Luis Almagro: la crisis del multilateralismo “es un problema de liderazgo”

El secretario general de la OEA visitó Montevideo para participar del Foro América Libre y sostuvo que la parálisis de los organismos multilaterales no responde a sus estatutos, sino a la falta de liderazgos firmes dispuestos a hacerle frente a los conflictos regionales.

Por: Agustina Lombardi 12 Ago, 2026
Lectura: 13 min.
Luis Almagro en el Foro América Libre, Montevideo, 11 de agosto de 2026.
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Artículo original en español. Traducción realizada por inteligencia artificial.
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Durante diez años, entre 2015 y 2025, desde la Secretaría General de la OEA, Luis Almagro fue firme contra los regímenes de Venezuela, Nicaragua y Cuba. Antes de eso, el uruguayo había recorrido un camino poco habitual en la política regional: militante desde joven del Partido Nacional, integró luego el gobierno del Frente Amplio como canciller, entre 2010 y 2013, durante la presidencia de José Mujica.

Visitó Montevideo para participar del Foro América Libre, impulsado por la Fundación Konrad Adenauer y la Organización Demócrata Cristiana de América. Desde Diálogo Político, lo entrevistamos para conversar sobre la crisis del multilateralismo, los dobles estándares con los que la región suele juzgar a sus dictaduras y el desafío de generar continuidad ante la alternancia en el poder. 

Almagro no le atribuye la parálisis de los organismos multilaterales a sus estatutos ni a sus estructuras, sino a la voluntad política de quienes los integran. Sostiene que no hacen falta reformas estructurales, sino liderazgos dispuestos a actuar. Es el mismo diagnóstico que aplica al repasar su propia gestión al frente de la OEA, donde describe años de inacción diplomática para activar mecanismos ante las dictaduras de la región.

Crisis del multilateralismo

Estuvo diez años liderando la OEA (2015-2025). Cuando asumió la Secretaría General, ¿cuáles eran las principales amenazas para la democracia y cuáles son hoy?

—En esencia, sí. Prácticamente se están dando los mismos parámetros de amenazas que teníamos durante la gestión, especialmente en los últimos tiempos de la gestión. Cambió un poco el funcionamiento democrático después del covid-19: las instituciones empezaron a ser menos funcionales, menos capaces de resolver cosas, y quedaron más en evidencia los problemas que teníamos en la región en materia de funcionamiento institucional. Tenés que tener en cuenta el número de víctimas y casos per cápita: Latinoamérica fue prácticamente la peor región, la única que fue incapaz de producir vacunas. Un montón de cosas que dan una visión de lo que institucionalmente está pasando.

Como secretario general de la OEA, trabajó durante años sobre el eje Venezuela-Nicaragua-Cuba. Desde esa posición de liderazgo en un organismo internacional, ¿qué opinión le merece que un cambio concreto en Venezuela haya surgido finalmente a partir de una acción militar de Estados Unidos? ¿Qué dice eso sobre la capacidad —o incapacidad— de los organismos multilaterales para incidir en las crisis de la región? 

—Dice muchas cosas. Primero, se fue transformando en algo cada vez más previsible, en algo que efectivamente podía pasar. Nicolás Maduro cruzó todas las líneas rojas en aspectos determinantes, fueran temas de narcotráfico, tráfico de personas, crímenes de lesa humanidad, corrupción. Se empezó a transformar en un problema regional, un problema para la estabilidad regional. Y la acción de su captura definitivamente es muy elocuente al respecto.

Pero específicamente me interesa la segunda parte de esta pregunta, sobre la capacidad o incapacidad de los organismos multilaterales.

—Cada organismo internacional puede hacer lo que estatutariamente tiene la posibilidad de hacer. Por ejemplo, la OEA no tiene ningún párrafo, ningún artículo, ningún literal, en ninguna parte, que le permita ni un cambio de régimen ni la captura de un criminal de lesa humanidad. No lo tiene. Hicimos todo lo que pudimos para activar los mecanismos que sí tenemos, por ejemplo la Corte Penal Internacional, pero fue absolutamente lento, absolutamente ineficiente, y fue dejando las cosas sin resolver.

Usted mismo se refiere a los procesos que surgen de los organismos multilaterales como “lentos”. Con relación a eso, describe en otra instancia, para el caso venezolano, que la OEA tenía “un mecanismo armado para la inacción”. ¿A qué se refiere? ¿Hay mucha burocracia dentro de los organismos multilaterales?

La inacción que tuvimos que sortear para activar la OEA, para activar la aplicación de la Carta Democrática, para declarar la alteración del orden constitucional en Venezuela, tenía que ver fundamentalmente con la diplomacia de algunos países, no con la burocracia de la organización. Tenía que ver con los países representados allí, que no querían que se tomara ninguna acción que protegiera a las víctimas de crímenes de lesa humanidad, que diera seguridad en cuanto al narcotráfico, que revirtiera las condiciones de amenaza a la paz y la seguridad regional que significaba Maduro. Toda esa inacción diplomática fue lo que hubo que ir despejando para activar los mecanismos. 

