Las élites de la izquierda latinoamericana. Reconfiguración y poder en el nuevo orden multipolar

El artículo examina cómo las élites latinoamericanas vinculadas a la izquierda se reconfiguraron tras el fin de la Guerra Fría y el inicio del siglo XXI, aprovechando el escenario multipolar para consolidar sus estrategias políticas y ampliar su influencia regional.

Por: Fernando Pedrosa 19 Feb, 2026
Lectura: 19 min.
Edición Especial 2026 - Fin del orden. Fernando Pedrosa
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Artículo original en español. Traducción realizada por inteligencia artificial.
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A fines de los años noventa concluyó una etapa de debilitamiento de los Estados nacionales. Esa fragilidad se expresó en dos planos. Por un lado, la irrupción de actores económicos transnacionales generó una competencia interna que antes estaba regulada o directamente contenida por los propios Estados. Por otro, la disolución de la Unión Soviética y el final de la Guerra Fría dieron lugar a un sistema internacional unipolar que redujo de forma drástica los márgenes de acción estratégica fuera de las fronteras nacionales.

Con el nuevo siglo, los gobiernos de izquierda que llegaron al poder en América Latina enfrentaron un escenario diferente. Así pudieron impulsar un retorno a la regulación estatal. Promovieron un capitalismo más cerrado, articulado con élites vinculadas al aparato público. En algunos casos también contaron con corporaciones transnacionales dispuestas a aceptar las nuevas reglas.

Al mismo tiempo, la progresiva vuelta a un mundo multipolar abrió oportunidades estratégicas externas. La erosión de instituciones y normas internacionales que limitaban la soberanía nacional absoluta reforzó el poder interno de los Estados. En ese marco, China, Rusia e Irán aparecieron como socios posibles, sin exigir reformas democráticas o compromisos en derechos humanos.

Los Estados latinoamericanos se hicieron más fuertes hacia adentro y ganaron margen de maniobra en un sistema internacional en disputa. Ese fortalecimiento estuvo impulsado, sobre todo, por el auge de los commodities exportables.

Como consecuencia, esos gobiernos y las élites nacionales que los sostenían —en su mayoría de izquierda— también se consolidaron.

Este artículo analiza cómo la nueva izquierda latinoamericana —y sus élites— respondieron a los efectos del colapso soviético. Lo que pudo haber sido una crisis, lo transformaron en una oportunidad para adaptarse, fortalecerse y expandirse como nunca antes había ocurrido.

Los que mandan (e influyen)

Antes de avanzar es necesario precisar qué entendemos por élites. Para este trabajo se usará la definición de Turchin (2023, p. 17), que ofrece la flexibilidad suficiente para aplicarla a la coyuntura latinoamericana. Según este autor, las élites son aquellas personas que poseen mayor poder social y, por lo tanto, logran influir en otras, de diferentes maneras.

La capacidad de influir es hoy un rasgo central y novedoso. Esto interpela las visiones más anacrónicas, que reducen las élites a las viejas oligarquías del siglo XIX (García Delgado et al., 2018). Los profundos cambios sociales y tecnológicos de las últimas décadas vuelven insostenible esa mirada y hacen necesaria su revisión (Merkel, 1994).

En ese marco, la idea de élite como oligarquía suele presentarse como un obstáculo permanente al triunfo popular. Se le atribuye una voluntad homogénea y sistemática de impedir los procesos de transformación promovidos por las mayorías sociales, también concebidas como homogéneas y esencialmente bondadosas (Cannon, 2006). Sin embargo, la realidad es siempre más compleja que este relato.

Las viejas y nuevas élites latinoamericanas

Este trabajo no busca seguir de manera exhaustiva la trayectoria histórica de las élites latinoamericanas ni elaborar una radiografía detallada de cada país. Ese ejercicio sería monumental.

Lo que interesa destacar es, primero, que un rasgo común ha sido su heterogeneidad. Lejos de constituir bloques monolíticos, las élites siempre mostraron fragmentaciones, disputas y enfrentamientos, motivados por diferencias ideológicas, intereses sectoriales y lógicas de poder.

Concebir las élites como sectores con capacidad de influencia permite ver un panorama dinámico y activo en el que distintos grupos disputan el poder. Incluso hay élites entre los derrotados o los que no alcanzan el poder. En este marco, la propia élite nacional se configura como un cuerpo en tensión y en conflicto permanente.

Un segundo rasgo recurrente de las élites latinoamericanas ha sido la persistencia de un nacionalismo intenso, donde el latinoamericanismo funcionó como una variante supranacional.

