia está entre izquierda y derecha, entre populistas e institucionalistas o entre irresponsables y responsables? La primera es seguro que no. La pandemia superó toda expectativa de los gobiernos, cualquiera que sea su orientación política. La segunda quizá se parece más al panorama actual, aunque con una variable: incluso algunos gobernantes, populismo mediante, generaron medidas drásticas de protección de la ciudadanía mientras otros, también populismo mediante, seguían en movilizaciones multitudinarias junto a sus adeptos o besando infantes en concentraciones de personas, justo cuando el mundo responsable, la ciencia y la política llamaban al aislamiento. Entonces, la tercera propuesta parecería más sintetizadora de la diferenciación en el abordaje del coronavirus y la paralización del mundo tal como lo conocíamos.

Repaso a la región

Día diez de aislamiento en casa. Montevideo está desierta. En los hogares la gente espera junto al televisor la hora del informativo para enterarse de los nuevos casos, de las medidas del Gobierno y de las iniciativas comunitarias que surgen en medio de la incertidumbre. En el Centro y en la periferia hay ollas solidarias como aporte a los más necesitados. Miles quedaron sin empleo o están en el seguro de paro. Uruguay estrenó hace 20 días un nuevo gobierno nacional con muchos planes y expectativas, pero el tema sanitario copó la agenda. El Ejecutivo, los parlamentarios, los partidos, la prensa, los artistas, los futbolistas, todos, están abocados a la contingencia.

Previo al anuncio de medidas para encarar la pandemia, el presidente se reunió con los partidos políticos. Predictibilidad en tiempos de lo impredecible. El abordaje ha sido conciso y transversal. Difusión masiva de las recomendaciones de higiene, profundización del aislamiento social, incorporación de tecnología para informar y el desfile de algunas medidas económicas.

Del otro lado de la orilla, Argentina ha intentado esta vez seguir, a su estilo, los pasos de su hermano chico con el diálogo interpartidario. La oposición apoya al presidente pero mantiene su alarma por el impacto económico. Se diferencia de Uruguay por la declaratoria de cuarentena total. Los países del Río de la Plata y Paraguay han cerrado fronteras, extendido la suspensión de clases, instado a que todos sus ciudadanos se queden en sus casas y desplegado un operativo logístico que pone en relieve la capacidad del sistema de salud pública. Aunque estos tres países comparten historia y cercanía, las brechas por la eficacia de sus plataformas de salud son considerables.

En Chile, el último país del Cono Sur en subirse a la ola, las gestiones del Gobierno han dado mensajes mixtos. Dispusieron el aislamiento de regiones enteras y el bloqueo de la exótica isla de Rapa Nui para evitar la llegada del virus, y declararon un estado de catástrofe nacional por 90 días. Por otro lado, se mostraron blandos con medidas más restrictivas y rechazaron un llamado de alcaldes de todo el país y de las fuerzas políticas a tomar medidas más severas. La comunicación del Gobierno ha sido muy criticada, especialmente la actuación del ministro de Salud, quien ha insistido en que la cuarentena total es un accionar «insensato e innecesario», a contrapelo de lo que sucede en la región.

Bolivia es uno de los territorios menos afectados, pero donde se repiten las medidas drásticas. El Gobierno decretó cuarentena total por 14 días y suspendió el transporte público y privado. La autoridad electoral también suspendió las elecciones generales previstas para el 3 de mayo. En Ecuador, la nación con más refugiados extranjeros de la región, la operativa de la emergencia está encabezada por el vicepresidente. Se decretó estado de excepción con el añadido de un fantasma muy conocido en América Latina: toque de queda nocturno para mantener a las personas en sus hogares. La misma mano dura se desplegó en Perú, donde la cuarentena total incluye medidas de arresto a quienes la incumplan. Al 21 de marzo, ocho mil personas habían sido detenidas. ¿Qué tienen estos tres países en común? Elevados niveles de informalidad laboral y personas fuera del sistema de seguridad social, extensión territorial sin buena cobertura de salud y numerosas comunidades indígenas por atender. ¿Cuáles son los escenarios posibles de una expansión masiva del virus en estos territorios en particular? Nada positivos.

 

Foto: Christina Bennett, U.S. Air Force
Foto: Christina Bennett, U.S. Air Force

 

Ahora, el centro neurálgico del virus en América Latina: México y Brasil. Los países más extensos, más poblados, con mayor conectividad aérea, terrestre y marítima, y con debilidades en la cobertura de salud total de sus habitantes. Mientras en Latinoamérica los países iban declarándose en emergencia uno a uno, el presidente brasileño de derecha, Jair Bolsonaro, abrazaba multitudes en una marcha a beneficio de su controvertido liderazgo; y, más al norte, el presidente mexicano de izquierda, Andrés López Obrador, besaba a una niña rodeado por cientos de sus adeptos llamando a la población de seguirse abrazando y mostrando amuletos que le protegen contra el virus. En ambos países las medidas no han tan estridentes como las antes mencionadas. Por un lado, el liderazgo democrático llamando a la cuarentena voluntaria; por otro, el carisma populista que se resiste.

El presidente de El Salvador, Nayib Bukele, conocido por su popularidad en redes sociales y sus actitudes desafiantes contra la oposición, fue uno de los primeros en Centroamérica en declarar el estado de alarma y luego decretar la cuarentena total y obligatoria. Ha marcado la agenda con una ambiciosa serie de medidas que exime a toda la población de todos los pagos pendientes por tres meses, desde sus tarjetas de crédito, compras de electrodomésticos, hasta los servicios públicos. Su vecino Daniel Ortega, presidente izquierdista de Nicaragua, cuestionado por instalar un autoritarismo nepotista junto a su esposa vicepresidenta, ha mantenido una posición diametralmente distinta: para sorpresa de la región convocó a una marcha en rechazo al COVID-19 y anunció visitas casa a casa para luchar contra el virus. La carencia de medidas preocupa a países vecinos que han tomado medidas de diverso tipo, como Costa Rica o Panamá. Sin embargo, esta evidencia deja claro que la irresponsabilidad ante la crisis no tiene orientación política.

Por último, Colombia y Venezuela. Dos formas distintas de abordar la crisis. Una en democracia, otra en dictadura. Países con más de 2000 kilómetros de frontera porosa. El primero, hiperconectado al mundo, el segundo rezagado de todos los avances. Uno con un presidente en aprietos cuestionado por la disidencia desde el año pasado, el otro con un régimen militar que recrudece la represión para mantener a la gente en sus casas y aprovechar el momento hacia el control total.

¡Es..! Es la economía

Y ante este escenario tan diverso, donde los abordajes no han sido uniformes y hay países cuyos gobiernos desatienden recomendaciones de las autoridades sanitarias globales, o dudan de aplicar medidas más drásticas por escepticismo o descreimiento de la prolongación del virus, ¿qué nos depara como región? Un escenario positivo sería el de la menor cantidad posible de infectados y fallecidos. ¿Son suficientes las medidas drásticas para tener buenos resultados? ¿O hace falta que lo drástico esté acompañado de un abordaje institucional responsable y coordinado?

¿Serán suficientes los refinanciamientos de deuda, los parches a la economía de medianos y pequeños empresarios, los préstamos de la banca pública, los pequeños aportes a la gente para alimentarse y cubrir sus gastos esenciales? Latinoamérica no es Europa: cada vez que se habla de FMI las piedras crujen en la calle. No sabemos si nuestra dinámica económica, anclada en el sector minero-energético y el agronegocio, es la mejor plataforma para sacarnos del atolladero que dejará el coronavirus.

El mensaje de la pandemia ha sido contundente: priorizar lo esencial y fortalecer la solidaridad y el bien común. De izquierda o derecha, populistas o institucionalistas, todo indica que solo los gobiernos más responsables pueden orientar una política clara en el camino a resultados positivos. Un gran momento para pensar en crear países más resilientes y justos. Ojalá sea este el mensaje que perdure.

 

Ángel Arellano

Ángel Arellano

Doctor en ciencia política, magíster en estudios políticos y periodista. Profesor de la Universidad Católica del Uruguay y de la Universidad de Las Américas de Ecuador. Coordinador de proyectos en la Fundación Konrad Adenauer en Uruguay, y editor de Diálogo Político.

Crisis: cómo gestionarlas en canales digitales

Nadie está exento de vivir una crisis, pero si estamos preparados será mucho menor el impacto que esta traerá, especialmente […]

Por: Juan Sebastián Delgado 24 Mar, 2020
Lectura: 6 min.
Comité de crisis. Fuente: pxfuel.com
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Artículo original en español. Traducción realizada por inteligencia artificial.

Nadie está exento de vivir una crisis, pero si estamos preparados será mucho menor el impacto que esta traerá, especialmente en cuanto a reputación y confianza.

Antes de entrar en tema, quisiera hacerte una pregunta, y tómate diez segundos para responder: ¿tú vas al médico antes de enfermarte?

Si la respuesta fue sí, te felicito, eres de los que piensan en el seguimiento y el control antes de la materialización de una situación, en este caso, de una enfermedad. Si por el contrario respondiste que no, tranquilo, hoy no estás en problemas, ¿y mañana?

Algo similar ocurre con las crisis, en la mayoría de los casos nos acordamos de ellas cuando ya estamos inmersos en una. Un ejemplo cercano y que nos ha puesto a hablar de manejo de crisis ha sido el COVID-19 frente al cual muchas empresas públicas, gobiernos e incluso líderes políticos han improvisado respuestas y reacciones ante la acuciante necesidad de informarse, combatir las fake news y tomar las medidas necesarias para evitar la propagación del virus.

Entiendo que por la probabilidad y la frecuencia con que sucede una pandemia, los protocolos de crisis ya escritos pueden estar muy viejos o haber sido pensados para otro tipo de factores de riesgo.

En este sentido, cada vez se hace más necesario aprender a gestionar las crisis de comunicación, que hoy tienen un componente mayor en escenarios digitales. Por esto quiero compartir algunos tips sobre el tema, que dividiré en tres momentos: el antes, el durante y el después de la crisis.

 

Figura 1. Manejo de crisis, en redes sociales

Antes de que estalle la crisis

Lo primero que debemos tener en cuenta antes de iniciar cualquier gestión es que hay un elemento intangible que nos puede ayudar a mitigar los efectos de una posible crisis: la reputación. Esta se traduce, en mayor medida, en capital de confianza y en el reconocimiento que los grupos de interés tienen del comportamiento de una marca institucional (gobierno, partido político), asociado al cumplimiento de los compromisos y a la relación que esta tiene con sus públicos: clientes, empleados, sociedad, proveedores, etc.

Ya desde lo técnico es importante que definamos las siguientes variables:

  • Eventos generadores: qué temas, acciones o sucesos podrían desencadenar una crisis: publicaciones, acciones previas, historia de vida, entre otros;
  • Equipo de reacción: con qué equipo interno y externo contamos para gestionar la crisis;
  • Plataforma comunicativa: cuáles medios están a nuestra disposición: pagados, ganados, propios;
  • Voceros autorizados: quiénes están autorizados para emitir mensajes oficiales.

Si tenemos claras estas variables, será más fácil gestionar la materialización de la crisis, pero también nos ayudará a prevenirla.

Durante la crisis

Las crisis son una realidad. Algunas se pueden controlar, otras no, porque son producidas por factores externos a nuestro gobierno, partido o marca institucional. Independientemente de su origen, cuanto mejor preparados estemos para enfrentarlas, más probabilidades tendremos de gestionar su impacto.

En este sentido, enumero cinco elementos a tener en cuenta a la hora del manejo de crisis:

  • Inicio: Es importante investigar y analizar dónde empezó la crisis, a través de qué canal (online u offline) y quiénes fueron los actores que la desencadenaron o que viralizaron el suceso que llevó a ella.
  • Razones: La principal pregunta que deberíamos hacernos es por qué surgió la crisis. ¿Las causas son internas o externas? En ocasiones, las razones se contrastan con los eventos generadores de crisis que veíamos en las variables anteriores; allí es muy probable que encontremos el detonante.
  • Puntos de contacto y canales: Ya sabiendo cómo empezó la crisis debemos hacer un barrido para conocer los canales o plataformas por donde nos pueden atacar, y teniendo en cuenta que los puntos de contacto pueden ser online u offline. Partamos de un hecho: en muchas ocasiones, las crisis en redes sociales no nacen allí, surgen en escenarios fuera de la red y desembocan en canales digitales donde se hacen más virales y peligrosas.
  • Actores: Es importante identificar, analizar y medir a todas aquellas personas que pueden llegar a ser actores de la crisis, tanto los que apoyan como los que son opositores. En este punto, enfatizo en que, normalmente, cuando gestionamos crisis online nos quedamos limitados a monitorear o a activar actores digitales, y se nos olvidan las redes de trabajo de tierra. Esta es una oportunidad para vincular a embajadores, amplificadores y otros que, a través del voz a voz sean viralizadores de la información oficial.
  • Consecuencias: Finalmente debemos tener claridad sobre los efectos que la crisis tendrá sobre nosotros; es importante analizar todos los frentes, entre ellos el político, el económico, el reputacional, administrativo o social.