La deslegitimación del régimen fue muy importante, pero fue muy duro. Hoy la gente se olvida, pero cuando asumimos la Secretaría General, en 2015, Venezuela era uno de los principales países petroleros del mundo, con un presupuesto de miles de millones de dólares, y nosotros éramos una organización con un presupuesto de 80 millones de dólares que tenía que hacer frente a eso. Era, obviamente, una lucha de David y Goliat. Y además con muchos amigos, porque el dinero te da amigos, y a los amigos les da intereses. Hubo que revertir todo eso para lograr vencerlos en las votaciones dentro de la OEA, en la declaración de alteración del orden constitucional, en la investigación de los crímenes de lesa humanidad. Fue duro, porque todo estaba diseñado para bloquear nuestro trabajo: el perfil diplomático de algunos países estaba dirigido a eso.

Más allá de la voluntad o no voluntad de los Estados, ¿coincide con que hay una crisis del multilateralismo?

—Sí, hay una crisis del multilateralismo. Se dio más a nivel global. Ahí estuvieron las principales dificultades, porque nosotros, por lo menos, concentrábamos la agenda política regional, y todos los temas pasaban por la Organización de los Estados Americanos, por la Secretaría General, por el Consejo Permanente, por la Asamblea General. Abordamos todos los temas: Nicaragua, Venezuela, pero también otras democracias o procesos de transición que eran defectuosos. Los abordamos a todos. Pero el sistema universal quedó fuera de todo: en las negociaciones de Ucrania, Naciones Unidas no tuvo nada que ver; en general, cuando mucho se ocupaba de algún aspecto residual que le derivaban una vez terminada la negociación, pero ni activaba las negociaciones, ni las asumía, ni daba soluciones a los temas.

¿A qué le adjudica esa inacción?

—Esos límites que se les quieren poner a determinados países, a veces, son asumidos por la propia burocracia. Se dice “ah, qué bien que están estos límites, vamos a movernos dentro de los límites que hay”. Entonces, directamente prima la inacción. El liderazgo de la organización tiene que ser capaz de superar esos límites para poder actuar.

En ese sentido, ¿observa que hay reformas posibles o indispensables para los organismos multilaterales o la OEA?

—Para mí es un tema de liderazgos. Yo fui canciller, por ejemplo, y tenía al menos 30 embajadas. Algunas me funcionaban bien, otras más o menos, y otras mal. Y dependía mucho de la persona a cargo, del liderazgo del embajador que estaba al frente.

Entonces, ¿no hay reformas estructurales claras que sean necesarias?

—No hay reformas estructurales necesarias. Hoy, con los instrumentos que tiene el sistema de Naciones Unidas, se pueden abordar todas las crisis que hay en el mundo, si se tiene un liderazgo que asuma los problemas del mundo en la agenda.

Es un problema de liderazgos.

—Claramente, es un problema de liderazgo.

Luis Almagro en entrevista con Diálogo Político durante el Foro América Libre.
Luis Almagro en entrevista con Diálogo Político durante el Foro América Libre.

Venezuela – Cuba – Nicaragua

En el eje Venezuela, Cuba y Nicaragua, la respuesta de América Latina hacia cada una de estas dictaduras tiene diferencias. ¿Hay un doble estándar en la defensa de la democracia en la región?

—Sí, hay dobles, triples, cuádruples estándares. Hubo un momento en que había gente que decía defender la democracia y solamente atacaba a Ortega en Nicaragua; el más débil, el más chico, el menos relevante en el pacto país. 

Pero yo digo siempre: para saber si van en serio con la crisis de la democracia, hay que ver si enfrentan a la dictadura cubana. Y verdaderamente ahí es donde encontrás el triple, el cuádruple estándar de ciertos liderazgos latinoamericanos, que no tienen el coraje de enfrentarse a la dictadura de Cuba. No tienen el coraje, no tienen la vocación democrática, no tienen la vocación de resolver crímenes de lesa humanidad, no tienen la vocación de resolver las violaciones sistemáticas de los derechos humanos, la crisis humanitaria que vive el país.

¿Considera entonces que el caso cubano se sigue abordando desde esta lógica de doble estándar?

—Totalmente. Se sigue abordando con mucha cobardía regional.

Todavía hay intereses, entonces.

Cuba está metida en todos lados. Muchos liderazgos tienen miedo, obviamente, de tener una acción contra Cuba y que se descubra algo malo que hicieron, o que haya un paro de transporte, un paro de la educación. Tienen una serie de instrumentos los cubanos que, obviamente, han usado muy frecuentemente.

Para influir en la región.

—Para influir.

En una de sus últimas columnas de opinión, se preocupa por el caso venezolano, por la transición, y sostenés que “no puede haber democracia sin justicia, y no puede haber justicia si hay impunidad”. Por un lado, ¿eso es posible en Venezuela? Y por otro, ¿hay efectivamente una transición?