Este nacionalismo constituyó no pocas veces un punto de encuentro entre sectores de izquierda y de derecha dentro de las élites, unidos en su rechazo a los valores y prácticas atribuidos a los Estados Unidos. Esta dinámica contrasta con Europa y Estados Unidos, donde la división entre izquierda y derecha se configuró de manera más rígida y excluyente.

No se trata de un fenómeno reciente ni exclusivo de la segunda mitad del siglo XX. Desde 1898, con el triunfo estadounidense en la guerra contra España, se consolidó en la región un rechazo hacia esa nueva potencia global. Estados Unidos era percibido como portador de un individualismo y un materialismo que chocaban con tradiciones muy arraigadas en América Latina.

A diferencia del siglo XIX, cuando muchas élites tomaban a Estados Unidos como referencia, otros sectores —intelectuales, políticos y académicos— adoptaron un romanticismo hispanista. Este se vinculó a veces con el catolicismo integrista y, en otros casos, con distintas vertientes de un pensamiento latinoamericanista emergente.

El nacionalismo latinoamericano

Como ha demostrado Quijada (1998), la idea de América Latina surgió entonces como una construcción impulsada por sectores de la élite que buscaban reforzar una pretensión universalista y, al mismo tiempo, contraponerse al avance de Estados Unidos en la región. Años más tarde, ese terreno resultó fértil para el surgimiento de discursos populistas de diverso signo —civiles y militares, de izquierda y de derecha—.

En el contexto de la amenaza comunista de las décadas de 1960 y 1970, especialmente tras la Revolución cubana, las élites latinoamericanas no se alinearon automáticamente con Estados Unidos. Por el contrario, muchas de ellas procuraron mantener perfiles nacionalistas que preservaran ciertos márgenes de autonomía.

Incluso desde esos mismos sectores surgieron afinidades hacia proyectos cercanos al comunismo. También se abrieron a contactos con países del llamado sur global y con los movimientos de liberación nacional en África y Asia. Esto contrasta con ciertas lecturas académicas e intelectuales de izquierda que imaginaron un respaldo uniforme (Vommaro y Gené, 2018).

Este escenario diverso y tensionado explica, en parte, las respuestas autoritarias de otros grupos de la élite, en muchos casos articulados a través de liderazgos personalistas de corte autoritario o, directamente, mediante golpes militares o revoluciones.

Esta síntesis muestra que las élites latinoamericanas no pueden reducirse a una aristocracia cerrada ni a una oligarquía meramente extractiva —como en Bull (2013)—. En realidad, constituyeron un universo heterogéneo e ideologizado, con rasgos nacionalistas y confrontativos frente al pasado, el presente y el futuro, y atravesado también por la violencia.

Los resultados de esas disputas tampoco fueron homogéneos, sino variables según los contextos nacionales.

La élites latinoamericanas constituyeron un universo heterogéneo e ideologizado, con rasgos nacionalistas y confrontativos frente al pasado, el presente y el futuro, y atravesado también por la violencia.

La izquierda latinoamericana después del socialismo real

En América Latina, la caída del Muro de Berlín no tuvo el mismo impacto que en Europa. Allí fue un acontecimiento aturdidor para amplios sectores intelectuales y políticos. Para la izquierda latinoamericana, en cambio, el efecto fue más limitado.

Esto se explica porque nunca fue enteramente marxista ni se definió solo en relación con el comunismo soviético. Aunque adoptó elementos socialistas, sus matrices ideológicas fueron más heterogéneas, combinando influencias del nacionalismo, el catolicismo de inspiración jesuita, el populismo y diversas tradiciones políticas nacionales.

Por eso, las élites políticas e intelectuales no quedaron paralizadas tras el colapso soviético. La izquierda regional era más plural, híbrida y enraizada en tradiciones locales, antes que en una estricta filiación marxista-leninista.

Esa variedad, que a veces dificultaba la acción colectiva, encontró en Cuba un gran facilitador. La isla ofreció un horizonte común de resistencia frente a Estados Unidos y, al mismo tiempo, un modelo propio —distinto del soviético— para organizar luchas sociales y políticas en la región.

Esto potenció su influencia y le permitió desempeñar un papel destacado en la articulación de las élites latinoamericanas más izquierdistas. Estas no eran socialmente marginales, como suele señalar la literatura académica, ni homogéneas en torno a los ideales revolucionarios.

La relación de Cuba con la Unión Soviética tampoco fue de seguidismo total. La isla tenía proyectos propios y, por eso, estuvo más cerca de guerrillas urbanas y organizaciones armadas que de los tradicionales —y burocráticos— partidos comunistas.