Como la gestión es el punto más importante a la hora de una crisis, dejaré algunos tips adicionales que podemos tener en cuenta para mitigar el impacto:

  • Explicación no pedida, acusación manifiesta: No salgamos a responder todo lo que hablan de nosotros; en ocasiones, al hacerlo le damos más visibilidad de la que podría tener.
  • Eliminar mensajes aumenta la tensión: Al eliminar comentarios, la gente sentirá que no importa su opinión y tendremos un efecto boomerang; en lugar de evitar que mensajes negativos se propaguen, generaremos un efecto en red que hará que haya más ataques.
  • La razón antes del corazón: Las crisis tienen un gran componente emocional, pero como líderes políticos no podemos actuar de esa forma, debemos pensar racionalmente cada acción, con pros y contras.
  • Mensajes claves, a través de usuarios claves: Los influenciadores pueden ser útiles, pero en una crisis cobran mayor relevancia los microinfluenciadores. Ubiquemos y utilicemos personas con un alcance real y alto (online y offline) y compartámosles mensajes segmentados.

Después de la crisis

Otro escenario importante en el manejo de crisis en canales digitales es el monitoreo, un elemento transversal que aplica de inicio a fin, y que no cierra con la crisis. Después de esta, nos da una guía para nuestra gestión como marca institucional.

Así que, para terminar, propongo cuatro elementos a monitorear:

  • Temas principales y asociados
  • Actores directos, indirectos y falsos
  • Medios de difusión de los temas y conversaciones
  • Alcance y posible impacto

 

Figura 2. Monitoreo

En conclusión, nadie está exento de vivir una crisis, pero si estamos preparados será mucho menor el impacto que esta traerá a nuestra marca, sea política o institucional, y especialmente a la reputación y la confianza. De nuestra gestión dependerá convertir estos sucesos en oportunidades.

 

Nota del editor: Recomendamos leer, del autor de este artículo, el libro Claves para entender la comunicación digital política (presentación y descarga aquí)

 

Juan Sebastián Delgado

Juan Sebastián Delgado

Es consultor y conferencista internacional en «social media». Es director y fundador de Estratégik Consultores, firma especializada en comunicación digital. Asesora a empresas y a equipos y candidatos políticos en áreas de marketing digital y «social media». Es miembro del Centro Colombiano de Relaciones Públicas y Comunicación Organizacional (CECORP) y de la junta directiva de la Asociación Colombiana de Consultores Políticos (ACOPOL). Es codirector y presentador del programa radial «Ciudadanía en Paz» y bloguero en eltiempo.com. Ganó el Napolitan Victory Award en la categoría Youth Leadership Award que otorga The Washington Academy of Political Arts and Sciences.

Agua que no has de beber…

El refrán, repetido por nuestros abuelos, invitaba a no involucrarse, a dejar que las cosas siguieran su curso natural, a no meterse en asuntos ajenos. Sin embargo, en el Día Mundial del Agua, en tiempos de COVID-19 parece necesaria una relectura de algunas viejas sabidurías.

Por: Manfred Steffen 23 Mar, 2020
Lectura: 4 min.
Foto: Manfred Steffen
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Artículo original en español. Traducción realizada por inteligencia artificial.

 

La pandemia, ya lo dice su nombre, está en todos lados y nos afecta a todos. Y por eso, en épocas de globalización, reinstala muros y profundiza grietas. Pero estas, que pretenden transmitir seguridad, no paran un virus invisible y rebelde, que se filtra por todos lados y ataca sin avisar. Nos recomiendan tomar distancia, ya que todo saludo se volvió peligroso. Tal vez la gran enseñanza de toda esta crisis sea que la salud es un bien colectivo, que debemos lavarnos las manos muchas veces y que nadie se salva acaparando jabones.

Estamos conectados, todo el día, sin escapatoria. Nuestros móviles nos acompañan, a veces aturden. Por las redes fluyen las noticias, las informaciones, los rumores. Y como una de las primeras reacciones ante una crisis es la búsqueda de culpables, todos estamos invitados a participar de dicha búsqueda. Así, aparecen teorías conspiratorias y especies animales de nombre exótico, sospechosas de causar el desastre: ¿alguien había escuchado alguna vez la palabra pangolín? Lo importante es comprobar una y otra vez que el mal viene de lejos, que no tiene nada que ver con nosotros. Las redes amplifican, ya que permiten repetir verdades, opiniones o sencillas mentiras, en forma anónima. Aislados, en cuarentena voluntaria u obligatoria, estamos más a merced de la noticia anónima que de alguna forma transmite tranquilidad, confirmando la sospecha o encontrando por fin al malvado detrás de todo esto.

Mundo globalizado

El mundo globalizado significa que en realidad ya no existen fronteras hacia las que avanzar. Todos los rincones del planeta están ocupados con ciudades y carreteras, con plantaciones y parques públicos, con supermercados y lugares de disposición de desechos. En todos los rincones del planeta es posible encontrar residuos plásticos, y los terroristas que combaten la libertad, a veces, visten camisetas de los héroes de la liga de fútbol de Italia. Ya no hay un lejano oeste hacia el cual avanzar para empezar de nuevo. La civilización humana ocupó todos los territorios y, al ocuparlos, los cambió. La diversidad de los ecosistemas es sustituida por monocultivos. Y esto tiene una razón: tenemos que asegurar alimento a cada vez más habitantes del planeta. El problema es que, en un sistema interconectado y simplificado, cada crisis local rápidamente se puede convertir en global.

La importancia del agua

Dice la FAO que «los seres humanos podemos sobrevivir con unos pocos sorbos de agua al día, pero el agua que comemos diariamente a través de los alimentos que consumimos es mucha más: basta pensar en los 15.000 litros necesarios para producir un kilo de carne». Sin agua no hay nada que tomar ni que comer. Sin agua no podremos lavarnos las manos. El agua no es un recurso ilimitado y sin agua no hay vida.

Ningún gobierno ni agencia internacional podrá resolver este tema sin participación de las personas. Parece inevitable involucrarse con las acciones de cada día que involucran la higiene, la distancia para evitar el contagio, cuidándonos. Pero esto no alcanza. Millones de personas no pueden ni podrán lavarse las manos. Y si no cambiamos nuestro estilo de vida, la destrucción de ecosistemas continuará y con ella surgirán nuevos problemas, otra vez globales.

El reto es gigante: implica vincular los conocimientos y las prácticas habituales sobre el terreno, las administraciones y sus políticas, el conocimiento académico, combinando las diferentes perspectivas.

La crisis actual confronta a la humanidad con desafíos inéditos. El origen de la pandemia es múltiple, como lo son las condiciones que hacen posible su expansión en forma exponencial. Algún sabio dijo que si hacíamos lo mismo era bastante probable que el resultado fuera el mismo. La pandemia provoca y provocará dolor. No alcanza ya con dejar fluir.

Nota del editor: Para conocer más sobre estos temas, invitamos a leer el número especial de Diálogo Político sobre «Ambiente y política».

Edición especial de Diálogo Político sobre "Política y ambiente"

Manfred Steffen

Manfred Steffen

Magíster en Ciencias Ambientales por la Universidad de la República de Uruguay. Dipl. Ing. Fachhochschule für Druck in Stuttgart. Coordinador de proyectos de la Fundación Konrad Adenauer, oficina Montevideo.

Crisis: ¿renacer después del fracaso?

La envolvente y en buena medida agobiante agenda política actual ha saturado al extremo con la reiteración de algo que […]

Por: Ángel Arellano 20 Mar, 2020
Lectura: 5 min.
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Artículo original en español. Traducción realizada por inteligencia artificial.

La envolvente y en buena medida agobiante agenda política actual ha saturado al extremo con la reiteración de algo que dice más o menos así: «estamos ante una crisis histórica, de proporciones…» (ahora póngale usted a esta línea el adjetivo que mejor le parezca).

Tan acostumbrados estamos al componente negativo inserto en la palabra crisis que, de solo mencionarla, esperamos que la acompañe una premonición demoledora.

El término crisis, en el sentido liberal de la palabra, expresa algo positivo, creativo y optimista, porque implica un cambio que puede muy bien ser un renacimiento tras un fracaso o una desintegración. Denota separación, sin duda, pero también una elección, unas decisiones y, por lo tanto, la oportunidad de expresar una opinión. (Bauman y Bordoni, 2016, p. 16)

Las personas consumen menos política. Y menos información. Pareciera que la banalidad gana la guerra. Entre lo superficial, rápido y desechable, y la profundidad lenta pero sólida, lo primero va teniendo más adeptos. ¿Acaso no siempre fue así? La recesión política apabulla con buena dosis de incertidumbre y vértigo.

Zygmunt Bauman y Carlo Bordoni en su libro Estado de crisis (2016) sintetizan con lucidez la desazón: nuestra mayor preocupación, y también nuestro mayor problema, interesados o no por la política, es que no confiamos en el Estado —tal como está concebido actualmente— para sea el garante y orientador hacia nuevos rumbos de la sociedad que administra. De nuestra sociedad.

Divorcio entre poder y política, y, por qué no si a todas luces es muy evidente, entre democracia y pueblo.

Los autores explican que esta fractura en el acuerdo virtuoso entre personas-leyes-Estado. Las transacciones formales e institucionalizadas, tras años de conflictos destructivos —hasta las cenizas, en algunos casos—, ya no son suficientes y no satisfacen en su totalidad a la sociedad veloz e informada, pero vulnerable, de hoy.

Estado de crisis. Deconstruir el título de la obra nos explica su contenido: la crisis del Estado, el Estado y su crisis, el Estado de la crisis, en Estado de crisis.

La confianza en la capacidad del aparato estatal para cumplir con su cometido descansaba en el supuesto de que las dos condiciones necesarias para una administración efectiva de las realidades sociales (el poder y la política) estaban en manos del Estado, que se suponía era una especie de amo soberano (exclusivo e indivisible) dentro de sus límites territoriales; por poder se entiende la capacidad de hacer y terminar las cosas, y por política, la capacidad de decidir qué cosas debería hacer él mismo y qué otras deberían resolverse en el ámbito global […] sin embargo, el Estado se ha visto expropiado de una parte considerable (y creciente) de su antaño genuino o presunto poder (para hacer las cosas), del que se han apropiado fuerzas supraestatales (globales». (p. 23)

Los ciudadanos creen cada vez menos en las promesas del gobierno y en la capacidad de cumplir los planes que se propone para mejorar la calidad de vida de las personas. Sumado a esto hay nuevas y más potentes preocupaciones existenciales: el cambio climático, la destrucción del ambiente, el remplazo del humano por la inteligencia artificial. Crisis.

[…] son otras fronteras interiores las que crean problemas. La seguridad, la defensa de los privilegios, la identidad, el reconocimiento y las tradiciones culturales son factores que, en su momento, coincidían con los límites territoriales del Estado poswestfaliano, pero que hoy se han modificado hasta el punto de volverse inciertos, líquidos. Han dejado de ser fiables. (p. 43)

Las mayorías encerraban en comarcas (y luego guetos) a las minorías para observarlas y controlarlas. En la actualidad, las minorías y sus movimientos a gran escala (diásporas, migraciones) encierran a las mayorías en sí mismas, dentro de muros y rejas.

Unos mensajes de Twitter y de Facebook los convocaron y los animaron a salir a las plazas para protestar contra «lo que hay»; sin embargo, los remitentes de esos mensajes no dicen ni pío sobre la controvertida cuestión de qué debería reemplazar a eso que ahora hay, o trazan un sustituto potencial con unos contornos tan suficientemente amplios, esquemáticos, vagos, y, sobre todo, flexibles como para evitar que ninguna parte de este fructifique en manzana de la discordia. (p. 125)

El creador de la teoría de la sociedad líquida, Zygmunt Bauman, y el investigador Carlo Bordoni, nos invitan a pensar y a buscar caminos en la rectificación del rumbo del Estado. Para que sobreviva a los inciertos tiempos que corren, si esto es posible.

 


Ficha técnica

Estado de crisis
Zygmunt Bauman y Carlo Bordoni
Paidós Ibérica, 2016
ISBN 978 8449331824
208 pp.

 

Ángel Arellano

Ángel Arellano

Doctor en ciencia política, magíster en estudios políticos y periodista. Profesor de la Universidad Católica del Uruguay y de la Universidad de Las Américas de Ecuador. Coordinador de proyectos en la Fundación Konrad Adenauer en Uruguay, y editor de Diálogo Político.

Lo que COVID-19 nos dejará: siete cosas que van a cambiar

Algunos aspectos de la vida, tal como la conocemos, tendrán transformaciones muy importantes. Esta crisis pone a prueba a la […]

Por: Isaac Nahón Serfaty 19 Mar, 2020
Lectura: 7 min.
Foto: Rottonara, pixabay.com
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Artículo original en español. Traducción realizada por inteligencia artificial.