—Hay efectivamente una transición. Estamos en un proceso de transición que, de acuerdo a lo que han dicho las autoridades de Estados Unidos, específicamente el secretario de Estado, Marco Rubio, termina con elecciones libres, justas y transparentes. Ese es el proceso de transición. Queremos que vaya hacia ahí, queremos que se resuelva así, y vamos a hacer lo posible para que se resuelva así. Y obviamente que ese proceso de transición no es en sí mismo un proceso democrático, sino un proceso de transición a la democracia. La verdadera transición democrática empieza después de las elecciones y del reajuste que eso va a producir en el sistema venezolano.

En Nicaragua, Ortega dijo recientemente que no habrá más elecciones en ese país. ¿Los organismos internacionales tienen algo más para hacer?

—Sí, tienen que seguir haciendo. Tienen que llevar los casos de crímenes de lesa humanidad de Nicaragua a ser juzgados, ya sea por la justicia internacional. Tienen que sancionar a los dictadores de la manera más estricta, y tienen que generar posicionamientos subregionales y regionales que todavía tienen ambigüedades y matices que no deberían existir cuando alguien dice que no va a haber nunca más elecciones. Es un despropósito total en términos democráticos. Por lo tanto, es muy incomprensible que haya liderazgos regionales que no aborden eso de esa manera.

Diferencias

Comenzó militando en el Partido Nacional, fue canciller de un gobierno del Frente Amplio (de izquierda en Uruguay), y hoy participa en el Foro América Libre, impulsado por organizaciones vinculadas al pensamiento de centroderecha. ¿Por qué piensa que es invitado a este evento, qué lo trae hasta acá? Y por otro lado, ¿qué le enseñó la trayectoria por distintos sectores ideológicos sobre la posibilidad de construir acuerdos?

—Sea cuando estuve en el Partido Nacional, cuando estuve en el Frente Amplio y ocupé cargos en esa administración, como cuando estuve al frente de la OEA o ahora en mi trabajo actual, siempre, para mí, el tema de la libertad ha sido un tema central. Y es un tema que los latinoamericanos tratamos con mucha ambigüedad: muchas veces se considera en Latinoamérica que la libertad es enemiga de la igualdad o de la justicia social, lo cual es lo más ridículo y lo más absurdo del mundo. La libertad es lo que te da la posibilidad de igualdad y la posibilidad de justicia social. En un régimen donde no hay libertad es imposible aspirar a condiciones de igualdad, y eso es una constante política.

Ha sido siempre una constante temática para mí en cada una de mis gestiones, y supongo que esa ha sido un poco la razón de la convocatoria: hablar también desde ópticas ideológicas con matices, aunque probablemente la mayoría de los participantes del foro sean de partidos de derecha o de centroderecha. Es importante entender los diferentes matices y abrir distintos espacios de diálogo, porque el gobierno que tiene mejor posibilidad de gestión y de gobernabilidad es el que logra sumar más. Y vos no podés, al menos en Latinoamérica, empezar procesos restando a tus adversarios políticos o de quienes no te votaron. 

Lamentablemente, en Latinoamérica existe la ecuación política de que el 50% más 1 equivale al 100%. Y eso ha sido un desastre conceptual latinoamericano, que ha llevado a la exclusión, a la marginalización, a la discriminación, a la falta de gobernanza, a la falta de gobernabilidad para abordar los problemas reales de los países.

Se define como un hombre de izquierda. ¿Qué oportunidades o respuestas ve en las propuestas que plantea la centroderecha?

—Muchas soluciones. Lo que he sostenido siempre es que la alternancia es un elemento fundamental para el desarrollo. A veces están en el poder partidos que promueven más la creación de riqueza, y a veces están en el poder partidos que promueven más la distribución de la riqueza. Y esa combinación, que se produce a través de la alternancia política, es lo que genera las mejores condiciones de acceso a derechos humanos, de equidad, de seguridad, todo lo que la democracia te puede dar. Tenés que lograr que esa alternancia tenga sustentabilidad más allá de los resultados electorales.

El continente ha venido dando bandazos ideológicos. Yo llegué a la OEA con la administración Obama, después vino Trump 1, después Biden, después Trump 2. Izquierda, derecha, izquierda, derecha. Lo que pasa es que cada uno está reseteando completamente al anterior, y los proyectos no son sustentables en la alternancia porque no se estructuran sobre la base del diálogo político ni de instituciones fuertes. Se gana con mucha soberbia y se pierde mal, y no se tiene ganas de entregar el poder. Entonces, obviamente, son muy disfuncionales las democracias que tienen esos parámetros.

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Agustina Lombardi

Agustina Lombardi

Editora adjunta de Diálogo Político Periodista. Licenciada en Comunicación por la Universidad de Montevideo. Posgrado en Comunicación Política por la UM.

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