Los partidos comunistas latinoamericanos, por su parte, desempeñaron un papel a menudo ambiguo o incluso contradictorio. En ocasiones, sus estrategias políticas los llevaron a respaldar opciones difíciles de justificar desde una ortodoxia revolucionaria.

Existe, por tanto, una tradición de diversidad en las élites latinoamericanas. A partir del siglo XXI, esa tradición experimentó un cambio sustantivo con la emergencia del socialismo bolivariano. Dicho proyecto impulsó una ofensiva regional orientada a homogeneizar en su favor a las distintas trayectorias de las élites nacionales, tensionando con aquella pluralidad histórica.

El cambio en la historia de las élites

Una de las pruebas de que la izquierda latinoamericana supo enfrentar los efectos de la caída del socialismo es que ya en 1990 —incluso antes de la disolución de la urss— contaba con una estrategia para responder a la crisis.

La creación del Foro de São Paulo en ese mismo año fue un punto de inflexión. Reunió a políticos, movimientos sociales, intelectuales, figuras del mundo cultural, dirigentes religiosos y representantes de diversas corrientes de izquierda.

El propósito era articular un programa y estrategias comunes que pronto se difundieron por la región, favorecidos por el rechazo a los gobiernos de la década de 1990.

La llegada de Hugo Chávez al poder y su alianza con el comunismo cubano dieron al movimiento un liderazgo claro, un relato aglutinador y recursos significativos derivados del auge petrolero. Ese impulso se consolidó con el ascenso de nuevos gobiernos en Argentina, Bolivia, Brasil y Ecuador, favorecidos también por un contexto económico favorable.

Durante la llamada marea rosa —el ciclo de gobiernos progresistas y de izquierda en América Latina desde inicios de los 2000— emergieron nuevas élites políticas, culturales, intelectuales, tecnocráticas y burocráticas.

Estas se articularon en torno a los recursos estatales, pero también con un renovado capital político y simbólico, legitimado en nombre de la redistribución social, la soberanía nacional y la integración regional.

Un punto decisivo en este proceso fue el Festival contra el ALCA, realizado en Mar del Plata, Argentina, en noviembre de 2005, en paralelo a la IV Cumbre de las Américas. Este fue un hito político-cultural que mostró al mundo las estrategias de las nuevas élites.

Se combinaban los discursos de Chávez, la presencia multicolor de los movimientos sociales latinoamericanos, representantes del mundo artístico-cultural —con Manu Chao— y referentes populares extrapolíticos como Diego Maradona.

También participaron figuras emergentes como Evo Morales, a quien la prensa europea y norteamericana presentaba con una imagen idealizada y romántica, difícil de sostener en la realidad. Lo mismo ocurriría poco después con el ecuatoriano Rafael Correa.

Un nuevo programa iliberal

El retorno a una multipolaridad cada vez más acentuada y el auge económico y político de las izquierdas del siglo XXI derivaron en un poder con pocas restricciones. Como estrategia original para su expansión —y legitimación— adoptaron agendas vinculadas tradicionalmente a valores posmateriales europeos como el feminismo, la defensa del medio ambiente, el multiculturalismo o los derechos humanos y civiles.

Sin embargo, vaciaron estos contenidos de sus raíces liberales y los reformularon en clave identitaria y autoritaria. Así construyeron un relato políticamente correcto destinado a marginar o cancelar a disidentes y opositores.

En el plano teórico, estas transformaciones fueron sistematizadas por pensadores como Ernesto Laclau y Chantal Mouffe, cuyas elaboraciones ofrecieron un marco ideológico y académico para la acción.

La acción transnacional fue una de sus señas de identidad. Por ello, Grundberger (2023) los bautizó acertadamente como la galaxia rosa. Estos grupos se reconocían mutuamente, más allá del país, el tipo de organización o el sector de la izquierda al que pertenecieran.

Espacios como el Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales (CLACSO), el Grupo de Puebla, la Internacional Progresista, diversas ONG transnacionales y la prensa progresista latinoamericana y europea se convirtieron en narradores pretendidamente «independientes».

Estos actores legitimaron acciones destinadas a desestabilizar a todo gobierno que intentara revertir o limitar las políticas bolivarianas. También contribuyeron a justificar las prácticas más autoritarias de los gobiernos aliados y a cancelar a sus críticos.