Algunos aspectos de la vida, tal como la conocemos, tendrán transformaciones muy importantes. Esta crisis pone a prueba a la institucionalidad moderna, pero también nos permite ver más allá. ¿Para bien? ¿Por qué no?

«Están pasando demasiadas cosas raras para que todo pueda seguir tan normal…», dice el argentino Charly García en su canción Bancate ese defecto. Podríamos afirmar lo mismo de la pandemia COVID-19 y sus posibles efectos en la política, la economía, las comunicaciones y las relaciones sociales. Todavía es temprano para vislumbrar escenarios. Sin embargo, hay algunas cosas raras que muy probablemente van a cambiar en el mundo después de COVID-19.

  1. Una verdadera policía sanitaria global

La Organización Mundial de la Salud (OMS) deberá revisar sus políticas y procedimientos de vigilancia epidemiológica global. Y esto no será fácil, pues sus decisiones dependen de los intereses de los gobiernos que representan a los países en su seno. Por eso su vacilación inicial en calificar al brote de COVID-19 como una pandemia. Por eso también sus limitados poderes para controlar los focos donde se originan estas enfermedades virales, especialmente debido al consumo humano de especies exóticas sin ningún tipo de control sanitario en países superpoblados como China. Una policía sanitaria global sería una solución factible, pero habrá resistencia de regímenes autoritarios como China o incluso de populistas como Donald Trump.

  1. Viajar por aire y por mar con más controles y restricciones

Viajar en avión deberá ajustarse a la realidad de las enfermedades infecciosas que circulan fácilmente de un país a otro. Probablemente el control de pasajeros con fiebre será una práctica común. Viajar con fiebre ya no será una opción para todo el mundo, solo en casos en que la persona pueda justificar con un certificado médico las razones de la fiebre y su necesidad de tomar un avión. Algoritmos que procesen grandes cantidades de datos y con capacidad de deep learning (aprendizaje profundo) podrían designar a ciertos viajeros como de alto riesgo y asignarlos a una lista de no flight. Ya lo están haciendo en China, combinando drones que toman la temperatura de las personas y apps que indican si son de bajo, medio o alto riesgo. Si la app determina que la persona es de alto riesgo, se le prohíbe el acceso a la red de transporte público.

La industria de los cruceros tendrá que cambiar su modelo de negocios. Se acabarán los megacruceros de tres mil y más pasajeros, que incluso antes de la crisis del coronavirus ya representaban riesgos para la salud de los turistas y de la tripulación. La industria tendrá que volver a barcos más pequeños, cambiar sus prácticas sanitarias e instalar controles para descartar turistas con alto riesgo de contagiar a otros pasajeros.

  1. Los antivaxx serán vistos como enemigos públicos

Los militantes contra las vacunas (conocidos como antivaxx), que han ganado cierta notoriedad en estos años y son, quizá de alguna manera, responsables de la reemergencia de brotes de enfermedades como el sarampión y la rubéola, serán considerados de ahora en adelante como verdaderos enemigos de la sanidad pública global. ¿Por qué? Muchos laboratorios en el mundo trabajan en la formulación y prueba de una vacuna contra COVID-19. Si la vacuna es exitosa y ayuda a detener la pandemia, los antivaxx tendrán muchas dificultades en difundir sus argumentos contra las inmunizaciones.

  1. Las farmacéuticas, unas de cal y otras de arena

Es cierto que cada pandemia global es una gran oportunidad de negocios para las empresas farmacéuticas y de biotecnología (pensemos, nada más, en el negocio que representan los tratamientos para controlar el VIH-sida). Pero la industria y los gobiernos han aprendido de pasadas experiencias. Las pandemias y enfermedades endémicas crean mercados públicos que incentivan el desarrollo de medicamentos y vacunas, pues la cobertura la garantizan los gobiernos (un ejemplo son las vacunas para prevenir la diarrea por rotavirus o para prevenir el virus de papiloma humano, VPH).

Sin embargo, la presión de los gobiernos, los enfermos y los activistas sociales ha logrado en el pasado que las empresas farmacéuticas acepten bajar los precios de sus medicamentos e incluso que acepten (de mala gana) que versiones genéricas de sus productos sean fabricadas en países como la India. La conciencia del peligro global que representan estas nuevas enfermedades infecciosas hará que los gobiernos exijan a las farmacéuticas y empresas biotecnológicas precios accesibles, asegurándoles al mismo tiempo grandes volúmenes.

  1. La salud es un bien colectivo

Por si quedaba alguna duda, la idea según la cual la salud es un asunto meramente individual ha quedado muy desprestigiada con esta pandemia. Claro que la gente tiene que asumir su responsabilidad y mantenerse razonablemente saludable (no fumar, comer sano, hacer ejercicio, manejar el estrés, etc.). Pero la pandemia nos está diciendo de forma brutal que la salud es un asunto colectivo. Que la salud de una persona depende del comportamiento de otros. La experiencia de cuarentena colectiva que se está viviendo en España, Italia, Venezuela, y que se podría extender a muchos otros países, marcará un antes y un después de COVID-19.

Pero más importante aún es la idea de que un sistema de salud pública es más necesario que nunca. Que el acceso universal a los servicios médicos y de hospitalización es un derecho de todos los ciudadanos, no solo porque tengan derecho a ser tratados cuando se enferman, sino sobre todo porque es la mejor manera de prevenir y controlar situaciones de pandemia como la que estamos viviendo.

  1. Las redes sociales bajo la mira

Las redes sociales han mostrado al mismo tiempo su utilidad y su lado más perverso. Son medios muy útiles para informar y alertar al público sobre las medidas que toman los gobiernos, los consejos de los expertos y las noticias de fuentes confiables sobre lo que está ocurriendo. Pero también han mostrado que son máquinas de rápida difusión de rumores sin fundamento, teorías conspirativas delirantes, remedios milagro, escenas grotescas y de contenidos llenos de prejuicios e incluso racistas.

La curaduría de contenidos será cada vez más importante, como ya lo están haciendo las grandes plataformas como Google, Facebook y Twitter, con el fin de orientar al público sobre las fuentes confiables de información sobre la pandemia de COVID-19. Claro que la responsabilidad individual es también importante para evitar la difusión de contenidos alarmantes e incorrectos. Usuarios menos impulsivos, más racionales y más cautos deben contribuir a promover la buena información sobre el coronavirus.

  1. Más transparencia, más rendición de cuentas

La tentación de ocultar y manipular la información en tiempos de pandemia es grande, especialmente por parte de regímenes autoritarios. Pero el mismísimo régimen chino tuvo que enfrentarse a la indignación de su población por haber presionado al joven médico de Wuhan que denunció por las redes sociales la aparición de los primeros casos y que después murió a causa del COVID-19. E incluso, políticos como el presidente Donald Trump, que había abordado la gestión de la pandemia con un discurso que minimizaba el impacto económico y sanitario de la crisis, ha tenido que rendirse a la evidencia de que la pandemia durará más de lo que él hubiera querido, y que tendrá consecuencias sociales y económicas que él no hubiera deseado en un año electoral.

La transparencia en la información al público es esencial para contener a la pandemia. El público no solo tiene derecho a saber el número de enfermos, el número de fallecidos, el número de quienes se curan, sino que esta información es necesaria con el fin de orientar y persuadir de que se sigan los lineamientos de las autoridades sanitarias para contener la enfermedad.

 

Isaac Nahón Serfaty

Isaac Nahón Serfaty

Doctor en Comunicación. Profesor en la Universidad de Ottawa, Canadá

La institucionalidad como antídoto

Frente a la crisis del coronavirus en Latinoamérica, los gobiernos más apegados a la institucionalidad, y con componentes más orientados […]

Por: Federico Irazabal 18 Mar, 2020
Lectura: 5 min.
Foto: Alexandra Koch, pixabay.com
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Artículo original en español. Traducción realizada por inteligencia artificial.

Frente a la crisis del coronavirus en Latinoamérica, los gobiernos más apegados a la institucionalidad, y con componentes más orientados a la cooperación, han tomado decisiones y acciones más rápidas.

Existe una frase, de esas creadas por el ingenio popular, que dice que a América Latina todo llega mucho más tarde. Afortunadamente, en principio, la situación con relación al coronavirus hace que esa frase adquiera un sentido positivo.

Sin embargo, los destinos de los países —y más en nuestra región— muchas veces van de la mano con los estilos de conducción de sus líderes y los niveles de institucionalidad vigentes. Así, podemos repasar un poco cuáles han sido las reacciones de algunos de los presidentes latinoamericanos, y veremos que su accionar ante la situación dice mucho sobre sus estilos de liderazgo y conducción.

Una de las hipótesis que pueden trazarse es que cuanto más personalista es el estilo del presidente, más irresponsable ha sido la manera de lidiar con la pandemia. Esta afirmación parece contradecir una idea a priori sobre liderazgos fuertes y sólidos como constructores y aglutinadores del sentimiento nacional. Históricamente, América Latina ha mostrado una extensa variedad de líderes con un fuerte componente personalista que han sabido conducir a sus países por procesos de modernización de la economía o ampliación de derechos sociales, y que han utilizado justamente ese rasgo como motor y amplificador de las reformas que encararon.

En la actualidad, existen en nuestra región diversos líderes asentados sobre características personalistas, algunas más o menos alimentadas por ellos mismos, o rayanas en la megalomanía. Jair Bolsonaro, Andrés Manuel López Obrador, Nicolás Maduro y Daniel Ortega encabezan esa categoría, y han demostrado a lo largo de la crisis diversas actitudes, cuya mayor coincidencia es la irresponsabilidad basada en la subestimación. El rango abarca desde las declaraciones de AMLO invocando la capacidad del pueblo mexicano de resistencia a invasores, plagas y catástrofes de distinto tipo, pero sin tomar decisiones concretas respecto a la restricción de espectáculos públicos y concentraciones masivas, hasta la convocatoria a movilizaciones, desafiando las recomendaciones de los expertos médicos y poniendo en riesgo no solo su propia salud sino, como en el caso de Bolsonaro (bajo sospecha de estar infectado), la de miles de asistentes a esos actos.

Del otro lado del espectro de los liderazgos, aquellos presidentes más apegados a la institucionalidad, y con componentes más orientados a la cooperación, han tomado decisiones y acciones rápidas (aunque veremos cuán eficaces resultan), basadas en la experiencia de los países europeos y asiáticos, golpeados mucho antes por la enfermedad.

Destaco especialmente en este caso a los presidentes de Argentina, Alberto Fernández, y de Uruguay, Luis Lacalle Pou. A diferencia del panorama de otros países, donde gobierno y oposición han aprovechado la situación desatada en torno a la propagación de la epidemia para reprocharse, o directamente perseguirse políticamente, ambos líderes de las dos naciones rioplatenses se han apoyado en la institucionalidad para fortalecer sus roles de liderazgo en la crisis.

Si bien la mayoría de los presidentes latinoamericanos ha asumido un rol preponderante en la gestión de la crisis, lo que diferencia tanto a Fernández como a Lacalle Pou ha sido el vínculo con los sectores de la oposición a sus gobiernos en esta materia. En el caso de Lacalle Pou (cuya administración tiene apenas quince días de iniciada), mantuvo una reunión para acordar medidas con los presidentes de los órganos de conducción partidaria de los tres partidos más importantes. Además, debido a lo reciente de su instalación, algunos organismos del Estado, como por ejemplo la Administración de Servicios de Salud del Estado (ASSE), aún mantienen el directorio designado por el gobierno anterior, con mayoría de la actual oposición. Sin embargo, la colaboración y el trabajo han sido plenos y constantes.

En el caso argentino, el presidente Fernández ha exhibido un rol de liderazgo y conducción más fuerte, decretando cierre de fronteras, reforzando los controles de precios y abastecimiento en diferentes sectores comerciales, e incluso expulsando extranjeros que violaron las disposiciones de cuarentena. Pero también, en un gesto poco habitual en la Argentina de los últimos años, ha realizado una conferencia de prensa con el gobernador de la Provincia de Buenos Aires, Axel Kicillof, y el jefe de gobierno de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, Horacio Rodríguez Larreta (en estos momentos, uno de los principales referentes de la oposición), para anunciar medidas ante la emergencia. Como reseñara Andrés Malamud, politólogo e investigador de la Universidad de Lisboa, en su cuenta de Twitter: «En tiempos normales Argentina es un desastre; en tiempos excepcionales, un ejemplo».

Otra frase también muy usada es aquella que dice que toda crisis representa una oportunidad. Tal vez esta crisis implique para América Latina la posibilidad de reconocer en la institucionalidad, en la democracia y en los liderazgos colaborativos, un mecanismo de mejora y fortalecimiento de nuestras sociedades.

 

Federico Irazabal

Federico Irazabal

Sociólogo; consultor en comunicación política; integrante del equipo de redacción de Diálogo Político.

Claves para dirigir en tiempos de crisis. Liderazgo bajo presión

Escrito por Carlos Andrés Pérez. Desarrolla las principales interrogantes que surgen cuando hay que actuar para evitar que los daños sean mayores. […]

Por: Redacción 17 Mar, 2020
Lectura: 1 min.
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Artículo original en español. Traducción realizada por inteligencia artificial.
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Escrito por Carlos Andrés Pérez. Desarrolla las principales interrogantes que surgen cuando hay que actuar para evitar que los daños sean mayores. Un libro frente a la crisis. Editado por KAS y CAEP.

Para descargar la versión en PDF de este libro, haga click en el siguiente enlace:

Redacción

Redacción

Plataforma para el diálogo democrático entre los influenciadores políticos sobre América Latina. Ventana de difusión de la Fundación Konrad Adenauer en América Latina.

La política infectada

El cierre del Puente Europa, que une la frontera de Alemania y Francia entre las ciudades de Kehl y Estrasburgo, […]

Por: Gabriel Pastor 17 Mar, 2020
Lectura: 6 min.
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Artículo original en español. Traducción realizada por inteligencia artificial.

El cierre del Puente Europa, que une la frontera de Alemania y Francia entre las ciudades de Kehl y Estrasburgo, desde ayer a las 8.00 horas, para reforzar las medidas de control contra el nuevo coronavirus COVID-19, es también una potente metáfora de las dificultades que enfrenta la política global. Los latigazos del síndrome agudo respiratorio grave son reveladores también del fracaso de los líderes mundiales para enfrentar a una pandemia letal que espanta a toda la humanidad.

El avance de la prédica de líderes populistas como la del presidente estadounidense Donald Trump y la fortaleza de regímenes autoritarios como el del presidente chino Xi Jinping, han sido un cóctel explosivo para combatir un virus diabólico.

La lucha contra un desconcertante patógeno requiere de la confianza y diálogo permanente de los principales jefes de Estado y de Gobierno del mundo, de gobiernos defensores de la libertad y transparencia y de una coordinación internacional que solo es eficaz y potente en la institucionalidad que deviene de la multilateralidad.

Aunque diferentes, los dos principales gobernantes del mundo, Trump y Xi, promueven valores y un conjunto de ideas que socavan la buena salud de la gobernanza mundial.

El presidente Trump ha puesto en entredicho el modelo multilateral que se ha construido desde el fin de la Segunda Guerra Mundial. Es cierto que sus críticas han caído como rayos en las reglas de juego del comercio mundial, pero es lógico que su enojoso estado de ánimo termine golpeando a todas las agencias mundiales.

Es notoria la desconfianza que existe entre el líder estadounidense y sus pares de Europa Occidental que han sido históricos aliados. Hay diversos hechos que dejan en evidencia que la alianza occidental en la era de Trump se está deshilachando: la disputa tecnológica y de comercio entre los Estados Unidos y China; el comercio entre Europa y los Estados Unidos; el papel de la OTAN; la política expansionista de Rusia y el conflicto en Medio Oriente.

La falta de sintonía de los referentes de la política mundial deja sin esperanza la posibilidad real de una respuesta global apropiada.

Una desconcertante pandemia letal no se puede enfrentar con medidas aisladas de los países y menos aún con un vacío en el liderazgo mundial.

Como escribió Mark Landler, jefe de la oficina de Londres del New York Times, la semana pasada, el coro de líderes mundiales carece de director, un papel desempeñado por los Estados Unidos durante la mayor parte del periodo posterior a la segunda guerra mundial.

Si algo ha quedado en evidencia es que no existe un trabajo en conjunto de los líderes políticos para pensar una respuesta en común para enfrentar calamidades como el COVID-19.

Desde la semana pasada, no hemos escuchado a músicos de una orquesta con instrumentos afinados, sino un coro inarmónico que provoca más incertidumbre en el público. Peor aún, la falta de una política común, sumada a las drásticas restricciones que imponen las cuarentenas, aumenta el miedo y el desasosiego en la gente, una señal de la pérdida de credibilidad de los gobiernos.

La denuncia reciente del gobierno alemán de Ángela Merkel —que dirige el principal país europeo— de que el presidente Trump intentó apropiarse de un proyecto de vacuna contra el coronavirus desarrollado por un laboratorio germano a cambio de una gran suma de dinero, revela el grado de deterioro de las relaciones internacionales.

Aunque el laboratorio supuestamente involucrado desmintió la información, dicha posibilidad no deja de tener verosimilitud. No sería algo totalmente descabellado, teniendo en cuenta el proceder político de Trump desde la Casa Blanca.

Los líderes de Occidente están pintando un cuadro realista muy sombrío, ideal para que el público, en esta era de la posverdad dominada por las emociones, caiga rendido a los bulos y a las campañas de desinformación.

El preocupante escenario mundial se completa con la gestión oscura de China en torno al coronavirus, que informó oficialmente al mundo en enero, un mes después de su irrupción en Wuhan. Hay evidencia de que el régimen chino intentó ocultar el mal, con lo cual provocó un aumento exponencial de la epidemia que terminó esparciéndose por todo el mundo.

Nada más punzante para comprender el hecho que la pluma de Mario Vargas Llosa en su última columna en El País de Madrid: «Nadie parece advertir que nada de esto podría estar ocurriendo en el mundo si China Popular fuera un país libre y democrático y no la dictadura que es. Por lo menos un médico prestigioso, y acaso fueran varios, detectó este virus con mucha anticipación y, en vez de tomar las medidas correspondientes, el Gobierno intentó ocultar la noticia, y silenció esa voz o esas voces sensatas y trató de impedir que la noticia se difundiera, como hacen todas las dictaduras».

Desde la funesta experiencia de la gripe española, los políticos y los expertos saben que censurar y minimizar el peligro nunca funciona. El camino es el inverso del que tomó Xi: difundir información veraz de manera objetiva y en el momento adecuado.

El daño originado por la actitud cerrada del régimen de Xi empaña cualquier mérito que tenga el gobierno comunista en su combate a la enfermedad e incluso menoscaba el relato exitista que exhibe Pekín en estos días.

Hoy el mundo está pagando un enorme costo por el ascenso de China en el siglo XXI, una responsabilidad en parte del multilateralismo de Occidente que legitimó a una potencia que abrió la economía más no la política, como si la democracia tuviera un valor inferior a un capitalismo de planificación estatal. El coronavirus está demostrando las consecuencias nefastas de un régimen político de férreo control estatal y de falta de libertad.

El coronavirus en un cuerpo humano no es una danza íntima con el diablo. La ciencia ha puesto al servicio de los gobiernos un volumen de conocimientos inédito en la historia de la medicina.

Y aunque siempre hay un espacio para la incertidumbre acerca del resultado de la interacción entre un huésped y un agente causante de la enfermedad, siempre latente desde que la humanidad comenzó su camino gregario, una gobernanza mundial robusta tiene un papel central en el combate a una enfermedad pandémica.

Pero para ello hay que reverenciar el significado de la estatua ubicada junto al Puente de Europa, que simboliza la reconciliación de Alemania y Francia tras la segunda guerra mundial. El monumento de dos hombres abrazándose nos dice que la unión y los gestos de entendimiento son los mejores antídotos de la política, en este caso, para enfrentar los estragos del coronavirus que extiende una larga sombra sobre la humanidad.

 

Gabriel Pastor

Gabriel Pastor

Miembro del Consejo de Redacción de Diálogo Político. Investigador y analista en el think tank CERES. Profesor de periodismo en la Universidad de Montevideo.

«Fake news» y comunicación política en tiempos de pandemia

Las autoridades políticas deben gestionar una comunicación clara, precisa y oportuna, cerrando el portillo a los mercenarios que viven de […]

Por: Fanny Ramírez Esquivel 16 Mar, 2020
Lectura: 5 min.
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Artículo original en español. Traducción realizada por inteligencia artificial.

Las autoridades políticas deben gestionar una comunicación clara, precisa y oportuna, cerrando el portillo a los mercenarios que viven de los vacíos de información que facilitan o permiten la manipulación y la politiquería en tiempos de crisis.

Países bloqueados, ciudades con calles desiertas, personas con pánico. En medio de la pandemia del COVID19 (coronavirus) muchos gobiernos hacen su mejor esfuerzo por afrontar la situación, pero cuando la información no es clara, precisa y oportuna surgen las fake news, la incertidumbre y el caos.

Las fake news o noticias falsas se caracterizan por su capacidad de disfrazarse de noticias verdaderas y su principal vehículo son las redes sociales. Existe todo un mercado detrás de las noticias falsas, profesionales dedicados a utilizarlas en momentos de crisis para generar desinformación y desestabilizar procesos políticos sociales y económicos.

Por eso es que la comunicación gubernamental en tiempo de riesgo adquiere un valor trascendental para orientar a las personas y generar confianza. Una mala comunicación de riesgo provocará que los vacíos de información sean espacios fértiles para las noticias falsas y por lo tanto es un fracaso en sí mismo de las autoridades políticas.

La actual pandemia que enfrenta el mundo con el COVID-19 ha provocado diversas reacciones de las autoridades gubernamentales. El presidente con mayor respaldo popular en América Latina cerró fronteras y llama al pueblo a mantenerse en oración durante sus comparecencias mediáticas. En otros países se han cancelado los eventos masivos, suspendido lecciones en escuelas y colegios y se ha hecho un llamado con las campañas «Quédese en casa» como medida de contención para no colapsar los sistemas de salud.

Sin embargo, a pesar de las medidas gubernamentales, la falta de atención de las personas hacia la información de calidad y la llamativa creación de otros contenidos que circulan en memes o noticias falsas provocan la desinformación. No sobran personas que desarrollan teorías de conspiración, que creen que esto no es tan serio como lo pintan o que esto se ha magnificado porque es una cortina de humo que desvía la atención a la pésima gestión de los gobiernos de turno.

Las redes sociales, sin duda, aceleran la producción y distribución de todo contenido y no discrimina entre noticias falsas e información veraz. En muchos casos, las personas solo leen los titulares o se dedican a ver videos con producciones baratas pero entretenidos. Vivimos en la era del entretenimiento y, como tal, muchos han encontrado mercado en ese espacio. Hay empresas que se dedican a generar noticias falsas y sacar partido de las crisis y situaciones de riesgo.

Fake news y la gestión de las emociones

Las decisiones políticas cada vez están más vigiladas por la ciudadanía. Las redes sociales establecen una relación directa con el poder y generan la posibilidad de una fiscalización pública que incide en gran medida en la percepción y confianza en las autoridades políticas.

La atención al COVID-19 ha traído diferentes reacciones políticas. Angela Merkel, canciller alemana, hace unos días daba un mensaje contundente a la ciudadanía: claro, preciso y oportuno. Cerrando todos los frentes a la especulación y reconociendo cuáles eran los alcances reales del gobierno de Alemania para enfrentar la crisis.

Por su parte, el presidente de México Andrés López Obrador, en una comparecencia pública y mediática hizo un llamado a seguir la vida normal y mantener contacto entre las personas pese al COVID-19. Como testimonio de sus declaraciones, días después, compartió videos donde aparece abrazando y besando a simpatizantes, durante su última gira, en la región de Guerrero, México.

Dos reacciones antagónicas que inciden en las emociones de las personas y los indicadores de confianza se convierten en sí mismos en datos fundamentales para la gestión política, porque impactan directamente en la legitimidad y la capacidad de incidir, en este caso, en el comportamiento ciudadano.

Las noticias falsas provocan desinformación y un efecto directo en las emociones de la ciudadanía, provocando desconfianza, pesimismo y hasta pánico, donde las reglas del juego están difusas y dominadas por la capacidad tecnológica automatizada, que hace que se reproduzca de manera viral y cuestione muchas medidas y decisiones políticas.

Las autoridades políticas deben gestionar una comunicación clara, precisa y oportuna, cerrando el portillo a los mercenarios que viven de esos vacíos que facilitan o permiten la manipulación y la politiquería en tiempos de crisis.

La comunicación gubernamental de las autoridades políticas debe atender el COVID-19, considerando que las personas no son una estadística, ni ideología y que su comportamiento responde a las emociones. Los vacíos de información provocan vulnerabilidad y ese es un terreno fértil para las fake news. La única posibilidad de lograr una comunicación política efectiva en situaciones de riesgo como esta es a través de una conexión emocional.

 

 

Fanny Ramírez Esquivel

Fanny Ramírez Esquivel

Consultora internacional en comunicación política, estratégica y social

No todo feminismo es de izquierda antiliberal

Desde el siglo XIX hasta el siglo pasado han existido tensiones políticas e ideológicas entre las distintas corrientes del feminismo. […]

Por: Gisela Kozak Rovero 15 Mar, 2020
Lectura: 5 min.
Foto: María Eugenia Mahia, vía Flickr
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Artículo original en español. Traducción realizada por inteligencia artificial.

Desde el siglo XIX hasta el siglo pasado han existido tensiones políticas e ideológicas entre las distintas corrientes del feminismo. La más perdurable surgió entre las feministas liberales y las socialistas en el siglo XIX, cuyas apuestas de cambio histórico eran distintas, tal como se demostró en la centuria siguiente.