Ante la crisis de referentes de la izquierda europea, las agendas latinoamericanas comenzaron a proyectarse sobre el viejo continente. De manera inédita, también influyeron en sectores de las élites estadounidenses, tradicionalmente más cohesionadas durante la Guerra Fría.

Con el tiempo, el tradicional flujo de financiamiento de Europa hacia América Latina se invirtió. Desde la región —en particular desde Venezuela— comenzaron a financiarse intelectuales, organizaciones no gubernamentales y partidos políticos europeos, además de actores en otras regiones.

Ese proceso dio a la galaxia rosa una proyección más global.

La sobreproducción de élites

La combinación de abundantes recursos, liderazgos carismáticos, privilegios estatales para los adherentes y un relato ideológico cuidadosamente elaborado permitió a estas élites tomar el control de instituciones nacionales y supranacionales vinculadas a la cultura, la educación y la defensa de derechos.

Al mismo tiempo, favoreció la expansión del empleo público en beneficio de sus simpatizantes y la conformación de impresionantes tramas de corrupción como las del Partido de los Trabajadores de Brasil en torno a Petrobras destinadas al financiamiento ilegal de la política.

Según el país, los distintos gobiernos distribuyeron grandes negocios entre las fuerzas armadas, los políticos más poderosos, los testaferros del poder, sus publicistas y los líderes territoriales. También canibalizaron el Estado entre sus partidarios.

Apelando a lo que Turchin (2023) denomina sobreproducción de élites, los gobiernos otorgaron al mismo tiempo microcuotas de poder a sectores barriales, sindicales, estudiantiles, intelectuales y del crimen organizado. Lo hicieron creando cargos, repartiendo recursos estatales y desplazando adversarios políticos. Muchos fueron despedidos, segregados o directamente exiliados.

Así se consolidó un universo de élites —autopercibidas— que creció de manera exponencial. Sus beneficios aumentaron incluso en un contexto de pobreza creciente, lo que reforzó la defensa de su estatus.

La renovada y consistente inserción de estas izquierdas en las élites les permitió afrontar períodos fuera de los gobiernos nacionales. Resistieron desde la oposición, los gobiernos subnacionales, las instituciones académicas o artísticas, y los movimientos sociales, con apoyo de sus redes transnacionales e incluso con fondos de cooperación internacional.

Mientras tanto, en la vereda de enfrente ocurría todo lo contrario.

¿Quién se opone a la marea rosa?

Un factor clave que explica el acceso al poder de los partidos de la marea rosa y sus sucesores es la debilidad de sus adversarios. Los sectores democráticos, liberales y conservadores, del centro a la derecha, nunca comprendieron la naturaleza del desafío que enfrentaban. Por eso no advirtieron con claridad que, una vez en control del Estado, las nuevas élites de izquierda difícilmente estarían dispuestas a ejercer —o a abandonar— ese poder siguiendo estrictamente las reglas del juego democrático.

En el caso venezolano, esto se tradujo en dinámicas propias de un Estado de corte totalitario. En Argentina, en cambio, se expresó en la subordinación de la sociedad civil al Estado. El resultado fue un país difícil de gobernar con otras lógicas que no fueran la dádiva clientelar y la corrupción.

El estado en que los gobiernos del Movimiento al Socialismo dejaron a Bolivia —y la gobernabilidad del futuro presidente— es una incógnita que no parece sencilla de resolver. Lo mismo puede aplicarse a Honduras, a Nicaragua y a los procesos que actualmente recorren Colombia y México.

La lucha por el relato

Lo cierto es que aquello que no forma parte de la izquierda regional carece hoy de un relato común, de espacios y relatos compartidos y de redes transnacionales que articulen a sus actores. Tampoco cuenta con mecanismos simbólicos ni referentes culturales capaces de consolidar una identidad colectiva. Fuera de la galaxia rosa, todo es fragmentación.

Además, estos sectores no lograron unificarse electoralmente ni coordinar acciones conjuntas en congresos fragmentados. En muchos casos, esto dejó a sus propios gobiernos a merced de la ofensiva de la izquierda.

Un punto de inflexión fueron los conflictos sociales y políticos orquestados contra los gobiernos de Guillermo Lasso en Ecuador (2022), Mauricio Macri en Argentina (2017), Dina Boluarte en Perú (2022-2023), Iván Duque en Colombia (2019 y 2021) y Sebastián Piñera en Chile (2019).

Estos episodios fueron coordinados y diseñados para abrir las puertas del poder a la izquierda, algo que efectivamente logró en varios de esos países.