Mientras las feministas liberales pugnaban por la igualdad de derechos y por medidas favorables a la inserción de la mujer en la esfera pública, las socialistas se inclinaban por una revolución capaz de barrer los cimientos del capitalismo y, con ellos, la causa última de la desigualdad entre los géneros. No obstante, hasta el siglo XX liberales y socialistas tuvieron que aliarse para ser reconocidas en su condición de individuos dotados de razón que podían participar en política. Es decir, tuvieron que convencer a los hombres de su propio bando ideológico respecto a su derecho a votar, a organizarse y a participar en el cambio social. De este modo, como ocurrió en mi país Venezuela, mujeres socialdemócratas, socialcristianas y comunistas trabajaron conjuntamente para logros tan vitales como el sufragio, la igualdad ante la ley y la educación.

Desde luego, una vez obtenidas estas reivindicaciones vinieron nuevas luchas, entre ellas, la relativa a derechos sexuales y reproductivos, con temas muy polémicos en América Latina como el aborto y el matrimonio entre lesbianas. Mujeres de otras regiones del mundo todavía se movilizan por la educación, la participación política y la salud en condiciones duras y desfavorables, ajenas a las discusiones académicas que copan la escena, tal cual las radicales propuestas de Judith Butler respecto a la naturaleza completamente artificial de los roles de género. Otra línea del feminismo, la de Martha Nussbaum por ejemplo, señala que las feministas de países como los de Norteamérica y Europa Occidental deberían colocar la pobreza femenina en el centro de su agenda, desde una perspectiva si se quiere más pragmática que la adelantada por Butler.

Aunque los hechos indican que mujeres de distintas ideas políticas (e incluso de diversas religiones como en el caso de las feministas cristianas e islámicas) convergen en la lucha por la equidad de género, la existencia de casos como el de VOX en España, el de Jair Bolsonaro en Brasil o el del referéndum sobre los Acuerdos de Paz en Colombia deben llamar nuestra atención. El feminismo en estos tres casos fue identificado, respectivamente, con la izquierda antiliberal estilo Podemos; con una suerte de cruzada contra la familia, la existencia de los géneros femenino y masculino y la religión; o con fuerzas tan regresivas como las FARC en Colombia. Desde luego, el feminismo antiliberal —definido por su rechazo al pluralismo político, la economía de mercado y todo pasado que no quepa en sus parámetros ideológicos— confunde políticamente al reconocerse como el único feminismo. Tal presunción no es real históricamente hablando y suele tener un blanco específico, el feminismo de herencia liberal, el cual asume que el individuo mujer no debe ser el instrumento de la religión, la tradición o el Estado, sino una entidad con valor por sí misma cuyos derechos deben ser puestos en primer plano. Esta herencia es irrenunciable para cualquier feminista, incluidas las islámicas, indígenas y decoloniales, por no hablar de la lucha de las lesbianas por sus derechos.

Un lugar clave de discusión de estos temas es, desde luego, la arena política. Una política de verdadera raíz democrática requiere de alianzas y consensos, de la comprensión de la diversidad esencial de la sociedad sin abandonar los principios relativos a los derechos humanos. El conservadurismo y el radicalismo extremos, de los que hablé en un artículo anterior, pierden fuerza en este contexto y pueden ser aliados en circunstancias específicas. Bienvenidas las antiliberales cuando apoyan causas como el matrimonio igualitario; distancia con ellas cuando entran en los terrenos del dogma y la distorsión histórica.

Por ejemplo, las caricaturas del feminismo no decolonial o posestructuralista que he oído en eventos académicos son penosas porque sus emisoras (y emisores) simplemente mienten, pero tienen la autoridad conferida por títulos y publicaciones. He escuchado afirmaciones si se quiere discutibles, como que el patriarcado lo trajeron los europeos a América (o a Abya Yala, nombre propuesto por el pensamiento decolonial), por no hablar de una exaltación acrítica (y anacrónica) de las bondades sociales de los sistemas políticos y las culturas prehispánicas. Las universidades, por su propia naturaleza, deben propiciar la multiplicidad de puntos de vista en medio de una ola antiilustrada que debilita la capacidad del pensamiento social y humanístico para responder a los compromisos que abre el mundo actual. Las generaciones que se están levantando necesitan más que nunca el apoyo de la razón y la ciencia para enfrentar los retos ambientales y laborales que les tocan en el siglo XXI. Las feministas tenemos la obligación de acompañar esta tarea. Los temas que toman preeminencia pública no deberían solamente ser el acoso sexual y el aborto (muy importantes, sin duda), sino también las decisiones sobre el futuro y las formas de organizarnos en sociedad.

 

 

Gisela Kozak Rovero

Gisela Kozak Rovero

(Caracas, 1963). Escritora y profesora. Reside en Ciudad de México. Licenciada en Letras (Universidad Central de Venezuela). Magíster en Literatura Latinoamericana y Doctora en Letras (Universidad Simón Bolívar). Profesora titular de la Escuela de Letras, de la Maestría en Estudios Literarios y de la Maestría en Gestión y Políticas Culturales de la Universidad Central de Venezuela. Asesora en políticas culturales. Activista política

Feminicidio: punto de quiebre del gobierno mexicano

La semana más compleja de la presidencia de López Obrador reveló el carácter autoritario del mandatario mexicano, su descalificación de […]

Por: Carlos Castillo 13 Mar, 2020
Lectura: 5 min.
Cuartos vacíos, de_Maira Martell, en la exposición «Feminicidio en México», 2017 | Foto: Montserrat Boix, vía WikiCommons
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Artículo original en español. Traducción realizada por inteligencia artificial.

La semana más compleja de la presidencia de López Obrador reveló el carácter autoritario del mandatario mexicano, su descalificación de toda protesta y su insensibilidad ante los temas que más preocupan a la población.

El gobierno de Andrés Manuel López Obrador soportó sin demasiadas consecuencias una serie de yerros que, sin ser menores, no alcanzaron a mermar la popularidad del presidente de México durante poco más de un año.

No bastaron, en ese sentido, las más de cien personas que fallecieron a causa del incendio de una toma clandestina de combustible, ni la cancelación del nuevo aeropuerto y su sustitución por otro que tendrá mayores costos y menos funcionalidad, ni el embuste de intentar vender el avión de la presidencia y luego ofrecerlo en una rifa.

Tampoco fue suficiente el ataque constante a los contrapesos republicanos o la concentración del presupuesto para volver a un régimen centralista: ninguna razón sirvió para exhibir las incongruencias y la ineficacia de un Ejecutivo que parecía ser inmune a cualquier crítica o señalamiento de la oposición o de la sociedad civil.

López Obrador entretanto descalificó a sus críticos, arremetió sin consecuencias contra periodistas o intelectuales que señalaban sus errores y se ufanó de contar con «otros datos», siempre positivos, cada vez que llegaban evaluaciones que cuestionaban el desempeño de su administración, ya se sustentaran en estudios y mediciones nacionales o internacionales.

De la mano de un aparato de propaganda y de cooptación absoluta del espacio público, dictó durante más de doce meses los temas de la agenda pública sin opositor o rival que pudiese contrarrestar una estrategia mediática que parecía infalible.

 

Foto: Montserrat Boix, vía WikiCommons
Foto: Montserrat Boix, vía WikiCommons

El lunes 17 de febrero todo eso cambió. Si bien al aumento de la inseguridad y los niveles históricos de víctimas del crimen ya empezaban a levantar cada vez más voces en la opinión pública, el rapto y brutal asesinato de una menor de edad fue el límite de una sociedad que decidió por fin decir basta.

Las preguntas de las y los periodistas durante el mensaje a medios que López Obrador ofrece cada mañana comenzaron a girar en torno a un solo tema: feminicidios. Exigencias de resolver el crimen, demandas de una estrategia integral, exhibición de cifras que arrojaban luz sobre la magnitud de una tragedia a la que pocos habían atendido y sin embargo ahí permanece hasta hoy, y que cobra la vida de diez mujeres al día, mostrando el lado más crudo y brutal de un país que en su mayoría confió en un presidente que de pronto se vio absolutamente superado y sin respuestas.

Los grupos más radicales, que apenas unos meses antes se manifestaron para exigir justicia para otra joven vejada y asesinada, se congregaron afuera del palacio de gobierno, realizaron pintas en los muros, denunciaron la criminalidad que ha rebasado a toda autoridad y exigieron acciones concretas frente a uno de los flagelos más dolorosos que hoy padece el país: la violencia de género.

Y los argumentos del presidente y sus voceros —periodistas a sueldo, activistas digitales y propagandistas— para justificar la incapacidad gubernamental exhiben días tras día una insensibilidad y una falta de empatía absolutas: se pide no «vandalizar» los monumentos históricos —argumento esgrimido en otras ocasiones también por la oposición, por cierto—, se culpa a las administraciones anteriores o al «neoliberalismo», se descalifica a quienes convocaron al paro nacional de mujeres del 9 de marzo, mientras el propio López pone a Salvador Allende como ejemplo y acusa un intento de «golpe de Estado» por parte de «los conservadores»… Una serie de absurdos que no alcanzan para ocultar la incapacidad flagrante y develada del gobierno.

Tampoco ha sido suficiente el intento de insertar nuevos temas en la agenda, y cada movimiento que intentan dar López Obrador y los suyos para influir en la opinión pública demuestra de nueva cuenta que, cuando el populista se enfrenta a la realidad más cruda, toda la parafernalia mediática, la oferta de futuros utópicos y la personalidad redentora se derrumban y exhiben su fragilidad y su vacío.

El gobierno de México intentó mantener al margen de sus prioridades el tema de la seguridad y, hoy, quienes alzan la voz contra el feminicidio y quienes exigen respuestas y soluciones al grito de «quémenlo todo» recuerdan que el rostro más crudo y doloroso de la injusticia sigue ahí, cobrando vidas, cada vez de manera más indignante, cada vez contra población más vulnerada y vulnerable.

El feminicidio y la violencia son, junto con la carencia de medicinas en hospitales públicos, los problemas más dolorosos del país: seguridad y salud, ese mínimo que cualquier gobierno debiera atender como prioridad y como principal urgencia.

 

Carlos Castillo

Carlos Castillo

Director editorial y de Cooperación Institucional, Fundación Rafael Preciado Hernández. Director de la revista «Bien Común».

Soy de la generación igualdad

En los últimos años, las demandas a favor de la igualdad de género han eclosionado y se han hecho presentes […]

Por: Castellar Granados 12 Mar, 2020
Lectura: 6 min.
Mujeres manifestando. Foto: Shutterstock
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Artículo original en español. Traducción realizada por inteligencia artificial.

En los últimos años, las demandas a favor de la igualdad de género han eclosionado y se han hecho presentes en todos los puntos del globo de manera singular. Sin embargo, no se trata de un fenómeno reciente, sino que data de varios siglos atrás. Muchos de los reclamos de hoy pueden reivindicarse por lo alcanzado en el pasado. Pero, ¿cuáles son sus características actuales y los factores que han intensificado su auge en nuestras sociedades?

Madrid. Dos jóvenes ataviadas de violeta salen del metro en Sol con una pancarta. «La revolución será feminista o no será», puede leerse en ella. Valparaíso. Un grupo de mujeres con cintas en los ojos entona un himno mientras, coordinadas, realizan lo que parece ser una coreografía. «El violador eres tú», gritan al unísono. Ciudad de México. Medio centenar de mujeres marchan frente al Palacio de Bellas Artes. «Ni una más», reza la cruz rosada que portan varias de ellas. Buenos Aires. Un grupo de amigas viajan en ómnibus dirección al Congreso. Todas ellas visten pañuelos verdes en sus muñecas. El movimiento que reivindica los derechos de las mujeres está más vivo que nunca y su presencia se extiende por toda Iberoamérica.

A pesar de que históricamente las mujeres siempre lucharon por la expansión de sus derechos, en los últimos años hemos sido testigos de una propagación sin precedentes de las movilizaciones a favor de la igualdad. Por una parte, la crisis de representación ha originado que cada vez más ciudadanos vean la movilización social como una manera efectiva de reivindicar sus derechos y canalizar todas sus demandas. No obstante, este no es el único movimiento que ha ganado auge en los últimos años, sino que otros como el ecologismo o el indigenismo, aunque de maneras diferentes, también se han hecho más presentes o, al menos, más visibles.

En este sentido, nos encontramos en un momento de expansión de los movimientos sociales, derivado de la desafección política presente entre los ciudadanos que sienten que sus visiones no están correctamente representadas en la esfera institucional. Esto también ha sido posible gracias al desarrollo de las redes sociales, que permiten organizarse de manera más rápida y sencilla. Vivimos en una sociedad de redes, como definió Manuel Castells hace más de una década, que permite crear vínculos inmediatos entre usuarios de distintos puntos.

Se trata de un movimiento multirreivindicativo que posee un discurso transversal. Es decir, lo que busca es lograr la igualdad de hombres y mujeres en las diversas esferas de la vida pública y privada. Se trata a la vez de uno pero también de muchos movimientos. Dentro de su paraguas se encuentran una serie de temáticas diversas que, unidas, bregan por la consecución de su objetivo común: la igualdad. El aborto, la paridad laboral, la violencia de género… todas son causas que se articulan y crean la noción de una identidad colectiva que abarca diferentes demandas contra una misma estructura de poder. Los temas que siempre han estado presentes y por los que siempre se ha abogado se abordan adaptándose a las nuevas prácticas.

Por otra parte, no hay que olvidar que, al tratarse de un movimiento social, este también se milita. Es decir, a pesar de que las redes sociales han favorecido su organización y presencia a nivel mundial, las acciones que poseen mayor impacto son las que se llevan a cabo en la calle, puesto que estas tienen mayor visibilidad. Cada vez más ciudadanas y ciudadanos se animan a salir a la vía pública a interpelar a un orden social que, aunque de maneras más sutiles que en el pasado, sigue fomentando la brecha entre hombres y mujeres.

Otra de las características es su estructura horizontal sin jerarquías. No existen líderes que fijen la agenda o lleven a cabo la toma de decisiones y esta es la esencia del movimiento: la sororidad. La ayuda mutua entre unas y otras por conseguir una causa común. Mujeres —y también hombres— de ideologías, valores, religiones y ambientes diferentes se apoyan y luchan por un mismo objetivo, formando un repertorio de acción colectiva.

Pero si existe un rasgo verdaderamente característico de esta ola de reclamos por la equidad es su fuerte impronta generacional. Hoy somos testigos en cada uno de nuestros países de movilizaciones en las que participan niñas, jóvenes y mujeres de todas las edades a las que ya no hace falta convencer, como podría suceder unas décadas atrás con nuestras madres o abuelas, de ponerse las «gafas violetas». Y es que ya no somos miopes. Ya no precisamos lentes. No en vano, ONU Mujeres tituló su campaña de este año «Generación Igualdad».

A pesar de que en los últimos treinta años la presencia de mujeres en instituciones políticas iberoamericanas ha experimentado un importante aumento, es evidente que la paridad aún está lejos de ser total. Solo pensar el número de feminicidios que llevamos en lo que va de año en cada uno de nuestros países produce escalofríos. Como también que a millones de mujeres se les siga privando diariamente de ejercer sus derechos. O que sigamos apretando fuerte la llave cuando caminamos solas de noche de vuelta a casa.

«El nueve nadie se mueve», anunciaron las mexicanas en el paro general de mujeres del pasado lunes 9 de marzo. Argentina se encuentra inmersa en los preparativos de un nuevo proyecto de reforma de ley que apruebe el derecho al aborto en su territorio. El destino del país rioplatense sigue siendo un pañuelo. En Chile, país exportador del himno «El violador eres tú», la igualdad de género poseerá un gran peso en la reforma constitucional prevista para reemplazar el texto redactado en tiempos de Pinochet. Las mujeres nicaragüenses son prueba de que también se puede militar desde dentro, después de que el Gobierno limitase la libre movilización en el país. Madrid, a pesar del auge de los extremos, se vuelve a teñir de violeta un año más para luchar contra la desigualdad.

Son muchos los motivos que nos convocan y nos seguirán convocando para reivindicar nuestros derechos como mujeres. El fin de las atrocidades, el pleno ejercicio de nuestras libertades y la igualdad total de oportunidades socioeconómicas, culturales y políticas se pueden contemplar hoy como una utopía. Ha sido relativamente poco frecuente ver a mujeres electas para primeros cargos de una nación latinoamericana. Hace unos días vimos en Uruguay cómo Beatriz Argimón asumía la vicepresidencia de su país. Quitémonos las gafas y sigamos creyendo. «Sin comunidad, no hay liberación», dijo Audre Lorde. Y tenemos la suerte de pertenecer a esta generación igualdad que nunca va a dejar de luchar.

Castellar Granados

Castellar Granados

Magíster en Estudios Latinoamericanos (Universidad de Salamanca). Licenciada en Relaciones Internacionales y en Traducción e Interpretación (Universidad Pontificia Comillas de Madrid). Investigadora predoctoral en el Instituto de Iberoamérica de la Universidad de Salamanca

El vestido masculino de la mujer política en Colombia

En 2019, menos del 20 % de las mujeres ocuparon cargos de elección popular y actualmente tienen el 22 % de las […]

Por: Luisa Garcia Montoya 11 Mar, 2020
Lectura: 6 min.
Mujeres políticas colombianas: Martha Lucía Ramírez (vicepresidenta de la República) Claudia López (alcaldesa de Bogotá) y Paola Holguín (senadora)
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Artículo original en español. Traducción realizada por inteligencia artificial.

En 2019, menos del 20 % de las mujeres ocuparon cargos de elección popular y actualmente tienen el 22 % de las bancas en el Congreso. Reafirmar las características positivas de lo femenino y demostrar las capacidades en lo que se ha considerado exclusivo de la experticia masculina es la meta.

Si bien las mujeres han desempeñado un papel preponderante en la historia y desarrollo del país, su protagonismo se ha visto degradado en la narración de los diferentes procesos nacionales. La independencia es apenas uno de los ejemplos de la invisibilización de las posiciones, decisiones y acciones políticas que han realizado las mujeres en Colombia. Personajes como la ecuatoriana Manuelita Sanz, quien luchó por la libertad de las colonias españolas desde antes de conocer a Simón Bolívar, terminó reducida en el imaginario nacional a ser reconocida como una de las amantes del hombre que gestó la independencia de los virreinatos de la Nueva Granada y Perú.

La cátedra de Historia, que apenas retornará a las aulas colombianas a partir de 2020, se había abandonado hace veintitrés años en las instituciones educativas del país y se dictaba de manera parcial dentro del área de las Ciencias Sociales. Allí poco o nada se mencionaba sobre la labor y liderazgo de cientos de mujeres en la construcción de la nación; por lo tanto, no sorprende que a Colombia le quede un largo camino por recorrer en materia de paridad real y reconocimiento de los derechos de las mujeres.

A pesar de los importantes avances alcanzados en el campo del empoderamiento y la participación femenina, a través de leyes como la 581 del 2000 [1] o la 1257 de 2008, [2] según ONU Mujeres, PNUD e Idea Internacional, en 2019. menos del 20 % de las mujeres ocuparon cargos de elección popular; así mismo, en las últimas elecciones legislativas realizadas en 2018, de 258 escaños posibles en la Cámara de Representantes y el Senado, sólo lograron 56 curules (31 y 25 respectivamente) que representan un 21,7% del total de parlamentarios.

En este sentido, es interesante evaluar qué tipo de mujeres son aquellas representantes que actualmente se desempeñan en cargos públicos y si realmente personifican los intereses de su género. Curiosamente algunas de las mujeres políticas más reconocidas de Colombia, sin importar su corriente ideológica, tienen una gran similitud: visten su personalidad de rasgos masculinos, muestran un carácter fuerte y usan un tono de voz alto como vehículo hacia una posición de poder.

Ello puede ser explicado a partir de la concepción de la ciudadanía frente a las capacidades de las mujeres como líderes políticas, según lo planteado por Huddy y Terkilsen  (1993), [3] si bien se considera a la mujer como individuo con mayor competencia en temas como salud, educación y cultura, se duda de sus facultades para el manejo de asuntos de defensa; es decir, todo lo concerniente a los asuntos militares y de protección del Estado, así como se pone en consideración su idoneidad para la toma de decisiones en temas económicos. Mientras la capacidad de argumentar, la firmeza, el dominio, la agresividad y competitividad se reconocen como rasgos masculinos, se señalan la cortesía, apertura, sensibilidad y afecto como atributos femeninos. De igual manera, se trivializa la participación de las mujeres en el ámbito político a partir de elementos como dar visibilidad a su estilo a la hora de vestir en lugar de priorizar su experiencia o sus posturas ideológicas; de modo que la apropiación de ciertas actitudes del género contrario por parte de las mujeres políticas no es sino una estrategia y un mecanismo de rebeldía contra el sistema de engañosos prejuicios a los que han sido sometidas.

La trampa de la estrategia se encuentra en que una vez se controvierten los estereotipos se les asignará un nuevo adjetivo a todas esas mujeres decidan romper el molde establecido; por ende, corren el riesgo de ser vistas como agresivas, altisonantes, mandonas, caso que en la actualidad identifica a gran parte de las mujeres más reconocidas de la política nacional en Colombia, como Claudia López, actual alcaldesa de Bogotá; Paola Holguín, senadora en ejercicio; o la exsenadora Piedad Córdoba. Las tres de espacios políticamente diferentes, pero con estas características comunes.

Para erradicar el estereotipo negativo tampoco se puede caer en un escenario en el que se validen únicamente los valores masculinos o en el que se termine representando un estilo de mujer más cercano a los intereses de los hombres. Reafirmar las características positivas de lo femenino y demostrar las capacidades en lo que se ha considerado exclusivo de la experticia masculina debe ser la meta principal para abrir camino a las nuevas generaciones de mujeres políticas.

En este punto es importante señalar que, para el caso colombiano, mayor participación de las mujeres no significa un mayor porcentaje de mujeres electas. Las mujeres representan un gran potencial electoral, pero persisten grandes barreras para acceder a los cargos de toma de decisiones. En un país con los antecedentes históricos de Colombia no es de extrañar que se ponga en duda la capacidad de una mujer para afrontar los desafíos que ello implica, sin embargo, es necesario trabajar en fortalecer la confianza, ofrecer propuestas y representación real que cautiven el voto femenino.

A pesar de ello, el escenario político para la mujer en Colombia está viviendo un momento histórico. Por primera vez, dos mujeres ocupan cargos públicos de gran importancia nacional: la vicepresidencia de la República por Marta Lucía Ramírez, a quien su postura conservadora a lo largo de toda su carrera la sitúa lejos de las corrientes feministas que defienden temas controversiales como por ejemplo el derecho al aborto voluntario, y Claudia López, primera alcaldesa de Bogotá, del partido Alianza Verde (centroizquierda), quien además es homosexual, ambas aún en sus diferencias representan esa dualidad de lo femenino/masculino en el poder y son un hito para las mujeres que representan y no representan.

 

Notas

[1] Ley 581 del 2000: reglamenta la adecuada y efectiva participación de la mujer en los niveles decisorios de las diferentes ramas y órganos del poder público, de conformidad con los artículos 13, 40 y 43 de la Constitución Nacional y dicta otras disposiciones.

[2] Ley 1257 de 2008: dicta normas de sensibilización, prevención y sanción de formas de violencia y discriminación contra las mujeres, reforma los Códigos Penal y de Procedimiento Penal, y la Ley 294 de 1996, y dicta otras disposiciones.

[3] Citados por el autor en López Hermida Alberto (2009). La campaña electoral televisiva de Michelle Bachelet. Santiago de Chile.

 

Luisa Garcia Montoya

Luisa Garcia Montoya

Politóloga (Universidad de Antioquia, Medellín, Colombia)

La doble frecuencia de las políticas venezolanas

En las tres dificultades descritas se cristaliza nuestra doble frecuencia. En lo doméstico, en lo político y en lo existencial […]

Por: Paola Bautista de Alemán 10 Mar, 2020
Lectura: 7 min.
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Artículo original en español. Traducción realizada por inteligencia artificial.

En las tres dificultades descritas se cristaliza nuestra doble frecuencia. En lo doméstico, en lo político y en lo existencial están presentes el hogar y la mujer de Estado.

Milada Horakowa fue asesinada por el régimen soviético el 27 de junio de 1950. Un «tribunal popular» la sentenció a muerte por traición a la patria. Fue torturada. Protegió su conciencia hasta el final. La noche antes de ser ejecutada escribió tres cartas: una para su hermana, una para su hija y otra para su marido. Quien dio su vida por la libertad de Checoslovaquia dedicó sus últimas horas a sus afectos más cercanos. Su testimonio me conmueve. Siendo yo mujer, esposa, madre y política venezolana encuentro en su historia ocasión para la reflexión y para profundizar en temas que me inquietan.

La conciliación trabajo-vida familiar es un tema complejo. En democracia los grandes debates giran en torno a la creación de condiciones que nos permitan desarrollar plenamente todas nuestras dimensiones. En dictadura el tema es aún más difícil. Cuando la lucha política es existencial, la conciliación trabajo-vida familiar se convierte en un desafío extremo. En los párrafos que siguen ofreceré algunas ideas que nacen de mi experiencia y no pretenden tener alcance universal. Trabajar día a día con mujeres que se dedican a recuperar la democracia en Venezuela me ha acercado a realidades valiosas y me ha dado la posibilidad de admirar el sacrificio de quienes se crecen frente a los embates de la dictadura.

El principal obstáculo para la conciliación trabajo-vida familiar de las mujeres políticas en Venezuela es la revolución chavista. El régimen es enemigo de nuestro desarrollo integral. A continuación, referiré tres dificultades que nos impone la dictadura y nos afectan a todas. Por tratarse este artículo de las mujeres en política y ser esa mi experiencia vital, orientaré mis reflexiones hacia ese ámbito.