Un gran triunfo de la izquierda consistió en construir e imponer, como sentido común, una narrativa sobre sí misma. La presentó en clave naíf y maniquea, mientras que al mismo tiempo elaboraba un relato sobre su oposición, ubicándola en el campo de la desacreditada ultraderecha.

Las políticas impulsadas por la marea rosa permitieron no solo la consolidación de gobiernos de izquierda en sus países de origen. También favorecieron la proyección de una segunda ola, que llevó al poder a liderazgos significativos en otros Estados latinoamericanos, como Andrés Manuel López Obrador en México, Gustavo Petro en Colombia y Xiomara Castro en Honduras.

Esta nueva etapa otorgó mayor vitalidad a dinámicas de carácter autoritario. Se orientaron a la captura del Estado, la neutralización de la oposición, el control de la libertad de expresión y, en algunos casos, a la presión sobre el poder judicial para asegurar la continuidad de sus políticas. Un ejemplo de ello es la trayectoria de Claudia Sheinbaum, sucesora de López Obrador.

Otra de las características originales de los tiempos actuales es la aparición de un nuevo animal transnacional que agrupa Estados, guerrillas y carteles. Este fenómeno se observa con Venezuela y Cuba a la cabeza, en vínculos con organizaciones criminales como el Tren de Aragua o el Cartel de los Soles.

Conclusiones

La multipolaridad que abrió el siglo XXI favoreció la acción transnacional de la izquierda latinoamericana, donde la unipolaridad de los años noventa la había limitado.

En un mundo con múltiples actores en disputa, se ampliaron las posibilidades de desarrollar estrategias de ambigüedad geopolítica, de flexibilidad en la alineación internacional y de oposición al norte global.

El ingreso masivo de recursos y la consolidación de gobiernos fuertes —que eliminaron o debilitaron controles institucionales para neutralizar a las oposiciones— permitió completar una agenda que constituía el núcleo del proyecto político de la izquierda regional.

La izquierda se adaptó a las particularidades nacionales, aunque con un objetivo común: apropiarse de la élite para dar mayor profundidad a los cambios y asegurar su sustentabilidad en el tiempo.

Paradójicamente, mientras estaba en el poder, responsabilizaba de sus fracasos a una élite que en muchos casos ya había dejado de existir.

Así, una élite que en el pasado había sido heterogénea, contradictoria y diversa —incluso atravesada por la violencia— terminó por transformarse en algo mucho más homogéneo.

El pensamiento de izquierda quedó vinculado de manera casi indisoluble al Estado, a sus recursos y privilegios, y encontró en ellos la base de legitimidad y durabilidad de sus proyectos.

El progresismo se convirtió, a la vez, en el sentido común que articula los relatos de la academia y del mundo cultural.

En la medida en que a estas élites no se les enfrenten otras, ideológicamente opuestas, en el plano político, cultural, discursivo y de movilización social, la izquierda del siglo XXI seguirá en el poder —aunque no gobierne—.

Bibliografía

Bull, B. (2013). Elites and environmental governance in Latin America: A framework for studying a contentious issue. ENGOV Working Paper Series n.º 2. University of Oslo.

Cannon, B. (2016). The right in Latin America: Elite power, hegemony and the struggle for the state. Routledge.

Gibson, E. L. (1996). Class and conservative parties: Argentina in comparative perspective. Johns Hopkins University Press.

Grundberger, S. (2024). La galaxia rosa: Cómo el Foro de São Paulo, el Grupo de Puebla y sus aliados internacionales socavan la democracia en América Latina. Konrad Adenauer Stiftung.

Marcos, J., y Mateo, J. J. (2016, 20 de junio). Venezuela Assembly probes Podemos funding from Chávez regime. El País (English edition).

Merkel, W. (1994). Entre la modernidad y el posmaterialismo: La socialdemocracia europea a finales del siglo XX. Alianza Universidad.

Quijada, M. (1998). Sobre el origen y difusión del nombre «América Latina» (o una variación heterodoxa en torno al tema de la construcción social de la verdad). Revista de Indias, 58(214), 595-616.

Turchin, P. (2023). Final de partida: Élites, contraélites y el camino a la desintegración política. Debate.

Vommaro, G., y Gené, M. (Comps.). (2018). Las élites políticas en el Sur: Un estado de la cuestión de los estudios sobre la Argentina, Brasil y Chile. Universidad Nacional de General Sarmiento.

Fernando Pedrosa

Fernando Pedrosa

Historiador por la Universidad de Buenos Aires. Máster en Estudios Latinoamericanos. Doctor en Procesos Políticos Contemporáneos por la Universidad de Salamanca. Profesor e investigador de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires.

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