La primera dificultad es de tipo doméstico. Quizás quien lea este artículo en otras latitudes puede pensar que se trata de un obstáculo menor y que nos es propio por herencia cultural. Pero no lo es. El colapso humanitario del país afecta con más rudeza a las mujeres. He estado en actividades políticas con compañeras de lucha en donde, después de las conversaciones de rigor, terminamos hablando con naturalidad —y con agobio— de los horarios de racionamiento de agua, de las dificultades para conseguir medicamentos o del alto costo de los alimentos. Y es que nosotras siempre estamos en dos frecuencias que son interdependientes: la del hogar y la de la política. Cuando la primera está alterada, la segunda se hace más difícil.

Para sortear las dificultades logísticas que padecemos en Venezuela y mantenernos sin agobios en nuestra carrera política necesitamos de estructuras de solidaridad que tienden a ser personalísimas. Me refiero a maridos corresponsables, abuelas y abuelos solidarios, tías y tíos que «arriman pal mingo», compañeros de lucha que comprenden y no castigan el tiempo que le dedicamos al hogar. Debemos tomar en cuenta que las estructuras de solidaridad no emergen naturalmente. Debemos dedicarles tiempo, construirlas, cultivarlas y atenderlas. Construirlas es un trabajo humano que demanda humildad y sencillez. Debemos erradicar de nuestro ideario la etiqueta de supermujeres y admitir sin complejos que somos mejores cuando aceptamos que nos acompañen en nuestros desafíos y aspiraciones. Es complejo, lo sé. Pero es necesario y, sobre todo, es posible.

La segunda dificultad es de tipo político. Hacer política en Venezuela es estar expuestas a diversos tipos de violencia. La lucha política es dura y acude a modos descarnados. Vocabulario vulgar y referencias deshumanizantes. Veo con preocupación que a veces nos gana la barbarie y las mujeres no escapamos de esa realidad. Por eso, frente al avance del salvajismo debemos reafirmarnos en lo propio de nuestra feminidad: dar testimonio de generosidad cuando parece vencer la mezquindad, acudir al poder de la ternura en momentos de tensión, dedicarnos a los detalles concretos que marcan la diferencia y desplegar con inteligencia nuestra capacidad intuitiva.

Ciertamente hay barreras culturales. Las he vivido e intento sortearlas. La política en Venezuela aún parece ser terreno de hombres. Pero si algo hemos aprendido las venezolanas es que nuestro crecimiento en el ámbito de lo público no se agota en las estimaciones de espacios de poder. La revolución chavista ha colocado en altos cargos a mujeres que encarnan la barbarie: violan derechos humanos, dirigen torturas y controlan aparatos represivos. También han utilizado las cuotas electorales femeninas para entorpecer la generación de consensos de las fuerzas opositoras. Las políticas venezolanas no somos ni seremos instrumentalizadas para crear caminos de dominación aparentemente perfectos. Nosotras avanzamos sin complejos con el impulso de nuestros logros académicos, políticos y sociales. Nos apalancamos en estructuras de solidaridad y cada paso que damos es producto del esfuerzo conjunto, no de la dádiva de un sistema injusto.

La tercera dificultad es de tipo existencial. La lucha por la democracia consume y agota. A veces podemos preguntarnos por el sentido de nuestros sacrificios. Esa tentación puede ocurrir especialmente en dos momentos concretos: cuando somos testigos de injusticias sociales graves y cuando vemos que nuestros hijos crecen en un país sin futuro aparente. El hambre y la miseria parten el alma. La injusticia social desata ira interior. Vemos en el rostro de cada niño que sufre la mirada de nuestros hijos. De manera recurrente vienen a nuestro corazón los versos de Andrés Eloy Blanco y sus hijos infinitos. Y, luego, cuando llegamos a casa después de largas jornadas de trabajo y nos encontramos con nuestros hijos, se profundiza el dolor. Porque ellos crecen en un país profundamente desigual y sin libertad. Nuestros hijos nos han visto sufrir, aprendieron a rezar desde pequeños por nuestros amigos que están presos y han experimentado el mal antes de tiempo. Mi esposo y yo no dudamos de que esta situación nos ha hecho mejores padres, y a ellos, mejores hijos. Con profunda fe le pedimos al Señor que nos ayude a criarlos y que nos haga desprendidos. Eventualmente crecerán y, si la lucha se extiende, deberán decidir si quedarse o partir. Llegado el momento, los apoyaremos en cualquiera de los escenarios.

En las tres dificultades descritas se cristaliza nuestra doble frecuencia. En lo doméstico, en lo político y en lo existencial están presentes el hogar y la mujer de Estado. Milada Horakowa dedicó sus últimas horas a cultivarlas. Con naturalidad dejó un testimonio que visibiliza nuestra dualidad. Desplegó con señorío nuestras dos dimensiones. Su testamento político es evidente. Dio su vida. No existe sacrificio más extremo. Por tal motivo, quizás no requirió soporte escrito. En lo humano, dejó tres cartas que la muestran como hermana, esposa y madre. En su testimonio se funden nuestras frecuencias y crean un perfil complejo que debe ser fuente de inspiración para todas cuando conmemoramos el Día de la Mujer: una mujer política que resistió a dos totalitarismos y ofreció su vida por la libertad de su país.

 

Paola Bautista de Alemán. Presidente de la Fundación Juan Germán Roscio y miembro de la Junta de Dirección Nacional del partido Primero Justicia, Venezuela. Doctora cum laude en Ciencia Política por la Universidad de Rostock, Alemania. Está casada y es madre de tres hijos. Vive en Caracas, Venezuela.

 

Paola Bautista de Alemán

Paola Bautista de Alemán

Doctora en Ciencia Política por la Universidad de Rostock (Alemania). Presidenta del Instituto FORMA y la Fundación Juan Germán Roscio de Venezuela. Autora del libro «A callar que llegó la revolución». Directora de la revista «Democratización».

Mujeres consultoras: abriéndose camino en un mundo de hombres

Madeleine Albright fue la primera mujer en convertirse en secretaria de Estado de los Estados Unidos. Una de sus frases […]

Por: Fanny Ramírez Esquivel 9 Mar, 2020
Lectura: 5 min.
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Artículo original en español. Traducción realizada por inteligencia artificial.

Madeleine Albright fue la primera mujer en convertirse en secretaria de Estado de los Estados Unidos. Una de sus frases célebres reconoce la dificultad con que las mujeres nos abrimos camino en el mundo de la política, y yo diría que más aún en el mundo de la consultoría política.

América Latina se caracteriza por algunas incongruencias en cuanto a poder político y participación de la mujer en estas esferas y en el mundo, a pesar de que las mujeres representan el 51 % de los militantes de los partidos políticos. Según datos de Naciones Unidas, el 90 % de los jefes de Estado y de Gobierno son hombres, al igual que el 76 % de los parlamentarios.

Estos datos reflejan la falta de coherencia entre lo que muchos políticos dicen y lo que en realidad hacen. Así como para liderar se requiere un propósito, motivación y carácter, para ser consultora en esta disciplina se requiere templanza, seguridad y sobre todo determinación; esta última, la clave de una ecuación que permite romper paradigmas y abrir caminos a otras mujeres.

«Me llevó mucho tiempo desarrollar una voz y ahora que la tengo, no me voy a quedar callada», fueron las palabras de la señora Albright. Se necesita de una voz fuerte y contundente para defender la importancia de la capacitación para las autoridades políticas, tanto para hombres como para mujeres, porque en la medida de que fortalezcan sus habilidades habrá mayor posibilidad de gobernar, generando un vínculo que responda a las necesidades y demandas políticas, sociales y económicas.

El éxito es la satisfacción personal producto de lo que se quiere y lo que se logra, a pesar de las adversidades. Como mujer y como consultora en comunicación política sé que hay muchas barreras que derribar y muchos obstáculos que saber saltar. El primero: se compite con el conocimiento. Olvidemos el tema de las cuotas porque en el mundo de la consultoría eso no existe; es más, ni siquiera las mujeres que optan por puestos políticos prefieren contratar mujeres. Por eso es necesario ganarse el puesto con el talento, ese conocimiento y aplicación que nos hace destacar, hacer buenas proyecciones y sobre todo excelentes estrategias para abordar la situación política particular por la que se nos ha solicitado la consultoría.

Uno de mis grandes mentores fue José Luis Sanchis, famoso consultor español con más de 40 años de experiencia y unas 126 campañas electorales sobre sus hombros. Con él trabajé en una de esas campañas y siempre me exigía la milla extra. Según nos decía, la pregunta directa para el consultor en comunicación política es: ¿qué puedes ver con estos datos que otros no están viendo y qué vas a hacer con esa información? Con esto aprendí a agudizar mis análisis políticos y a tener siempre una alternativa viable de acción proactiva, muy importante en este ámbito: quien mueve primero, construye percepción.

El segundo obstáculo por comprender es la importancia de construir una imagen. La marca personal juega un papel prioritario en la vida política y por ello también en la de los profesionales en comunicación política. Por muchos años me mantuve detrás de escena, escuchando a otros analistas en radio, televisión, leyéndolos en prensa. Sus comentarios, a veces certeros, la mayoría de las ocasiones no me aportaban nuevos puntos ni visiones. Entonces comprendí que yo era responsable de haber cedido mi espacio a otros, que era la responsable de que periodistas latinoamericanos conocieran también mi análisis político y mi trayectoria.

El tercer aprendizaje fue entender el valor de la proyección. Fue así como empecé a gestionar mi propia estrategia de posicionamiento en el mercado de la consultoría política y en un año obtuve un Napolitan Victory Award, galardón otorgado por The Washington Academy of Political Art & Sciences, por mi trayectoria como «Mujer influyente en comunicación política». Unos meses después obtuve el reconocimiento del Women Economic Forum por ser una «Mujer ícono» que contribuye a construir un mundo mejor.

Así, a mis 15 años de carrera comprendí el valor de cada uno de estos tres elementos: se puede tener un gran conocimiento, pero debes dedicar tiempo a construir una imagen y a lograr una gran proyección. No se trata de cuánto sabes, se trata de qué haces con ese conocimiento y cómo logras legitimarte para tener mayor incidencia en la toma de decisiones. Este último será un consejo gratuito que aplica también para autoridades políticas.

Se requiere de valentía, astucia y determinación para abrir camino. La dama de hierro dijo una vez: «las pesetas no caen del cielo, tienen que ser ganadas aquí en la Tierra».

 

Fanny Ramírez Esquivel

Fanny Ramírez Esquivel

Consultora internacional en comunicación política, estratégica y social

Un año de retos para Ecuador

Concluidos los dos primeros meses de 2020 damos un vistazo al contexto nacional e internacional de Ecuador. Dos acontecimientos destacan […]

Por: Dayanara González 8 Mar, 2020
Lectura: 6 min.
Encuentro de presidentes de Ecuador, Lenin Moreno, y Estados Unidos, Donald Trump.,Casa Blanca, 12 de febrero de 2020 | Foto: The White House_1280
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Artículo original en español. Traducción realizada por inteligencia artificial.

Concluidos los dos primeros meses de 2020 damos un vistazo al contexto nacional e internacional de Ecuador.

Dos acontecimientos destacan en la actual política exterior ecuatoriana. Por un lado, en aras de restablecer y afianzar las relaciones con Estados Unidos, el presidente Lenin Moreno se reunió con su homólogo Donald Trump en la Casa Blanca, el 12 de febrero, tras 18 años del último evento entre presidentes de ambos países. Y precisamente días antes, Ivonne Baki se acreditó como embajadora de Ecuador en Estados Unidos; quien había ocupado el mismo cargo en 1998, además de otros de relevancia en el país, y desde hace varios años ostenta su buena relación personal con Trump.

Ecuador apoyará la candidatura de Luis Almagro para su continuidad como secretario general de la OEA, quien es respaldado también por Estados Unidos y Colombia, entre otros países. Esto, a pesar de la candidatura de la ecuatoriana María Fernanda Espinosa, excanciller del gobierno de Moreno en 2017-2018 y luego presidenta de la Asamblea General de la ONU, cuya candidatura a la secretaría general de la OEA fue presentada por Antigua y Barbuda. Espinosa era allegada del expresidente Correa y se vio envuelta en el caso Assange en 2017, dado que durante sus funciones se nacionalizó al fundador de Wikileaks, por entonces asilado en la embajada de Ecuador en Londres. Ecuador fue sede de diez reuniones patrocinadas por la OEA durante 2019, según el Ministerio de Relaciones Exteriores y Movilidad Humana del Ecuador, y el propio secretario Almagro visitó el país a finales del pasado octubre. Todo ello muestra una clara mejora en la relación entre Ecuador y el organismo.

En el panorama interno destaca el anuncio de recuperación de la economía, realizado por el Banco Central el 17 de enero, que prevé un crecimiento del PIB de 0,7% en relación al de 2019, e indicó que se actualizaron las proyecciones considerando las pérdidas (USD 701,6 millones) y daños (USD 120,1 millones) resultantes de los once días de paro nacional en octubre pasado. El documento indica que «estas pérdidas significaron un impacto negativo de 0,13 % en la previsión del PIB a precios constantes para 2019». En la misma línea, el riesgo país superó los 1000 puntos y sigue en ascenso; entre las principales razones para ello se identifica la caída del precio del petróleo desde inicios de febrero por el brote de coronavirus en China, principal país importador. Para el 4 de febrero, el precio WTI era de USD 49,61 por barril y los ingresos estimados en el presupuesto general del Estado ecuatoriano dependen de que el barril no baje de USD 51,30. Así las cosas, la inversión estatal disminuye y el déficit fiscal aumenta por las dificultades para obtener más ingresos, por la desconfianza de los inversionistas y también para reducir subsidios, lo que resulta en que el gasto público se mantendrá (se estima que alcanzará una tasa de -2,2 %). Se considera que una medida paliativa —poco efectiva— que podría implementarse si la situación no cambia sería la emisión de bonos.

Otro aspecto relevante en el análisis es que en marzo de 2019 el Fondo Monetario Internacional aprobó un acuerdo de servicio ampliado de USD 4.200 millones en favor de Ecuador hasta 2021. La tercera revisión del programa económico fue en noviembre del 2019 y en diciembre se aprobaron los dos desembolsos pendientes, cuyo monto asciende a USD 498 millones, contando con el efecto de la Ley de Simplificación y Progresividad Tributaria que encamina la recaudación de unos $ 540 millones más durante 2020. Desde el 11 de febrero del 2020 un equipo técnico del FMI revisa en Quito el cumplimiento de las metas. Esto implica que Ecuador mantendrá su estrecha relación con el FMI al menos durante 2020. El siguiente será año electoral: dependerá de ese resultado y del plan del nuevo gobierno la permanencia o no de este programa del FMI.

Rupturas e incertidumbre

En mayo de 2019 se estableció un acuerdo legislativo de gobernabilidad entre CREO, el partido oficialista Alianza País, la Bancada de Integración Nacional (BIN) y el Bloque de Acción Democrática Independiente (BADI). Sin embargo, hace pocos días, CREO anunció su salida del acuerdo después de que la recomendación de la Comisión de Fiscalización de llevar adelante el juicio político contra la presidenta del Consejo Nacional Electoral no pasara a debate en el pleno de la Asamblea. Asambleístas del bloque de CREO presentaron una acción penal contra de esta funcionaria, por el supuesto delito de tráfico de influencias. Con la salida de CREO del acuerdo se dificulta la aprobación de proyectos en la Asamblea, pues el bloque representa 18 votos. Adicionalmente, en otra instancia, el Partido Socialcristiano (PSC) publicó que presentará su propio candidato para las elecciones, descartando la formación de alianzas. Desde hace varios meses, Jaime Nebot, líder del partido y exalcalde de Guayaquil, figura como el posible candidato, aunque no hay confirmación al respecto.

Otro de los asuntos relevantes en la agenda política ecuatoriana es la migración venezolana. El 25 de julio de 2019 se expidió el decreto 826, que establece una amnistía migratoria para ciudadanos venezolanos y dispuso la implementación de un proceso de regularización por motivos humanitarios a través de un censo de ciudadanos venezolanos y el otorgamiento de una visa de residencia temporal de excepción por razones humanitarias, conforme el cumplimiento de ciertos requisitos como poseer un pasaporte y certificado de antecedentes apostillado. El proceso de regularización finalizará el 31 de marzo y será necesario analizar en su momento esta situación, más aún luego de un crimen en Quito, en el mes de febrero, a manos de un ciudadano venezolano, que despertó reacciones negativas en la sociedad ecuatoriana y determinó el incremento de los controles migratorios en las calles.

Por último, pero no menos importante, el se estancó. Este proceso penal refiere a investigaciones iniciadas en mayo 2019 por delitos de cohecho, tráfico de influencias, delincuencia organizada y lavado de activos entre funcionarios públicos del movimiento Alianza País y multinacionales, entre ellas Odebrecht, entre 2013 y 2014, presuntamente para financiar la campaña electoral del 2013. Hay 21 personas procesadas, incluido el expresidente Rafael Correa, quien tiene orden de prisión preventiva. El lunes 10 de febrero se iniciaron las audiencias de juicio del caso; sin embargo, al tercer día se suspendieron indefinidamente por la notificación de una acción de recusación contra los magistrados del tribunal presentada por el abogado de Correa. Poco después, la solicitud de recusación fue negada y las audiencias se reanudarán en los próximos días.

Varios son los pendientes que le esperan a Ecuador durante el 2020, en medio de un restablecimiento de relaciones con Estados Unidos, casos de corrupción en la mira, las recetas del FMI, el fenómeno migratorio y un año preelectoral sacudido por rupturas e incertidumbre.

 

Dayanara González

Dayanara González

Licenciada Multilingüe en Negocios y Relaciones Internacionales de la Pontificia Universidad Católica del Ecuador

Municipales en República Dominicana: lo urgente y lo importante

República Dominicana suspendió sus elecciones municipales el pasado 16 de febrero debido a fallas en el 88 % de los colegios […]

Por: Jatzel Román 6 Mar, 2020
Lectura: 3 min.
Trabucazo 2020 en Plaza de la Bandera, Santo Domingo
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Artículo original en español. Traducción realizada por inteligencia artificial.

República Dominicana suspendió sus elecciones municipales el pasado 16 de febrero debido a fallas en el 88 % de los colegios con voto automatizado. Con la credibilidad institucional por el suelo, el país irá a nueva votación local el 15 de marzo y una crucial elección presidencial el 17 de mayo.

República Dominicana tenía pautado votar por sus autoridades municipales el pasado 16 de febrero, pero ni el análisis más crítico imaginó lo que sería una posposición de los comicios ante el estrepitoso fracaso del sistema de voto automatizado. Transcurridas cuatro horas de la apertura de urnas, solo el 12 % de los colegios habían podido iniciar el proceso, puesto que los equipos no cargaban la boleta completa y dejaban fuera a varios candidatos y partidos integrantes de coaliciones. Esto ha generado una crisis política en el país caribeño como no se veía hace décadas, con multitudinarias y constantes movilizaciones que exigen una explicación ante un suceso que si fue por incompetencia es gravísimo, pero que si se trató de interferencia adrede, solo puede catalogarse como terrorismo electoral.

En una medida salomónica, la Junta Central Electoral (JCE) había decidido que serían 18 municipios (62 % del electorado) los que votarían de manera electrónica y 140 con papeleta física. Voceros principalmente del oficialismo, opuestos a la posposición total, propusieron continuar en las demarcaciones donde no se presentaron estos problemas, lo cual fue rechazado por todos los partidos opositores. Ante semejante situación, con la credibilidad por el suelo, seguir adelante con la votación habría afectado profundamente la legitimidad de cualquier funcionario electo en esas circunstancias.

La nueva fecha para las elecciones es el 15 de marzo. Anunciada sin el consenso de las organizaciones políticas, trae una prueba de fuego para la democracia dominicana. De su calidad depende el ambiente que reinará hasta la votación presidencial del 17 de mayo y si la gente podrá confiar en las instituciones que le fallaron de una manera nunca antes vista.

Teniendo esto en cuenta, no se puede permitir que lo urgente haga invisible lo importante. La celebración de elecciones municipales es un tema de urgencia, pues no hacerlas podría llevar a una reforma constitucional aún más traumática que empeore la precaria situación actual. Pero definir exactamente qué fue lo que pasó, sancionar a los responsables y ofrecer garantías de que no se repita es de suma importancia si se quiere recuperar la fe nacional. El calor de la pasión proselitista no debe permitir que haya impunidad ante lo que, si bien pudo ser accidental, trae también serias sospechas de dolo fraudulento contra la voluntad popular.

Ante la solicitud de la oposición, la JCE ha solicitado una comisión de expertos de la Organización de Estados Americanos (OEA) para auditar el proceso, lo cual fue aceptado por el organismo hemisférico, así como por la Fundación Internacional para los Sistemas Electorales (IFES). El acompañamiento internacional será clave, tal como lo fue en Bolivia 2019, para una investigación libre de la injerencia gubernamental, de modo que se obtenga solo la verdad, más allá de toda duda razonable. Mientras tanto, miles de protestantes, principalmente jóvenes e independientes, siguen haciendo suya la Plaza de la Bandera en Santo Domingo, conscientes de que, ante todo, el precio de la democracia es su eterna vigilancia.

 

Jatzel Román

Jatzel Román

Licenciado en Derecho (Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra). Secretario de Relaciones Internacionales del Partido Reformista Social Cristiano (PRSC) de República Dominicana. Vicepresidente de la International Young Democrat Union (IYDU). Desde 2014 es coordinador general de la Red Latinoamericana de Jóvenes por la Democracia. Columnista de opinión en el periódico Listín Diario. Panelista en los medios CDN Canal de Noticias.

Javier Pérez de Cuéllar, servidor del Perú y del mundo

Javier Pérez de Cuéllar fue un servidor público. Ello es, tal vez, lo que mejor lo define y resume su […]

Por: Francisco Belaunde Matossian 6 Mar, 2020
Lectura: 4 min.
Javier Pérez de Cuéllar | Foto: ONU
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Artículo original en español. Traducción realizada por inteligencia artificial.

Javier Pérez de Cuéllar fue un servidor público. Ello es, tal vez, lo que mejor lo define y resume su vida. Solo por ello merece agradecimiento y homenaje, como, por cierto, todos los que han desempeñado y desempeñan rectamente esa función en nuestras sociedades.

Claro está, fue un servidor público excepcional, por la importancia de los cargos que ocupó, por haber actuado en favor, no solo del Perú, su país, sino del mundo, y por la calidad de su trabajo.

Como diplomático, tuvo una dilatada trayectoria como funcionario de Torre Tagle, como se le conoce a la cancillería peruana. Se desenvolvió, desde la década de 1940, en varios puestos y en legaciones en países como Brasil y el Reino Unido; después, ya como embajador, en Suiza, la Unión Soviética y ante las Naciones Unidas.

Luego vino su carrera como alto funcionario de la ONU, primero como secretario general adjunto, a partir de 1979, y posteriormente como secretario general, desde 1982, tras ser elegido como una figura de compromiso ante el fracaso de los sucesivos intentos de las grandes potencias por obtener la designación de sus respectivos candidatos. Su personalidad, marcada por la tendencia al perfil bajo y a la discreción, lo ayudó ciertamente a acceder al cargo. Curiosamente, también allanaron su camino hacia la cúspide, sin proponérselo, un sector de políticos peruanos que meses antes habían bloqueado en el Senado su nombramiento como embajador en Brasil, volviéndolo entonces disponible para asumir la mayor responsabilidad en la organización multilateral, y superar en ese sentido a su compatriota, Víctor Andrés Belaunde, quien en 1959 accedió a la presidencia de la Asamblea General.

Los observadores internacionales coinciden en resaltar la labor de Pérez de Cuellar, quien haciendo gala de sus dotes como diplomático condujo exitosamente los procesos de negociación que llevaron al fin de la larga guerra entre Irán e Irak, así como a acuerdos en El Salvador, Nicaragua y Camboya, entre otros escenarios conflictivos.

En reconocimiento, el ilustre funcionario recibió las más altas condecoraciones y distinciones de los gobiernos de Estados Unidos, Francia y el Reino Unido, entre otros.

Ya con 71 años, tras el término de su segundo mandato, en 1991, Pérez de Cuellar podía retirarse tranquilamente. Sin embargo, optó por seguir sirviendo a su país, esta vez desde la política. Fue así que en 1995 postuló a la presidencia de la República, pero fue derrotado y quedó en segundo lugar, detrás de Alberto Fujimori, entonces en la cúspide de su popularidad, quien obtuvo entonces un segundo mandato. La candidatura del diplomático constituyó la opción democrática frente a un mandatario que había perpetrado un golpe de Estado en 1992 y que, en general, gobernaba bajo el signo del autoritarismo.

En el año 2000, Pérez de Cuellar, por entonces de ochenta años, aceptó contribuir con el proceso de transición democrática, tras la huida de Fujimori, quien optó por abandonar el poder debido a un gran escándalo protagonizado por su asesor y cogobernante de facto Vladimiro Montesinos, que expuso a la luz pública la gran corrupción del régimen. Valentín Paniagua, el presidente provisional designado por el Congreso, consideró, con acierto, que se requería de una personalidad del prestigio del ex secretario general de la ONU para ejercer en un momento tan crucial las funciones de jefe del gabinete de ministros, además de hacerse cargo de la cartera de Relaciones Exteriores.

Fueron ocho meses de labor durante uno de los períodos más importantes de la política peruana, que demostraron, una vez más, la gran vocación de servicio de Pérez de Cuéllar. De esa manera entró a la historia, no solo como un diplomático de talla mundial, sino también como un demócrata comprometido. Es así como será recordado.

 

 

Francisco Belaunde Matossian

Francisco Belaunde Matossian

Abogado. Analista político internacional. Profesor en las universidades Científica del Sur y San Ignacio de Loyola

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